Elías Rubio Marcos y su "CAJÓN DE SASTRE"

Recopilación de artículos publicados y otros de nueva creación. Blog iniciado en 2009.

lunes, 31 de agosto de 2009

CASAS NOTABLES DE BURGOS VII


LA CASA DEL ARRIAGA
Diario 16 Burgos, 23 enero 1994

Una alineación un tanto irregular se produce en el lado Este de la calle Laín Calvo al poco de su inicio por la antigua calle del Cid. Esto lo debieron ver muy bien aquellos que, a la vista del pequeño “caos” urbanístico existente en el lugar donde se alzan la capilla de la Divina Pastora y el estrecho pasaje a la Plaza Mayor, llamaron a este espacio urbano Plaza de Laín Calvo, distinguiéndolo así de lo que es propiamente la calle del legendario juez medieval. No les faltaba razón.

Gran parte del doble embudo que se forma en esta plaza sin nombre se halla ocupada por el soberbio edificio al que muchos burgaleses, familiarmente, llamamos todavía “Casa del Arriaga”, un caserón de cinco plantas con cierto aire de caserío vasco.

El primer registro de esta casa aparece en 1884, en el tomo 1285, folio 190 del Registro de la Propiedad. En esta fecha debía estar todavía en ella la Fonda Norte, de Pedro Villalaín y uno de los tres establecimientos de este tipo que había en la ciudad en 1876, según la Guía General de Antonio Buitrago; los otros dos eran la conocida Fonda Rafaela y Monín, situados en la calle Vitoria y Cantarranas respectivamente. En 1908 parece ser propietario de esta casa Fernando Quintana, a quien el Ayuntamiento Constitucional concede permiso para reponer los miradores. Siete años más tarde surge la primea mención al “Bar Arriaga” y a su dueño Santiago Moreno, a quien se autoriza para instalar un toldo en la fachada principal del edificio “con el objeto de que haga más cómoda la permanencia al público en los veladores que piensa instalar” (A.M.BU. exp. 3061). En ese mismo sentido, otra licencia de 1919 autoriza al mencionado propietario para colocar cuatro arrimadizos en las fachadas norte y sur del Arriaga “A fin de que los veladores queden recluidos en el espacio comprendido entre dichos arrimadizos, y sus clientes estén algo aislados del tránsito público”. Y tal vez, es presumible, para que no se mezclaran dicho clientes con los del velador vecino del Café España, otro de los míticos cafés de época, que todavía hoy resiste tras haber sido objeto de un acertado revival.

miércoles, 26 de agosto de 2009

PASOS DE MONTAÑA II



EL PORTILLO DEL INFIERNO

Inédito
24 de agosto de 2009


Era una asignatura pendiente que tenía desde hace muchos, muchos años. Por fin, ayer pude satisfacer mis enormes deseos de conocer, “personalmente”, el Portillo del Infierno, uno de los pasos de montaña más emblemáticos y míticos de la provincia, no por su altura, pues no está en cordillera de alta montaña, sino por la aureola de leyenda que siempre le ha acompañado.

El Portillo del Infierno es un paso arrimado a la peña La Ulaña que comunica las tierras del bajo Tozo y las vallejadas y planicies del partido de Villadiego. Generalmente era utilizado por los habitantes de San Martín de Humada y Fuencaliente de Puerta cuando se dirigían a los mercados y ferias de Villadiego con sus reatas de mulas y burros llevando toda suerte de productos y animales menores.

Hoy día existe una pista nueva que sube desde San Martín hasta las antenas de La Ulaña incluso con coche, pero años atrás, cuando todavía los pueblos estaban llenos de vida, pasar el Portillo del Infierno era cosa imprescindible. El ascenso tiene lugar a un kilómetro al este de San Martín de Humada; un viejo camino, hoy bien remarcado por la parcelaria, nos deja prácticamente al pie de la peña en la que se halla el portillo, que a su vez se encuentra entre dos peñones calizos, que son prolongación de la formidable barrera de La Ulaña. Habiendo remontado el ascenso, por un camino entre rebollos, quejigos, avellanos, arces y endrinos, aparece, ya descarnado, el verdadero Portillo del Infierno, una estrechísima hendidura entre dos paredones, con gran pendiente, por la que continúa el camino hacia Los Barrios de Villadiego. A su derecha, en oposición, parte otro ramal, que es el camino que conduce hacia los Ordejones y que pasa debajo de la peña La Ulaña, junto a un espeso pinar y al Morro el Bolantín. Este camino fue también utilizado por los vecinos de los dos pueblos citados cuando, con sus burros, iban a moler el grano al molino de los Ordejones.

Los bandoleros del Portillo del Infierno y La Caseta de los Guardias

Cuando se ha sobrepasado el Portillo del Infierno y se da vista a las tierras de Villadiego, aparece, al poco, otro gran peñasco con una pared vertical de unos veinte metros de altura en cuyo pie, donde ahora buscan refugio las vacas, un día se guarecieron los guardias civiles que protegían a las personas que regresaban de las ferias con los dineros obtenidos en las ventas. Las personas más mayores de la zona cuentan historias de los asaltadores del Portillo del Infierno que, apostados en el paso, salían a robar por la noche a los que transitaban por él. Al parecer, los asaltos llegaban a producirse con tanta frecuencia que los vecinos solicitaron la protección a las autoridades, las cuales autorizaron la presencia en el lugar de dos guardias. Para el refugio nocturno de éstos se buscó acomodo bajo la mencionada peña, muy cerca del Portillo, donde se construyó una pared para cerrar el abrigo rocoso existente; de ahí deriva lo que se llamó Caseta de los Guardias.

Un congelado en el Portillo del Infierno

Si ya en seco era dificultoso el tránsito por el Portillo del Infierno, más cuando se arrastraban animales de tiro, qué no sería cuando estaba cubierto de nieve. Sobre este particular, es de dominio público en la zona un hecho trágico que ocurrió en este angosto paso hace años (no se precisa la fecha). Debió ser por Noche Buena. Dos vecinos de Fuencaliente habían ido a llevar a sus hijas a Villadiego para aprender a coser. De regreso, cargados con sendos sacos de grano, al llegar a Los Barrios, ya cuando anochecía, les sorprendió una fuerte nevada. Los vecinos de este lugar intentaron convencerlos de que no siguieran, de que se quedaran en aquel pueblo hasta que pasara la tormenta. Pero no atendieron las recomendaciones porque uno de ellos había dejado en su pueblo, Fuencaliente, a su mujer a punto de dar a luz y quería llegar cuanto antes. Decidieron, pues, continuar en medio de la nevada. Y tanta era la fuerza de la ventisca que se perdieron. Extenuados por el esfuerzo de caminar sobre la nieve, de cargar los sacos de grano que se caían constantemente de las caballerías, de hacer senda para que éstas pudieran seguir, y aterido de frío uno de ellos, que al parecer era el más débil, decidieron que, en vista que éste no podía continuar, se quedara refugiado en una oquedad de la peña mientras el otro regresaba a Los Barrios para pedir ayuda. Así lo hicieron: el más fuerte volvió sobre sus pasos, pero se perdió de nuevo en la nieve y en lugar de llegar a Los Barrios fue a dar a Villalbilla de Villadiego, ya al amanecer y cuando cantaban los gallos. Buscó socorro en este pueblo, de donde, inmediatamente, salió un grupo de rescate provisto con una escalera para, a modo de camilla, poder transportar al presuntamente congelado. Y en efecto, debía estar con síntomas de congelación, porque una vez rescatado, cuando llegaron de nuevo a Villalbilla, de inmediato fue introducido en un montón de estiércol en fermentación, que era la manera con las que los habitantes de la zona combatían semejantes contingencias.

lunes, 24 de agosto de 2009

PILAR BÁRCENA, UNA ARTISTA NEORROMÁNICA SURGIDA DE LAS RUINAS DE LORILLA





FOTOS: Escultura románica salida de las manos de Pilar Bárcena. Ermita de la Vega, Inauguración de pila bautismal hecha por la artista de Lorilla. Maqueta de Lorilla.

La conocí hace muchos años, mientras me enseñaba su maqueta de Lorilla, el pueblo que la vio nacer, ya arruinado. Pronto en aquella ocasión me di cuenta de que Pilar estaba más dentro que fuera de la reproducción. Hablaba y hablaba, tratando de explicarme su aldea, lo que era y significaba cada cosa, cada edificio, los propietarios de las casas, los dramas vividos en hogares y callejuelas, y yo, ignorando su presencia física a mi lado, la veía doblando por las esquinas en el interior de la maqueta, corretear, reír con tristeza por la felicidad de los años vividos en aquella línea que separa el páramo de La Lora y el precipicio de Valderredible. Ella construyó la maqueta para recordar, y también para que su pueblo no desapareciera del todo. La maqueta de Lorilla fue su primera obra, una fuerza telúrica, salida del petróleo remansado que se esconde bajo el subsuelo de su pueblo abandonado, de sus escombros, le empujó realizarla. Fue su primer arte. Después, esa fuerza interior que le salía también del profundo misticismo que dan los desiertos de piedra, le llevó a construir más y más, y derivó hacia la escultura, convirtiéndose en maestra neorrománica. Sin ser medieval, de sus manos artistas, como un milagro, fueron surgiendo obras en piedra admirables que en nada desmerecen de los grandes artistas del románico.

Ayer (23 de agosto de 2009), doscientas personas tuvimos ocasión de asistir a la inauguración de su pila bautismal en la ermita de La Vega, del valle de Valdelucio. Con piedra arenisca de Cuzcurrita y paciencia y arte de cantero medieval, Pilar ha hecho una maravillosa reproducción de la bautismal del pueblo de Pedrosa. Ayer sintió la emoción de la gran obra terminada y la de ver bautizar en ella al primer bebé. Pilar y Adriana, la niña cristianada, están ahora unidas para siempre por la piedra esculpida.

viernes, 21 de agosto de 2009

LOS RELLOSOS, DE OTRO PLANETA







FOTOS: Ruinas y restos de la iglesia parroquial de San Miguel


Relloso y San Miguel de Relloso es tierra desconocida, olvidada en los confines de Burgos. Los dos pertenecen a un planeta extraño, misterioso, donde resulta inquietante el océano de estrellas en las noches serenas. No hace mucho saltó a la fama este rincón burgalés de buenas patatas. Llegaron de la gran ciudad gente famosa de la televisión con un regalo para un robinsón solitario, se lucieron, se marcharon y el pueblo volvió a su calma en la soledad de sus ruinas. Posiblemente no entraron en la iglesia porque debieron pensar que era irrecuperable, y además olía a estiércol de las vacas que vagaban mansamente por los altares vacíos. La iglesia de San Miguel es una más de las muchas que van arruinándose en la provincia y que por esta galería de arte de la desolación irán apareciendo en exposiciones permanentes. Ver ahora su pila bautismal olvidada, sus altares y retablos desarmados y desprovistos de imágenes (no importa que fueran labrados con el buen arte de los siglos pasados), esperando el expolio final, es algo que sobrecoge y que nos hace pensar en lo efímero de la grandeza. Al fin y a la postre, la fe y devoción de los vecinos hacia las vírgenes y santos de madera que les vieron nacer tampoco debieron ser tan grandes como aparentaban ser en los mejores tiempos de los pueblos. Se fueron todos, y todos pronto olvidaron.

martes, 18 de agosto de 2009

REGRESO A SAN SATURNINO DE RIOSERAS



FOTO: Reja que sustituye a la original desaparecida. De la parte antigua conserva el semicírculo superior.

Tenía un presentimiento y este se ha cumplido. Como me imaginaba, la espléndida verja que cerraba el pórtico de la iglesia parroquial de Rioseras, con siglos de antigüedad, ha desaparecido, me dicen que hace ya unos años. Es natural, cuando los profesionales del expolio sienten que el patrimonio está descuidado, aprovechan para obrar a conciencia y con tranquilidad. En el año 2000, con motivo de rescatar los signos lapidarios de esta iglesia, realicé una serie de fotografías, entre ellas la de la verja, que me pareció una auténtica maravilla. Hoy, nueve años más tarde, he vuelto a San Saturnino y he visto, desolado, que la verja original ya no está, que en su lugar se ha colocado otra moderna y menos consistente. Es fea, pero no importa, para lo que tiene que proteger, sólo ruinas, ya es suficiente.

sábado, 15 de agosto de 2009

EL PORTILLO DE MEDINA Y LOS YESEROS DE TARTALÉS DE LOS MONTES



FOTOS: Portillo de Medina; en primer término ruinas de Valdelacuesta. Restos de la yesera de Tartalés.

Antes de que existiera la tupida red de carreteras con que cuenta ahora la provincia de Burgos, cuando casi todo eran infames caminos, y cuando los medios de locomoción en el medio rural eran los carros, las caballerías o el simple caminar, comunicarse entre los pueblos para cualquier asunto, comercial, urgencias médicas, aprovisionamiento de víveres o ropa, etc., era un auténtico problema, mucho más acusado en las zonas de montaña que en el llano, como es natural. Por eso, y para no dar rodeos de muchos kilómetros, desde muy antiguo los pobladores de las zonas más agrestes de la provincia se vieron obligados a sortear las más poderosas barreras montañosas, utilizando portillos naturales situados en las líneas cumbres. Esos portillos en las sierras, que ahora nos parecen insalvables obstáculos, algunos sólo aptos para avezados montañeros, hasta mediado este siglo (XX) fueron franqueados como lo más natural del mundo por los habitantes de los pueblos, bien es cierto que con no poco sufrimiento.
Hoy, con la huella de las ascensiones y herraduras de sudor borradas, y una historia de siglos de continuo trasiego, también olvidada, queremos recordar aquí los pasos de montaña que más contribuyeron al desenvolvimiento social y económico de los burgaleses de la provincia.


El Portillo de Medina comunicaba el valle de Valdivielso con la Merindad de Cuesta Urria a través de la sierra de la Tesla. Fue utilizado, fundamentalmente, por los habitantes de dicho valle, aunque con mayor frecuencia por los de los pueblos de Arroyo y Tartalés de los Montes. Los yeseros de esta última localidad tenían en este portillo su principal salida hacia Medina de Pomar para vender, en esta población y en otras de la citada Merindad, el yeso por ellos fabricado. Al descender de la sierra llegaban a Quintanalacuesta, y después de cruzar el río Nela en Paralacuesta, seguían hacia Medina por donde mejor les cuadraba. Pero no fueron sólo los yeseros quienes cruzaron por este paso de montaña, también lo hicieron los resineros, con sus burros cargados de resina, y el resto de los vecinos de los dos pueblos citados cuando tenían que acudir a Medina a las ferias de ganado o para proveerse de lo que les era necesario y carecían.

Un túnel en la Sierra de la Tesla.
Los habitantes de Cuesta Urria debieron utilizar menos el Portillo de Medina, aunque hay constancia de la inquietud que había en esta parte de La Tesla por comunicar ambos valles por medio de un túnel que taladrara la sierra. En relación a este legendario e imposible túnel, la tradición oral dice que a principios de este siglo (XX) alguien, no se recuerda quién, tuvo la ensoñación de construirlo, y que de ese proyecto, ingenuo y faraónico, queda como testimonio, en el término de Quintanalacuesta, la llamada Cueva de la Mina, que no es otra cosa, según hemos recabar entre los vecinos de más edad, que el principio de ese pasaje hecho por gente de Urría con picos y palas. Al parecer, al iniciar esta obra los vecinos de Quintanalacuesta y Valdelacuesta pensaban que la tarea sería menos complicada si llegaban a contactar su excavación con la mina de carbón que había al otro lado de La Tesla, en el pueblo de Arroyo. Pronto, sin embargo, debieron darse cuenta de la dificultad que entrañaba el intento y abandonaron la obra, dejando hecha una galería de cuarenta metros en la falda de la sierra.

Con respecto a los yeseros de Tartalés, cabe decir que su actividad todavía duraba hacia la mitad de este siglo (XX), y que la mina o filón del yeso estaba junto al camino del Portillo de Medina, aproximadamente a 1 kilómetro del pueblo. Todavía hoy pueden verse al pie de la yesera los restos de los dos hornos en los que se cocía la piedra de yeso, cosa que no ocurre con el filón, ya que un derrumbamiento lo sepultó hace años. Precisamente, en uno de estos hornos murió quemado un yesero en los años cincuenta (del siglo pasado).
La mina y hornos eran del común del pueblo, pudiendo extraer piedra el vecino que lo quisiese, y sólo se laboraba cuando acababan las faenas propias del campo. El yeso cocido era bajado a Tartalés de los Montes, en donde era molido y hecho polvo por los propios vecinos, algunos con un malacate y otros con simples mazas. Después se llevaba a vender, en sacos y con burros, por los pueblos del contorno, en ocasiones a lugares tan distante como los Altos de Dobro o a la mencionada Medina.




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jueves, 13 de agosto de 2009

CASAS NOTABLES DE BURGOS VI



FOTOS: Realizadas el 9 de septiembre de 2009, cuando la casa estaba siendo objeto de adecentamiento.

DESDE LA PLAZA PRIM, CON VISTAS A LA MONEDA Y SANTANDER

Diario 16 Burgos, 16 enero 1994

A.M.BU.: (Archivo Municipal de Burgos)

Cuatro calles corren paralelas desde el centro de la ciudad a la calle de San Juan: San Lorenzo, Almirante Bonifaz, Moneda y Santander, y las cuatro inician su recorrido en la plaza de Santo Domingo de Guzmán (antes plaza de Prim). Entre las dos últimas, con un fondo cercano a los 40 metros, existe un edificio de tres pisos con cierta notoriedad, una de cuyas fachadas, la que lleva el número 3 de la calle de Santander, se asoma a la plaza de Calvo Sotelo (antes Plaza de la Libertad) con permiso de la calle del Cordón y de los soportales de Antón. A la calle de la Moneda, en otro tiempo conocida como Entrambospuentes, da la otra fachada.

Como otras muchas edificaciones domésticas de la época dorada de la construcción en Burgos, en la que hoy llega a este serial, por la calle de Santander presenta los cuatro elementos que las caracterizan: ladrillo rojo, piedra caliza sillar, hierro en las balconadas y madera en los artísticos miradores Por cierto: ¡qué ingente labor la de los carpinteros de aquella época! Anote el lector curioso que, según la Guía General de Burgos, de A. Buitrago, en 1876 estaban a pleno rendimiento nada menos que 23 talleres de carpintería.
Con planos del prolífico arquitecto Severiano Cecilia, este edificio fue construido en 1889. En este año el Ayuntamiento Constitucional concedió permiso de obra a Celedonio Varea para edificar las casas número 2 de la calle de Santander y la número 7 de la calle de la Moneda (A.M.BU. exp. 1237). Por estas fechas todavía no estaba hecha la alineación definitiva de la última de las citadas calles, circunstancia por la cual la mencionada propietaria, en su solicitud, pedía a la municipalidad que fijara la alineación de sus dos fachadas. En este sentido, el criterio de la Comisión de Obrería del Consistorio, que entendió que la misma “sería de buen efecto arquitectónico”, fue para la Moneda el de “dejar todo el trayecto de una altura constante de 10 metros, y para la de Santander, contigua a una casa de la condesa de Bornos, que se sujetara a la alineación que ya estaba aprobada. Para esta última fue necesario también el informe del Cuerpo Nacional de Ingenieros de Caminos y Puertos (no debe olvidarse que la calle de Santander era el inicio del camino hacia la capital cántabra), donde se advertía que “durante la construcción se embarace lo menos posible el tránsito público”. Y es que, con un pequeño esfuerzo, podrá el lector imaginarse esta calle en aquel tiempo tan transitada como hoy, pero por vehículos de menor cilindrada, por no decir de distintas herraduras.

miércoles, 12 de agosto de 2009

LAS ESTACIONES DEL TREN, UN PATRIMONIO CULTURAL PERDIDO


Antes y después. Inauguración de una estación del Santander-Mediterráneo (1927) y estado actual de la misma.

agosto, 2009

Arquitectónicamente, las estaciones de tren en Burgos, lo mismo las del Santander-Mediterráneo que las del Directo Madrid-Burgos, eran una maravilla, un patrimonio cultural edificado de enorme interés. La mayoría se han perdido ya gracias a la inoperancia y poca sensibilidad de los organismos competentes. Podrían haber tenido mil y una utilidades, pero se ha preferido abandonarlas a su suerte. Sus ruinas son hoy una imagen que degrada al paisaje, a quienes las contemplamos y a quienes han permitido el desastre. En las condiciones de abandono en las que se encuentran, desde hace años sujetas a todo tipo de expolio y de vandalismo salvaje, mejor sería que alguna máquina las hiciera desaparecer en su totalidad, de ese modo nos evitaría la vergüenza que sentimos los que amamos el tren y su historia.

martes, 11 de agosto de 2009

ARTE EN LA DESOLACIÓN



FOTOS: En la estación de tren de Peñahorada. En el polvorín de las canteras de Hontoria.

agosto 2009

En anterior artículo denunciaba a los descerebrados que embadurnan con inscripciones sin arte ni sentido los edificios abandonados y saqueados. Decía que eran bárbaros, gentes sin escrúpulos y sin atisbo de piedad hacia el calor humano que emanaba de dichos edificios. Ellos no son artistas, pero pintan borrones allá donde más pueden verse sus limitaciones intelectuales.
Hay otras personas, en cambio, jóvenes artistas que, sin lienzos, ni galerías ni espacios donde poder desarrollar sus inquietudes y trabajos, aprovechan las paredes muertas de la desolación para vomitar todo el arte que llevan dentro. Me refiero a algunos “graffiteros” que, necesitados de paneles amplios, de concentración y tranquilidad de actuación, se arriesgan en edificios abandonados y arruinados. Son los artistas de la desolación, anónimos que con gran riesgo para su integridad física eligen y decoran las paredes amenazantes; son los muralistas de los techos derrumbados, de las paredes mohosas, de los escombros de barro y clavos. Ellos, sus pinturas, su arte, son la última vida de los edificios que dejaron de tener utilidad.
Sean, pues, estas humildes líneas mi particular homenaje a vosotros, queridos “graffiteros” anónimos de la noche. Aquí os presento alguno de vuestros trabajos.

lunes, 10 de agosto de 2009

LA FACHADA DE PEDROSA DE RÍO URBEL




junio 2009

Desde hace poco más de tres años, a las afueras del pueblo burgalés de Pedrosa de Río Urbel, en medio de un campo de cereal, se alza una fachada exenta de ermita, con espadaña campanil y puerta a ninguna parte. Con ninguna parte quiere decirse que se entra desde el vacío y se sale igualmente al vacío, se abre la puerta desde el campo y, con solo dar un paso, se sale de nuevo al campo. No hay nave, no hay capillas, ni bóvedas, sólo la estrecha fachada.

Tan insólita construcción fue hecha a expensas de un hijo del mencionado pueblo que quiso perpetuar la memoria de una ermita desaparecida que existió en el mismo lugar, que a su vez fue el camposanto del pueblo. Dicha ermita estaba bajo la advocación de San Bartolomé, y a ella acudía el pueblo el día de su onomástica (24 de agosto) y el de Difuntos (2 de noviembre). Hace unos veinte años, cuando el tejado estaba prácticamente hundido, fue comprada por un particular con intención de construir algún edificio. Pero como no le fue dado el permiso para edificar, se encargó de derribarla en su totalidad. Después, el solar resultante se transformó en un lugar donde se depositaban toda suerte de escombros.

Dolido por esta situación, el mencionado vecino, que en su día fue sacerdote, sabiendo que algunos de sus antepasados descansaban en el cementerio que había junto a la ermita, decidió comprar y dignificar el lugar. Primero hizo que los restos que allí estaban enterrados fueran trasladados al camposanto nuevo del pueblo y a continuación levantó la fachada recordatoria. Hecho todo lo cual, el mecenas pedrosino mandó hacer un espacio de recreo para niños y donó el conjunto al pueblo.

CASAS NOTABLES V


ENTRE LA ISLA Y LOS CUBOS
Diario 16 Burgos, enero 1994
A.M.BU. (Archivo Municipal de Burgos)

Por la culta y elegante compostura de su fachada de piedra, merece ser traída a este mirador de casas notables de la ciudad la que hace esquina entre las calles Eduardo Martínez del Campo y el Paseo de la Isla. Para situar en el tiempo su construcción, baste señalar que en el momento de su alzado, en 1889, todavía los nuevos americanos de América del Norte seguían inmersos en su desigual lucha contra los amerindios de Dakota del Sur (un año más tarde moría en la reserva el gran jefe Toro Sentado), que la vieja Europa inauguraba con gran pompa la expo de París, presidida por la célebre torre de Gustave Eiffel, construida para tal evento, y que nuestro compatriota Ramón y Cajal exponía sus grandes descubrimientos sobre las neuronas. Por nuestra parte, vecinos de la “prima voce”, “camera regia” y “caput castellae”, nos afanábamos entonces en remozar arquitectónicamente la ciudad, de manera especial la margen norte del Arlanzón, donde las familias de más posibles, en contraste con las humildes construcciones de los barrios periféricos, levantaban edificios de auténtico ensueño con vistas al río.

Para que pudiera ser levantado el edificio en cuestión fue necesario que con anterioridad, en 1848, se demoliera la muralla que entonces existía entre las puertas de Santa María y Barrantes. El Consistorio, en vista de que el estado ruinoso de aquella afeaba el ornato público, determinó ese mismo año hacerla desaparecer con el fin de crear una “excelente zona para modernas edificaciones”, zona en la que estaba integrada la calle de Los Cubos, actual Martínez del Campo. Sin embargo, aquellas modernas edificaciones no habrían de llegar hasta finales del siglo XIX.
En el citado año de gracia de 1889 el Ayuntamiento Constitucional de la ciudad, apreciando que no había de “afear en modo alguno el ornato público”, concedió permiso a los hermanos Tomás y Diego Conde para edificar en solar de su propiedad “tres casas con fachadas a las calles de la Isla y de los Cubos”. Tres casas, pues, de una “tacada” en un mismo edificio que, construido con arreglo a los planos firmados por Severiano Cecilia, habría de tener 17,7 metros de altura y una línea de fachada de 53 metros “construida en sillería” (A.M.BU).

viernes, 7 de agosto de 2009

POR LOS MONTES DE TRUEBA





LA AMAZONA Y LA SOMBRA (SUEÑO PASIEGO)
2005

Es un sueño que se repite una y otra vez cuando cierro los ojos para contemplar un paraíso cercano. Comienza en el momento en el que una joven pasiega del río Trueba, subida en un tapial de su braniza de El Pardo, monta en su yegua de crines en cascada dispuesta a emprender viaje hacia Bárcenas, hacia su casa vividora. Veo a la amazona iniciar su marcha y pasar primero junto al cubío del camino, covacho soplador del que nace una fuente fría. Desciende a continuación por la pendiente, hacia el fondo del barranco. Arriba de la hondura, en los Castros del Horno, en un pando de soledad y fantásticas rocas, mi desvarío describe un puñado de cabañas dispersas, abandonadas unas, otras arruinadas, porque ya nadie muda a los alcores de estrellas y lobos. Seguidamente, el jinete de las alturas toma una estrecha senda, entre árgomas y brezos, que le ha de llevar hasta el Puente del Horno. En el descenso, una cabra de puntiagudas barbas interrumpe su pacción y dirige su vacía mirada a la dama sonrosada de la montura. Ésta eleva ahora sus grandes y negros ojos hacia el lugar que la vio partir y, con la mano, saluda a alguien indefinido que, sentado en el solerón de otra braniza, vecina de la suya, se dispone a vivir un atardecer más en un reino de hierba en declive. Hay un suave rumor de campanus en el apacible ambiente que, en mi ensoñación, idealizo como una sinfonía pastoral.
La amazona de Trueba, perfumada con el aroma de las novillas que ramonean en los prados de narcisos, llega al viejo Puente del Horno y agradece la corriente plateada que discurre por su ojo humilde: aguas de nieve que llegan de Las Estacas y de Los Castros. Desde el cumbre del puente la yegua se tira veloz a beber al arruyu, que viaja ahora deslizándose por un lecho de losa gris. En mi sueño veo a la pasiega en su montura, conversando, girado su grácil cuerpo hacia un pasiego que espera en la orilla. Ocupa también la escena un fotógrafo, pero no es seguro esto, quizá sea más una sombra camuflada, un intruso. Hablan el pasiego y la pasiega, y en tanto lo hacen, la yegua consuma su bebedizo. Luego, mujer y noble bruto continúan por un discordante camino de cemento al borde de un río que, encajonado, se desploma en ruidosa y espumosa cascada. Al poco, surge la carretera que desciende de las Estacas de Trueba, rebasadas ya las abisales curvas que miran desde su vértigo a la Vega de Pas, y el jinete solitario se sumerge en el asfalto con su rubia trotona, poniendo rumbo a su casa de Bárcenas. La figura del fotógrafo aparece entonces de nuevo en la quimérica escena y, con curiosidad, la amazona sigue su estela con la mirada y observa cómo va diluyéndose por las elevadas pendientes que suben hacia las cabañas de El Pando. Empequeñecida la ve llegar hasta el cabañal y nota cómo es recibida primero por los ladridos de los perros, luego por un venerable anciano pasiego, y después por dos pasiegas, una joven y otra mayor, engalanados todos de fiesta y dispuestos a salir de viaje hacia Espinosa. La sombra se deja acompañar por las dos mujeres hasta el cubío, se asoma al interior y ve tres lajas pasaderas que hace tiempo que no sienten la blandura ni la suavidad de las mantecas. Sólo la oruna y el agua gélida y oscura viven dentro del frigorífico subterráneo.

Retorciendo su cuerpo hacia atrás, la amazona de mi sueño ve todavía al intruso que se aleja, ya muy desdibujado y ascendiendo con su macuto y su palu hacia las cabañas de Peña Negra. Ve cómo, cansino, se desliza por el suelo entorcado, distanciándose de simas profundas que son trampas de muerte para el ganado.

Desaparece la pasiega del onírico recorrido y la sombra queda a merced de su soledad bajo el cielo de los montes pasiegos. Por encima de los tellados del cabañal ha podido ver, muy próxima, la figura mayestática del que todo lo domina y protege: ha visto al rey Valnera, con su cetro de nieve, y ha sentido un escalofrío.

Cabañas clausuradas de Peña Negra, con payus oscuros colmados de hierba seca y olvidada; cuadras vacías con excrementos fósiles, esperando una hipotética muda de primavera que ha de llegar de Salcedillo con nueva vida; cubío escondido entre la fantasmagoría de las rocas, bodega de grandes alacenas, abiertos al viento campesino que trae la lluvia. Branizas de Peña Negra, perfume de hierba seca. La sombra del fotógrafo lo curiosea todo con impunidad sacrílega, y luego de hacerlo, emprende el regreso hacia el hondón de Trueba para fundirse en los verdes prados teñidos de narcisos.

jueves, 6 de agosto de 2009

BARBARIE





EL TRISTE FINAL DE BÁRCENA DE BUREBA (julio 2009)

No hay que esperar meses, ni semanas, ni siquiera días. Sólo deben pasar horas desde el abandono de una instalación, sea militar, eclesiastica o civil, sean aldeas y pueblos abandonados, o estaciones de tren sin servicio, y ya están los bárbaros profesionales del desguace (que no sé de dónde aparecen ni quién les paga para a acudir tan rápidamente y trabajar con tanto ahínco) y los grafiteros de medio pelo haciendo de las suyas. Y lo cierto es que trabajan a conciencia. Desguazan sin piedad todo lo que se ve, todo lo que está en pie, pintan cada centímetro cuadrado, sin importarles, no ya la historia de lo que destruyen, sino que la cama de los recién marchados esté todavía caliente, sin pensar que el calor humano y los dramas vividos en los lugares profanados fueron y son iguales a los vividos en sus propias casas. Son profesionales de la destrucción, gente sin piedad, especialistas de la barbarie. Y son muchos, a juzgar por los destrozos que se pueden contemplar a lo largo y ancho de toda la provincia. Veremos en esta sección imágenes de esta sinrazón. Para abrir boca, Bárcena de Bureba, donde el ensañamiento ha sido brutal.

martes, 4 de agosto de 2009

CASAS NOTABLES IV





DE LA FLORA A TRASCORRALES POR UN PASO TENEBREGOSO

Diario 16 Burgos, 26 diciembre 1993

A.M.BU. (Archivo Municipal de Burgos)


La actual imagen urbana del centro de Burgos responde, en buena medida, a un diseño medieval en el que, como no podía ser de otra manera, el núcleo principal del caserío se agrupa en torno a la catedral y la Plaza mayor. Igualmente, y como ocurre en la mayoría de los pueblos nacidos al amparo de un castillo, el meollo del casco viejo se halla (hallaba) apiñado dentro de un cinturón amurallado con diversas puertas de acceso que se abrían o cerraban en función de la seguridad del vecindario. Burgos es, en efecto, paradigmático de este esquema, conservándose como testimonio de ello algunas de las principales puertas-arco dr ingreso a la ciudad antigua, como las mudéjares de San Martín, San Esteban o Santa María.

Tal vez sea esta tradición de arcos de entrada medievales la que parece querer pervivir en los pasadizos que fueron apareciendo en las sucesivas transformaciones llevadas a cabo intramuros de la ciudad, como necesidad de intercomunicar distintos y complicados espacios urbanos, propios de un crecimiento espontáneo, y de facilitar así el tránsito peatonal. Existen varios de estos vomitorios en el casco viejo e incluso extramuros. Algunos son de exiguo desarrollo (Araíco-Chapero, Munguía, Ayuntamiento, Sombrererías) y no alcanzan la categoría de los conocidos como pasajes de Las Llanas o La Flora, emblemáticos y populares los dos, sin duda, pero todos tienen el denominador común de descansar sobre ellos algún edificio de viviendas. Es precisamente, el mencionado pasaje de La Flora, de 30 metros de longitud, el que viene hoy a esta sección de casa “ilustres” de Burgos, por ser el de mayor empaque y tránsito, no en vano una y mil veces pasamos por él los burgaleses a lo largo de nuestras vidas; y no en vano también en una de las calles comunicadas, la de Huerto del Rey, vivió lo más granado de la sociedad burgalesa.

Aunque sus orígenes se esconden en la oscuridad de los siglos pasados, el citado pasadizo, con un patio central, calado, que lo ilumina, existía al parecer ya en 1828; así se desprende de una licencia concedida en ese año por el Ayuntamiento Constitucional al Marqués de Barrio Lucio, aquel jefe de las tropas burgalesas que se enfrentaron a los franceses en la Guerra de la Independencia, “para reformar la casa y servidumbre de paso que por ella tiene el público sita en Huerto del Rey y calle de Laín Calvo”. Los “Obreros Mayores” del Consistorio no pusieron inconvenientes a la obra en su inspección porque además de “mejorar el paso común del pueblo”, se cumplía el requisito de que la misma se ejecutaría según se expresaba en la solicitud, es decir: “poniendo las dos puertas (las del paso) a plomo de los balcones de fachada con sus anchos y altura, como corresponde a el Arte; y la puerta de paso será de ancha tres pies y quatro por su altura regular” (A.M.BU.). Años más tarde, esta casa “titulada pasaje de la Flora”, que como se ha podido ver tenía y tiene fachadas a Huerto del Rey y Laín Calvo, la antigua Trascorrales, es reedificada por la marquesa viuda de Barrio Lucio respetando el ancho del paso público que debe dejar”, según consta en el informe emitido por la comisión de obrería para la realización de dicha reedificación en 1849. En este nuevo proyecto se ofrece una nueva cara de las dos fachadas, con u primer cuerpo de piedra de sillería en ambas y arcos de medio punto en una de ellas, que dan al edificio un cierto aire de nobleza. Y es ésta una imagen que no habrá de variar hasta 1879, año en que se revocan las fachadas y, siguiendo la creciente moda d los miradores, se colocan dos grupos en cada una de ellas para el mejor y más cómodo fisgoneo de los que pasaban en las animadas calles.

lunes, 3 de agosto de 2009

CASAS NOTABLES DE BURGOS III




ENTRE EL ESPOLÓN Y LA PLAZUELA DE LA PALOMA


Diario 16 Burgos, 19 diciembre 1993

A.M.BU.: Archivo Municipal de Burgos

No hace falta ser un exaltado chauvinista para reconocer en la ahora llamada Plaza del Rey San Fernando una de las más bellas plazas de España (eso si se prescinde de algunos edificios mas bien descuidados). La genial simbiosis entre el arte ojival y las fantasías arquitectónicas del siglo XIX llevada a cabo en este amplio y recuperado espacio urbano (ahora peatonal), hacen de él un lugar donde refugiarse de las despersonalizadas urbanizaciones modernas.

Situados en el mismo centro de la plaza que conoció tantos nombres (plazuela de la Paloma, plaza del Sarmental y plaza del Duque de la Victoria), tanto el paseante autóctono como el “turis.rapid” que quiere abarcarlo todo en media hora, tendrán, principalmente, dos opciones: una, mirar boquiabiertos hacia las agujas de la catedral, donde hacen equilibrios las cigüeñas, y otra la de dirigir la vista hacia el sur, no perdiendo detalle ni de la torre-arco de Santa María ni de la sorprendente fachada de la casa nº 2 y 4 del paseo del Espolón, adosada por el lado oriental a la citada torre.

La Comisión Provincial de Monumentos, existente a finales del siglo pasado, hubiera deseado que ambos lados del Arco de Santa maría, entonces Museo Arqueológico, hubiesen estado libres de edificaciones adosadas, “dejando anchas las vías de comunicación a uno y otro lado del histórico monumento”, pero la expansión urbanístico-arquitectónica de la parte norte del Arlanzón, vivida especialmente en las postrimerías del siglo XIX, hizo posible que surgieran, apretadas y de la mano de la burguesía, a lo largo de todo el Paseo del Espolón, una serie de construcciones de porte casi palaciego que hoy causan el asombro.

La correspondiente a los antiguos números 2 y 4 de dicho paseo, es la más arrimada al arco de la vieja torre de Santa María. Existen, en este sentido, noticias de que, no muy lejanas en el tiempo, en el solar que hoy ocupa esta casa hubo otras edificaciones. En 1846 el Ayuntamiento otorgó permiso a Francisco Javier Arnaiz para reformar una “casita” en el que entonces era nº 13 de la plazuela de la Paloma o Sarmental, “a condición de dejar libre la entrada al fontanero para reparar los encañados de la cambija de la fuente de Santa María”, que estaba situada junto al arco. (A.M.BU)

En 1890, en plena efervescencia constructora en el Espolón, la citada “casita” desaparece, y en su lugar reedifica otra Mauricio Fernández Miguel, quien encuentra algún problemilla técnico con una esgueva al hacer los cimientos. Ya no se habla en esta ocasión de la cambija, pero el Consistorio parece muy concienciado en la defensa del patrimonio histórico y pide orientación a la Comisión Provincial de Monumentos para la concesión de la licencia de obras al estar en juego la integridad del Arco de Santa María. La casa en cuestión, que es la que hoy disfrutamos todos los burgaleses, sería reedificada “con arreglo a la dirección facultativa del arquitecto Severiano Cecilia y constructores Landía y Sobrinos”, y tanto su pétrea fachada del Espolón como la de la plaza del Rey San Fernando, son bellísimas muestras de la arquitectura doméstica decimonónica.

VILLAVERDE DE PEÑAHORADA TIENE DOS PENAS...




Villaverde de Peñahorada tienen dos penas: una es la iglesia gótica, arruinada, del Barrio de La Mota, que en su día medieval fue la Antigua Pennaforada de Foras. Las obras de un pozo artesiano acabaron de rematar el olvido y la ruina que ya galopaban en sus muros. Ahora, el mal ya parece irremediable. No pasa nada, al fin y al cabo iglesias góticas tenemos de sobra en Burgos y en Castilla y León, mejor nos olvidamos. Menos mal que la original portadilla que lucía en el ingreso fue trasladada a Burgos y hoy luce en un esquinal de la facultad de Teología, por la parte de Nuño Rasura.

La otra pena que tiene Villaverde, sin contar el notable conjunto de escudos armeros, infravalorados y repartidos por todo su casco urbano, es un palacio arruinado, del siglo XVI, con portada varias veces blasonada y medallones. Todavía se está a tiempo de recuperar o de dignificar lo que queda de esta noble fachada. Veremos y lloraremos. .

LOS PUENTES DE VILLANUEVA RAMPALAY



Primero se construye un puente nuevo de hormigón a pocos metros de un maravilloso puente medieval, porque este último ya no reúne condiciones para el tráfico rodado del tiempo moderno. El puente nuevo afea hasta el infinito uno de los paisajes más extraordinarios de Burgos. No importa, es el progreso.

Después, y ante la degradación que sufre el puente medieval, se decide actuar y los viejos sillares, que con tanto mimo labraron canteros del medioevo, son sustituidos por un entramado de barras de hierro. No importa, hay que dejar la impronta de nuestro tiempo, aunque para ello el paisaje sufra.

Mi pregunta es: ¿El feísmo es un tributo que hay que pagar por el progreso? Difícil de responder, pero que en todo caso sirve para la reflexión.