sábado, 19 de septiembre de 2026

BODEGAS DE HORMAZA, "EL TREN UVERO" Y LA CASETA "GUARDAVIÑAS" (BODEGAS XVII)


Bodegas de El Cotorro, alineadas al camino.


FOTOGRAFÍAS: Bodegas de Hormaza (Tomadas en septiembre de 2026) 

Es septiembre, amigos, tiempo de vendimia de la uva tintorera.  Ha pasado el terrible verano que nos ha tenido enjaulados en la cárcel de las sombras, inmóviles, desganados, cabreados. Por fin hemos podido hacer alguna salida por la provincia, que tanto echábamos de menos, y hemos podido reanudar la tarea que nos llevaba allá por el mes de junio.

Continuando por el medio oeste burgalés, el que ocupan los pueblos del entorno de Villadiego y Castrojeriz, hemos tenido ocasión de visitar conjuntos de bodegas que ni soñar podíamos. (Qué tendrán las bodegas que tanto nos atraen). Hemos visitado conjuntos de bodegas que no conocíamos y que nos han sorprendido por su apiñamiento, espectacularidad y belleza y por la forma con la que se integran en los pueblos y el paisaje. A veces podría decirse que ellas son el paisaje. Hemos conocido las de Hormaza, que forman una línea continua bajo la montaña de El Cotorro, siguiendo el camino que llaman de las Bodegas en el valle de Carraval. Cada una con su frontis de piedra de apariencia megalítica, cada una con su puerta coloreada y su bocallave de herrero de fragua. Y hemos conocido a Cecilio González Pérez, octogenario sabio que sabe todo de la vida perdida de las viñas, del vino y de su “Parlamento” festivo. Él nos habló, en la intimidad de las sombras de su bodega, del tren de la uva, del “Tren Uvero”, el que por las vías del fc. Madrid-Irún, paraba cargado de uva de Cebreros en la estación de Estépar, donde era recogida con carros por los vecinos de los pueblos aledaños que hacían vino; aquella uva tintorera que, transportada en coloños, era arrojada por las zarceras a las pilas de pisado. Él nos ilustró también sobre las varias casetas de majuelo que hubo en los viñedos de Hormaza, cada una con el nombre de “Guardaviñas”, todas orientadas a las propias viñas que había que vigilar en prevención de hurtos de racimos; casetas que, aunque en su interior no hubiera guarda, servían por sí solas como elementos disuasorios.


Puerta centenaria. 

Frontis que enamoran. 

Si se observa bien podrán distinguirse los rebajes en las jambas. 
A veces se hacían necesarios para poder introducir cubas más grandes de lo esperado.

Con asientos de piedra a los lados. 
El placer de la plática con un vaso de vino churrillo. 


Caseta "Guardaviñas", con puerta mirando al majuelo.