miércoles, 3 de octubre de 2012

"TORRE CAÍDA" Y LAS ESPIGAS. LOS ARTISTAS DEL PUEBLO

Sobre la nave desaparecida, la niña de hierro salta a la comba.

Torre Caída. 

Ruinas de Santa María. La iglesia caída. Las esculturas.  

La colina del arte. 

La columna blanca.

Ventana y relieves. 

FOTOGRAFÍAS: Torre Caída, en Padilla de Arriba. (Tomadas el 2 de octubre de 2012). 

 Pasado  este tórrido verano, que parecía no tener fin, he vuelto  a mis pueblos,  a mis carreteras solitarias de los páramos resecos. He vuelto al partido de Villadiego, por donde disfruto perdiéndome. Como casi siempre, voy sin brújula y sin rumbo, y allá donde se distingue un campanario, allá que me voy pues debe haber un pueblo. No llevo noticias de nada, quiero explorar y sentir, sin influencias externas. Y así, llegué ayer a los Padilla, al de arriba y al de bajo. Y en verdad que la visita fue de los más enriquecedora. Dejaré para otra ocasión Padilla de Abajo, donde solo encontré en movimiento la camioneta del carnicero ambulante, que hacía sonar su bocina para despertar los letargos de una mañana calmada por el sol de otoño. Asomados en su hornacina, San Juan Verde y San Juan Seco atisban el invierno que está próximo y sienten la tristeza de lo cerrado y de lo que se cerrará.  Conocía desde hace muchos años este pueblo, pero no su vecino de arriba. Y aquí, queridos amigos de este ya repleto baúl, saltó la sorpresa: en el barrio de abajo, siguiendo la calle El Claustro, hallé las ruinas románicas de una iglesia para mí totalmente desconocida. (Siempre la provincia, su tierra, su paisaje y sus pueblos guardan algo por descubrir). ¿Era un desastre del  patrimonio más, de los muchos que llevamos vistos? Quizás. Pero en su descargo he de decir que el monumento dio en ruina en una época en la que las sensibilidades y los guardianes del patrimonio estaban bajo mínimos. Corría 1921 cuando se vino abajo definitivamente. Después fue la parábola del árbol caído y las astillas. Hoy se llama a estas ruinas Torre Caída, como si en lugar de una iglesia hubiera sido un castillo; ayer, se llamaba Santa María. Pudo ser un monasterio, pudo ser simplemente una iglesia o una ermita, documentos tiene que haber que descubran su partida de nacimiento. No queda mucho en pie, parte del campanario y parte de la cabecea, y algún resto claramente románico, como la ventana del oriente, a cuyo lado se ve una hilada de sillares labrados que, aunque bellísimos, son de dudosa filiación, ¿prerrománicos?


La segadora y la espiga.  

El gallo de hierro anuncia la primera luz.  

Los viejos de roca y las espigas. 

Niña saltando a la comba en el vacío. 


OBSESIÓN POR LA ESPIGA   

Sería prolijo, queridos amigos, hacer aquí relación de los artistas que,  con el paso de los años, he ido encontrando a lo largo y ancho de la provincia. Podría hablaros, una vez más, de mi amiga Pilar, de Lorilla, que hizo la maqueta de su pueblo muerto y esculpió románico con tanto arte como los grandes maestros de Silos; o de las casas pintadas de Quintana y Rezmondo; o del constructor en miniatura de cosechadoras y toda suerte de aperos en Mambrillas de Lara; o de todos aquellos que levantaron castillos en el siglo XX; o de Casilda, de Brazacorta, que construye belenes con piedras parameras figuradamente animadas. Podría hablaros de otras personas que sintieron la llamada del arte de los sueños, de aquellas que sin pasar por academias sacaron arte de lo más profundo de sus raíces, gente del pueblo y de pueblo, a mucha honra. Y así, hoy quiero traeros la obra de un escultor, Emilio Torres, cuyas obsesiones tienen forma de espiga. Ya a la entrada de Padilla de Arriba, se puede ver una gran espiga de hierro sujetada por las manos de alguien enterrado que ve crecer el pan, homenaje a lo que dio sentido a los pueblos. Después, el mismo artista ha sembrado de esculturas el entorno de Torre Caída. Allí, crecen y envejecen esculturas de metal y piedra con las espigas como protagonistas (me quedo con la muchacha espigadora); crecen y envejecen más dos abuelos de roca sentados, recuerdan cuando Santa María estaba en pie. Canta un gallo de hierro el amanecer, canta la luz del oriente que ha de entrar por el ventanuco del ábside románico; y al mismo tiempo, una niña de metal salta a la comba en el vacío de la nave caída. Ya digo, obsesiones y pasiones de un artista del pueblo y para el pueblo.

Habrá quien pueda opinar que este pequeño parque escultórico resulta anacrónico junto a las ruinas románicas. Pero, bien mirado, quizá sea una manera de dar vida a lo que nos dejamos morir. Al fin y al cabo, las representaciones alusivas al campo y a los pueblos no están reñidas con el arte ni con las iglesias o monasterios. Quizá sea un exceso, eso sí, la gran columna blanca que soporta a la Virgen, quizá. De todos modos, todo luciría más si se ajardinara y adecentara la loma donde se levantan las ruinas.


Juntos siempre, hasta hacerse de roca.


2 comentarios:

  1. Como productor de las esculturas, que son representantes de lo que vivieron los vecinos en su día y este es el mejor escenario que este autor ha encontrado junto con otros rincones del pueblo. Son una treintena de esculturas y pronto serán cincuenta para hacer lo que denomino: Senderos de arte y naturaleza.

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  2. Será un placer volver a Padilla y disfrutar de las nuevas esculturas que Tordolín de Padilla nos promete.

    Gracias y saludos

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