miércoles, 30 de octubre de 2013

AMERICANOS DE MONCALVILLO

Moncalvillo de la Sierra.

Santiago Alonso bajo la placa de los emigrantes a México.

Aportaron capital para la luz y el mobiliario
de las nuevas escuelas


FOTOGRAFÍAS: Moncalvillo. (Tomadas en octubre de 2013). Antiguas (cedidas por Santiago Alonso e Isidra Alonso).  


“Llorábamos cuando nos íbamos,
y luego llorábamos allí”.

“Mi abuelo decía que al marchar dijéramos hasta mañana”.

“Yo lo que quisiera es que hubiera tierra de por medio, que no fuera mar, para poder volver andando”.

“Cuando a mi abuelo se le fue un hijo a Estados Unidos le dijo que si no había un sitio más cerca”



Despedida de emigrantes.
Museo Indiano de Colombres.


Una placa en una calle de Moncalvillo de la Sierra, con el título de “AVENIDA DE LOS EMIGRANTES A MÉJICO”, me puso recientemente sobre la pista. Indagaba otro tema de uso particular y me salió la emigración a América. Lo agradecí. A poco que rasqué la piel de este pueblo pude ver que su relación con el país centroamericano era mucho más que una anécdota. Pregunté y contacté, y así llegué a dar con Santiago Alonso Elvira, un vecino que decidió que su destino estaba al otro lado del Gran Mar, un lanzado que se echó al océano buscando algo más que lo que daba la pobreza de su tierra, que la escasez y dureza de sus campos, que lo poco que había para repartir entre una gran población.

“Cuando marché yo [mediado el siglo XX] habría cien vecinos por lo menos, y aumentó algo después. Nosotros éramos seis... y este terreno es muy pobre; han cultivado aquí en sitios que parece mentira. Todos los altos han estado arados, arábamos hasta..; era un pueblo muy esclavo pero muy trabajador. Pero nos juntábamos para arreglar caminos, para ir a por bellotas todos los vecinos y luego las repartíamos...”

Santiago Alonso es uno de tantos moncalvillenses que emigraron a México ("¡Hasta 20 de Moncalvillo nos juntamos en lo que es México!"). Su historia es una más de las muchas que se escribieron en este pueblo burgalés, serrano y americano. Podríamos ir casa por casa y en cada una de ellas encontrarnos  con relatos parecidos, efecto llamada, dramáticas despedidas, luchas y penurias calcadas, vidas empezadas, alguna alegría, demasiada añoranza, fracasos y retornos imposibles. Dicen que no hay una casa en Moncalvillo en la que alguno de sus jóvenes moradores no marchara a América, las chicas, más a Argentina, en los “dorados” 20, y los chicos, más a México. Y si no fue a América, fue a Igualada a partir de los años 30, y a veces, de una misma casa, a los dos sitios. Pero no es de la emigración de los pueblos serranos a la industriosa ciudad catalana, que incluso llega a tener una calle con el nombre de Moncalvillo, ni siquiera del emigrante moncalvillense en Nueva York que murió en las Torres  Gemelas, de lo que queremos hablar, que a todo eso podemos referirnos en otra ocasión, pues bien que lo merece. Hoy nos ceñiremos a México, dirigidos por el relato de Santiago Alonso Elvira, que a poco no se hizo Veracruzano de por vida, aunque sí mexicano, pues tuvo que nacionalizarse para poder residir largo tiempo.

EL OCÉANO IMPRESIONA  A LOS DE MONCALVILLO

Moncalvillo tiene esa magia especial de los pueblos donde la carretera que te lleva muere, no hay continuación, so pena de internarte por caminos de herradura que conducen a pueblos de pinares. Moncalvillo es hoy un bello lugar de supervivientes, con gente mayor en invierno y muchos veraneantes en verano, como tantos pueblos burgaleses. Pero hubo un tiempo de gran población, que se hizo de despedidas. Santiago Alonso, ahora con 82 primaveras a cuestas, se despidió un día de enero de 1949. Tenía 17 años y uno de sus tíos le había reclamado desde Veracruz. Y lo que son las cosas, se fue en avión, al contrario que tantos que fueron en barco, y no fue por miedo. Algunos que fueron a América, sin conocerlo, sí debieron tener temor al mar, y es que el océano era tan distinto a los montes serranos...  “Yo lo que quisiera es que hubiera tierra de por medio, que no fuera mar, para poder volver andando”, dijo un añorante de Moncalvillo que se fue con toda su familia y las pasó canutas en la travesía; pensar en un posible regreso y en el inmenso y bravo océano que se interponía le producía desazón.



Rosendo de la Fuente fue pionero
a finales del XIX.

Tío Martín y familia. en Veracruz.

Tío Rosendo en el bar, con mostacho a la usanza mexicana 


UNOS ERAN RECLAMADOS POR LOS QUE YA ESTABAN

Entre los emigrantes de Moncalvillo a América hubo de todo menos indianos. Indiano se dice del que fue a América, triunfó en sus distintas actividades, hizo fortuna y, como remate,  ostentación de ello.  El emigrante a secas, como lo fueron los de  Moncalvillo, era simplemente un esforzado trabajador y harto tuvo con sobrevivir con cierta dignidad. Como mucho, algunos llegaron a ser comerciantes, trabajando y regentando pequeños y variopintos establecimientos. Este es el caso de Rosendo de la Fuente, que fue el pionero de la familia que seguimos. Primero recaló en Argentina, y de allí pasó a México. Recién llegado a Veracruz, hacia 1890, se encargó de la limpieza de un teatro, “El principal”, para más tarde abrir un bar. Después, a rebufo del tío Rosendo, desembarcaron en el país azteca cinco hermanos, que eran poco  más que niños, tíos de Santiago, uno de los cuales, Matías Elvira, fue el primero en tocar tierra americana. La llegada de estos hermanos a Veracruz fue escalonada y se produjo entre 1910 y 1920, años convulsos, donde sonaban o resonaban voces carrancistas, maderistas, porfiristas, villistas, zapatistas.., todo un coro de celebridades e inestabilidades políticas, tiempos de revolución.

En medio de todo, el tío Matías dio empleo a su sobrino Santiago en la ferretería que regentaba, que recibía el nombre de “La Estrella”.

“La ferretería la tenía el tío Matías en Veracruz.  Estuve con el tío del 49 al 56, siete años. Y luego me independicé yo, pero ya en la capital, en DF, y ahí estuve tres años, con un negocio pequeñito, pequeñito, también de ferretería. Después volví a Veracruz, y entre otro hermano y yo tomamos la ferretería del tío Matías, la llamamos “La Nueva Estrella”.


Cuatro de Moncalvillo detrás del mostrador.
Rosendo, Matías, Martín y Roque.

Ferretería del tío Matías (primero por la derecha).
Santiago, una empleada del comercio y Clara Aguilar..


La peripecia americana de Santiago acabó cuando, después de doce años, en 1973, regresó definitivamente a su querido y añorado Moncalvillo. 

“En el 67 vine como para quedarme ya, quería estar aquí. Estuve como año y medio, y entonces yo era mexicano, [pues] me tuve que nacionalizar... Y tuve que pedir permiso para estar aquí [en España], entonces no podía trabajar, venía como turista, y en los papeles que tenía que rellenar, la prórroga y eso, puse que era para “estar con la familia”, y era cierto.  Regresé para allá en el 69 y ya en 1971 volví  para quedarme”.  


UNA TRAVESÍA DE 28 DÍAS

En sus idas y venidas de América a España, que fueron varias, Santiago prefirió volar en avión. Aunque también llegó a mecerse en alta mar. En uno de los viajes llegó a embarcarse en el trasatlántico “Virginia Churruca”, y cuando ya regresó definitivamente, lo hizo también en barco, en el “Satrústegui” y en clase turista. Esta última travesía, recuerda, le duró 28 días, casi un mes para el balanceo y digestión de la historia que dejaba atrás.


Cuatro de Moncalvillo
se dirigen al Consulado
del Gobierno Español en el Exilio, en DF.,
 para registrarse (1949)


VENDÍAN TODO PARA PAGAR LOS PASAJES

Al parecer, debió ser legión la gente de los pueblos de la sierra que emigró a América, y justo sería que algún día, alguien, recogiera en tesis doctoral esta diáspora, tan importante como desconocida. Santiago nos habla de jóvenes de pueblos cercanos al suyo que conoció allá, de La Gallega, de Castrillo de la Reina, de..., de burgaleses que, desembarcados en Veracruz, se desperdigaban al poco tiempo por lugares con nombres que nunca antes habían escuchado, Orizaba, Puebla, Cornavaca, Tampico, Lincoln, Cuautla..., que casaron con mexicanas de Texcoco, de Amecameca, de tantos lugares del bello y lejano país. Nos habla también el moncalvillense de familias completas que, tras vender todas sus pertenencias en públicas subastas, para comprar los pasajes, abandonaban su pueblo para ir a un destino incierto y quizá de nunca retorno.

“Algunos de los que se fueron a la Argentina [no pudieron volver], dicen que porque vendieron [todo]; es que vendían todo para el pasaje. Yo me acuerdo de pequeña de ir a la subasta, [de] cómo lo vendían en la misma casa, debajo de la casa... Vendían la casa, vendían las cosas, algunos las tierras... ¡Y llorábamos más cuando se marchaban...! ¡Se marchaban tan lejos...! Mi abuelo, cuando nos íbamos a Igualada, decía que le diríamos hasta mañana, que le diríamos hasta mañana, que él no quería [despedidas para mucho tiempo]. Y cuando se fue un hijo a los Estados Unidos, pues mi abuelo le decía que si no había otro sitio más cerca”.  [sic. Ana Abad, esposa de Santiago].

         
      UN PAISANO SE ENCUENTRA CON SANTIAGO EN VERACRUZ

Cuando estuve establecido en México [DF], estaba yo allí en la ferretería y llegó un señor bien montado, con sombrero y todo, y dice:

-Tú pareces paisano [de Burgos], ¿eh?
Digo:
-Sí.
Dice:
-¿Pues de dónde eres?
Digo:
-De Burgos.
Dice:
-¿Pero del mismo Burgos?
Digo:
-No, soy de Moncalvillo –digo-, del partido de Salas de los Infantes.
Dice:
-¿Pero del mismo Salas?
Digo:
-No, de Moncalvillo.
Dice:
-¡Cuántas veces he pasao yo por ahí! –Dice-, iba con mi padre a arreglar carros y pasaba mucho a los pinares.


DIERON PARA LA LUZ Y PARA LAS ESCUELAS

Como los indianos triunfadores, los emigrantes de Moncalvillo, aunque a menor escala, hicieron también obras benéficas para el pueblo que les vio nacer. Una veintena de ellos que vivían en México, aunados por Matías Elvira,   acordaron aportar dinero para traer la luz, de eso hace 42 años; hasta  entonces les llegaba, pobremente, de un central en Los Vados, igual que a La Gallega, Cabezón o Castrillo. Aportaron igualmente para el mobiliario de las nuevas escuelas, inauguradas en 1965. Tal mecenazgo requería un agradecimiento de todo el pueblo, y es lo que explica las dos placas del callejero cuyas fotografías aquí se adjuntan.

AGRADECIMIENTOS

A Ana Abad, que acompañó la memoria de Santiago.

A Isidra Alonso, que subió al desván de su casa en Moncalvillo
 y encontró una vieja fotografía del tío Rosendo. 

A Santiago Alonso y a todos los emigrantes de Moncalvillo. 


martes, 22 de octubre de 2013

MULEROS, UN CAMINO OLVIDADO A VALDELATEJA


Camino a Valdelateja desde el páramo.

Grandes piedras protegen y señalan el camino.

El camino excavado en la roca.

Hace decenas de años que nadie transita por el camino. 

Valdelateja en el hoyo. 

Ermita de San Antonio, cerca de Valdelateja.
 El camino de los muleros pasa rozando. 


FOTOGRAFÍAS: Camino a Valdelateja. Ermita de San Antonio. (Otoño, 2013).


Llevamos aquí tiempo siguiendo la huella de los muleros en sus desplazamientos a las ferias burgalesas, entre otras, a las de Miranda de Ebro. En una primera entrada, de eso hace ya tres años, nos referíamos a su salida de San Martín de Elines, su ascenso por el Portillo del Tez, su paso por los páramos altos del Rudrón y a sus posibles caminos de descenso a Valdelateja, que hasta entonces (y hasta el pasado sábado) nos eran desconocidos. Sabíamos, más o menos, por donde debieron bajar, porque Damián Montero, “El Peseta”, nos había dado antes de morir alguna indicación desde su casa en San Martín, pero aún no habíamos dado con ninguna embocadura de camino en los precipicios que miran al río. Esta era una asignatura pendiente y muy difícil de aprobar, pues desaparecido el mítico mulero, ya no queda nadie en los pueblos que pueda informar con precisión, además de que el monte ha crecido en espesura y se ha hecho salvaje. Los viejos caminos de la despoblación, por importantes que llegaron a ser, hace decenas y decenas de años que no se usan, las carrascas de encina todo lo cubren y resulta complicado hasta llegar a los cortados para asomarse al desfiladero del Rudrón. Ha sido ahora, cuando, en excursión con mi amigo y compañero de exploraciones, Miguel Moreno, el más grande conocedor de los caminos de la provincia, hemos podido dar con la que parece principal vía de descenso. Me gustaría, queridos amigos y seguidores de este Cajón de Sastre, encontrar las palabra más apropiadas para describiros no sólo el camino, una obra hecha por colosos y para colosos, sino también las emociones que sentimos al explorarla. Fue como una aparición, de repente, ante nosotros, se abrió el hueco, y una escotadura en el farallón rocoso daba inicio al camino escondido y olvidado, sin pasos desde hace más de medio siglo. Empedrado en algunas partes, con anchura para carros (aunque es prácticamente imposible que ningún carro llegara rodar por él, dada su fuerte pendiente), presenta poderosos contrafuertes en las orillas, con gigantescas piedras que sólo gente esforzada de otras épocas pudieron poner en tan difíciles condiciones; bien podría decirse, si se pudiera, que en algunos tramos el camino tiene proporciones megalíticas. En su descenso, va serpenteando, como es natural en los caminos de pronunciada ladera, pero llega un momento en que va perdiendo consistencia e identidad, convirtiéndose primero en senda y luego, a media ladera, en nada, solo el cascajo fino y corrido. No fue grande la decepción, pues con lo que pudimos ver nos bastaba para saber que los muleros y otras gentes que cultivaron el páramo tuvieron este camino como principal vía de comunicación entre las tierras alta y los hondones del Rudrón y Valdelateja.

jueves, 17 de octubre de 2013

LA VOZ DE LAS PIEDRAS


Leyenda en un  dintel. 

FOTOGRAFÍA: Casa de Manciles. (Tomada en julio de 2011). 

Hace poco más de un año publicábamos en este Cajón de Sastre una entrada titulada “MENSAJES EN LAS VENTANAS”. Nos referíamos a leyendas encontradas en distintos lugares de la provincia, escritas en casas antiguas y sobre los dinteles de las ventanas. Hoy, continuando con el mismo tema,  traigo una nueva y curiosa  inscripción encontrada en una casa del pueblo de Manciles. “¡VIVA MI DUEÑO!”, leemos en ella. Mensaje directo donde los haya, sin duda. Y es que hacemos hablar a las piedras grabando o escribiendo lo que siempre queremos ver y escuchar. Así ha sido siempre, desde que aprendimos a escribir. Todo porque jugamos a perdurar. Pero los escritos en las piedras, aunque duraderos, tienen también su fecha de caducidad. Esta casa, con más de un siglo de antigüedad y con mensaje tan simpático, expresivo y sincero, está ya vacía, esperando quizá un próximo fin. ¿Qué habrá sido de aquél a quien se vitoreaba desde la ventana? 

sábado, 12 de octubre de 2013

BARRIO DEL PILAR, O DE LA SEDA



Donde ahora está la Escuela de Arte,
antes estuvo la Fabril Sedera.

Exposición de modelos fin de curso
en la Escuela de Arte. 


En 1944 se fundó la Fabril Sedera.
La ciudad se movía, no hay más que ver pasar el tren,


El Barrio de El Pilar fue el primer polo industrial de Burgos.
Allí se creó la Fabril Sedera.  
La chimenea de la Fabril Sedera todavía se conserva.


FOTOGRAFÍAS: Escuela de Arte de Burgos (2011 y 2012). Fábrica  Fabril  Sedera S.A. (Tomadas de una pintura). 


Las ciudades, como las personas, si no están muertas es que viven, así son las cosas. Burgos, aunque en un tiempo pudo alguien pensar que estaba  muerta y sin evolucionar, lo cierto es que algo se movía en ella, digamos que, a su manera, vivía. Y es que una ciudad, por muy retraída y centrípeta que sea, viene a ser como el movimiento continuo, que es imparable. Burgos nunca dejó de moverse, se movía incluso antes del Polo de Desarrollo Industrial, creado más allá de Gamonal en los 60. No hay más que observar las muchas fotografías antiguas, que por uno y otro lado se nos muestran, para ver que la evolución sin museo ha sido una constante en la ciudad. Los derribos de edificios, por antiguos u obsoletos, con el fin de crear otros nuevos, se han producido y producen continuamente, es el pálpito de la ciudad que no está muerta. Y algunas veces ha ocurrido bien a la vista y otras han pasado inadvertidos, todo depende de que la transformación haya ocurrido más cerca o más alejada del centro urbano. Tengo unas fotos delante de mí que son las que me han sugerido tan infantil perogrullada. Son unas imágenes que nos hablan de un barrio alejado del corazón urbano, del barrio del Pilar, que fue el primer polo industrial de la capital burgalesa. Hoy, que es la fiesta patronal de este barrio, ahora universitario, me ha parecido oportuno traeros, queridos amigos y seguidores de este Cajón de Sastre, un par de ejemplos de esa evolución, un antes y un después de un mismo lugar, un ayer y un hoy en el mismo suelo. En 1944 nació la fábrica de textil “Fabril Sedera S.A.”, muy cerca de “la” muy recordada S.E.S.A, otra fabril con parecida actividad. Y allí permaneció viva durante años, hasta que se trasladó al polígono industrial de Villalonquéjar. Aquel complejo fabril se sumió entonces en el abandono, y por impulso del movimiento continuo, fue derribado, y en su lugar, nació un solar, y donde antes hubo seda, emergió en 2011 el edificio azul, la nueva y flamante Escuela de Arte de Burgos.


Milagro de conservación. 


miércoles, 2 de octubre de 2013

DE VILLADIEGO A PARAGUAY


Palacio del siglo S.XVI en Villadiego. 

Placa conmemorativa junto al Palacio de los Velasco.


FOTOGRAFÍAS: Palacio de Bernardo de Velasco y Huidobro, en Villadiego (2011). Placa conmemorativa junto al palacio (2013). Río Paraguay. Mercado de Pettirosi. Caacupé. (2002).  

De nuevo he visitado Villadiego, que como ya os he dicho en entradas anteriores,  queridos amigos, hay algo en este lugar que me llama una y otra vez. Debe ser la paz que se respira en sus calles, sus rincones y plazuelas rezumantes de historia y sosiego, debe ser que aquí encuentro la vida detenida, los lunes, los martes, los miércoles... Las ciudades son como los niños, que no nos gusta que crezcan cuando tienen dos y tres años, pero crecen, y se hacen inhóspitas a veces. Villadiego se quedó en niño. Todo viene a cuento porque en el recorrido reciente por la villa con unos amigos, pude ver un detalle que aún no conocía; me refiero a una placa conmemorativa, instalada recientemente frente al que llaman Palacio de los Velasco y que se refiere al 200 aniversario de la independencia de Paraguay y al último Gobernador del país guaraní, Bernardo de Velasco y Huidobro, seguramente el constructor de este magnífico palacio del siglo XVI. La leyenda de la placa me hizo preparar las maletas y viajar por la memoria de mi estancia en Paraguay, de eso hace ya casi una docena de años. Al leer Paraguay en Villadiego, en este lado del Gran Océano, como un resorte, vinieron a mí historias e imágenes que llevo y llevaré siempre en el bolsillo del corazón: los bañados asuncenos en las orillas del río Paraguay, los camalotes deslizándose sobre su hijo Pilcomayo, El Chaco del otro lado, las misiones jesuíticas, la Guerra de la Triple Alizanza y sus consecuencia infanticidas, la de El Chaco, el Supremo dictador Francia, los palmerales, los colectivos, los copetines, los menonitas, la desigualdad, las indiesitas y sus abalorios en las calles, los trabucos en las farmacias, los caminos y hormigueros rojos, los claveles de aire, Clorinda y su frontera del fin del mundo, Caacupé, los amigos... Cerré los ojos al pie de aquella placa de Villadiego, en aquella plaza que visitó el Embajador guaraní en España, y las imágenes regresaban como si nunca se hubieran ido. Por eso hoy, queridos amigos y seguidores de este Cajón de Sastre, se me deslizan estas pequeñas notas que tomé hace once años luz, recuerdos de un viaje y de un país que aprendí a querer. 


Río abajo, los camalotes se deslizan
 por el Paraguay, por donde llaman Puerto Sajonia. 

Los colores de Caacupé. 


  
De “MEMORIAS DE AMÉRICA”

(Agosto, 2002)


En el mercado de Pettirosi

[...]. Son las 11 de la mañana, hora paraguaya. Cuatro burgaleses ponemos rumbo al mercado de Pettirossi. ¡Ah, qué gran mercado! ¡Qué colorido! ¡Qué humanidad tan sana! Toldos multicolores y abigarrados, viejecitas mestizas (a mí todas me parecían indias) vendiendo toda suerte de hierbas del campo, lo que en Paraguay llaman el yuyu y, que debe ser la obligada medicina de los pobres (sin menospreciar ni olvidar sus valores tradicionales). Pettirossi es un laberinto de calles fijas, con puestecillos de paredes y techos de tela, aunque también los hay de fábrica. Perderse en este dédalo de humilde consumo es sentir el pálpito de un pueblo que, aunque sencillo, todavía no ha perdido sus señas de identidad. En Pettirossi, gente viene y gente va, puede encontrase todo lo que no es superfluo, al contrario que en nuestro mundo, que es primero en despilfarro. Reclaman nuestra atención las tenderas, mujeres paraguayas afables, viejecitas mestizas, con facciones profundamente indígenas. Nos ven pasar, fisgar y, con decisión pero sin agresión, se dirigen a mi compañera:


Mamita, ¿qué buscas?,  o  ¿Qué buscas, mamita? o  Mamita, ¿qué te vendo?

Y los vendedores de chipa, que son legión, con su cantinela:

¡Chipa, chipa: cuatro por mil! (guaraníes). [...].


Artesana tabaquera en el
mercado de Pettirosi..

Mercado multicolor de Pettirosi, en Asunción.



Misión  jesuítica de Trinidad

[...]. En Encarnación, Rob, nuestro amigo, anfitrión y guía, continuó sorprendiéndonos para bien. Le expusimos nuestros planes de ir a visitar la reducción jesuítica de Trinidad, y él, antes de que nos diera tiempo a pedirle información de cómo llegar a este Patrimonio de la Humanidad, ya se había ofrecido a llevarnos con su propio coche. El paisaje se presentaba hermoso camino de Trinidad. Suaves vallejadas, pobladas de inmensidad de árboles, de especies desconocidas para nosotros, envueltos en una tenue bruma, embellecían la antesala de la misión. Pensaba yo en aquellos momentos que no era extraño que los jesuitas se fijaran en este lugar para fundar y levantar su reducción. Aquello bien pudo ser el Edén.
Ya en la Misión, observamos que, aunque todo está muy bien cuidado, no hay estructura turística ni parafernalia semejante a la de los más importantes lugares de peregrinaje turístico. Ello me sorprende, y en cierto modo me agrada, aunque ponga de manifiesto que el turismo en Paraguay está aún en mantillas. El acceso es humilde: una pequeña edificación de la Dirección General de Turismo del Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones donde se sacan los billetes y una mesita en la entrada con algunos folletos sencillos de la misión jesuítica declarada Patrimonio de la Humanidad, nada más. Emocionados, nos adentramos en la gran explanada cuadrada, de mullido césped, a cuyos lados se  encuentran las ruinas, y dimos rienda suelta a la imaginación. Sobre nuestras cabezas el cielo se abría con un azul intenso, y el sol brillaba en su plenitud, todo lo cual acentuaba el contraste entre la roja piedra arenisca de las ruinas y el exuberante verde que las rodea. Sobre ésta y otras reducciones socializantes ya habíamos leído algo en Burgos (recuerdo un precioso trabajo de Roa Bastos) y teníamos una idea aproximada de cómo funcionaban; sin embargo, nuestra imaginación se dejaba llevar hacia la película The Mission y hacia su excepcional banda sonora. Y así, jesuitas un pelín progresistas en medio de la selva invadida, bandeirantes de esclavos, gobernantes portugueses y españoles repartiéndose tierras que no eran suyas, indios desnudos construyendo iglesias y tocando el violín, iban desfilando por nuestro ensueño, en nuestra visita por el conjunto [...].


Explanada y ruinas de la misión guaraní de Trinidad.

Misión de Trinidad.
Arte de las misiones jesuíticas.