martes, 27 de enero de 2015

DE ESCUELAS Y MAESTROS DE PUEBLO

                                                   
La cocina de la maestra tenía dos fogones.
       

 FOTOGRAFÍAS: Cocina y pasillo en vivienda de la maestra. Esfera del viejo reloj. (Tomadas en enero de 2015).

A veces ocurre que nos ponemos en carretera sin rumbo fijo, sin saber dónde vamos ni lo que queremos ver, y puede y suele suceder que nos salgan liebres aquí y allá a poco que nos fijemos y salga también a flote nuestra  curiosidad. A los dos días de la última nevada, yo mismo salí en busca de paisajes blancos, como suelo tener por costumbre, y me salieron dos escuelas, la primera en Quintanaloranco y la segunda, en Bañuelos de Bureba. Me desvié al primer pueblo porque me lo imaginé a primeras horas de la mañana totalmente dormido y con sus calles nevadas, lo cual tiene su encanto. Recorrí todo su callejero, subiendo y bajando de tacón por aquello de los resbalones, y solo vi casas dormidas, como imaginé que estarían sus habitantes. El tiempo detenido. Me llamó la atención un edificio de buena piedra, con torre relojera en medio rematada en campana de horas y minutos musicales. Guardando las debidas distancias, me recordó a la de Villamayor de los Montes, sí, la del reloj Canseco que aquí vimos. Será el Ayuntamiento, o las escuelas, me dije, o un multiusos, como tantos proliferan ahora en pueblos que han muerto o están a punto de morir. Despoblación. Al poco, vi subir un todo terreno por la calle Mayor. Hice una señal al conductor para que se detuviera, y se detuvo en el hielo. Hubo suerte, era el señor Alcalde; con él pude acceder al flamante edificio, que además de cumplir ahora como Ayuntamiento y centro médico, fue antes escuela y casa de los maestros, y además de todo eso, es ahora “la Peña”. Subimos a lo alto de la torre por ver la maquinaria del reloj, pero esta ya había desaparecido, y en su lugar funciona (cuando funciona) un simple aparatejo electrónico (¡qué habrá sido del ordenado y viejo nido de ruedas dentadas!) Mejor no preguntar. Para subir al cuarto del reloj hay que pasar por dos viviendas; “la de abajo era la de la maestra, y la de arriba, la del maestro”. Recorrimos las dos. En la de la maestra me llamó la atención su cocina económica; nunca antes había visto una con dos fogones adosados, “el uno era para leña y el otro para paja”, me dijo el edil. Las habitaciones de la maestra, hace tiempo sin aliento, sin  tareas ni cuadernos, eran ahora almacenes de trastos empolvados. Un antiguo mapa deshilachado de los ríos aquí, un retrato de Franco apoyado en la pared de una alcoba ciega allí, un lavabo portátil de aguas gélidas para el aseo mañanero de la maestra, una habitación sin cama, y algún trasto más que no recuerdo, cosas ahora inservibles que fueron para el servicio de la enseñanza. Olvido. Y salimos. Y las escaleras nos llevaron al piso-vivienda del maestro, donde el guano de las palomas todo lo invade. “Es que hace tiempo que nadie sube aquí”. Y además, “es que el maestro tenía conejos” en su casa. Hambre. La esfera del viejo reloj, erguida sobre la basura fósil de los conejos, duerme ahora con una aguja caída, como si quisiera detener un tiempo difícil pero feliz.


Se desmontó el viejo reloj y se detuvo el tiempo 


El maestro y la maestra de pueblo, héroes de un tiempo raído, una raza que se extinguió. Quizá un día los encuentre, y entonces les preguntaré cómo fueron sus vidas dedicadas en Quintanaloranco.

Al bajar a la planta, accedimos a la peña-bar, que todavía conservaba el calor de la noche de brisca y dominó. En un lugar junto a la barra vi colgado un calendario animado con la fotografía de un aula escolar. “Es la escuela de Bañuelos”, dijo mi acompañante. Sí, ya veo. ¡Ah, la escuela de Bañuelos, la famosa escuela!, recordé. Parecía que los hados se hubieran puesto de acuerdo para que aquella mañana de nieve todo girara en torno a las escuelas. Bien que lo agradecí, pues así, por fin, podría visitar la del maestro que enseñó con una imprenta, la que tanto anhelaba conocer.  


Ya no huele a humo y el pasillo
parece más largo sin la maestra



    
             LOS CONEJOS DEL MAESTRO

 (1): Este cuento-descripción que acabo de inventar bien podría haber sido escrito en 1934-36 por un niño de la escuela de Bañuelos de Bureba y editado con la técnica Freinet en la imprenta que el maestro Antonio Benaiges implantó en este pueblo burgalés como método de enseñanza.


La casa de la maestra tiene un pasillo largo y una cocina al fondo. La cocina es de hierro. Tiene dos fogones, uno se enciende con leña y otro con paja. La leña y la paja la llevamos los niños para que la maestra no tenga que ir a buscarla al monte.

La maestra se llama Matilde y nos dijo que era de un pueblo de León que se llama Astorga.

 Encima de la casa de la maestra está la casa del maestro, que cría conejos en una habitación. Una vez, estábamos en clase y se le escaparon todos los conejos y tuvimos que ir a buscarlos los niños con el maestro. Un conejo se escondió en la habitación del reloj y no lo encontramos, y lo encontró el tío Santos cuando subió a dar cuerda al reloj.

El maestro nos dice que pasa mucho hambre y que por eso tiene los conejos, pero no sé si será verdad porque los maestros son señoritos.     


PRÓXIMA ENTREGA: 
"LA ESCUELA DE BAÑUELOS DE BUREBA, LOS NIÑOS IMPRESORES"





5 comentarios:

  1. Magnifico homenaje a los maestros de antaño, no solo a través de la escuela sino también de las viviendas donde se alojaban. Viviendas frías, carentes de calor humano al no ser su casa propia pero con algunos pequeños adelantos de los que carecían en numerosas viviendas del pueblo.
    ¡Cuantas casas de maestros no se llegaron a usar apenas! La despoblación y el temor de las chicas jóvenes en su primer destino a estar solas y preferir vivir de patrona no hicieron posible la habitabilidad de muchos de estos hogares.
    Lo resumes con una frase genial: Héroes de un tiempo raído, una raza que se extinguió.
    Enhorabuena por el reportaje.
    Saludos.

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  2. Gracias, Faustino. Algunos de estos héroes todavía viven. Intentaré encontrarlos para que me cuenten y pueda contaros.

    Un abrazo

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  3. Muchas gracias, Gema, por su amable comentario.

    Un cordial saludo.

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