martes, 27 de septiembre de 2016

LA TAQUILLERA DEL "CAMPOS ELISEOS"


Teatro Campos Elíseos de Bilbao

Artistas y actores famosos con dedicatorias a María Ortega,
taquillera 
del Campos Elíseos 


Taquilla del teatro




FOTOGRAFÍAS: Teatro Campos Elíseos, actoresartistas famosos reunidos 

Hablábamos en la anterior entrada de lo difícil que nos resulta a algunos desprendernos de aquello que alguna vez nos fue útil o que nos pareció valioso, pero que, con el paso del tiempo, va oxidándose, adquiriendo perfume a rancio y haciéndose cada vez más inservible.  Acumular o no acumular, guardar o no guardar, esa es la cuestión. Hay quienes  guardan hasta el fin de sus vidas aquello que en algún momento de su pasado significó algo especial para ellos, o ni siquiera tan especial. Guardan y guardan, sin pensar (o aun pensándolo) que todo lo acumulado pueda llegar a ser una rémora para aquellos que lo heredan. El futuro está muy lejos, piensan o pensamos, ya haré limpieza un día, ya decidiré lo que hacer. Y pasan los años y la decisión no llega, y el futuro se presenta de improviso y nos sorprende con el desván lleno. ¿Qué ocurre después?  

En relación a lo anterior, viene a cuento una historia verídica que paso a contar.


 Bilbao, 1996, dos estudiantes burgalesas de Bellas Artes en la Universidad del País Vasco rebuscan en contenedores de basura del centro de la ciudad algo que les sirva para hacer sus instalaciones artísticas. Cualquier cosa puede servir, los de Bellas Artes tienen mucha imaginación y con lo que otros han despreciado, y arrojado a la basura, ellos reciclan y crean sueños. Y hete aquí que, en esa rebusca, descubren en el fondo de un contendor, entre todo tipo de inmundicias, unos paquetes que resultan ser fajos de cuentos y postales. ¿Cómo alguien puede tirar estas cosas?, se dicen con admiración y tristeza. Revisan los fajos. Los cuentos son de Calleja, cuentecillos ilustrados que sin duda alegraron algún día a quien los coleccionó. El fajo grande se compone de postales, o mejor, de fotografías, pues todas ellas son estampas de célebres artistas que trabajaban por los ¿felices? años veinte. Cada fotografía tiene una dedicatoria, todas están dedicadas a María Ortega, taquillera que fue del teatro Campos Elíseos, la Bombonera modernista que luce en Bilbao desde 1900. En el fajo de fotografías aparece lo más granado de la canción y del teatro de la época; por los asombrados ojos de las estudiantes desfila un repertorio de rostros para ellas desconocidos, pero que intuyen de famosos; ven la imagen y firma de Celia Gámez, lo mismo de Lola Membrives, de Ladrón de Guevara, de los payasos Hermanos Ramper..., figuras para la historia, sin duda.

         Aprovechando cada función, María Ortega consiguió la foto y autógrafo de todos los famosos y famosas que pasaban por el Campos Elíseos. Comprendió que esa pléyade de celebridades reunidas era una colección como pocas y que había que conservar. Y María la conservó, junto con los pequeños cuentos, como un tesoro, con orgullo, cariño y durante muchos años, hasta su muerte. 

Tras la desaparición de la taquillera, alguien pensó que aquellas colecciones eran un estorbo. Al fin y al cabo, para ese alguien no debían significar nada, seguramente por no haber tenido la vivencia y privilegio de conocer a los artistas que María conoció, ni haber soñado con la lectura de los Cuentos de Calleja. Por todo eso, decidió arrojar el tesoro al contenedor de basura. 

El destino quiso, sin embargo, que esas colecciones fueran rescatadas por dos estudiantes burgalesas, y así, el ciclo puede continuar.  



Dedicatoria de Lola Membrives

Dedicatoria de Celia Gámez





Cuentos de Calleja, encontrados en el
contenedor de basura junto a las
fotos dedicadas 



martes, 13 de septiembre de 2016

VIEJOS PAPELES, EL MELANCÓLICO SABOR DE LO RANCIO


  
Ruinas de San Pedro de Arlanza, sueño de nuestra Historia





FOTOGRAFÍAS: Ruinas de San Pedro de Arlanza (Tomada en 2016)


Hace ya bastante años, alguien que estuvo de visita turística en China me trajo, como regalo y recuerdo de aquel gran país, un ejemplar del Libro Rojo  de Mao Zedong, supongo que uno de los cientos de millones que debían pulular por los mercadillos de calle y tiendas de lo viejo, y que entonces y ahora, al parecer, se difunden o venden como souvenir, al igual que aquí las espadas de Toledo.  Siempre me he preguntado qué le hizo pensar a mi amigo que podría interesarme semejante icono comunista. No sé la respuesta, pero el caso es que el olor a rancio del librito inunda desde entonces  mi pequeña biblioteca; hoy es el día en que, al abrir sus páginas, un aroma de bodega se expande y permanece en mi ambiente hogareño durante prolongado tiempo. Ocurre igual con dos bancos pasiegos que conseguí, por medio de trueque, a través de un amigo ganadero del valle de Lunada: que debieron pasar muchos años hasta que desapareció el olor a vaca y cabaña. Y sucede igual con las carpetas que yo mismo he acumulado durante mis años de rebusca en archivos y bibliotecas y de escribidor de bolígrafo y Olivetti, carpetas repletas de papel que lleva durmiendo años e impregnándose de perfume rancio en los húmedos sótanos de mi propia casa. Es mucho lo guardado, y de temas variopintos, quizá por eso siempre he tenido miedo de enfrentarme a ello. No en vano, hacerlo supondría tomar la grave decisión de tirar a la basura todo lo que ya no sirve (¡tanto!), o que nadie, nunca, va a utilizar. Pero a ver quién es el guapo que se atreve a tirar su pasado, renegando de una parte de su vida, a un cubo de basura.
En fin, revisando la montaña de papeles con apuntes fósiles, me encontré con unos viejos amigos, con los cientos de signos lapidarios (también llamados marcas de cantería) que entre 1985 y 1988 llegué a recoger en los principales monumentos medievales de Burgos. Es este un material inabordable ahora, como lo fue en aquellos años, y quizá por eso lo abandoné. Pero son recuerdos, momentos vividos, son un pasado de locura del que no puedo renegar. Y así, revisando y revisando el jeroglífico al amparo de las sombras, me veo en el frío invierno de 1986 en las ruinas de San Pedro Arlanza, escudriñando cada rincón, cada sillar, anotando en mi libreta cada signo cabalístico, cada tablero alquerque, de inescrutables significados..., soportando vendavales en el husillo del campanario, en los claustros del viento, como lo soportaron los frailes negros que habitaron el convento, como lo soportaba por aquel tiempo Fulgencio Carrancho, sin par guarda de las ruinas.  Y a la par que recogía testimonios canteros de las logias masónicas, divagaba sobre por qué estas ruinas de Arlanza, siendo tan fundamentales para nuestra historia, se encuentran tan despreciadas.
Ya digo, fueron vientos dementes los que me llevaron a aquella empresa recolectora que no llegué a concluir. Aquí os dejo, queridos amigos de este Cajón de Sastre, una pequeña y rancia muestra de una colección lapidaria que dormía en los sótanos de mi memoria.


Real y Antigua de Nuestra Señora de Gamonal


En el monasterio jerónimo de Fresdelval



domingo, 11 de septiembre de 2016

FIN DEL VERANO


Trinchera del ferrocarril  Santander-Mediterráneo,
hoy convertido en senda verde. 

Donde ahora se abre esta trinchera hubo una oquedad natural
 que fue la que dio nombre a los dos Peñahoradas que existieron, 
el de Afuera y el de Adentro. 


Penúltimas nubes de verano


FOTOGRAFÍA: Nubes de verano en Peñahorada. Trinchera del S.M. (Tomadas en septiembre de 2016)


El verano está a punto de dejarnos, queridos amigos. En lo que a mí respecta, pronto abandonaré las sombras de la supervivencia. Ya los tomates del huertecillo comienzan a rojear, y las uvas, las primeras que han llegado a sazonar en mi larga historia hortelana, ya que no del oídio, sufren los ataques de la torda, como las acelgas o las lechugas; si se empeña, este monstruito negro no me dejará nada; los pájaros no entienden de propiedades ajenas. Solo por probar, he envuelto los racimos con cintas magnéticas de antiguos casetes que ya no uso, creo que en alguna iba un concierto para violín de Beethoven; también he colgado entre la hojarasca cegadores cedés, en uno de los cuales debe cantar Pavaroti, pero me temo que la torda no entienda de música sinfónica ni de bel canto y siga con sus banquetes. El velo de novia parece que se resiste a desaparecer, lleva meses de nieve perfumada y zumbido de abejas y parece estar lleno de vida. La lluvia sigue sin aparecer y la hierba se encuentra a punto de ignición. Las crías de víbora se pasean al atardecer por la senda verde, recién estrenada, del ferrocarril Santander-Mediterráneo, pronto se esconderán en sus guaridas, y hasta que apriete el sol el próximo verano, ojalá no tanto como en este. Y en este marco de fin de estío, nacen y se ocultan atardeceres de ensueño, y las estrellas se dibujan en el cielo, siempre puntuales y acompañadas de rumores aeronáuticos (muchas noches he estado tentado de contarlas, también los aviones, pero no lo he hecho porque dicen que salen verrugas). Lo digo sinceramente, hacer turismo por las estrellas es una opción para los que sufran de insomnio, y cómo no, para aventureros de la noche. Pronto el verano se esfumará como una de sus nubes, pronto abriremos las carpetas pendientes que han vivido en las sombras. 


lunes, 5 de septiembre de 2016

ATARDECER EN PEÑAHORADA









FOTOGRAFÍAS: Atardeceres de Peñahorada. (Tomadas entre 2012 y 2016)


Nada que objetar, ¡faltaría más!, a algunos les da por pasar el verano en caravanas, juntarse los culos y las cremas en playas-hormiguero, y a otros nos da por la estrafalaria costumbre de capturar atardeceres en la aldea. El mundo, la gente, somos así, y como diría el castizo, “hay gente pa to”. Este verano, de soles justicieros como pocos, ha sido generoso en bellos atardeceres, y desde mi observatorio fijo e inamovible he tenido ocasión de capturar algunos que merecieron ovación. Os dejo una muestra, de este y de otros anteriores, por si os recuerdan alguno que vosotros mismos contemplasteis, en el mar de vuestros sueños o en el horizonte infinito del surco rastrojero.