viernes, 5 de abril de 2019

UNA EXCURSIÓN POR TIERRAS DE PINARES (I)

Un puñado de nobles y serranas casonas,
 probablemente de ricos empresarios carreteros, 
se levantan en la parte baja de Hontoria del Pinar.
Constituyen un rico patrimonio que habría que conservar. 
                                                
                                           
Casona del siglo XVIII en Hontoria del PInar
Su gran arco de medio punto ya desapareció.
                                                                                                                                                                                                                  
                                    
Retrospección en Hontoria del Pinar                                
                                                                                                             
Una nueva y reciente excursión me llevó (mejor dicho, nos llevó, porque me acompañaba alguien muy querido) por el sureste de la provincia. Y como no podía ser de otra manera, pues todo lo que en ella vi formaba parte de un pasado vivido muy lejano, se convirtió en una alegre pero a la vez melancólica retrospección. En esta ocasión no llegué a Hontoria del Pinar en el tren de vapor del Santander-Mediterráneo, que tantos y tan gratos recuerdos me traía, ni tampoco era la espeleología la que me animaba a pisar de nuevo estas tierras riscosas y pinariegas. Hontoria del Pinar era para mí un retorno a paisajes, temas y gentes que me dejaron profunda huella. Me remonto a 1963, por entonces yo acababa como quien dice de salir de la adolescencia y empezaba a hacer mis pinitos espeleológicos. En aquel año el alcalde de Hontoria, José Navazo, creía firmemente que sus cuevas, la Blanca y la Negra, podían ser un atractivo turístico para su pueblo, y ni corto ni perezoso se puso en contacto con el Grupo Edelweiss, que por aquellos años ya tenía su fama (reciente estaba el célebre campamento internacional de 1958 en Ojo Guareña, “la mayor aventura subterránea del mundo”, como se llegó a decir), para que alguno de sus miembros las visitara y valorara el interés de ser habilitadas para el turismo. Y ese, queridos amigos, sin contar mis juegos de niñez en la Cueva del Moro del castillo de Burgos, fue mi bautismo subterráneo (en compañía de dos veteranos, por supuesto, a la sazón Carlos Melgosa y Aurelio Rubio). Las cuevas estaban ya por entonces muy estropeadas y nos apenó mucho tener que decir al edil que poco o nulo interés tenían para colmar sus expectativas. Más tarde volví a los montes de Hontoria para explorar otras cuevas, pero esa sería una historia demasiado larga; y más tarde, para investigar la actividad de los resineros y las pezgueras abandonadas, así como también de la fábrica de transformación de la resina de los pinos, donde se obtenía colofonia y aguarrás, por aquel tiempo todavía en producción. Luego, pasados los años, nuevamente volví a la pequeña "ciudad" de Hontoria (siempre me pareció algo más que un pueblo), en aquella ocasión (1998) para recoger restos de la tradición oral, otra aventura apasionante e inolvidable donde los nombres propios que anoté se entrecruzan en mi memoria hoy, veinte años más tarde y al teclear emocionado esta excursión; aquí cobran vida Prudencia Alonso (Pruden), que a sus 82 años recordaba, y tuvo la generosidad de transmitirme con encantadora narrativa, el  cuento maravilloso de Los tres consejos, así como también las andanzas del generoso bandolero Rocón, abatido por la Guardia Civil en la Era de los Ladrones; y acude a mi memoria también Lorenzo Galindo, empleado en la fábrica de aguarrás de su pueblo, hoy cerrada, que me enseñó las pezqueras arruinadas y su tradicional modo de explotación. Pero todos aquellos y todo aquello son hoy cenizas en mi memoria, recuerdos imposibles de borrar por más que un nuevo trabajo, el de la búsqueda de ventanas singulares, rosetas y otros símbolos protectores de las casas que hoy me lleva, se empeñe sacrílegamente en entrometerse.

Sobre las materias mencionadas tengo que decir que la búsqueda en Hontoria del Pinar resultó del todo infructuosa. Nada encontramos en las casas de la parte alta del pueblo, quizá porque allí todo respira modernidad constructiva, y nada en las antiguas y pinariegas casonas de la parte baja, que por la nobleza de sus sillares, portadas y balcones se podría sospechar que tuvieran algún tipo de símbolo.

Una visita obligada al hechizado “Puente Romano”, por el que discurre el río Lobos, fue nuestra despedida de Hontoria, ¿hasta cuándo?

Próxima estación: Aldea del Pinar.


El "Puente Romano". Por él debió pasar Rocón, el bandolero generoso, de camino hacia la Era de los Ladrones, donde según la leyenda fue abatido por la Guardia Civil.  


4 comentarios:

  1. Seguir sus pasos a traves de la lectura de contextos como estos es un autentico placer,esperando la segunda entrega,un saludo

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  2. Una gozada leer esos primeros pasos de la exploración espeleológica en Hontoria del Pinar, llevamos 5 años buceando entre los informes de aquella época, y revisando las simas de Hontoria y la zona Sureste Burgalesa, yo soy de la zona de Clunia.
    Ojala podamos coincidir algún día, por estas tierras de Pinares.
    Saludos desde la admiración. Me encantan tus libros.

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  3. Gracias por tu comentario, Pedrete.
    Saludos.

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