FOTOGRAFÍAS: Torre y pasaje con artística ventana en Villapanillo (30/11/020)
AÑO 1º, MES 11 del Coronavirus. Todavía Impactado y conmocionado
por las imágenes de riadas humanas moviéndose el sábado por el centro de Madrid,
no repuesto de los efectos secundarios que el extraño fenómeno de la España Llenada me produjo, decidí tomar un analgésico de Naturaleza, que tan buenos resultados
suele darme. Y así, decidí una excursión al Gran Norte, donde hacía tiempo que no pisaba.
Pensé que el paisaje me ayudaría a contrarrestar los perversos efectos de
aquellas imágenes. Dicho y hecho: aprovechando que el Confinamiento Perimetral no impedía el movimiento
por la provincia, en aquella dirección nos fuimos, sin rumbo fijo. No importaba
la meta, lo urgente era salir, salir en busca del analgésico que me hiciera
olvidar lo que nunca hubiera querido ver. Los pueblos
y su paisaje, que de tan poco usar, por culpa del Aliens que nos acongoja, podíamos
llegar a olvidar, aliviarían mi malestar. Salimos de Burgos con gran sol. Fue un
buen principio de la excursión, pero pronto vino a unirse a nosotros una incómoda
pasajera, la señora niebla, casi siempre enemiga, aunque a veces consumada artista.
Pasadas la tierras rojas de Las Torcas hizo acto de presencia y nos acompañó hasta
la España Vacía, que en este caso viene a ser lo mismo que decir hasta
Villapanillo. Y bien hizo la niebla llevarnos hasta este lugar de Cuesta Urria,
pues era un pueblo que no conocíamos. En él descubrimos casonas de otros siglos
con grandes portadas, una torre con arco-pasaje adherido y una maravillosa ventana, la que, sin dudarlo, guardé en
el ya carcomido arcón de las ventanas singulares de Burgos, el que hacía ya tanto
tiempo que no abría.
Embozados como íbamos, espectralmente
difuminados por la niebla y envueltos en el silencio sobrecogedor de las callejas, nos pareció formar
parte escénica de lo que ahora conocemos como la España Vacía, en contrapunto de
la España Llenada. Dolor sobre dolor.
Esta "España Vacía", a mí particularmente no me gusta expresarlo así, lleva años compartiendo escenario con la más repleta. Solo que no era observada salvo por gentes como tú que le dedicaban libros como reconocimiento de lo que fueron. Puede que poco a poco vayan equipando las habitaciones frías, la historia ocupa su lugar siempre, pero el silencio, querido silencio, seguirá imperando por callejas y plazas, las huertas quizás vean corregidos sus muretes, el agua que no brota por no haber podido mantener fuentes vuelva a surgir con fuerza. A veces oigo murmullos que quieren resonar entre el silencio. Siempre estarán estos pueblos con los brazos abiertos al visitante que quiere tener un pueblo donde escapar del coronavirus, del insano trajín de la ciudad. Allí donde el stres se disuelve y las tardes son largas en aprendizaje. Hay tanto que admirar, tanto por hacer.
ResponderEliminarGracias por extraer del olvido estos encantadores pueblos.
Parece que hay un cierto o pequeño resurgir de los pueblos a consecuencia del coronavirus, pero creo que será flor de un día. En cuanto nos sintamos seguros de que la pandemia ha pasado, volveremos a las andadas. Creo, amiga Rosa, que cometimos un grave error al haber abandonado los pueblos y sus campos para ir a confinarnos en megaciudades. Decimos España Vacía cuando deberíamos decir España Vaciada por nosotros mismos. Huimos siempre hacia delante, sin pensar en las consecuencias.
ResponderEliminarGracias por tu sentido comentario
Un abrazo