viernes, 5 de noviembre de 2010

INDIANOS DE MONTEJO DE SAN MIGUEL

















FOTOGRAFÍAS: Casa indiana en Montejo de San Miguel. Dos casonas indianas. Inscripción en la torre de la iglesia de Montejo. Panteones en el cementerio de Montejo. Anagrama y fecha en la puerta del cementerio de Montejo (FDV: familia del Val). Casona indiana con galería corrida y arcos. Empedrado de casona indiana. (Tomadas en octubre de 2010 y verano de 2007).



En 1792, Julián del Val, vecino de Montejo de San Miguel, solicitaba licencia de embarque a La Habana para ayudar (es de suponer que en los negocios) a su tío Anselmo del Val. Es un buen dato que nos sirve para seguir, siquiera tangencialmente, la pista de indianos burgaleses y para comprender mejor la magnífica fábrica del caserío de Montejo. Un viajero despistado que llegue a este pueblo del valle de Tobalina quedará por fuerza sorprendido de la grandeza de sus casas, algunas ciertamente bellas, y se preguntará el por qué de tanta distinción. Yo mismo me lo preguntaba hace tres años cuando por primera vez visité el lugar. Interrogué entonces a los vecinos más mayores, y así supe que algunas de las casas fueron hechas por indianos que hicieron fortuna.

Montejo de San Miguel, situado en un alto que dirige su mirada hacia las sierras de Árcena y Humión, es un pueblo cercano a Frías, muy cuidado y bello, motivos por los que bien podría incluirse en la etiqueta establecida aquí como “Los mejores”..., sino fuera porque ya tenemos otra dedicada a los indianos con el título de “Burgaleses de ultramar”.

En Montejo de San Miguel vive gente inquieta, que sabe valorar su historia y su patrimonio; gente que ha embellecido el pueblo y que ha conseguido crear un museo etnográfico interesantísimo, con elementos autóctonos y que cada verano nos sorprende con actividades participativas.

Pero no perdamos el hilo. Montejo viene hoy aquí por el indianismo. En una visita que realicé en 2007 pude observar, al salir del pueblo y emergiendo del camposanto, dos panteones de excelente fábrica. El tiempo me apremiaba y dejé para otra ocasión la investigación sobre estas construcciones funerarias. Suponía que dichos panteones podrían pertenecer a los indianos que mandaron edificar las casonas referidas, pero tenía que verificarlo, tenía que volver. Y así, el pasado día 24 regresé de nuevo a Montejo, esta vez acompañado de mi esposa. Hicimos el recorrido por el pueblo, y en lo que parece la calle mayor, vimos dos edificios altos de buena traza, uno seguido del otro; en el primero según se sube a la plaza, en la parte más alta, puede leerse: “REFORMADA POR DON GUILLERMO DEL VAL Y ORTIZ EN 1915”; y en el siguiente, otra inscripción nos ilustra con esta leyenda “FABRICADA POR D. JERÓNIMO ROBADOR Y VAL”.

Pero por si el apellido Val no hubiera quedado suficientemente afirmado en las inscripciones anteriores, llegamos a la iglesia parroquial, donde, en el exterior de la torre, otra inscripción más nos recuerda su huella en Montejo: “REEDIFICOSE HA EXPENSAS DEL M. N. SEÑOR D. JULIÁN DEL VAL. AÑO 1831”. Y por si aún fuera poco, una lápida en el interior del templo, dentro de una hornacina sepulcral, que recuerda a los nichos funerarios góticos y renacentistas, nos dice que “PERTENECE A LA FAMILIA DE D. JULIÁN DEL VAL HIJO GENEROSO DEL PUEBLO BIENHECHOR DE SU IGLESIA Y PATRONO DE ESTA CAPILLA DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO. AÑO 1831”.

Por supuesto, la siguiente tarea era visitar el camposanto y ver si alguno de los panteones citados se correspondían con los del Val, como así fue. La necrópolis estaba abierta, pues eran vísperas de Todos los Santos y había alguien dentro adecentando alguna tumba. Hay dos panteones con forma de capilla y prácticamente gemelos, probablemente realizados con fondos indianos; en el frontis del primero se lee “PERTENECE A LA FAMILIA DEL MUY NOBLE SEÑOR D. FRANCISCO DEL VAL HIJO GENEROSO DE ESTE PUEBLO BIENHECHOS DE SU IGLESIA Y PATRONO DE ESTA CAPILLA. EN REPRESENTACIÓN SU HERMANO D. RAMÓN. AÑO 1856”.

Fuera de las capillas existen también otros viejos enterramientos en el suelo, de piedra y cubiertos de zarzas y musgo. Tienen ya el encanto y la pátina de los monumentos, y en verdad que algunos lo son, como lo demuestra la antigüedad de sus inscripciones. En el que tiene una Virgen de piedra sobre la lápida puede leerse a duras penas: PRIMEROS (en abreviatura) EXCELENTÍSIMOS SEÑORES CONDES DEL VAL. D. SANTIAGO DEL VAL Y MARTÍNEZ. 1791-1881, Y DOÑA (en abreviatura) RAMONA CERECEDOS DEL VAL. 1803-1867.

Los del Val, pues, además de indianos (debemos recordar aquí al Julián del Val citado al principio y que marchó a La Habana), debieron ser condes, a juzgar por dicha inscripción. Pero esa puede ser otra historia, dejémosla para los expertos en nobleza.

No podemos finalizar sin hacer mención a otra casa indiana que existe a la entrada del pueblo, quizá la más sobresaliente de todas. En este momento todavía desconozco sus primigenios dueños, seguramente alguien de ultramar, pero quizá podamos más adelante aclarar esta cuestión. Se trata de un edificio de buena piedra de sillería con varias originalidades, la principal de ellas, una galería de 13 arcos que recorre la totalidad de su fachada principal en el piso anterior al payo. Conserva también su portal empedrado, con cantos de río, una característica que debió ser generalizada en Montejo y que ahora se ve con agradecimiento; y por último, cabe señalar, en un rellano de la escalera, un curioso y circular ventanillo en imitación perfecta de las mirillas de los grandes buques. Una señal que, muy probablemente, su constructor indiano quiso plasmar como recuerdo de sus travesías oceánicas. Uno mira por este ojo de buey y sólo ve la sierra de Árcena, pero el indiano debía ver mucho más, seguramente el infinito mar.


***

DE “MEMORIAS DE AMÉRICA
(2 de agosto de 2002)

“Fun Fun”, corazón del tango

"Fun Fun", la taberna que vive el tango


        “... Después de cenar, en una noche serena, estrellada, muy fría (3º C), nuestros anfitriones nos llevaron a una vieja taberna con sabor a tango. Recibe el nombre de “Fun-Fun” y es centro nocturno de reunión de todos los montevideanos amantes de ese folclore. En su estrechez, Fun- Fun es una especie de catedral del tango, una taberna en la que profesionales de esta especialidad cantan y no paran de cantar, acompañados por una orquestina de guitarra y acordeón y coreados por el público, las más célebres composiciones del repertorio gardeliano. Se canta y corea con apasionamiento y no sin cierta dosis de nostalgia, como si en el canto se les escapara la vida, y con ese sentimiento de provisionalidad de quien vive alejado de una patria primigenia pero desconocida.        Aunque no sé, seguramente esto sea una percepción mía totalmente errónea.
Es famosa también esta taberna porque en ella “hizo estaño” el gran Carlos Gardel. “Hacer estaño” es una expresión muy popular, referida a este santuario uruguayo, que consiste en estar mucho rato con los codos apoyados en el mostrador forrado de estaño, tomando una o más copas de “uvita”, una bebida alcohólica, tipo orujo gallego, aunque más dulce, cuya fórmula se mantiene en secreto desde los orígenes de la taberna, allá por los finales del siglo XIX. Con nuestros amigos uruguayos hicimos estaño durante más de una hora, mientras escuchábamos a distintos artistas tangueros. En Fun-Fun no hay escenario, solo un hueco en el centro, entre un revoltillo de mesas y sillas ocupadas por la clientela, donde se ubican los cantores. Nunca podremos olvidar aquella joven uruguaya, en aquel ambiente marrón, decimonónico, de bruma de cigarros y uvita secreta, cantando “Por una cabeza...". Ni tampoco su discurso final, animando a la concurrencia a no perder el aliento en aquellos momentos de zozobra por los que estaba pasando su país. Parecía una arenga patriótica, pero era algo más, era algo espiritual que salía de lo más hondo de los tangos y que emocionó a toda la concurrencia. En aquel extraño ambiente de uruguayismo contagioso, nosotros, visitantes por un día, miramos una vez más la fotografía dedicada de Carlos Gardel que colgaba en la pared, miramos embelesados a la uruguaya y, estremecidos, bebimos otra uvita haciendo estaño, sacando brillo al mostrador”.


2 comentarios:

  1. Efectivamente existen multitud de casas indianas en Montejo de San Miguel. Aunque su origen es muy anterior, con referencias escritas al final del s.IX. Referencias escritas también encontramos de la vida en Montejo a fines del XIX y principios del XX. Con alusiones a grandes bailes en salones particualares con orquestas venidas hasta de la lejana (al menos entonces) Villa de Bilbao. Así como la visita de los modistos y sastres de la misma localidad para mostrar sus colecciones de temporada a las señoritas de la alta sociedad de Montejo. Cabe destacar también la gran importancia de la producción de txokolí de la población, que competía (y rebasaba) en producción a la vecina Frías...

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  2. Gracias, Antolín, por tu interesante comentario. A todos nos encantaría conocer esas referencias escritas a las que te refieres, dónde están publicadas.

    Un cordial saludo

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