martes, 7 de febrero de 2012

COFRADÍA DE LAS CHISTERAS DE VILLASANDINO (I)

FOTOGRAFÍAS: Villasandino, 1994.

Villasandino.
En primer término el puente medieval sobre el río Odra. 


“Que me den, que me den,
que me den tortón,
tororón ton, ton”.


Es el monocorde repiqueteo del tambor de la Cofradía de las Chisteras, de Villasandino, que año tras año y desde tiempo inmemorial atruena esta villa durante los días 19, 20 y 21 de enero en honor a San Sebastián.


Día 20 de enero, del mes negro, del mes más frío del año, temprana hora de la mañana. La comitiva acaba de salir de la iglesia de La Asunción y por la callejuela estrecha que conduce a esta iglesia la veo venir de frente. El “tamboritero" delante y cuatro cofrades detrás, llevando en andas al santo de las saetas. Caminan deprisa, entre copos de nieve desbocados que el viento helador hace salir de todos los rincones. Me interpongo en su camino para interrogar: “Oigan, por favor....”. Nada, su gesto es grave, ni una mirada, ni una mueca, y menos un saludo, siguen veloces con su carga santa. Cuatro negros espectros mirando al suelo, y el tamboritero detrás con su “que me den, que me den, que den tortón, tororón tontón” que no cesa. Fantasmagóricas figuras ataviadas con chistera, capa negra y corbata, en la gélida mañana, portando a San Sebastián desnudo, trasladándole desde una de las catedrales del pueblo hasta la de Barriuso (¡Que grandiosidad de iglesias para tan pocas almas como viven en Villasandino!).

El tamboritero precede a los cofrades. 

Sigo a la comitiva, sigo su paso, nadie más lo hace. Nadie se asoma por las ventanas de las casas, se ignora, por bien conocido, el estruendo del tambor. Las calles ocres de adobe están desiertas y ni siquiera los perros, si los hay, se mueven, sólo lo hacen los finos dardos de nieve que el cierzo lanza contra las callejuelas del Cid, de Los Peregrinos, del Hospital de San Ambrosio.... Son las 10, los hermanos cofrades han roto este año el secular horario, ya que esta parca procesión debería haber tenido lugar al amanecer.

Finaliza el recorrido en una casa, (más tarde supe que era la del Mayordomo de la Cofradía), más o menos en el centro del pueblo. Allí hace alto el cortejo y cesa el tambor. Se quitan los cofrades las chisteras, y es en ese momento cuando se dignan no sólo a mirarme, sino también a dirigirme la palabra. Hago mi presentación y a continuación entran todos en la casa, parece que por riguroso orden, dejándome en la calle. Pero..."pase, pase”, me dicen acto seguido..

En la glorieta del Mayordomo se está como en la idem. Hay en ella una mesa central preparada con galletas y licores varios mañaneros. “Coma y beba lago”, invitan. Del altillo de un armario uno de los hermanos baja un envoltorio. Contiene, dicen, los libros de la Cofradía, y milagrosamente, el de su fundación. Comienza este libro con algunas hojas amarillentas y rasgadas con letra de finales del siglo XVIII, muy difícil de leer en aquel momento. Más adelante y con cuidada caligrafía, destaca un titular: “Reglas del más noble milanés Capitán y Mártir San Sebastián hechas a pedimento de todos los hermanos de dicha Cofradía”. Y sigue: "En la villa de Villasandino a veinte de enero de mil ochocientos veinte y nueve; estando reunidos y congregados los cofrades del mártir y defensor de la iglesia de San Sebastián, presentes abades y hermanos...”, continuando con las reglas, una tras otra, desde la primera hasta la duodécima, que termina “al toque de la campana al capitán de esta villa”.

Resulta curioso observar cómo los cofrades se tratan de usted y de hermanos: hermano Procopio por aquí, hermano Crescenciano por allá. Y es que una de reglas es, precisamente, que “hable cada uno de por sí y según le toque, hasta decidir el punto; y esto será con palabras normales, sin alterarse ni levantar la voz; no se tratan tú por tú uno a otro; y si se sucediese en contrario se le reprenderá sus excesos por los señores oficiales; y no tomando los consejos saludables de éstos se le castigará por primera vez con media libra de cera, y si incidiese se le despedirá de la Cofradía”. En torno a la mesa, con los cristales de la ventana chorreando vaho, el hermano Emilio desglosa para este neófito parte del ceremonial:

Día de Reyes: se reúnen todos los hermanos en la casa del Mayordomo, que ha sido nombrado el año anterior, con el fin de ultimar los preparativos del día de San Sebastián.

Día 19: Vísperas y Rosario: salen los cofrades de casa del mayordomo para dirigirse a la iglesia de La Asunción, se reza el Rosario y se recorre el pueblo uniformados, llevando al santo en procesión de una iglesia a la otra. Cuatro cofrades y el tamboritero. Lo dicen también las reglas: “La víspera del Santo nos hemos de reunir todos en la casa que los señores oficiales disputen, de donde saldremos con nuestros hábitos decentes, vela y saetas en dos bandas”.

Día 20: San Sebastián, mediodía: hace su ronda el tamboritero “que me den, que me den, que me den, que me den tortón, tororón ton ton” (el tortón era una torta de anís que antaño se hacía en este día), va de casa en casa en busca de los hermanos cofrades para que acudan todos a la del mayordomo, de donde de nuevo saldrán en procesión con sus Chisteras y capas.

Trasladan el santo de un a iglesia a otra. 

Que los cuatro cofrades más modernos
tienen la obligación de llevar al Santo
 antes de misa mayor
a la iglesia de varriuso
con su capa y tambor delante

Sigo al tamboritero solitario por las calles vacías, barrio abajo, barrio arriba. Al final, todos los cofrades confluyen en la casa de Félix, a quien este año le ha tocado ser el mayordomo. Llega el Mayoral, Ramón, que lleva treinta años de cofrade, también el hermano Emilio, con su yegua blanca engalanada. A las 12, 30 se encuentra reunida toda la comparsa. Todo listo, pues, para que la Cofradía de las Chisteras dé inicio a la procesión. En esta ocasión hay que aguardar a que el Mayoral, ya algo avanzado en edad, monte en la yegua; lo hace con dificultad, subiéndose a un banco de la CAM. Todos juntos, el tamboritero delante, al que sigue el pomposo Mayoral, con su flamante uniforme (casaca roja con bordados, pantalón azul con bandas verticales, botas altas de militar de caballería, y reluciente casco isabelino con penacho), blandiendo una bandera nacional, y a continuación el resto de los cofrades, “vela y saetas en dos bandas”, con su original y oscuro atuendo. Cerramos el cortejo un puñado de curiosos. Al fin todo se pone en marcha, y cómo no, bajo el monocorde repiqueteo del tambor. Al llegar cerca de la iglesia se unen algunos vecinos, muy pocos, que aguardaban bajo un tibio sol salido de la negrura invernal. Ondea con dificultad la bandera el Mayoral y se cumple el trayecto hasta la iglesia renacentista de La Asunción: “Que los cuatro cofrades más modernos tienen la obligación de llevar al Santo antes de misa mayor a la iglesia de varriuso con su capa y tambor delante”.

El Padre Abad se une a los cofrades.

La hierba que rodea el templo se halla en parte cubierta de nieve. Las capas y chisteras de los cofrades se recortan sobre ella con gravedad. No ha llegado todavía el cura, “el padre abad” de la Cofradía, y por eso la espera en la nieve se adivina glacial. Afortunadamente, pronto hace su aparición, grande, con boina y sotana caladas, confundiéndose por un momento con la negrura de los hermanos de la chistera. Se apea el mayoral y se desprende del casco: “mira, mira”, dice señalándose la hendidura que el metálico gorro le ha dejado en la frente. Su mujer se preocupa por él: “Ten cuidado en la iglesia, Ramón, que te vas a coger algo con tanto sudor; ya sabes lo fría que está la iglesia...”.

Dentro del grandioso templo el grupo parece aún más pequeño. A un lado de San Sebastián, en el presbiterio, permanece firme y casi sin pestañear el vistoso Mayoral. Celebra la Misa el Padre Abad de la Cofradía. En los bancos de delante los hermanos cofrades con las saetas y las velas encendidas, detrás, bajo el coro, el tamboritero.

A la salida de la iglesia se forma de nuevo la comitiva para repetir el mismo trayecto. La guía el jinete coloreado, que no para de tremolar la bandera. Los vecinos ya no siguen a la procesión sin santo. Una vez más, llegan los cofrades a la casa del Mayordomo; en la puerta se desprenden de las chisteras y comienzan a entrar por orden de antigüedad, siendo los primeros en hacerlo los que más años llevan en la cofradía.

De Burgos en el recuerdo II  ( 23 de enero de 1994).

Continúa...

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