miércoles, 13 de mayo de 2015

EL REENCUENTRO, VOCES DEL PASADO




FOTOGRAFÍA: Mi inolvidable amigo Teodoro (Tomada en 2003).                                                                                                                                                                                                                    

Abrumado por tantos caminos recorridos, por tantas soledades y ruinas, por tantas personas que tuve la dicha de conocer y entrevistar, y que no volveré a ver. Todo dejó su huella, y con su pesada carga intento a duras penas seguir abriendo nuevas sendas, repetir otras, sabiendo que ya poco voy a encontrar en la mortedumbre de un mundo caducado. Mis recuerdos se amontonan y confunden con los de aquellos que se fueron. Mujeres y hombres sabios que conocí, fantasmas de un mundo mejor que me persiguen, de historias perdidas de boina y pañolón, de pueblos muertos en paisajes desiertos, máquinas inteligentes de tecnología pobre, luces y vapores olvidados, comercios de mucho andar. Repleta talega que me abruma y sumerge en simas de recuerdos. ¿Son ellos o soy yo? Estoy confuso. Alguna página dejé escrita en el polvo del camino, porque alguien tenía que afirmar que existieron, y porque la saturación doblega la memoria. Repaso estos días lo grabado en minúsculas cintas de casete, porque alguien ha pensado que sería bueno guardarlo en un archivo de memoria general a través de la voz, y me encuentro con ecos que me resultan familiares, voces que tanto me emocionaron ayer y que tanto me estremecen ahora. El casete y las microcintas me atrapan. Rebobino lo grabado y oigo pasar, con la misma sorpresa de la primera vez, relatos llenos de seducción, cuentos mágicos que hicieron soñar y me conmovieron, romances, canciones, supersticiones... Voces todas amigas y generosas, salidas en las glorietas, en los portalones, en los huertos, en las solanas...  Me dejé influir por ellas, en un contagio interesado y buscado, para poder sentir y comprender. Como resultado, junto a mi ordenador tengo una cartilla que me protege contra las brujas y otros maleficios, la compré a las monjas de Villamayor, y debería creer que han sido estos talismanes los que hasta ahora me han protegido contra los virus informáticos, las brujas de hoy; los que han hecho posible también que las voces capturadas sigan intactas, con el mismo aliento, después de la muerte, de las muertes. Debería creerlo. Me espera una ardua tarea, pero también un gozoso revivir. Escucho en estos momentos a Teodoro, de Urrez, que nos dejó en 2008, y le veo en la majada, aterrorizado, intentando espantar al lobo que mataba a sus ovejas, y al pie de la mina Salvadora (¡qué nombre tan engañoso!), en Brieva de Juarros, cuando el ahogamiento colectivo de los mineros. Qué emoción al escucharle, capturado en la minúscula cinta de casete.




miércoles, 6 de mayo de 2015

"LA ROBLENCINA", EN UN LUGAR DE BURGOS



La Roblencina

Un quejigo con el vientre vacío

Alguien quiso tumbarlo, ¿se quejaría el quejigo? 



FOTOGRAFÍAS: La Roblencina (Tomadas en abril en mayo de 2015). 

Alguien me informó recientemente: en un lugar que hacía cien años que no visitaba existe un roble quejigo gigantón, un árbol anciano que no conocía y que por ello aún no formaba parte de la colección que aquí llevamos guardada. Por otra parte, una buena amiga me comentó no hace mucho que su marido está muy enfadado conmigo por haber dado pistas para la localización de cada uno de los árboles que aquí han ido apareciendo; aduce que no se fía de que todas las personas que visitan estos ejemplares sean igual de respetuosas con el medio ambiente. Seguro que tiene parte de razón el marido de mi amiga (este es un conflicto interior que siempre me ha rondado, enseñar y conservar a veces no hacen buena pareja).
De modo que, en esta ocasión, en un intento de congraciarme con el marido de mi amiga, me limitaré a decir que el matusalénico roble se encuentra en la provincia de Burgos, a unos treinta kilómetros de la capital, pistas suficientes de localización si se tiene en cuenta la enormidad de nuestro planeta. Las gentes del lugar lo conocen como La Roblencina, ya que no se arriesgan a llamarlo por un solo nombre, pues se trata de un ejemplar de roble quejigo y sabido es que las hojas de los quejigos pueden llegar a confundir a personas no versadas. Esa dualidad, esa síntesis entre roble y encina, nacida de la sabiduría del pueblo, me parece una maravilla, ¡dos árboles en un solo árbol y en una sola palabra!