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La Mojolla Subido en la torre, el pastor hacía sonar el cuerno. |
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Piedras salientes colocadas en espiral para subir a lo más alto.
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| Más de un siglo anclada en el páramo de Las Corralizas. |
FOTOGRAFÍAS: La Mojolla, en Castil de Lences (Tomadas en mayo 2023).
A caballo entre Castil de Lences, Poza
de la Sal y Abajas existe una llanada paramera en la que se alzan hoy, altivos
(por altos) y solitarios (porque no necesitan compañía) aerogeneradores que pacen
viento y que tantas molestias estéticas generan al paisaje. Es un páramo de alondras y
tempestades, también de buenos pastos y de baladas perdidas de rebaños lanares.
Recibe el nombre de Las Corralizas, que hace alusión a los diversos corrales que hasta no hace tanto sirvieron a los pastores para cerrar por las noches sus ovejas,
cabras, chivos, borros y demás pacientes (de pacer).
Los rumores que percibimos ahora en
Las Corralizas nos hablan de un pasado de gran actividad pastoril. Se encarga
de recordárnoslo una torre solitaria en medio de la nada, construida piedra a
piedra con el arte (hoy lo sé) de dos arquitectos pastores cuya memoria me parece
de justicia rescatar. Cualquiera que se adentre hoy en el corazón de Las
Corralizas y se encuentre con esta torrecilla, pedirá explicaciones a su
imaginación, como yo lo hice en primer término, pero no encontrará respuestas
más allá de su propia lógica de urbanita. Era y es necesario recurrir a la
memoria de quienes conocieron aquella vida de pastoreo para saber el por qué y
la función de la extraña torrecilla, que debe medir por encima de los tres
metros de alto y dos por la parte más ancha. Las posibilidades no parecían
muchas, la despoblación se ha llevado por delante a las personas, y con ellas muchos
pueblos se van quedando sin memoria. Aun así, intenté encontrar en Castil de
Lences a alguien que hubiera conocido aquella vida, y debo decir que tuve éxito
en la pesquisa, pues encontré a quien mejor podría informarme ahora, a José
González Medina, más conocido como Joselín, quien, con 85 años, tuvo la gran
suerte de conocerla. Por él supe que el reloj de las monjas clarisas marcó la
salida de los pastores al amanecer, y que la mencionada torrecilla la construyó
Luciano García, un pastor de Poza de la Sal que tenía domicilio en Castil de Lences,
con la ayuda de otro pastor “que se
llamaba Julián y era de Hermosilla”. Ambos eran muy jóvenes cuando hicieron la
obra en torno a 1915. Según cuenta Joselín, a Luciano, que “después de estar de
pastor estuvo trabajando en vía del tren [Santander Mediterráneo]”, se le ocurrió
la idea de que sería bueno tener un punto de observación de suficiente altura como
para poder divisar los rebaños y conectar con toque de cuerno a todos los
pastores de Las Corralizas, incluso a los más alejados. Luciano tuvo la idea y
la materializó con ese empeño que solo lo tienen los soñadores. Aprovechando los
ratos en los que el ganado estaba amorrado, en compañía de Julián, piedra a
piedra y con obligada paciencia de pastor, levantaron la torre, dejando en lo más alto una
plataforma para mayor seguridad del oteador y tocador del cuerno. La torre les
salió alta, por lo que tuvieron la inteligencia de embutir lanchas saledizas en
su contorno para poder subir a su cumbre, podría decirse que al modo de una escalera
de caracol.
Según cuenta José González, para las
llamadas e intercomunicación entre unos y otros pastores tenían sus códigos. Así,
(utilizando nombres imaginarios) un solo toque de cuerno desde La Mojolla podía
aludir a Cirilo, dos toques, a Esteban, tres toques, a Silvano o cuatro toques
a Nemesio, por ejemplo. Era una forma de saber dónde se encontraba cada uno. Al oír
la llamada y sentirse interpelado el aludido contestaba dando su ubicación, igualmente con toques establecidos.
Si respondía con tres toques podía significar que se encontraba en la mojonera
de Poza de la Sal, si con dos toques en la de Abajas, por ejemplo. Y es de
suponer que dentro de este lenguaje del cuerno hubiera también otros toques específicos,
quizá para hacer una “quedada” general de pastores, o tal vez para advertir de la
presencia del lobo, entre otros asuntos, pero de eso no tengo seguridad. Lo que
sí es seguro es que el cuerno unió en la distancia a los pastores de Las
Corralizas, en las soledades del páramo, donde hoy rugen los comedores de viento.