Elías Rubio Marcos y su "CAJÓN DE SASTRE"

Recopilación de artículos publicados y otros de nueva creación. Blog iniciado en 2009.

miércoles, 20 de octubre de 2021

LA ESPADAÑA DE LA IGLESIA DE PEÑAHORADA EN PELIGRO Y UN PELIGRO


Un pequeño bosque en el campanario


Se aprecia una importante grieta en el frontón


Los arbustos crecen y dañan la espadaña


Si una piedra o sillar cayera podría invadir la carretera C-629




FOTOGRAFÍAS: Espadaña de la iglesia de Peñahorada (Tomadas en octubre de 2021)

       La iglesia de Peñahorada tiene una de las espadañas más bonitas que conozco de estilo neoclásico en Burgos. Pero hoy corre peligro de sufrir desmoronamientos; los arbustos y malas hierbas que crecen en ella, sin control alguno, están ocasionando importantes grietas, como la que se puede observar en el pequeño frontón que remata dicha espadaña. Estas grietas amenazan con desencajar los sillares y que alguno de ellos puede llegar a caer. Si se diera este supuesto es muy probable que algunas de las piedras caídas fueran a parar a la carretera, la C-629, que pasa rozando la iglesia, con el consiguiente peligro, no solo para viandantes sino para vehículos y sus conductores que en gran número transitan por ella cada día. Hago esta observación a quien corresponda para que se ponga remedio antes de que algo semejante pueda llegar a ocurrir.   

jueves, 14 de octubre de 2021

UNA VENTANA EN LA TORRE CAÍDA DE ESPINOSA DE LOS MONTEROS


  


Ventana en Torre Caída


Escudo tapado en Torre Caída




Ventana en el muro occidental de la torre
A la derecha se puede ver el escudo



Un muro de hormigón como fondo

 


FOTOGRAFÍAS: Torre caída en Espinosa de los Monteros (Tomadas en octubre de 2021)

Nadie le presta atención, es una ruina y punto. Pasamos delante de ella y pasamos de ella, ni se sabe desde cuándo. Pero no deberíamos ser tan despreciativos con ella, pues se trata de una ruina histórica, de tanta importancia como la que tienen todas las demás hermosas torres y casonas, enteras, que tanto abundan en Espinosa de los Monteros (en un aparte os digo, queridos amigos y seguidores de este Cajón de Sastre, que a poco que lo intentara la villa pasiega, y si es que así lo quisiera, podría entrar en el libro Guinness de pueblos con mayor número de estas edificaciones históricas en su casco urbano, en relación a su población, claro).

Llamo a esta ruina “La torre caída”, por su estado y porque no conozco su nombre de pila, quizá el escudo que luce en el esquinal de unos de los muros en pie podría darnos alguna pista de su primigenio origen. Lo dejo para los estudiosos de la heráldica. Esta ruina, este noble resto entre el inmenso patrimonio arquitectónico de Espinosa, probablemente de los siglos XV o XVI, se encuentra en el arranque de la carretera a Picón Blanco. Visto de frente llama la atención por un agresivo y moderno paredón blanco, probablemente de hormigón, que sustituye a uno de los muros caídos. Una pena de imagen.

En cualquier caso, traigo hoy aquí dicha ruina porque en ella descubrí recientemente una ventana merecedora de ocupar lugar en el ya dilatado repertorio de ventanas nobles que llevamos guardadas. La ventana, con original arco conopial y situada en muro occidental, tiene un escudo de los que aquí siempre hemos llamado “vacíos”, pues, como tantos que tenemos localizados, no tiene armas incisas, solo la superficie lisa, aunque pienso que ni falta que le hacía, ya que a su derecha, en un esquinal del mismo muro, se conserva el escudo antes mencionado, y esta vez sí, esta vez con sus armas y correspondiente timbre heráldico, que será lo que delate el señorío de esta torre.   

Bien harían los espinosiegos en consolidar los restos de esta torre, para que no llegue a perderse en su totalidad.   

domingo, 10 de octubre de 2021

EL CHOPO GRABADO

                                                


Ermita grabada en tronco de chopo, con campanario resquebrajado
y a punto de derrumbarse.  


Virgen grabada en el mismo tronco.


FOTOGRAFÍAS: Un chopo de las Merindades (Tomadas en octubre de 2021)

 “Hay gente pa`tó”, suele decirse, y es verdad. Referido a los árboles, hay quien graba en ellos el nombre o las siglas de su enamorada (casi siempre es enamorada y no enamorado), por lo general acompañado de un corazón atravesado por una flecha a la manera de Cupido. Hay también quien gusta de grabar su nombre allí donde la corteza del árbol lo permite, a veces acompañado de una fecha, un año, quizá en un afán de pervivencia (Infelices, ¡como si los árboles fueran eternos!). Andando el tiempo, hay quien vuelve al árbol para comprobar si lo grabado sigue allí, y puede suceder que a veces sigue, quizá envejecido y desdibujado por el paso de los años, y a veces, no, como el amor no cuidado. Pero hay también quien se aparta de los estándares, se explaya y hace grabaciones que llaman la atención por sus caprichosas y esmeradas maneras artísticas. De estas dan fe las dos descarnaduras que descubrí ayer mismo en un chopo que empezaba a vestirse de otoño (no digo donde está este chopo por si al cafre de turno se le ocurriera borrar lo inciso, ya llegará el día en que árbol y grabados desaparezcan por sí mismos). 

lunes, 27 de septiembre de 2021

CASTIL DE LENCES, UN LUGAR PARA EL RELAX

                       


En los años noventa del pasado siglo embellecían las calles
entrañables vecinas, y el antiguo empedrado
casi había desaparecido. 



En el mismo lugar, hoy embellecen las flores
y el empedrado ha cambiado.
¿Qué fue de aquellas vecinas?


FOTOGRAFÍAS: Imágenes de Castil de Lences (Tomadas en 1995, 2014 y 2021)

No sé si será el tañido-horario de las campanas del convento, cuando irrumpe en el silencio del pueblo detenido en el tiempo, la presencia de la clausura femenina cisterciense, o la voz cantarina y perenne del agua cuando, salida intramuros de la huerta conventual, se precipita en riachuelo y cuesta abajo por el centro del caserío, susurrando y arrullándolo todo, lamiendo el viejo molino, hoy modificado para otros usos. No sé si será todo eso junto, probablemente lo sea, lo que relaja y equilibra los sentidos. Mas, si a ello sumáramos el espectacular circo montañoso que cobija al pueblo, el nacedero de aguas a sus pies, o la iglesia románica con ciprés tan alto como el campanario, o la arquitectura traventina que todo lo envuelve, obtendríamos un conjunto de muy alto valor sedante, suficiente como para sustituir algún ansiolítico que otro.  

En los últimos ¿quizá diez años? Castil de Lences ha sufrido una transformación en su imagen tal, que cuesta reconocer lo que fue a quienes lo conocimos muchos años atrás. No tengo ni idea de quién ha sido la iniciativa para que Castil se haya convertido en un pueblo muy cuidado, florido y mágico, pero por mi parte, si es que algún valor tiene, que no quede el reconocimiento. 



Ciprés y moral de la iglesia románica.


El viejo molino convertido,



El río surge del convento. Durante el día arrulla
y en la noche se convierte en nana. 





martes, 21 de septiembre de 2021

VENTANAS DE LA ALDEA

                                   

Ventana para ver y para lucir escudo


Casona de noble porte, belleza de otro tiempo  



A imagen y semejanza de Villapanillo


FOTOGRAFÍAS: Ventanas en casona de La Aldea (Tomadas en septiembre de 2021)

Tras largo tiempo de no abrir el arcón de las ventanas, hoy me ha costado Dios y ayuda poder destaparlo. Han gemido los goznes como condenados, tanto como los herrumbrosos carcelarios del conde de Montecristo. Y es que como bien sabéis, queridos amigos de este Cajón de Sastre, el tiempo puede llegar a oxidar todo, incluso el alma. Por eso hoy he decidido echar un poco de tres en uno, para que aperturas venideras no sean tan dificultosas. En fin, el hecho es que tras muchos esfuerzos he podido guardar una ventana que descubrí el pasado sábado en el lugar de La Aldea. He tenido que hacer sitio para acomodarla, también con gran esfuerzo, pues el arcón se halla repleto, tan lleno y apretado que barrunto que será difícil guardar otra ventana más que se presente (estoy pensando en que quizá tenga que habilitar un cofre nuevo).

Una excursión por las faldas de La Tesla, me llevó a La Aldea, un lugar en el que hacía 25 años que no me detenía, entonces para otros asuntos. Y allí saltó la sorpresa, cuando ya pensaba que en el Gran Norte no habría más ventanas que registrar, apareció una casona en la que no una, sino tres ventanas, decoraban su noble y principal fachada. La central, con esbelto y remarcado escalonado, a modo de alfiz y con escudo en su interior, es en verdad una maravilla, como lo son también las dos superiores, ejecutadas a imitación del arco y torre de Villapanillo, que en algún escondido lugar del arcón guardamos también. Por si a alguien sirviera, apunto la posibilidad de que ambas obras fueran ejecutadas por el mismo maestro cantero. 


jueves, 5 de agosto de 2021

EMILIO ARCE, MEMORIA DE VILLARGÁMAR (y IV)

 

FOTOGRAFÍAS: Hospital del Rey (Tomadas en 2021 y circa 1970)


Segundo año del Covid. Como culminación de la serie de entrevistas que en este verano he mantenido con Emilio Arce, en su casa y en su huerta de Villargámar, os traigo hoy, queridos amigos de este Cajón de Sastre, algunas jugosas noticias sobre la estancia en el hospital del Rey de las tropas marroquíes-musulmanas, combatientes en nuestra malhadada Guerra Civil y heridas en combate. Emilio tenía 12 años cuando estalló el fratricida conflicto, por eso sus recuerdos son bastante nítidos y por eso valiosos testimonios para la historia del mismo en Burgos, y por supuesto para la del barrio. Algunos hechos descritos parecen salidos en clave de humor, y quizá por ello menos creíbles, pero el nonagenario de Villargámar, testigo directo por ser vecino de dicho hospital, es sin duda un preciado referente y a tener en cuenta.


Puerta de Romeros, circa 1970



EL HOSPITAL DEL REY FUE “HOSPITAL DE LOS MOROS”

Como “moros” designa Emilio a aquellos combatientes musulmanes heridos en la contienda civil, siguiendo con una tradición definitoria muy española, por eso no resulta extraño que al referirse al Hospital del Rey lo haga como Hospital de los Moros: “Ese era el Hospital de los moros; ahí traían a todos cuando les herían en la guerra, ahí venían a curarles; eran soldados normales, dormían en el Hospital, en barracones” (estos "barracones" a los que se refiere Emilio deben ser las aulas que hoy miran a la Facultad de Económicas). 


“MORIR EN ESPAÑA Y RESUCITAR EN ÁFRICA”

            Emilio recuerda una expresión que yo mismo he registrado en otros lugares de Burgos donde tuvieron lugar batallas en las que participaron tropas marroquíes: “Dice que decían algunos: morir en España, resucitar en África. Eso lo decían muy a menudo cuando estaban aquí, en el hospital, porque traían los heridos aquí, al hospital. Eso decían ellos, pero, ¡joder!, entonces, cuando llegaba uno cojo, que llegaba y le cortaban una pierna, iban allí y…; les habían matao y resulta que no querían volver ninguno allí, [porque] no resucitaban como decían ellos”.  


HERIDOS POR LAS PIERNAS, SE PONÍAN EL GORRO EN EL PIE

            Es bien conocida, en cualquier guerra,  la argucia utilizada por algunos soldados poco beligerantes de  pegarse un tiro en el pie para ser llevado a un hospital y librarse de una posible muerte en batalla. Emilio nos lo cuenta así: “Los heridos [que llegaban al hospital] casi todos [era] por las piernas, porque cuando la guerra se ponían el gorro en el pie, pa que tiraran al pie y no les diera en la cabeza, pa irse a su tierra después. Casi todos era de las piernas de lo que estaban heridos. Al atacar, ponían el gorro en el pie, y por eso la mayoría venían aquí [al hospital] heridos por las piernas”. 


SE BAÑABAN EN LA FUENTE EL SAUCE

[Los “moros”] venían a bañarse a una fuente que tengo yo ahí, en la Fuente el Sauce [de la Granja Villargámar], porque era una Poza grande, que tendría dos metros de larga o así. Y yo les veía como se bañaban”.


FUMABAN MUCHO HACHIS 

“Fumaban mucho hachís, con pipas de esas, más largas que… [Fumaban] cuando salían por la calle, con una pipa más grande que la madre que la parió. Todos salían del hospital con la cachimba esa, y por aquí, por las afueras.  Llevaban turbantes, y se ponían unos pantalones que detrás tenían mucha culera, así venían vestidos todos, y con una capa”. 


Santiago Matamoros tuvo que ser cubierto para evitar que le apedrearan 

  

 

TIRABAN PIEDRAS A SANTIAGO MATAMOROS. HUBO QUE TAPAR LA FIGURA ECUESTRE   

Existe a la entrada del primer patio del Hospital del Rey la típica figura ecuestre de Santiago Matamoros, en acción de eso mismo, la de matar moros. Y eso, al parecer, no debía agradar mucho a los hospitalizados musulmanes, que según Emilio, no dudaban en apedrearla. Así nos lo cuenta el de Villargámar:  “Lo que más les llamaba la atención [en el hospital] era el Santiago Matamoros, que tuvieron que taparle con un biombo, pa que no chillaran [los moros], porque si le ven la armaban cojonuda, igual tiran la iglesia y todo, y por eso pusieron unas chismas de chapa, de un cajón de chapas. Lo puso el Gobierno, los que mandaban con Franco. Le tuvieron que tapar porque ellos conocían [lo que representaba Santiago], y tiraban piedras contra él, eso lo he visto yo, ¡Si yo tenía ya doce años cuando la guerra! [No le dañaron] porque en el momento que vieron que le tiraban piedras y eso, pues le taparon”.    


JUGABAN AL FÚTBOL CON PORTERÍAS RENACENTISTAS

            Cuando Emilio era niño el Hospital del Rey ya no era la importante institución que fue, ni mucho menos, los freires comendadores que históricamente estuvieron a su cuidado ya no ejercían desde que las órdenes religiosas fueran disueltas y las atenciones de la institución benéfica fueran decayendo. Así parece desprenderse de lo que leemos en el Diccionario de Pascual Madoz: [el Hospital] “ofrece una situación amenísima al filósofo, al poeta y al anticuario”. Sobre esta decadencia resultan gráficos también los recuerdos de Emilio cuando rememora cómo jugaban al fútbol en el primer patio: “Jugábamos al fútbol en este patio. Aquí en ese arco [señala una portada renacentista], esa era una portería, y la otra era [la que está] debajo del caballo de Santiago”.


Portada renacentista. Sirvió como portería de fútbol.



Misma portada en los años setenta.
"Ofrece una situación amenísima al filósofo, al poeta y al anticuario".  

 

NOTA: Mi admiración, agradecimiento y respeto a Emilio Arce Vallejo, por su apego a la tierra y al esfuerzo y por su inestimable generosidad al haberme hecho partícipe de sus recuerdos y vivencias.

martes, 20 de julio de 2021

EMILIO ARCE, MEMORIA DE VILLARGÁMAR (III)



Patio del Sobrado
Fuente de la que bebió Emilio, de la que bebieron
los niños y niñas que iban a la escuela del Hospital del Rey.



FOTOGRAFÍAS:
Patio del Sobrado con Emilio Arce (Tomadas en julio de 2021)


PATIO DEL SOBRADO

La vida de Emilio Arce transcurrió siempre  paralela a la del Hospital del Rey y el Patio del Sobrado. En Villargámar, si se exceptúan los ventorros ya descritos, se carecía de cualquier servicio, por lo cual era a los lugares citados donde los vecinos de la Granja tenían que recurrir cuando les era necesario. En ellos tampoco es que hubiera gran cosa, pero al menos estaba la escuela, a la que Emilio Arce asistió en los años treinta, o la casa del médico, o la peluquería, o la fiesta. De todo ello, y de los vecinos que vivieron en el Patio del Sobrado y su pasaje guarda cumplida memoria el nonagenario. Hoy este patio presenta una imagen de abandono, con sus casas vacías y medio en ruinas, algunas derribadas no hace mucho y otras que parece esperan igual suerte; una pena burgalesa, ya que la arquitectura de alguna de ellas es ciertamente notable y por ello dignas de conservarse. ¡Y todo ello con el agravante de que este patio se halla adosado a la Universidad! Paradójico, sin duda. 

Tuve el privilegio de hacer una visita detenida por el Patio del Sobrado guiado por los recuerdos de Emilio. Y en lo que hoy la mayoría solo vemos abandono y ruina el granjero aporta testimonios de vida:


VECINOS. VÁTER PARA TODOS EN EL Nº 10

“Entonces [el patio] era de tierra, me acuerdo cuando íbamos a jugar al guincho. Aquí, en esta casa [señala la nº 10], estaban los váteres para todos, y aquí vivía una tía mía. ¡Huy, entonces vivían unos cuantos [vecinos]! En la última casa de allá es donde vivía el maestro; en la otra vivía el panadero; en esa otra estuvo viviendo una tía mía; en otra vivía un pastor que tenía ovejas, que se llamaba Juez, de apellido Juez; en la otra…; esas casas eran de las monjas; la del Juez ese, esa ya no era de las monjas, pero las tres primeras, sí, de las monjas de Las Huelgas; ahí tenían un patrimonio grande las monjas”.



Casa con escudo en el Patio del Sobrado.
La primera planta es de sillares calizos,
la segunda, de ladrillo mudéjar. 
"En esta casa estaba el váter para todos" 





Patio del Sobrado
Solar en el que estuvo la casa del maestro 


ESCUELA Y ELEVADA NATALIDAD

            El de Villargámar me mostró el lugar donde estuvo la escuela de los chicos, cuya entrada estaba a la derecha de la fuente del patio (“de ella bebíamos cuando íbamos al colegio”) y a la que asistía un número elevado de alumnos. Me enseñó también donde estuvo el colegio de las niñas, cuyas escaleras de acceso aún pueden verse adosadas al edificio de la Universidad. Así lo describe el nonagenario:  

“La escuela estaba en el Hospital del Rey, en el patio cerrao. Íbamos a le escuela del Hospital del Rey. ¡Si medio colegio éramos de aquí!. De aquí [de  Villargámar] bajábamos nueve. Ese de ahí, el padre de esos de ahí, ese, nacía uno [una criatura] y al año siguiente [tenía otro], se moría uno y al año siguiente ya tenía otro. Este [señala el solar de una casa que ya ha desaparecido] tenía nueve [niños]. En el colegio éramos sobre ochenta [chicos], ochenta en algunas temporadas.  Y de chicas, pues parecido. Iban [también] de la Fábrica de Sedas y de las granjas de por aquí. Los colegios eran de las monjas [de las Huelgas], cuando íbamos nosotros al colegio eran de las monjas, y el maestro era particular”.



Patio del Sobrado
La escuela estaba en el Hospital del Rey
La de chicos estaba en la segunda planta. En la fotografía 
 se ven las ventanas sobre la portada.




Patio del Sobrado
Escaleras por las que se accedía al colegio de niñas 




Patio del Sobrado
Puede verse la rampa por las que se accedía
a la escuela de chicas. 




EN EL PASAJE VIVÍAN EL MÉDICO, EL CURA Y EL BARBERO

Recuerda igualmente Emilio a los vecinos que ocuparon el pasaje, entre El Sobrado y el Arco de la Villa, y al hacerlo señala un solar vacío donde ahora crece un gran saúco: “Aquí es donde vivía el médico de cabecera que teníamos nosotros. Aquí vivía el médico, Manuel Rivas se llamaba, aquí vivió hasta que se murió”, al igual que ocurrió con el peluquero: “Esas dos ventanas [señala las del centro del arco] era la barbería. Era un peluquero que se llamaba Jesús, Jesús el barbero le llamábamos. Estuvo muchos años,  hasta que se murió. Subíamos arriba por una escalera. Después, cuando se murió el barbero, su casa ha sido donde tenía las oficinas la Cofradía del Ángel de la Guarda”.



Patio del Sobrado
Las dos ventanas centrales correspondían a la barbería,
donde trabajaba "Jesús el barbero"" 


LA COFRADÍA Y LA FIESTA

Emilio Arce presume de ser el cofrade número 2 de la Cofradía del Santo Ángel de la Guarda, festivo patrono de Villargámar y el Hospital del Rey, incluidos el Patio del Sobrado y Pasaje del Arco de la Villa: “Yo tengo el número 2; el 1 pues será [de] alguien [que es] más viejo que yo; como mi padre era de la cofradía y se murió, me  quedé yo en el lugar de mi padre. Somos unos 170 cofrades, de los que vivían por aquí, ¡pero si antes, entre los que vivían en las granjas y esto vivía un montón de gente aquí!, todo estaba ocupao de vecinos; éramos muchos, ¡no ves que íbamos al colegio un montón de chicos! [La fiesta] se celebra en la iglesia del Hospital del Rey. Yo he sido de la Cofradía del Ángel, y lo continuo siendo, lo que pasa es que este año no nos han invitao ni a misa ni nada por el virus”.



Patio del Sobrado
El día de la fiesta se celebraba aquí el baile
La orquesta "se ponía encima de dos o tres carros".

 

BAILE EN EL PATIO DEL SOBRADO. EMILIO FUE “MOZO MAYOR” 

"Aquí [en el `patio] ponían el baile, el día de la fiesta del  Santo Ángel de la Guarda, y ahí afuera [junto a la casa de Delfina] también, ahí ponían el templete; donde más nos poníamos era ahí, ahí poníamos la orquesta. La música se ponía encima de los carros, [de aquellos] que había entonces; poníamos dos o tres carros y ahí se ponía. Entonces tenía yo 18 años, [era ] Mozo Mayor, el que mandaba en los demás, el que organizaba la fiesta. Los músicos eran militares la mayoría de ellos. Ahí nos poníamos en la puerta y no se escapaba uno sin pagar; uno daba un duro, otro dos, otros…”.    

CONTINUARÁ 


miércoles, 14 de julio de 2021

EMILIO ARCE, MEMORIA DE VILLARGÁMAR (II)

Casona de Villargámar (Vista al poniente)
Durante un tiempo sirvió como vivienda y negocio hostelero.
Aquí tuvo su venta o ventorro Ojeda.

 FOTOGRAFÍAS: Molino y Casona de Villargámar (julio 2021). Venta la Polilla y mujeres escardadoras en Monte Sano (archivo Cortés)


SIETE VECINOS EN VILLARGÁMAR

Mucho ha cambiado el especto del gran patio de Villargámar. Las humildes casas que había adosadas al muro que da al camino, cuando los capuchinos compraron la propiedad a la viuda de Azuela, fueron derribadas  por los mismos frailes. Emilio Arce recuerda todas las casas que había y a todos los vecinos que vivieron en ellas, un total de siete vecinos. “Los frailes lo tiraron todo, y aquello que teníamos nosotros se hundió cuando la guerra porque era viejo”, se refiere a la casa donde él y sus seis hermanos nacieron. Recuerda bien la disposición de las viviendas, también al vecino que vivía en el molino, “un tío mío que se casó con un hermano de mi mujer, que sembraba también las tierras de la granja; ahí tenía las mulas. Quitao que a Ojeda, los he conocido a todos [los vecinos]. Y sigue describiendo: “Aquí había cuadras…, aquí vivía el del bar y el hortelano  [se refiere a la casona], aquí salía el bar…, por aquí había una entrada….”.

¿Un bar?


VENTORROS EN VILLARGÁMAR, EL DE OJEDA Y EL DE LA POLILLA

Lo que leéis, queridos amigos: ¡un bar! Pero no un bar cualquiera, entonces no se llamaban bares, se los conocía como ventorros, y eran merenderos, algunos amenizados con organillos, que se ponían a las afueras de la ciudad. María Cruz Ebro cita media docena de ellos en sus Memorias de una burgalesa (“El Charro”, “La Sangre”, “Frutos”, “Pachobarri”, “Fuente Bermeja”, “El Capiscol”), y los burgaleses más mayores recordarán bien El Ventorro Madre Juana, en la carretera de Arcos, o el de La Hogaza, en la carretera de Villarcayo cerca del cruce con Fresdelval, por citar dos muy conocidos. Según cuenta Emilio, en Villargámar hubo dos ventorros, uno era el de Ojeda, que debía tener su acomodo en la casona, era regentado a principios del siglo XX por Félix Ojeda y Casilda Carcedo (Diario de Burgos, 5/2/2012) y fue germen de lo que hoy es el afamado restaurante Ojeda de la capital burgalesa. “Se fueron de aquí en 1914, se marcharon de aquí a donde están ahora -cuenta Emilio.  No sé cuándo vinieron aquí. Aquí tenían el bar. El primer bar que tuvo Ojeda era aquí. Lo sé porque venía un día en el periódico, y porque un hijo de uno de los Ojeda que está en la Caja Rural y que tenía mucha amistad con él, un día vino con su madre y me dijo “aquí teníamos unas parras”, y le dije: “mira donde están”.

Después de que Ojeda abandonara Villargámar, para asentarse en su actual ubicación, el ventorro pasó a manos de un tal Avelino, “Yo conocí a uno que se llamaba Avelino, recuerda Emilio, uno que cogió el bar después.  No sé cuánto estuvo, porque cuando la guerra le mataron por comunista.  Un poco sí le conocí, vivió en la misma casa que vivió Ojeda”.


Casona de Villargámar por el lado Este
En esta parte de la casona vivió un hortelano.
"Por un lado de la casona estaba la vivienda del ventorro, 
y por el otro estaba la de un hortelano", 
así lo recuerda y conoció Emilio.


Emilio Arce señala el lugar donde estuvo el ventorro
de Ojeda, y el de Avelino.
"Abajo de aquella ventana estaba la cocina".


     El casi centenario nos habla de otro ventorro junto a la Granja Villargámar: “Ahí abajo, en esa casa que está medio hundida, o hundida del todo,  había otro bar, el Ventorro la Polilla, que  le llamaban así a la que lo llevaba, “La Polilla”. Tuvo su sentido la ubicación de este ventorro junto al Camino de Villargámar, pues era lugar de paso para los que de Villacienzo y Renuncio se dirigían a Burgos y sus ferias, y en su momento pudo servir a los muchos obreros que trabajaron en la construcción del ferrocarril Santander-Mediterráneo.





Probable lugar donde estuvo el ventorro de La Polilla (foto de finales del XIX).
Entonces la canalización del agua no era como ahora.
En la imagen de Cortés se aprecia el muro de la Granja en muy buen estado,
además de tres personas con atuendos propios de la época. 


MUJERES EN “MONTE SANO” PELANDO YEROS EN LA NOCHE

Emilio Arce no solo trabajó las tierra de Villargámar, tenía además fincas en las laderas de Monte Sano, junto al  Polvorín de la Rebolleda, y necesitó de obreras para trabajarlas: “Yo he llevado a montones de mujeres, llevaba to los años a las fincas mías. Igual las tenía [contratadas] quince o veinte días, allí y aquí. Las contrataba por aquí, de todas las mujeres de los barrios que había por aquí viviendo. Las había del Hospital del Rey, las había de la fábrica sedas y las había de[l barrio] San Pedro. Ellas mismas se encargaban [de buscar las obreras], si necesitabas diez, ellas se encargaban, se lo decías a una y ella llamaba a otras. Yo las llevaba para arrancar los yeros, a últimos de julio, que entonces se quedaban secos y ya no los podías regar (porque entonces no había máquina pa regar), para arrancarlos. Venían igual a las cuatro [de] la mañana o a las cinco, de noche, porque en el momento que les daba el sol [a los yeros] ya se desgranaban. Solo eran mujeres. Se traían el bocadillo, y a la hora de almorzar, si estaban ocho horas, pues media hora [para comer]”.


Mujeres trabajando en Monte Sano a finales del XIX (Archivo Cortés)


 

Ruinas de molino junto al camino de Villargámar.
Llegó a molturar fécula de patata 
 (Fuente: Diccionario Madoz). 


 

 

martes, 6 de julio de 2021

EMILIO ARCE, MEMORIA DE VILLARGÁMAR (I)

Emilio Arce Vallejo, toda una larga vida en Villargámar 


FOTOGRAFÍAS: Emilio Arce y Granja de Villargámar (Tomadas en 2021 y 2007) 

 

Ya en aquella ocasión pude darme cuenta de que su memoria habría de desenterrar historias que a todo burgalés curioso pueden interesar, a fin de cuentas esto era lo que me había llevado a Villargámar, un lugar lleno de sombras por el que siempre he sentido atracción pero para el que nunca encontré momento, hasta dar con Emilio.

 

DESCRIPCIÓN DE VILLARGÁMAR EN EL DICCIONARIO DE MADOZ

“… y a mil pasos O. del Hospital del Rey, la granja de Villargámar, situada a la inmediación del camino de Valladolid: su posición es sumamente pintoresca, pues domina toda la ciudad., y las estensas vegas de que se halla rodeada. Tiene una bonita iglesia  y un molino  destinado a fabricar fécula de patata. La huerta cercada de paredes y con riego constante, es de cabida de 12 fanegas de sembradura, estando poblada de árboles de esquisitas y variadas frutas. Los afanes y dispendios que en esta bella posesión ha empleado, y emplea asiduadamente su dueño D. Santiago de la Azuela, la constituyen en uno de los sitios de recreo, utilidad y más ameno de Burgos. La habitan 5 vecinos en casas de campo nuevamente construidas”   

 

Casona e iglesia de Villargámar


 Hablé con Emilio largo y tendido a la sombra de un viejo y palaciego  caserón, blasonado, y de una capilla adosada igualmente con escudos.  Situados en lo que hoy es conocido como Granja de Villargámar, en 1654 ambos edificios debieron pertenecer a Miguel de la Moneda y a Francisca de Quintanadueñas, a juzgar por la inscripción de una lápida, situada entre ruinas escondidas de un molino, donde aparecen estos nombres grabados. Con anterioridad a esta fecha me topé con una espesa niebla que me ha impedido hoy el seguimiento histórico completo, más allá de su cercanía y posibles vínculos con al Hospital de Rey y de la existencia de una iglesia bajo la advocación de Nuestra Señora de la Blanca “aneja a la de San Pedro de la Fuente” (sic. Diccionario de Madoz), sin olvidar tampoco que mediado el siglo XIX Villargámar era propiedad de Santiago de la Azuela. Esa bruma es la que no me deja ver en qué momento este lugar se convirtió en granja con régimen de aparcería, que es el que al parecer se encontraron el abuelo y el padre de Emilio Arce cuando llegaron a este lugar; probablemente pudo ser cuando su dueño era el mencionado Azuela.  


Lápida grabada en 1654 con los nombres de
 Miguel de la Moneda y Francisca de Quintanadueñas

El protagonista de este relato carga a sus espaldas 96 años, la friolera de un siglo. Y lo cierto es que no lo aparenta. Su vida fue el trabajo y el trabajo le ha conservado en buen estado y aún le da fuerza y agilidad. Ve pasar la vida como siempre, pegado a la tierra, manteniéndose así con sus actividades de hortelano en Villagámar, ahora  como distracción, en una extensa finca cuya tierra le reconoce a la perfección. De carácter afable, con permanente sonrisa y siempre dispuesto a contar su historia, en mi primera visita le encontré después de haber segado la hierba del gran patio (patio lo llama él y a mí me pareció mucho más que eso). Me entraron sudores al pensar en el esfuerzo que aquello podía suponer (ojo, 96 años me contemplaban). En el momento de presentarme le noté contrariado porque los conejos le estaban ganando la batalla, aquella y otras noches habían encontrado la manera de colarse por debajo de la valla metálica que rodea la finca y se habían ensañado con la parte dedicada a huerta; y no era la primera vez: “Tiene que haber sido por aquí por donde han entrado” -dijo mostrándome un pequeño hueco por el que apenas si cabía una comadreja desnutrida. Pronto, sin embargo, mi interrogatorio hizo que el conflicto con los animalitos pasara a un segundo plano y derivara a cuestiones seguramente menos importantes para él en aquellos momentos. Se desplomaba el sol sobre nosotros y nos guarecimos a la sombra de un gran nogal pegado a la mencionada capilla, hoy vacía de contenidos religiosos, y allí dimos comienzo al repaso de su memoria.

SIETE DE LA CABAÑUELA MURIERON EN EL AÑO DE LA GRIPE. DE UNA GRANJA A OTRA GRANJA. EL ADMINISTRADOR ERA EL MAESTRO

Emilio Arce Vallejo llegó a la Granja de Villargámar procedente de otra granja, la de La Cabañuela, en Quintanajuar, donde sus padres trabajaron como colonos. Al parecer y según nos cuenta, la Gripe Española (1918) había causado estragos en La Cabañuela llevándose por delante a siete renteros que allí trabajaban, con lo cual solo quedaron el abuelo y el padre de Emilio. “Murieron todos menos mi padre, mi abuelo y un sobrino de mi padre, que se quedó sin padre ni madre por la gripe. Y mi padre, después, al quedarse solo, pues se vinieron aquí, vendieron  todo lo que tenían, tierras y ganado, y cogieron esto. Se vinieron los tres aquí. Esto estaba libre de renteros y entonces se vinieron a Burgos. Mi abuelo y mi padre eran renteros aquí, en Villargámar. Cogieron unas tierras aquí para trabajarlas en renta, [y como renteros que eran] se pagaba por fanegas, aquí se pagaba por fanegas, no me acuerdo si por hectárea o por cuál. Me acuerdo yo que metíamos la renta… Cuando yo era chaval metíamos la renta en la iglesia, echábamos el grano donde están [ahora] las gallinas, en la ermita. Después, el Saldaña ése [el Administrador, que lo era también de La Cabañuela] lo vendía a los almacenistas”. Este Saldaña “Le teníamos de maestro aquí, en el Hospital del Rey, y vivía en el Hospital del Rey”.

DE LA GRIPE ESPAÑOLA  A  LA PANDEMIA DEL COVID

Siete colonos murieron en La Cabañuela por la Gripe Española, siete hermanos nacieron en Villargámar, seis chicos y una chica. “Aquí nacimos los siete hermanos, en según entras a la derecha [señala un rústico cobertizo donde antes estuvo su casa natal]. No teníamos más que una hermana, que mi hermana se murió de las primeras del Covid. Y menos mal que no vino aquí [a nuestra casa], porque todos los años invitamos a mi hermana y mi cuñao a que vengan a la fiesta del Hospital del Rey, que es el 1 de marzo, que es el Santo Ángel de la Guarda, y este año no se ha celebrao por el virus”. Se refiere, obviamente, a que caso de haber acudido sus familiares, podrían haberse contagiado ellos también.   

LOS FRAILES CAPUCHINOS QUIEREN HACER UN COLEGIO EN VILLARGÁMAR, PERO FRANCO LES REGALA UN TERRENO EN MADRID  

Asegura Emilio que fue en 1952, cuando a penas tenía veinte, compró la propiedad a los frailes capuchinos, que por entonces estaban en Villargámar, bien es cierto que en reducido número, pues como cuenta también entonces había solo dos frailes: “Nunca ha habido más de dos frailes, a lo sumo, tres. Yo se lo compré todo a los frailes, se lo compré a uno que era de Santibáñez Zarzaguda, el padre Esteban. Todo lo que ellos compraron a la viuda de Azuela [incluida casona y ermita] se lo compré yo. Vivían en la casa grande, iban con su hábito y subía mucha gente aquí los domingos, para oír misa; venían [vecinos] del Hospital del Rey y de la Fábrica Sedas [¿?] ¡Pues porque les gustaba venir a ver a los frailes! Los otros días iban a decir misa a San Lorenzo”.  

La historia de los capuchinos en la Granja de Villargámar sería  digna de ser rastreada por los historiadores y en los archivos, pero eso quedará pendiente para los primeros, ya que de lo que aquí únicamente se trata es dejar constancia de la memoria de un vecino de casi cien años que vivió en este sitio histórico, una memoria que podría acarrear lagunas, y quizá hasta deturpaciones, pero que bien puede servir de arranque para estudios superiores. 


Se observa el apellido Azuela en la portada de la casona


EL PADRE POLICARPO COMPRA  VILLARGÁMAR A LA VIUDA DE AZUELA

Con respecto al tema de los Capuchinos en Villargámar, podemos deducir por el relato de Emilio que los frailes de esta Orden compraron la Granja a la viuda de Santiago de la Azuela, “que él era no sé qué del rey”, y que seguramente esa compra estaba pensada para construir en este lugar un nuevo convento o colegio Capuchino: “Los frailes se lo compraron a uno que era maestro, un tal Saldaña” [como ya se ha dicho, seguramente al que era su administrador, que lo fue también de La Cabañuela]. El [fraile] que vino aquí el primero fue el padre Policarpo, ese es el que se lo compró a la viuda de Azuela”.     

Sobre dicho proyecto el nonagenario da su versión: “Había dos frailes solo. El arzobispo Platero no les dejó hacer el convento, o colegio, que ya no me acuerdo, que iban a hacer aquí, querían tirar esto y hacer uno nuevo. Y entonces Platero dijo que en Burgos ya había muchos militares y muchos curas. Y entonces, el año 52 [1952] me lo vendieron a mí, pidieron permiso a Franco y lo hicieron allí; les regaló el terreno Franco y le hicieron allí; lo que iban a hacer aquí lo hicieron en El Pardo, no me acuerdo cómo se llama la calle, ¡pero tienen un negocio en la iglesia ésa…! Allí van todos los ricachones de Madrid a misa”.  


Emilio a la entrada de la capilla