Elías Rubio Marcos y su "CAJÓN DE SASTRE"

Recopilación de artículos publicados y otros de nueva creación. Blog iniciado en 2009.

viernes, 24 de mayo de 2024

DE BODEGAS MOCHAS Y MERENDEROS (I)


Pintoresca y tradicional bodega en Santibáñez de Esgueva.

 

FOTOGRAFÍAS: Merenderos (Santa María del Campo y Ciadoncha, 2024) .

Bien puede decirse que Burgos cuenta con dos mundos subterráneos. Uno es el de las cuevas naturales, cuyo número es incontable, y otro es el de las bodegas vitivinícolas, excavadas artificialmente a millares en amplias zonas de la provincia. Dos mundos subterráneos, uno natural y otro artificial, sobre los que todos los burgaleses habremos pisado alguna vez, aunque sea solo sobre sus respectivas techumbres. Del primer mundo, más ignoto, sabemos algo de sus maravillas esculpidas por el agua por los trabajos de grupos espeleológicos y habilitaciones turísticas, del segundo conocemos algo más y nos resulta más familiar, aunque nada más sea por el hecho de que el uso de las bodegas ha sido continuado, desde hace siglos y hasta nuestros días, y porque a la vista están los millares de ojos salidos de la tierra que nos miran en superficie a nada que nos movemos por los pueblos donde hay o hubo viñedos. La asociación entre ambos mundos es clara, nace de la oscuridad que ambos comparten. Sin embargo, no es hablar de las cuevas naturales, de las que tantos recuerdos guardo por mis años de exploraciones bajo tierra, lo que me trae hoy aquí. Más bien quiero referirme a las bodegas del vino, o quizá debería decir a las construcciones con forma de casa que desde mediados del siglo XX han ido adosándose a ellas, aquellas que ahora se conocen como merenderos y de cuyo origen, utilidad, disposición y arquitectura hasta ahora poco o nada yo mismo sabía.  

MERENDEROS DE LAS BODEGAS

         Parece generalizado, en algunos lugares, llamar bodega al conjunto formado por el subterráneo y el edificio que algunas tienen adosado, el merendero con forma de casa que sirve para reuniones gastronómicas de sus propietarios y amigos. Pero esta designación puede llevar a los no iniciados al equívoco, pues una cosa es la verdadera y tradicional bodega, con su nave, su lagar, sus pilas de pisado, escaleras e incluso su puerta de acceso, y otra es la mencionada construcción adosada que oculta la verdadera bodega. Me parece obligado hacer esta distinción, pues son estas últimas construcciones las que suscitaron mi curiosidad y me llevaron a ciertos lugares burgaleses de bodegas donde su presencia es generalizada. Tan notoria es esta presencia que a veces llegan a formar conjuntos con la apariencia de núcleo poblacional; conjuntos de edificios con una, dos e incluso tres plantas, que vistos en la lejanía y casi siempre ocupando cerros, ofrecen una imagen de pequeños pueblos con sus calles (faltaría en ellos una torre de iglesia sobresaliendo sobre dichos edificios para terminar de confundirnos.



Barrio de bodegas en Ciadoncha.
Visto en la lejanía aparenta ser un pueblo 



Merenderos en el barrio de bodegas de La Fuente,
en Santa María del Campo



Calle de bodegas en el Barrio de la Fuente, en Santa María del Campo.
Podría parecer la calle mayor de un pueblo,
pero se trata de merenderos que ocultan bodegas.
 "Es que las calles son para entrar a las bodegas con los carros,
pa descargar la uva. Entonces traían la uva con los carros"
(sic. Teodoro).

UNA EXCURSIÓN POR LAS BODEGAS DEL VINO CHURRILLO

         Recientemente (29/4/2024) hablábamos aquí de siete bodegas en Basconcillos de Muñó, de siete ojos arruinados que nos miraron retadores desde una ladera de este pueblo olvidado (no así su memoria). Por esos ojos profundos decidí aquel día que ya era tiempo de que en esta humilde bitácora las bodegas, siquiera tangencialmente y como un patrimonio histórico y etnográfico fundamental de Burgos, ocuparan un espacio que sin duda les correspondía (más de setecientas entradas y hasta ahora ni una palabra sobre ellas, no hay perdón). 

         No está muy lejos tampoco otro día de mayo, de ahora hace un año, en que visité el conjunto de bodegas de Ciadoncha. Fue en aquella ocasión, impresionado por las “casas” que ocultaban lo que eran las auténticas bodegas, cuando comencé a hacerme preguntas sobre ellas. Muchos porqués surgían por culpa de mi total ignorancia. Tenía que indagar. En el pueblo seguro que encontraría respuestas. Pero el señor Artemio, a quien alguien me remitió por ser la persona del lugar que más conocía del tema de viñas y bodegas, había ido ese día a Burgos.    

         Aún está caliente el día en que me acerqué de nuevo a Ciadoncha, con la misma intención y el mismo interés de hacía un año. Y de nuevo sucedió que no pude establecer contacto con el señor Artemio. Decidí entonces acercarme a Santa María del Campo, tan cercano, seguro que allí habría también bodegas, quizá muchas más por ser una población mayor, y seguro que encontraría alguien a quien interrogar. Acerté de plano. Me dirigí a la Residencia de la Tercera Edad, sabiendo que estas instituciones son depósitos de la memoria de los pueblos, y allí encontré a Teodoro González, de 89 años, que fue reparador de cubas y de quien obtuve inapreciables testimonios que paso a hilvanar. 

BODEGAS MOCHAS

Ha sido tan espectacular el cambio de imagen sufrido por algunos conjuntos de bodegas en algunas zonas de Burgos, por la inclusión de los susodichos merenderos, que hubo de inventarse un nombre para designar a las bodegas que no los tienen, o lo que es lo mismo, para aquellas que no sufrieron esta transformación y que guardan su imagen primigenia y tradicional. Así, en lo que concierne a Santa María del Campo, a estas bodegas, ya de muy escasa presencia, cuando no muy difícil de encontrar alguna, se las conoce como “bodegas mochas”. Según Teodoro,

Antes de hacer los merenderos todo eran [bodegas] mochas. [Lo que veías era] la boca de la nave con una puerta. El merendero nuestro le hizo mi abuelo. Los otros eran de adobe, nosotros la tiramos entera y la hicimos de ladrillo, porque era baja y se subían los chicos al tejao.  La tiramos y la hicimos nueva. Todavía existe una mocha, en [el barrio de bodegas de] La Fuente. Había quien tenía merendero dentro, pero la bodega mocha…, la bodega de mi suegro era mocha. Los merenderos se empezaron a hacer después de la guerra, por ahí, antes de 1950 no había ninguno. Entonces se puso el portal de cemento y se ponía una prensa (que las hacíamos nosotros), de madera con dos husillos, y allí hacían el vino, el que tenía lagar, y el que no…  y de la pila, a las cubas. Eran mochas todas. [Yo lo he conocido]. Eran mochas todas. Veías o tenían la boca de la nave con una puerta. Y al bajar, en medio, tenían en un lao el lagar y en el otro la pila para el vino. Y entonces, al bajar te pegabas con la viga.


Bodega mocha.
Antes de hacerse los merenderos,
las bodegas de Santa María del Campo pudieron lucir así. 


lunes, 29 de abril de 2024

LA MUJER DEL CUADRO RECUERDA BASCONCILLOS

Ludivina Vegas, memoria de la Granja Basconcillos


FOTOGRAFÍAS: Ruinas de Basconcillos de Muñó (2024) 

Como todos los años por estas fechas acostumbro a hacer un recorrido por la comarca de Muñó, con el simple propósito de saborear el color de sus campos. La primavera tiñe de verde intenso el largo periodo ocre de esta campiña donde crecen torres, verde fertilizado, todo hay que decirlo, que, al mezclarse con las tonalidades de la tierra sufriente, forma cuadros de especial belleza. Para esta ruta tengo dos opciones, una es la carretera que lleva a Santa María del Campo, y otra es la que conduce a Mahamud.  Las dos rutas parecen calcadas en su paisaje-valium, así que tanto da elegir una que otra si lo que se quiere es disfrutar de belleza y relajarse. En esta ocasión elegí la segunda, pues la excursión tenía una doble finalidad, la de llegar a Santa Cecilia para enseñar a mi querida acompañante una bodega con construcción adosada que a cualquiera puede llegar a confundir (ya hablamos de ella en otro lugar de este Cajón de Sastre, y comentamos su gran parecido con las obras de Gaudi). Esa era la intención, pero algo habría de cambiar nuestros planes, algo se cruzaría en el camino que nos llevaría a vivir momentos para el recuerdo.



Restos de Basconcillos de Muñó



GRANJA BASCONCILLOS 

        Ya en ruta, a unos quince kilómetros de Burgos llegamos al punto donde resisten unas ruinas, a un lado y otro de la carretera, que siempre llamaron mi atención pero en las que nunca llegué a pararme, no tengo claro por qué.  En esta ocasión íbamos con tiempo sobrado y nos detuvimos, siete ojos de bodegas destartaladas en una ladera nos incitaron a ello. Había que fotografiar los restos de lo que en verdad parecía un naufragio. Qué tendrán las bodegas, queridos amigos, que tanto nos atraen, ¿será tal vez su aspecto prehistórico?, ¿megalítico tal vez? Y si esto no fuera, ¿podríamos decir que las bodegas son una especie de catacumbas del vino? Miles de ellas se distribuyen por casi toda la provincia, miles también las que si no están caídas están a punto de hacerlo. Sin duda, el conjunto de todas, con sus lagares, es un patrimonio de enormes dimensiones que, en mi opinión, aún no ha sido suficientemente valorado. Picados por la curiosidad, quisimos saber detalles sobre este lugar de almas perdidas, así que procedía visitar el pueblo más cercano, Villafuertes, dos kilómetros más adelante, considerando que allí podríamos obtenerlos. No nos equivocábamos. Encontramos en esa hora de la soledad temprana a un vecino que se disponía a partir con su coche. Hicimos que se detuviera y preguntamos. Y así supimos que las mencionadas ruinas se corresponden con lo que fue la Granja Basconcillos. ¿Y usted sabe de alguien vivo que vivió allí?, inquirimos sin mucha esperanza de encontrar una respuesta afirmativa. Pero se obró el milagro: “Pues sí, en Villangómez hay una mujer mayor que vivió allí, se llama Diluvina”. ¿Diluvina? Extraño nombre, debía ser un error, sospechamos que tal vez sería Ludivina.  


Bodegas de Basconcillos, una para cada vecino


Y fue así cómo, una vez más, nuestro rodar nos llevó al pueblo de los pollos, famoso ya por los murales en sus medianías y ruinas, donde nosotros mismos habíamos estado en septiembre de 2023 al reclamo de dicho arte. En aquella ocasión quedamos impresionados sobremanera por un cuadro de gran viveza, el de una mujer mayor de afable presencia en acción de pelar una gallina, o un pollo, que vaya usted a saber las plumas. Una mujer que podría haber salido de la imaginación del artista, pero que, en realidad, y como a continuación se podrá ver, se trata de una vecina que venturosamente vive en Villangómez.


Cuando la iglesia de Basconcillos todavía estaba en pie.
Posan los vecinos Leopoldo Revilla y Benedicta Barriuso. 
(Foto: gentileza de Ángel Custodio)


LUDIVINA, LA MUJER DEL CUADRO (nada que ver con la película)

Todavía en las beatíficas horas de la mañana, callejeamos por Villangómez con intención de encontrar un alma a quien preguntar por Ludivina. Afortunadamente no tardó mucho en aparecer, A lo lejos vimos a una mujer que parecía entrada en años. Corrimos hacia ella, no fuera a ser que la perdiéramos al doblar cualquier esquina. Buenos días, saludamos a cierta distancia. Ella se paró. ¿Sabe usted dónde vive la señora Ludivina?, interrogamos. “No sé si en estos momentos les podrá atender”, dijo ella, con cierta y castellana sorna, ante nuestra sorpresa, aunque en seguida se identificó como la mujer que buscábamos: "Soy yo. ¿Qué desean?"

Así nació una conversación que habría de depararnos interesantes detalles sobre el despoblado de Basconcillos, a la sazón “Granja de Basconcillos", que es como ahora y desde hace mucho tiempo se conoció y conoce a lo que un día fue un pueblo normal y ahora es un conjunto insignificante de muñones, de casas, de la iglesia y de las bodegas. Ludivina Vegas, nacida en Villafuertes, vivió en esta Granja de colonos renteros, a donde la llevaron siendo niña pues allí trabajaba su padre, veinte años, desde los siete hasta los veintiocho, que es cuando marcharon a Villangómez. Fue un periodo suficiente para crear raíces, recuerdos y afectos. Por eso hoy bien se la puede considerar como guardiana de la memoria de aquel lugar yermo. Ahora, a sus 89 años, esta mujer, de carácter abierto y cordial, rememora, cuenta y transmite con gran generosidad:Me acuerdo mucho [de Basconcillos], porque hemos vivido tanto y tan bien allí que lo añoro de verdad. Me acuerdo mucho, porque hubo una convivencia tan buena con todos los vecinos, y lo pasábamos tan bien…”. 


SIETE VECINOS, SIETE CASAS, SIETE BODEGAS

“Éramos siete vecinos [viviendo] en siete casas de adobe que, como no eran nuestras, nadie se gastaba un duro para arreglarlas. Eran casas malonas, de planta y piso, y encima había un palomar”. Así describe Ludivina la Granja Basconcillos, un humilde lugar de colonos, a cuya dueña (o a una de las dos dueñas, pues eran dos hermanas y cada una con una parte de las fincas), María Varona, la misma que tuvo en propiedad el palacio de Villaverde Mogina, pagaban rentas.

ESCUELA EN VILLAFUERTES

        “A la escuela bajábamos a Villafuertes, 2 kilómetros, que teníamos ahí la abuela. Bajábamos to los días a Villafuertes a la escuela, cuatro o cinco niños juntos, y alguno no quería bajar y tenía que bajar la madre con él”.   

CEMENTERIO, LADRONES DE CRUCES

        “Había cementerio, estaba pegado a la iglesia, lo que pasa es que los chatarreros se han llevado las cruces”.

ÚLTIMOS ENTERRADOS

        “Unas niñas de un señor, que nacían mal cuando nacían, que no sé qué le pasó [al señor], que esas niñas no se le criaron. Y luego una señora, que se mató yendo en la bici y creo que trajeron [allí] las cenizas”.

 ULTIMO NACIDO

José Ramón Vegas, un hijo de Ludivina.  Su nacimiento tuvo lugar el 1 de mayo de 1966.

EL FINAL

Sucedió cuando había dos mujeres viviendo solas, circa 1970.  Ludivina lo recuerda así: 

[La última viviendo en la Granja] fue una abuela mía. Nosotros nos fuimos un poco más pronto. Una abuela mía, tenía una tía soltera, y mi abuela, y esas se quedaron solas. La abuela se llamaba Leonor Temiño, y la hija Clementina González. Y luego ya, cada uno nos fuimos a un sitio. Estuvieron poco tiempo la abuela mía y la tía, estuvieron muy poco tiempo solas, porque ellas se quedaron solas allí, y entonces luego las trajeron aquí, y aquí murieron luego ellas”.

LA IGLESIA Y LA FIESTA

La iglesia está todo hundida. Aquí [en Villangómez] está la Virgen del Rosario, que era la patrona de allí, esa la trajeron aquí. Allí to la vida fui a la fiesta allí… la fiesta de Villafuertes es el mismo día, y entonces había música, subían los músicos a darnos diana a las chicas, porque éramos entonces cuatro o cinco mozas de mi tiempo allí, y subían a darnos diana los mozos. Y luego, [para] el baile bajábamos a Villafuertes. [Venían] los almendreros, que entonces los almendreros y aquellos del bote subían por la mañana. Y luego, ya por la tarde, bajábamos a misa a Villafuertes, y a la procesión y al baile.      

A LA CHARLA SE AGREGA ÁNGEL CUSTODIO

Casi al final de la conversación con Ludivina se agregó Ángel Custodio, vecino de Villangómez pero que tuvo especial relación con la Granja Basconcillos. No en vano, cuenta, “Yo tengo allí enterraos a mi madre, a mi abuela, la madre de mi madre, una hermana de mi madre, que murió aquí y las cenizas las llevó allí, un sobrino y una sobrina hijos de ella”.  

CASETA DEL MAJUELO, “COMO LA DE LOS INDIOS”

        Ángel Custodio nos recuerda también que en la Granja se trabajaron viñedos. Y para ilustrarlo pone como ejemplo la existencia de casetas donde se apostaban vigilantes para evitar la sustracción de racimos: “Yo me acuerdo que tenían una caseta como la de los indios. Y es que pasaban los coches [por el pueblo] y cogían racimos. Cuando iba con mi difunto abuelo to los domingos y los sábados al majuelo, que tenía ahí, y tenía una caseta hecha como las de los indios, porque decía que pasaba la gente con los coches y se paraban a coger los racimos. Tenían una caseta los majuelos, y recuerdo que cuando iba allí…”.

SEÑORA LUDIVINA, LA MUJER DEL CUADRO

Cuando la conversación estaba llegando a su fin surgió un instante de asombro:

Pero… pero… usted [por Ludivina] ¡es la mujer del cuadro que está pelando un pollo… el famoso y premiado mural!”. “Esa soy yo”, dijo. ¡Cómo pudo ser que no lo advirtiéramos antes!  Seguramente por la emoción que nos transmitía su relato.   


Ludivina Vegas, la mujer del cuadro


miércoles, 17 de abril de 2024

LA CHICA DE CONTRERAS QUE PASEANDO RELAJADAMENTE POR UN CAMINO RURAL NO DEJABA PASAR A DOS AUTOBUSES


Valle de Mirandilla, con la imponente Peña Carazo como fondo. 

FOTOGRAFÍA: Valle de Mirandilla (Tomada en agosto de 2009)

Chica de Contreras: no te conozco, no sé cómo te llamas ni a qué te dedicas, pero intuyo que eres una proteccionista del paisaje burgalés y de todos los paisajes del mundo. Probablemente hoy tendrás muchos admiradores por tu pacífica acción de entorpecer el paso a dos autobuses que se dirigían al otrora maravilloso y tranquilo valle de Mirandilla. Y si no los tuvieras, que sepas que, al menos, aquí tienes a uno.

lunes, 1 de abril de 2024

UNA ATALAYA PASTORIL EN LOMA

 

Torrecilla-atalaya para vigilancia de los rebaños, ingenio de pastores. 


FOTOGRAFÍAS: Torrecilla de pastores en Loma (Tomadas en 13/1/2024)

El 5 de junio de 2023 guardábamos en este ya carcomido Cajón de Sastre una singular torrecilla, de forma cónica, construida con piedra paramera y con escalones en espiral para el acceso a su cumbre, situada en un desolado páramo de Castil de Lences, concretamente en el lugar conocido con el sugestivo nombre de Las Corralizas. Decíamos que se trataba de una atalaya pastoril para el control de los rebaños y para la comunicación entre los pastores que los cuidaban, seguramente tocando cuernos. Creíamos entonces que se trataba de un caso único en la provincia en este tipo de construcción y servicio, pero estábamos equivocados. En la primera nevada de este año (13/1/2024) tuvimos ocasión de descubrir una nueva cerca del despoblado de Loma. Caminábamos sobre la nieve, en busca de un mirador recientemente construido, cuando a lo lejos la divisamos recortada sobre un horizonte blanco. Nos dirigimos a ella, y al llegar, comprobamos que se trataba de una construcción con gran parecido a la de Castil. No era de forma cónica con cuello de botella como esta, sino redonda y con forma de cubo, pero tenía igualmente lajas salientes en espiral para ascender a la cumbre. No había duda, era también una atalaya de vigilancia y comunicación para el servicio de pastores. Hubiéramos querido hablar con algún vecino de Loma, o incluso de Quintalaloma, para que nos explicara su historia y usos, pero el vacío y el silencio no hablan. Quizá esta primavera…


En un mar de piedra, destaca sobre la primera nevada.

Recortada sobre un horizonte lejano

Lajas que sirven de escaleras. Al fondo asoma un campanario. 


miércoles, 13 de marzo de 2024

15º ANIVERSARIO DEL ÁRBOL DE LA PROVINCIA




El tiempo corre y la encina crece



Hoyo y tierras de 1233 pueblos burgaleses a punto de recibir el árbol.
Han pasado quince años desde este mágico momento.


Descargando la encina. Parecía poca cosa. 


FOTOGRAFÍAS: Árbol de la provincia (Tomadas en 2009 y 2024).

Mírala bien, Aire, observa lo pimpolluda que se ha puesto. Hoy es su cumpleaños, hoy hace quince que un grupo de iluminados la plantó en Jaramillo de la Fuente, parece que fue ayer. Lo recuerdo bien, Lluvia, cómo olvidar aquel 14 de marzo de 2009 de un sueño cumplido. El tiempo envejece su memoria, pero no la nuestra, ni tampoco la de la tierra donde crecen los pueblos. Aquel día la encina parecía un esqueleto, algunos que acompañaron en el acto creían que, siendo encina y no roble, y además tan famélica, no podría arraigar, y mucho menos que tendría el futuro que ya lleva vivido. Pero ahí la puedes ver, Aire, oronda y románica, llena de salud y contradiciendo a los escépticos. Algo tendrá que ver mi purificador aire serrano, amiga Lluvia, y tus siempre dosificados aguaceros, algo también la tierra de los pueblos burgaleses que acarician todos los días sus ya profundas raíces. A veces me pregunto, Aire, cómo llegaron a aunarse tantas fuerzas para lo que parecía un sueño inalcanzable. 

Ecos de la lluvia y el aire

(…) Así hablaban el aire y la lluvia al amanecer de este día, queridos amigos de este Cajón de Sastre. No sé vosotros, pero yo he tenido la impresión de que el aniversario de la encina les producía cierta emoción. Tal vez por ello se olvidaron de comentar que una bellota, cosecha 2019, germinó en un vaso de yogurt y ahora crece no muy lejos de su madre, con fuerza, a todo mimo y para alegría de todos. Ya tiene su título: Hija del Árbol de la Provincia.   

sábado, 24 de febrero de 2024

ARCOS DE BURGOS


Arco de San Gil
Con esta inscripción bajo el escudo:
              INSIGNIA CIVITATIS QUAE REGES PEPERIT REGNAQUE RECUPERAVIT.

                        (INSIGNIAS DE UNA CIUDAD QUE PARIÓ REYES Y RECUPERÓ REINOS)

                         
  
 FOTOGRAFÍAS: Arcos de Burgos (Tomadas en febrero de 2024)


    Recientemente, tuve ocasión de incorporarme a un juego que había iniciado un grupo de amigos comunes en el café. Trataban de saber los arcos con nombre de arco que existían en Burgos (no pasajes, solo arcos). Y así, sumando memorias, llegamos a la conclusión de que había nueve. Nueve arcos con nombre de arco decidimos que hay en la ciudad, y por los nueve habíamos pasado alguna o muchas veces cada uno de los participantes en el juego. Abundando en esto, bien podría decirse que uno no es un burgalés capitalino completo si no ha pasado a lo largo de su vida por los nueve arcos, aunque solo sea una vez.  Arcos, justo es decirlo, que en su momento algunos cumplieron la función de puertas. Es lo que tienen las ciudades de origen medieval, que se hicieron puertas en sus murallas para el acceso y control de quien entraba y con qué intenciones entraba, y para poder cerrarlas por la noche y así disfrutar el vecindario de nocturnos sin grandes sobresaltos. Lo cual era extensivo para los recintos de instituciones importantes y cercanas a la ciudad, llámese Monasterio de Las Huelgas u Hospital del rey. Algunas de estas puertas-arco son ciertamente monumentales, como la de Santa María, la más observada, la más fotografiada. Las otras ocho también lo son, unas más que otras, pero creo que nunca las hemos valorado suficientemente. Por eso se me ha ocurrido, queridos amigos de este cajón de Sastre, que al mostrar lo arcos en su conjunto quizá podamos ver mejor su importancia y verdadera dimensión. Cada uno por sí solo tiene su historia, aunque en esta ocasión no vamos a entrar en ello, pues daría para un libro muy gordo. Pero permitidme una cosa de carácter personal: si tuviera que quedarme con uno preferido ese sería el de San Martín. ¿Sabíais, queridos amigos, que por esta puerta de arquería morisca era obligado que entraran los reyes que venían de visita a la ciudad? ¿no? Pues sí, sí, así fue. Se les obligaba a pasar por su arco y no por otro, esa fue, en un tiempo ya lejano, la costumbre en la civitate burgalesa. Por eso, bien podría haberse llamado también Puerta de los Reyes, pero eran tiempos de santos para los bautizos. Pasaron por su arco los reyes con su corte, que poco o muy poco daño le podían hacer con sus ecológicos medios de locomoción, y más tarde los coches modernos con sus humos mortíferos, que esos sí que ocasionaron daños al arco, tantos que ni sé cómo no llegaron a comerse la espada de El Cid con la que crecimos los chavales de mi época. Vale, vale, me decís que es una vara castellana la hendidura y no la espada de nuestro guerrero del antifaz más célebre, muy bien, lo admito, pasa que me gusta recordar mis años de inocencia.

Y sin más divagaciones, queridos amigos de este Cajón de Sastre, paso a mostraros cada uno de los arcos. Disfrutad de estos monumentos ahora que los tenéis juntitos y bien lucidos.


Arco de la Villa
Fantástico arco, fechado en 1552, que da paso al Patio del Sobrado,
el mismo que ahora Patrimonio Nacional

se ha empeñado en dignificar (¡ya iba siendo hora!). 


Arco de San Martín
Imaginemos a reyes con su corte entrando en Burgos
 por este precioso arco mudéjar, hoy felizmente dignificado
y libre de contaminación.




Arco de San Esteban 
Emociona ver hoy el arco de herradura morisco
tan integrado en la ciudad moderna. 



Arco de las Huelgas
Por él se accede a la Plaza del Compás del  monasterio,
hoy un remanso de paz como pocos.  


Arco de San Juan 
Un paso de mucho tránsito junto
al puente de San Lesmes y sus leones


Arco del Amparo
De inconfundible sabor medieval, da paso al barrio de las Huelgas. 


Arco del Pilar
Entre La Llana de Afuera y Laín Calvo


Arco de Santa María
La gran puerta de Burgos, la más fotografiada.
Al traspasar este arco los ojos se agrandan
entre la sorpresa y la admiración.



jueves, 18 de enero de 2024

RETRATOS DE LA MEMORIA


Peñón de La Cernolica (Monte Hijedo)


FOTOGRAFÍA: Portada libro (Tomada 15/8/2023)


Alguien dijo o escribió, no recuerdo quién (¡ay, la memoria!), que

LAS PERSONAS SE OLVIDAN EN EL MOMENTO

EN QUE SE OLVIDAN SUS NOMBRES.

No puedo estar más de acuerdo con semejante aserto, queridos amigos de este Cajón de Sastre. Por eso mi nuevo libro, Retratos de la memoria, ha nacido para que nombres y personas que tanto significaron en mi vida, que me dieron toda la sabiduría popular que atesoraban, no caigan en el olvido.  

En algún momento pensé que este sería mi último libro, y quizá lo sea, porque las nubes del tiempo corren deprisa, azotadas por el implacable viento del páramo de la desmemoria. Por eso sentí que no había más tiempo que perder, que era tiempo de reconocimiento, de homenaje y agradecimiento a estas personas que tanto Patrimonio Oral y con tanta generosidad nos transmitieron a todos.  

Tuve la suerte y el privilegio de encontrarme con ellas, y más aún de que me hicieran partícipe del tesoro que llevaban escondido en su memoria; y más aún, que muchas me dieran también su amistad. Fue en verdad una legión de sabios del pueblo los que, a lo largo de los años, me fui encontrando por la provincia burgalesa. Ocurre, sin embargo, que para las páginas de este libro he seleccionado solo veinticinco nombres, aquellos que más resuenan en mi propia memoria. La mayoría de ellos ya se fueron, unos pocos quedan, pero el recuerdo de todos y el tesoro que nos legaron quedarán para siempre entre nosotros. 

 

EL LIBRO

EDITADO POR: Diputación Provincial de Burgos

TÍTULO: Retratos de la memoria

CONTENIDO: Momentos vividos. Testimonios y manera de contar

NÚMERO DE PÁGINAS: 170

FOTOGRAFÍAS: 25 retratos en blanco y negro, uno por cada persona glosada, más 45 fotos en color.

PRECIO: 18 euros


EXPLICACIÓN PORTADA:  

El peñón que se ve en la portada es un testigo geológico en el Monte Hijedo, en el lugar que llaman Pedrogosu-La Cernolica, del Alfoz de Santa Gadea. Quiero ver en esta monumental roca el brazo de alguno de los hombres sabios de pueblo que, con los dedos de su mano señalando al cielo, parece querer esparcir sabiduría y conocimientos de lo que fuimos, de lo que perdimos.  

                

martes, 9 de enero de 2024

LA CHICA DURMIENDO EN EL TRILLO

Arada, siembra, siega, carga de lo segado, trilla

Trabajos de ayer para el pan llevar

Exposición mural en la nave

FOTOGRAFÍAS: Murales en Tapia de Villadiego (Tomadas el 6/1/2024)                               

De un tiempo a esta parte vengo dándole vueltas a un tema que no es que me preocupe, pero sí que me invita a la reflexión. Me refiero a la moda que se ha instalado en los pueblos de decorar sus caseríos con murales, más o menos afortunados, pintados por artistas locales o foráneos. Cuando empecé a verlos, en mis constantes viajes por los pueblos, pensé que dicha moda podría ser algo transitorio y que la cosa no iría más allá del explayamiento puntual de aficionados a la pintura que además sentían nostalgia por unas formas de vida perdidas, las que conocieron ellos mismos en su niñez o las que les relataron sus padres y abuelos. Sucede, sin embargo, que se ha llegado a un punto en el que ya no son únicamente artistas locales los que, con mayor o menor acierto artístico, convierten medianas de las casas, almacenes agrícolas o rincones de todo tipo en exposiciones al aire libre, generalmente de contenido etnográfico, si así pudiera decirse, dados los temas por lo común pintados. Ya no solo son artistas nativos de los pueblos los que desarrollan estas obras pictóricas, sino que al convite se han agregado artistas de gran preparación, que trabajan por encargo y ejecutan obras de gran calidad e impacto visual. Y aquí es donde se me presentan las dudas, la principal de ellas es la posible afectación de estas obras a la personalidad de los pueblos. Me pregunto: ¿alteran, de alguna manera, estos murales la visión y formas tradicionales de los caseríos que hemos conocido? ¿Cambian estas pinturas nuestra manera de ver o mirar los pueblos? ¿En las visitas que hacemos o hagamos a partir de ahora los capitalinos, iremos buscando y fijándonos más en estas exposiciones al aire libre que en las sugerentes tramas urbanas, la arquitectura y materiales constructivos tradicionales, sus principales valores? ¿Nos fijaremos más en la iglesia pintada que en la de verdad, teniéndola a pocos metros? Probablemente seremos capaces, de momento, de valorar, distinguir y asimilar todo a la vez, veremos si más adelante, cuando la moda se haya generalizado o masificado, seguirá siendo así. Habrá quienes piensen que es más atractivo ver la gran nave agrícola decorada con escenas perdidas de nuestros antepasados que contemplar los vacíos y fríos enlucidos de cemento, o que el arte de los muros será una manera de revitalizar los pueblos y que todo vale para ayudar a frenar la despoblación, incluso si se pintan de rojo o azul todas las casas y la iglesia de amarillo. Quizá tengan razón. Si lo último llegara a suceder mis reflexiones habrán sido una simple divagación, cuando no una provocación, y deberán ir directamente al basurero de la extravagancia pensante.

       Al hilo de mi visita a Tapia de Villadiego el 6 de enero de 2024

 

    Plácido sueño en el trillo, al arrullo del perfume de la gavilla 


LA CHICA DURMIENDO EN EL TRILLO

Todo lo anterior ha venido a cuento por los magníficos murales que tuve la oportunidad de contemplar en Tapia de Villadiego el pasado día de Reyes. Junto con mi inseparable, me desplacé a este lugar por un comentario anónimo recibido en este blog, concretamente en la entrada titulada “Los pueblos como galerías de arte. Muralidad de la nostalgia”, donde se informaba de la existencia en Tapia de unos “murales muy interesantes”. Y en honor a la verdad, tengo que decir que razón no le faltaba al informante anónimo.

Fue el día de Reyes, antes del mediodía, el sol debatía y se batía con los nubarrones, la pequeña población estaba en silencio, dormida todavía en su quietud invernal. Algunos árboles pelados tenían colgados en sus ramas adornos navideños, bolas de distintos colores que parecían sustituir a las hojas caídas, señal de que hubo celebraciones navideñas y de que el pueblo aún se mantenía con vida.

Buscando los citados murales recorrimos las calles mudas. Nada, ni un alma a quien preguntar. Fuimos observando las paredes de las casas y ninguna estaba pintada. Cuando ya desesperábamos de encontrar pintura alguna, dimos con el yacimiento al salir del pueblo por el oeste, una gran nave cuya pared del mediodía lucía un interesante panel, dividido en cuadrículas, representando escenas campesinas, a todo color y de gran realismo. La arada, la siembra, la siega, la carga de la mies en el carro, la trilla, todo un compendio de actividades perdidas y ejecutado con gran verismo. Se notaba la profesionalidad del artista (Hoy me dicen que se deben a Cristian Sasa, no sé si lo escribo bien).   

Recorrimos la nave, y al llegar a su ala oeste se nos presentó un nuevo mural que ocupaba toda la pared. La escena, en escala de grises, es una visión de la cosecha en la era, de grano apilado y sacos llenos, en la que llama la tención una chica dormida en el trillo, una chica de expresión relajada que disfruta con el sueño de lo cosechado apoyada su cabeza en una gavilla. Pese a la desproporción de una de sus manos, me quedo con esta figura, hay algo en ella verdadero que, en cierta manera, me reconcilia con este arte mural campesino, el que puse en cuestión al principio de todo.

sábado, 30 de diciembre de 2023

FELIZ AÑO 2024


Ya lo dice la postal

FOTOGRAFÍA: Cerradura de lo imposible (tomada en 2023).   

Para los que seguís regularmente esta bitácora desde hace 15 años. Para los que la visitáis de ciento en viento. Para los que la habéis visitado solo una vez. Para los que no la habéis visitado nunca, pero que algún día, despistados, os podéis caer en ella. Para todos, os deseo un año de buenas cosas, donde la tolerancia sea un valor en alza y eje de nuestra vida cotidiana (de guerras, no digo nada, porque son consustanciales con el gremio). Hay en esta cerradura del siglo XVI un ojo tapado por el cual debe entrar una llave que nos abrirá paso a ese mundo desconocido, tal vez imposible. Si lográramos encontrar la manera de abrirla, habríamos dado un gran paso, pero, por si eso no sucede, mi deseo es que, al menos, el año entrante sea antesala del siguiente y de muchos más para todos. ¡FELIZ AÑO! 

martes, 19 de diciembre de 2023

LA CASITA DEL MOZO DE ESTACIÓN

  

A la derecha de la fotografía se aprecia el arruinado almacén de patatas que levantó "PROPASI" a principios de los cuarenta.  A la izquierda, la estación de tren en ruinas. Y entre los dos hitos, la pequeña casa del mozo de estación.

FOTOGRAFÍAS: Panorámica desde la cantera de balastro. Ruinas de la casa del mozo de estación. Tolvas de la cantera de balastro. (Tomadas en 2014, 2022 y 2023 respectivamente).  

Cuando circulamos por una carretera provincial, no importa cuál, a poco ojo que tengamos, es probable que veamos, a uno y otro lado, construcciones o restos de construcciones que nos producen curiosidad e interrogan, tanto por su origen como por la utilidad que tuvieron y a quién sirvieron. Llaman nuestra atención, pero suele suceder  que nunca llegamos a parar para verlas de cerca y sacar alguna información o conclusión, probablemente por la inercia de la velocidad o porque, como a veces ocurre, no encontramos un buen lugar para aparcar el coche. Por lo general, suelen estar apartadas de los núcleos urbanos, siempre en lugares aislados y solitarios, pero bien visibles desde nuestros vehículos. De tanto verlas, porque hoy nos movemos mucho, llega un momento en el que nos parece que forman parte del paisaje, no las prestamos atención que merecen y nos conformamos con la ignorancia aceptada.  Más de una vez nos hemos preguntado; ¿qué fue esa caseta o casita en la orilla?, ¿para qué ese rústico refugio o tejabana?, ¿qué fueron esas ruinas, esos muros testimoniales? ¿Quién o quiénes fueron autores de lo que un día, sin duda, tuvo una utilidad y ahora está abandonado, derrumbado y olvidado? Hay muchos ejemplos de todo ello en las orillas de las carreteras. Puede ser un mesón cerrado desde hace muchos años porque ya no rentaba, una casa que se nos antoja misteriosa, que nunca hemos visto abierta porque un lejano día fue abandonada por sus habitantes para irse a la ciudad, y desde entonces nadie volvió ni para ventilarla; puede ser un refugio para la parada del autobús de línea, de esos cobijos en los que ya nadie espera por culpa de la despoblación; pueden ser restos de alguna tejera de asturianos, de aquellos barreros que llegaban a la entrada de la primavera a los pueblos y montaban sus tinglados siempre arrimados a las carreteras; o puede ser también una casita muy humilde, de la que nadie hoy se atrevería a decir que fue una vivienda y sin embargo lo fue, como es el caso que ha dado pie a este introito.

CASA DEL MOZO DE ESTACIÓN, UN BAR EN TORNO A LA ESTACIÓN DEL TREN

Al circular por la C-629 en dirección a Villarcayo, poco antes de llegar a Peñahorada, una vez rebasado El Callejón (desfiladero) y entre el arruinado almacén de patatas (aquel que estableciera PROPAS en los años cuarenta) y la también arruinada estación del f.c. Santander Mediterráneo, se puede ver una casita a la izquierda de la carretera que a cualquiera de los que frecuentamos esa ruta nos ha podido llamar la atención. Hoy es una ruina, como todo lo que la rodea este lugar, pero en su día tuvo una utilidad de cierta trascendencia. Levantada por el cantero y constructor Ladislao Conde Rodríguez, probablemente algún año después de haberse inaugurado la estación (1928), fue destinada a vivienda para el mozo de estación y su familia. Ahondando en su historia, por tradición oral sabemos que, durante un tiempo, esta casita fue bar, cosa que pudo ocurrir cuando en torno a ella y en este final del desfiladero, se vivió una inusitada actividad. Esto ocurrió por el propio funcionamiento del almacén, que generaba muchos empleos, por la estación del S.M. en marcha, con su preceptiva brigada de mantenimiento y la consiguiente llegada y salida de trenes, y por la intermitente explotación de la cantera de balastro, con sus propios obreros y vagones para el transporte. (Cabe recordar aquí que, a principios de la década de los cincuenta esta explotación funcionaba a pleno rendimiento como consecuencia de la remodelación de la “Estación Única de Burgos”).

A todo aquel movimiento se sumaba la recepción de los carros y camionetas de patatas que llegaban de los pueblos, que, como la llegada de los trenes, generaban vida y ambiente en aquel el pequeño complejo industrial de la piedra y el tubérculo (“cuando llegaba un tren, aquello era una fiesta”. Sic. vecino de Peñahorada). 

Se juntaba, pues, entre una y otra actividad, una abundante población, entre fija y flotante, lo cual justificó la existencia del citado bar.


Casita del mozo de estación


Desvencijado interior de de la casita.
Debajo está el depósito en el que se guardaba la paja.  


UN PAJAR EN EL BAR. PAJA PARA EL SELLADO DE LOS VAGONES

Al almacén de “PROPASI” llegaban patatas de muchos lugares de Burgos, en carros de bueyes o en camionetas. Desde allí, tras la oportuna selección para siembra, eran transportadas en tren a la estación de Burgos para, a continuación, ser distribuidas a distintos puntos de España. Se llenaban vagones ferroviarios de 10.000 y hasta de 20.000 kgs., en sacos de 100 kg., y solía ocurrir que, estando cargados, las patatas debían hacer noche antes de su transporte a Burgos, lo que llevaba consigo que quedaran a merced de las heladas. Eran patatas acostumbradas al frío, pues mayormente venían de los páramos burgaleses, pero “del mismo, mismo Bilbao no eran” (perdón por la broma), y en los crudos inviernos de los años cuarenta-cincuenta las heladas eran tan terribles que había que sellar con paja las fisuras y rendijas de dichos vagones para protegerlas del hielo. Y como en invierno no se producía paja, al menos en Burgos, había que guardar la del verano para aquella contingencia. Para su almacenamiento, y tras algún acuerdo entre PROPASI (sin documento que lo avale, que conozcamos), en la planta inferior de dicho bar se construyó un amplio y profundo depósito subterráneo. Aquel depósito, según tradición oral, era conocido como El Pajar. Todavía hoy, pese a la ruina de la casita y la maraña de vegetación que todo lo envuelve, bajo la tarima levantada del piso puede apreciarse el hueco oscuro de dicho pajar, no así la rampa por la que accedían los carros para descargar y cargar la paja.


Tolvas en la cantera del balastro