Elías Rubio Marcos y su "CAJÓN DE SASTRE"

Recopilación de artículos publicados y otros de nueva creación. Blog iniciado en 2009.

Mostrando entradas con la etiqueta PERSONAS PERSONAJES. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta PERSONAS PERSONAJES. Mostrar todas las entradas

martes, 11 de abril de 2023

LA RUTA DE LA SEDA (Y IV). GERARDO ABRAIRA, EL DIBUJANTE DE FÁBRICAS



Conjunto de la fabrica de sedas de Burgos (S. E. S. A:), con señalización de 
alguna de las dependencias
 (Dibujo de Gerardo Abraira)


FOTOGRAFÍA: Dibujo del conjunto S.E.S.A. (circa 1940)

DEPENDENCIAS SEÑALADAS:

1.- Entrada principal   2.- Ficheros   3.- Oficinas generales   4.- Almacenes   5.- Carboneras.. 6.- Salas calderas   7.- Talleres mantenimiento   8.- Sala máquinas   9.- Hilatura   10.- Blanqueo   11.- Clasificación   12.- Producción viscosos   13.- Cocheras   14.-Botiquín   15.- Viviendas unifamiliares para personal de la fábrica   16.- Barriada para personal de fábrica   17.- Iglesia del Pilar   18.- Escuela para hijos personal   19.-  Economato   20.- Transformadores   21.- Ácidos para hilatura   22.- Viviendas de notables (Director)                      


     Como ya se advirtió al principio de esta serie sobre las fábricas de seda artificial de Valdenoceda (Alday) y Burgos (S.E.S.A.), el motivo que dio origen a la misma fue el hecho de haberse recibido en este blog un impresionante dibujo de la segunda realizado por Gerardo Abraira, un autor del que nada conocíamos, poco o nada se conoce a nivel general, y por supuesto gran desconocido en Burgos. Dicho dibujo, alarde de una minuciosidad cuasi fotográfica, y que ya insertamos en la primera de las entradas, volvemos a reproducirlo aquí, con la variante de que cada una de las dependencias que se aprecian han sido señaladas para la mejor comprensión de lo que fue el conjunto sedero.
            El investigador Javier González de Durana Isusi es quien tuvo la gentileza de enviar para este blog el magistral dibujo de Gerardo Abraira. Pero, ¿Quién fue este desconocido dibujante, injustamente olvidado y cuya obra tan perfeccionista ahora nos asombra? Para contestar a esta pregunta nada mejor que recurrir a dicho investigador, que en la actualidad trata de recuperar toda su obra, de restaurar su memoria y prepara una gran exposición en Bilbao para el año próximo. Siguiendo su propio blog, 


sabemos que Abraira, en los años 40, trabajó de encargo para las más grandes fábricas, para aquellas que solicitaban su buen hacer con el fin de tener imágenes completas con las que presidir los despachos de directores o altos cargos, y también las salas de espera. 
    Fundamentalmente, su obra se centró en el país vasco, pero, por fortuna, también alguna fábrica burgalesa, además de S.E.S.A., se vio beneficiada por su hiperrealista estilo. Es el caso de Valca, en el valle de Mena, y de la vieja Fabril Sedera, cuya pintura colorista ya tuvimos ocasión de mostrar aquí, con su flamante chimenea, la misma que guarda todavía su memoria en la actual calle Sahagún.   
   A la vista del gran dibujo de S.E.S.A. es fácilmente adivinable que Gerardo Abraira tuvo como punto de observación para su trabajo un lugar alto, quizá al nivel de Villalbilla. De ahí que sea visible también toda la barriada de viviendas para obreros de la fábrica, la iglesia del Pilar y los campos de La Milanera. Y es que, como bien dice de Durana Isusi,  

"El hecho de mostrar las fábricas desde un punto de vista elevado proporcionaba una imagen de cierta grandiosidad que, sin duda, era querida por los empresarios. Como los antiguos generales que solicitaban a pintores el encargo de plasmar aquellos paisajes en donde habían acontecido sus victorias militares, los industriales bizkaínos encargaban a este modesto dibujante que les representara el paisaje de sus éxitos económicos".  

jueves, 6 de abril de 2023

LA RUTA BURGALESA DE LA SEDA (III), MEMORIA DE UNA PIONERA DE LA SEDA ARTIFICIAL


Parcial de la fábrica de sedas de Burgos, ya prácticamente levantada (circa 1920).
Foto Vadillo. (Archivo Diputación Provincial de Burgos).


FOTOGRAFÍAS:
Fabrica de Sedas de Burgos (de época). Paisaje de la fábrica de Valdenoceda. Pionera de la seda (Tomadas en 1995).  


LA RUTA BURGALESA DE LA SEDA. 
MEMORIA DE UNA PIONERA DE LA SEDA ARTIFICIAL 

Memoria de la pionera Leonor

     Leonor García, de 89 años y natural de Valdenoceda es una de aquellas obreras que, habiéndose iniciado con tres de sus hermanas en la factoría de Alday,  decidió seguir la ruta de la seda por el Páramo de Masa hasta Burgos. De eso hace ya 66 años. Contacté con ella en uno de los chalecitos del barrio de El Pilar que miran al artístico caserón de la antigua Azucarera, construido en 1901 por el arquitecto Félix Landía. Todo en este lugar recuerda industrias fenecidas: sederas, hilaturas, telares, azucareras, curtidos, bombas durante la Guerra Civil... Hubo incluso, en 1915, intención de instalar junto a la Azucarera una gran fábrica para la producción de cartuchos por una sociedad metalúrgica creada con el visto bueno del "Ramo de Guerra", cuyo proyecto no llegó a fraguar debido a que la fábrica de luz "El Porvenir de Burgos" no estaba preparada para suministrar la energía que le era necesaria. 
     Podría decirse, pues, que esta zona de Burgos junto a la vía férrea fue el primer polígono industrial de la ciudad. Así lo debió entender José María Moliner, quien, según Leonor García, convenció a José Alday para que, al señuelo de que los trenes podrían entrar a la fábrica y de que los sueldos en Burgos serían bastante más baratos  ("en Valdenoceda cobrábamos 3, 50 pesetas al día y en Burgos pasamos a 1, 50") trajera la fábrica a Burgos. 
     La laboriosa anciana, primera mujer que entró a trabajar en S.E.S.A,, cuando sufrió la inesperada visita de este cronista y se vio sometida a un sorpresivo interrogatorio sobre su pasado en la seda artificial, lejos de retraerse sus ojos se iluminaron y empezó a recordar.  Y habló largo y tendido. Parecía que durante años hubiera estado esperando la visita de alguien a quien contar su historia, la de Valdenoceda y la de Burgos. "Yo me crié con los alemanes -explica-, ellos fueron quienes inventaron la seda artificial y con ellos me vine a Burgos". Se acuerda del apellido, Hattemberg ("don Ernesto") y de cómo estos ingenieros hicieron todo tipo de pruebas en Valdenoceda para la consecución de la seda artificial (rayón), "primero hicieron experimentos con harina de trigo, luego terminaron haciéndolo con papel". 


A la derecha de la carretera (C-629) se aprecian las casas donde vivieron los
obreros y obreras de la fábrica de Valdenoceda.
A la izquierda, los caserones de la propia fábrica, 
al fondo, el puerto de La Mazorra. 


     De José Alday, alma máter de la factoría del Ebro y cuyo nombre se perpetúa en el callejero de Valdenoceda, Leonor tiene un interesante y emotivo recuerdo para comprender, siquiera un poquito, el por qué del asentamiento de la fábrica en su pueblo: ""José Alday, que era de Santander, sufría mucho de reúma y los médicos le aconsejaron que cambiara de aires. Por eso sus padres le mandaron a Valdenoceda", probablemente para hacerse cargo de otra industria textil preexistente en el mismo lugar "que era de unos catalanes fabricantes de telas . Su dueño era don Magín", sigue explicando Leonor. 
     Agradece esta emérita sedera al industrial reumático que le regalara un terreno frente a la nueva fábrica "para hacerme una casita". En realidad, todas las pequeñas casas que pueden verse todavía frente a la sedera, al otro lado de la carretera, debieron pertenecer a los obreros y encargados de la fábrica.
     Con buen humor, y cierta dosis de nostalgia recuerda también la octogenaria cuando "a los más de treinta obreros y obreras que vinimos de Valdenoceda a Burgos nos alojaron en el pabellón de la Azucarera, que era de Moliner. Al principio dormíamos tirados en el suelo sobre los colchones que nos trajimos del pueblo". Pero este testigo excepcional siente una gran pena cuando revive el desmantelamiento del complejo industrial de Los Hocinos ocurrido en 1928: "Cuando se marchó la fábrica, se acabó el pueblo. A continuación se fue la fábrica de chorizos de los Uriarte, que entonces estaba allí, después se fueron las monjas del convento de Quintana, la Guardia Civil.... En fin, ahora me da mucha pena cuando me asomo al valle por La Mazorra". 




Leonor García, pionera en la seda artificial, fue encargada de la Sección del Silencio en
la fábrica de Burgos.  Tuvo a su cargo 114 "chicas". 


  "Era tal el recogimiento en la Sección del Silencio que más parecía un convento. De hecho le diré que una docena de chicas que trabajaron en ella terminaron haciéndose monjas".  




La Sección del Silencio

     Aunque no es la S. E. S. A. la protagonista de esta historia, Leonor García no puede evitar dar rienda suelta a sus vivencias en esta fábrica, pues no en vano, como ya se ha dicho, fue la primera obrera de la seda artificial en Burgos y por ello conoció los azarosos comienzos: "Echar a andar la fábrica y empezar la guerra", explica.  Y no solo eso. Durante el tiempo que duró la confrontación, en lugar de seda  "se fabricaron bombas y se trabajaba la trilita". Pero de todo su relato sobre la S.E.S.A., lo que más puede llamar la atención es su experiencia como encargada de la sección de clasificación de la hilatura: "Tenía a mi cargo 114 chicas y a mi sección se la conocía como la del silencio. En ella no se podía hablar nada porque podía haber confusiones al contar los filamentos del hilo. Era tal el recogimiento en la sección que más parecía un convento, de hecho le diré que una docena de chicas que trabajaron en ella terminaron haciéndose monjas". 

     La vida laboral de esta pionera de la seda terminó cuando S.E.S.A. llevó a cabo el traumático cierre en 1966, año coincidente con el de su jubilación.  

viernes, 31 de marzo de 2023

LA RUTA BURGALESA DE LA SEDA



Vista en su conjunto de la desaparecida Fábrica de Sedas de Burgos (S.E.S.A.).
Grandioso dibujo realizado en 1942 por D`Abraira.
(Gentileza de Javier González de Durana Isusi)


            

FOTOGRAFÍAS: Dibujo de la Fábrica de Sedas (1942). Otras fotos, 2011.

     Con este título, en abril de 1995 publiqué en el extinto Diario 16 Burgos un reportaje sobre la historia y evolución de unos viejos caserones a orillas del Ebro, en Valdenoceda, y la importancia que tuvieron, primero como sitio molinar y más tarde como centro de producción de seda artificial. Fue publicado también en el libro de edición propia Burgos en el recuerdo II (1998). Y ahora, tras haber recibido recientemente por correo electrónico un grandioso dibujo, inédito y más o meno aéreo, de la ya desaparecida Fábrica de Sedas de Burgos (SESA), de la que se habla ampliamente en dicho reportaje, he creído conveniente reproducirlo, una vez más, en este blog, pensando en las muchas personas que pueden estar interesadas en el tema, incluso para las que no viven en Burgos, que de esta manera pueden tener más fácil acceso. 
(Dada la extensión del reportaje permítaseme reproducirlo en varias entregas)
 

LA RUTA BURGALESA DE LA SEDA (I)

     A la entrada del pintoresco desfiladero de Los Hocinos, en el término de Valdenoceda, existen, poco antes de de llegar al Puente del Aire, entre la carretera C-629 y el río Ebro, dos viejos caserones repletos de ventanas que siempre habían despertado mi curiosidad. Su presencia algo apartada del pueblo, y su arquitectura, aparentemente fabril, siempre me hicieron intuir que en ellos podrían haberse vivido acontecimientos de interés para la historia de Burgos. Nunca hubiera sospechado, sin embargo, que para seguir su rastro histórico habría de saltar de Valdenoceda al Barrio del Pilar, de la capital burgalesa, o que tendría que abrir página del capítulo  más negro de la historia moderna de nuestra patria.

     Todo comenzó una mañana de legajos y polvo decimonónico del mes de marzo pasado, en el Archivo Histórico Provincial. Trataba en aquella ocasión de recabar información sobre el balneario de Montejo de Cebas cuando cayó en mis manos una pequeña carpeta sujeta con estrechas cintas con los colores de la bandera republicana, en cuya tapa podía leerse: "Aprovechamiento de aguas para la Fábrica de Sedas Artificiales de Valdenoceda". 

     ¿Una fábrica de sedas en Valdenoceda? Al instante comprendí que aquella factoría debía estar íntimamente relacionada con los caserones de Los Hocinos. Emocionado, desaté los apretadísimos nudos de  aquel legajo de Obras Públicas, encontrándome con varios escritos. En el primeros de ellos, Ernesto Hattemberg, director y gerente de la Fábrica de Sedas Artificiales de Valdenoceda (Merindad de Valdivielso) propiedad de Alfredo Alday de la Pedrera, en "testamentería" se dirigía al gobernador civil de la provincia (mayo de 1925) para que fuera corregido un expediente de la Dirección General de Obras Públicas en el que, según el citado director, se presentaban como inexactos tanto la cantidad de agua aprovechada para el salto como la altura del mismo, que en realidad eran de 6. 000 litros por segundo y 3, 20 metros respectivamente.   

     No era  mucha aquella información, pero me pareció suficiente para iniciar las pesquisas sobre los caserones del Ebro. Y así, con esa primera y sorpresiva toma de contacto con la susodicha fábrica, prometí aquel día acercarme a Valdenoceda tan pronto como me fuera posible. No obstante, y en tanto surgiera aquel viaje, tenía varios puntos en Burgos para continuar la investigación.    



Río Ebro a su paso por el desfiladero de Los Hocinos.
Conjunto de lo que fue en un principio gran molino harinero
y más tarde fábrica de sedas artificiales.
 Se aprecian también las casas donde vivieron los obreros de la fábrica. 


            El gran molino del Ebro

     Acudí en primer lugar a mi inseparable Madoz, aunque, lógicamente, nada podía decir el desamortizador de una fábrica de sedas artificiales en Valdenoceda, ya que este producto comenzó a elaborarse en España a principios de este siglo. Menciona Madoz, eso sí, una "nueva fábrica de harinas con siete piedras capaz de moler 50.000 fanegas al año". Un buen dato este, pues con él creí despejada una primera e importante incógnita: el origen de los caserones.  

     La presencia de una gran fábrica de Harinas en Valdenoceda quizá se explique por la existencia de una corriente de agua importante como la del Ebro, pero también por la estratégica situación de dicha población, espléndidamente comunicada por los caminos de Burgos, Santander, Bilbao, la costa cantábrica y La Rioja, cuestión esta no baladí para la ulterior actividad de seda artificial que habría de desarrollarse en ella. 

    La molienda pudo haberse desarrollado en este lugar desde mediados del siglo pasado hasta, al menos, 1894. En este año aparece todavía citada la fábrica de Los Hocinos en un "Indicador General de la Industria de Burgos",  publicado por M. Velasco, figurando como su propietario Severino Arce. Era aquel un tiempo en el que Valdenoceda, con cuatro barrios, contaba con 225 habitantes, 139 más que en el momento de construirse el molino, y prácticamente los mismos que tenía su vecino Puente Arenas.   

     ¿Cómo surgió en este lugar de Valdivielso, hoy tan admirado por su paisaje y su arte, una fábrica de Sedas? Esa era la siguiente incógnita por desvelar. ¿Hubo tal vez antes en Valdenoceda alguna otra experiencia textil?  Esto solo podría ser contestado por E. Larruga en sus "Memorias Políticas y Económicas. 1785-1800". Y a fe que dicho historiador satisfizo mis expectativas. En su imprescindible obra pude averiguar que la vida textil en  los caserones citados no fue un hecho aislado en Valdenoceda, pues ya a mediados del siglo XVIII la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas estableció en uno de sus barrios (Valdeviñas) una "fábrica de bayetas, mantas, barraganes, franelas, estameñas sargas, monfortes, cordellate, camelotes y otros géneros". Larruga describe que aquella fábrica contaba con "catorce telares corrientes en la que se empleaban 8 personas de todos los oficios", y que "para ella se edificó una casa nueva, sacándola de planta, de 28 varas de largo y 18 de ancho, con dos suelos;  otros para tinte, calderas, tinas y demás pertrechos; un batán sobre el río Ebro con dos pilas, cuatro mazos y canal de piedra de sillería; y un haspa que cogía cuatro madejas torcidas y 45 husos; una percha con sus baluartes y diferentes carros para la hilaza; repartiéndose estambre para hilar a la rueca en 25 lugares". 



Casona de la familia de la Garza en el barrio de Valdeviñas, de Valdenoceda.
En el siglo XVIII fue importante fábrica de tejidos.

Casona-fábrica en el barrio de Valdeviñas 
     
     Todo un complejo industrial, sin duda, aquel barrio de Valdeviñas, o de Arriba, cuyos productos en él elaborados  "utilísimos y muchos de ellos no fabricados todavía en España" eran enviados, en su totalidad, a la "provincia de Venezuela, su capital Caracas y Maracaibo". Por eso, por su gran importancia para el país, la Junta General del Comercio, reinando Fernando VI, dispuso que esta fábrica gozara de "franquicias y exenciones concedidas a las demás fábricas del Reyno". Todavía en 1779, siendo Francisco de la Garza  administrador de la mencionada Compañía Guipuzcoana de Caracas y "principal" de la factoría de Valdivielso, se elaboraban en ella "bayetas, mantas, sempiternas, estameñas y otros texidos de lana excepto paños". Hoy, el viajero curioso que se acerque a Valdenoceda podrá todavía ver en el citado barrio la casona-fábrica en cuestión, propiedad de la familia de la Garza.



Artístico balcón blasonado de la casona de la Garza. 

Continuará:   

sábado, 25 de diciembre de 2021

DE MINAS Y MINEROS BURGALESES (II)


                  ODISEA DEL CARBÓN EN JUARROS

Las minas de Puras de Villafranca habían ahondado en mí la vena de admiración hacia la vieja y desaparecida industria extractiva en Burgos. Decidí por ello continuar con el tema, rastreando a continuación las pistas del hierro, un fascinante mundo de la era preindustrial burgalesa donde se entremezclan, además de las numerosas minas ferruginosas abandonadas, ingredientes como el de la accidentada historia del mítico ferrocarril minero de la compañía inglesa The Sierra Company Limited, o el de los hierros y ferrerías en torno al río Pedroso, cada uno de ellos una aventura distinta y apasionante.

Pronto, sin embargo, pude darme cuenta de que el hierro, siendo un capítulo interesantísimo para el devenir del desarrollo burgalés, requeriría un análisis mucho más profundo de lo que aquí se podría. En todo caso, seguía siendo la figura romántica del obrero subterráneo lo que me llevó al episodio minero que más huella dejó en la provincia: el del carbón.


Grupo de mineros a la entrada de la mina juarreña de El Trampal.
En 1964 todavía no era obligado el uso del casco
y la boina era un buen aliado del minero.



       Resultaría muy difícil, por no decir imposible, seguir la pista humana de la mina Esmeralda, de San Adrián de Juarros, de las de Brieva y de todas las que, demarcadas en 1841, funcionaban ya en 1846. Como lo sería también rastrear la huella de los hombres que trabajaron en las dos “minas de carbón piedra” situadas en el Diccionario de Pascual Madoz en Pineda de la Sierra, o en las de Urrez, Villasur de Herreros, San Adrián, Monterrubio y Barbadillo de Herreros hacia 1862. La documentación de la época, fundamentalmente memorias y estudios mineros, habla de una inusitada efervescencia por esos años en dichas zonas, y en otras de menor desarrollo, como Rupelo, Hortigüela o Salas de los Infantes.

De aquel tiempo glorioso, dominado por empresas extranjeras, quedaron los nombres de las minas, no así el de quienes las excavaron. Las Casualidad, Generosa, Milagrosa, Restaurada, Africana, entre otras, son nombres míticos en la minería burgalesa que, si pudieran hablar, describirían dramática historias escritas en una época en la que las condiciones de extracción a buen seguro llegarían a poner los pelos de punta incluso a los actuales mineros de Guardo, Villablino o Hunosa, tan curtidos ellos, con minas de mayor seguridad pero igualmente siempre cercanos a la tragedia.  

Empresarios y oficios mineros

         Desde aquella mitad del siglo XIX no cesó la vida minera en la llamada Cuenca del Valle del Arlanzón, con periodos de mayor o menor actividad, pero esa es una historia ya escrita, aunque para su elaboración no se contara con el componente humano de boina y casco, que, en definitiva, fue el que la hizo posible.

No resultó difícil encontrar obreros dispuestos a contar parte de aquella negra aventura. En la capital burgalesa arrastran su silicosis y su jubilación precoz, desde finales de los 60, decenas de mineros que trabajaron en la última fase de la extracción del carbón, aquella en la que lo hacían para Ibercominsa. Esta empresa nació como resultado de la compra por parte del leonés Pascual Eguiagaray de las pertenencias de la mítica Ferrocarril y Minas, creada en 1920, en un tiempo en el que brillaba con luz propia el avezado empresario y técnico minero, Pablo Pradera, suegro de Eguiagaray.

Pude encontrar en la taberna de Villasur de Herreros a José Ramón López, de 67 años, chófer e hijo de Simeón López, el que fuera encargado general de las minas de San Adrián y de las dos centrales eléctricas que hubo en Villasur de Herreros (Nueva Eléctrica de Villasur y Electra del Arlanzón). Me habló de cuando la compañía Ferrocarril y Minas tenía las oficinas en el desaparecido Balneario de Arlanzón, así como de cuando en este lugar los ingleses montaron también una serrería de madera accionada con una locomóvil, teniendo además otras tres para v el servicio de las minas. Me habló igualmente de los casi cincuenta mineros que llegaron a trabajar en las minas de Villasur, entre barrenistas, maderistas, vagoneros, rampleros, terreristas o camineros, tuberos y cabestrantes o maquinistas.

Por José Ramón supe también que el carbón se llevaba a Burgos, Miranda de Ebro y Logroño, para tejeras y caleros, y que la galleta y la galletilla para el consumo doméstico se llevaba a Burgos, a Carbones Castellanos, que estaba detrás del Gobierno Militar, mientras que lo más menudo “se llevaba a la fábrica de hacer ovoides de La Ventilla”.

Muerte en la mina Salvadora

         Con especial emoción recuerda José Ramón la tragedia minera ocurrida en la mina Salvadora, de Brieva de Juarros, en 1948. Murieron en ella varios mineros y él mismo estuvo en el equipo de rescate: “El accidente ocurrió al pinchar desde la galería en la que se estaba trabajando otra de una explotación antigua que se encontraba inundada. La primera se inundó también y se ahogaron diez mineros, a los que pudimos rescatar después de ocho días de sacar agua. Con una bomba alimentada con un grupo electrógeno que nos dejaron los militares del Dos de Mayo. Salieron tres hombres con vida, agarrados al cable que subía los baldes con un torno de mano. Los familiares de los accidentados esperaron al pie de la bocamina todos esos días. Por eso, y para evitar las lógicas escena de dolor, los sacamos a las doce de la noche y los llevamos al depósito de cadáveres de Brieva”.

         Dejé a José Ramón con sus recuerdos y busqué a continuación, en el barrio de Gamonal, a Aurelio Simón, un jubilado que fue concesionario de la cantina de San Adrián en la época dorada de la hulla, los años 50 y 60. Era esta cantina, entonces, único lugar de lúdico encuentro para la rudeza minera en este pueblo de Juarros, que contaba con una legendaria ciudad subterránea sin nombre. Una ciudad cuyas galerías se desploman ahora para cerrar capítulo.


José Santamaría en la entrada a la mina La Salvadora.
en Brieva de Juarros 


El baile de los mineros

Aurelio, el cantinero, trabajó intensivamente atendiendo a los tres turnos. Daba de beber y comer, fiaba e incluso pagaba un canon al Ayuntamiento por la organización de un baile con gramola en una de las eras del pueblo. Un baile que le costó Dios y ayuda organizar, porque desde el primer momento tuvo que luchar contra la oposición del cura: “Entonces había muchas mozas en el pueblo, y además venían las de los pueblos de alrededor. El cura advertía a los padres del peligro que suponían los bailes para estas mozas”.

El cantinero me puso también sobre la pista de otros veteranos mineros jubilados y desperdigados por Burgos. Fui a buscarlos y algunos ya habían fallecido.

El polvo de la piedra, la silicosis y el sanatorio de Oviedo 

         Fidel Castañón, otro de los héroes de esta historia, vino a las minas burgalesas de Juarros en 1958. Doce largos y oscuros años los pasó en unas minas que, según su particular relato, “aunque no tienen gas, son peores que las asturianas y las de León. El polvo de la piedra era muy malo, tan malo era  que solo cuatro años barrenando son suficientes para coger silicosis. El barrenista era el que más fácilmente enfermaba, pero no se libraban ni los rampleros. Muchos murieron, yo conocí a más de veinte silicosos, y bien jóvenes. Muchos de aquí tuvieron que pasar por el Sanatorio de Silicosos de Oviedo”.

         Fidel tiene ahora 67 años y lleva jubilado por la enfermedad maldita desde los 43. Recuerda a su padre minero, capitán del bando republicano durante la Guerra Civil, quien después de salir del penal de Burgos fue en busca de trabajo a las minas de León, encontrando allí un ambiente hostil. Por ello, “cuando salieron las contratas de Burgos se vino para las minas de San Adrián. Entonces había que rellenar una ficha en el cuartel de la Guardia Civil y mi padre tuvo que estar durante tres años haciendo acto de presencia una vez al mes en dicho cuartel, que estaba en Arlanzón”.

Pajas de centeno para la dinamita

Las famosas minas Pozo Pablo y El Trampal, esta con más de 800 metros de profundidad, fueron en las que trabajó Fidel varios años asido a una barrena: “En una repisa de una de sus galerías -recuerda-, encontramos las pajas largas de centeno con la que, antiguamente, dicen que cuando los carlistas, se hacían las mechas llenándolas de pólvora”. Este minero confirma así lo que escribió José Luis Reoyo en el libro Explotaciones mineras de la provincia de Burgos: “La Juarreña, las más celebrada de las minas burgalesas, fue la primera mina de España en la que se usó la dinamita”; un hito, histórico, sin duda, que pone de relieve la importancia del foco carbonífero de Juarros a nivel nacional. 

A estas alturas del relato, habiendo conocido abundantes datos e historias sobre las minas, se habían apoderado de mí irrefrenables deseos de ver in situ este fabuloso y excavado mundo. Tras describirme cómo vivían los mineros en San Adrián (“los que éramos casados teníamos casa propia, otros con derecho a cocina, y los solteros dormían en la residencia para mineros que había en el pueblo, o en los pajares”), me puse en contacto con José Santamaría, otro minero con silicosis con quien tuve ocasión de hacer una expedición a las minas.

Una excursión a las minas

         Fue una tarde de mayo. Desde Burgos se veía por la sierra el cielo negro, barruntando el aguacero. Aun así, partimos. Antes de llegar a Brieva, por un camino pizarroso nos internamos en la espesura del robledal. Pronto aparecieron uno y mil caminos entrecruzándose, un laberinto de vías de acceso a las minas por los que sería fácil perderse. Dejamos el coche junto a una cata inundada y seguimos caminando en busca de Salvadora, la traicionera mina que guarda en su memoria los ecos de espanto de los diez ahogados. José nos condujo con paso decidido, conoce bien el dédalo minero de este fantástico paraje, no en balde pasó diez años de su vida bajo sus entrañas, no en vano en ellas contrajo la silicosis que le llevó a una anticipada jubilación. Por fin, llegamos a Salvadora, cuya boca se nos apareció siniestra, inundada y poblada por una nube de mosquitos. “Ya decía don Pascual Eguiagaray que no quería minas con nombre de mujer” escupió el minero hacia la impracticable mina.

A continuación, ascendimos por un vallejo lleno de escombreras grises y negras. Al poco apareció ante nosotros una en la que se abría, descubierto, un profundo e inundado pozo, pensamos que con evidente peligro para andarines despistados y animales. Junto a él pudimos ver la chimenea de ventilación, por donde circulaba “el aire acondicionado” al fondo de la mina, y a su alrededor restos de almacenes, salas de compresores, etc.


Restos de lo que pudo ser el economato de los mineros



A las doce crujían los entibados

En el corazón del bosque, engullidos por la calma chicha y humedad reinante, y bajo el síndrome de lo que fue y ya no es, José tuvo un recuerdo para las maderas de los entibados que, con siniestros quejidos, “se resquebrajaban siempre al mediodía y a las doce de la noche. Era en esos momentos, cuando se las oías crujir, y lo pasabas verdaderamente mal”.

Al coronar el monte, ya en el término de San Adrián y después de haber dejado otros profundos pozos al descubierto, así como algunas casas de mineros arruinadas, llegamos a El Trampal, la mina donde transcurrió la vida hipogea de José. ÉL mismo colaboró en la construcción de los seis pisos que tenía. Pero la boca ya se hundió, y quién sabe los sentimientos que embargaban a nuestro guía en aquel reencuentro, al ver desaparecida la puerta de lo que en vida fue su entierro.

Reivindicaciones laborales. La Guardia Civil vigilaba las minas

Habló José con cierta nostalgia (incluso los trabajos más duros pueden provocarla si estás vivo) de los lavaderos y cintas transportadora, del economato y de las oficinas que estaban un poco más arriba; de los compañeros de fatigas, entre los que abundaban asturianos y andaluces, y de cómo después de haberse cerrado las minas acudió de nuevo a ellas, en solitario y en numerosas ocasiones, a sacar carbón para el consumo de su hogar. Luego nos dirigimos a la galería de acceso del mítico y profundísimo pozo de San Ignacio, aquel en el que “se ahogaron un fraile y un sacristán hará unos treinta años”. Vértigo y miedo da asomarse en su boca y comprobar su inacabable profundidad. Al pie de ella José Santamaría recordó el cierre de las minas juarreñas entre 1970 y 1971; su opinión era que “en cierto grado fueron culpables los sindicatos, que empezaron a moverse por aquí sobre el 68 [1968] y los capataces estaban hasta el gorro de tantos problemas”. Probablemente fuera así, pero antes de que los sindicatos llegaran a las minas los mineros ya reivindicaban mejoras en sus condiciones de trabajo y salarios. Cuando esto ocurría, según José, “la Guardia Civil, por denuncias de los capataces, obligaba a los cabecillas a entrar en la mina y se quedaban en la boca vigilando”.

Asegura también José que “Los primeros trabajadores en Burgos en cobrar el paro fueron los mineros, concretamente los empleados en las minas del empresario Juan González, de Villasur de Herreros, a quien apodaban Pachucho. Después fueron los de San Adrián”. Datos todos que, sin duda, son de gran interés para la historia de la lucha y reivindicaciones obreras en Burgos.


Cargadero de carbón junto al Pozo San Ignacio
en San Adrián de Juarros 


 

martes, 21 de diciembre de 2021

DE MINAS Y MINEROS BURGALESES (I)


Más de setecientas entradas duermen apretadas en este Cajón de Sastre. Y siendo tantas, me sorprendo al hacer revisión de no haber encontrado ninguna dedicada a la minería burgalesa, ni a los mineros, trabajadores de los infiernos por los que siempre he sentido profunda admiración.  

Hoy, queridos amigos de este Cajón de Sastre, quiero reparar esta ausencia en el blog reproduciendo un artículo que, con el título de El abuelo fue picador, publiqué en 1993 en el extinto Diario 16 Burgos, y después en el libro Burgos en el recuerdo II (1998). El reportaje trata de la minería del manganeso en los Montes de Oca y del carbón en tierras de Juarros, con sus esforzados protagonistas como eje principal. Sirvan las líneas derramadas entonces como homenaje de este blog a todos aquellos que enfermaron, e incluso murieron por el polvo de las minas burgalesas.

 

 

       EL ABUELO FUE PICADOR 

 

El manganeso de Puras de Villafranca

Conforme me iba acercando al gran salto, el estruendo del río precipitándose en las profundidades se hacía más insoportable. ¿Qué era aquello, una mina o en verdad el mismo infierno? ¿Pudo algún ser humano no solo adentrarse, sino también permanecer horas, días, noches, arañando el manganeso en las galerías de aquel averno? Por un momento, al avistar la cascada y la sima con entibados caídos, atravesados y en descomposición, recorrió mi cuerpo un estremecimiento de terror. Todos mis años vividos explorando el subsuelo como espeleólogo de nada me sirvieron para soportar aquello que imaginaba en la negrura del fondo: un dédalo de galerías siniestras, inundadas y concrecionadas por gritos de dolor.

Desde que la mina fue abandonada, el impetuoso discurrir del agua debió ser incesante, erosionando todo lo que encontraba a su paso. Pese a ello, en mi escalofrío, pensaba que no podía haber borrado la huella de las páginas mineras escritas con sudor y barrena, no era posible que lo hubiera borrado todo. De pronto, sentí la imperiosa necesidad de salir cuanto antes del antro, y ya en contacto con la luz exterior, junto a la boca de la mina, prometí seguir los pasos de los hombres que construyeron y sufrieron el angustioso subterráneo que había dejado atrás.

No tuve que esperar mucho. Por un camino paralelo al río, el que de Puras de Villafranca conduce a la mina del término de Los Valladares, observé que se acercaba, con lentitud, un hombre anciano con su cachaba. Lo esperé al pie de la bocamina. Me dijo su nombre, Eulogio Garrido, y sus años, noventa. Él no trabajó en el interior, pero su relación con el manganeso y la minería de Puras estaba perfectamente clara, al haber sido guardián del polvorín de la empresa minera. “Está usted en la mina de Los Valladares, me dijo. En esta es donde más mineral se sacó. Sobre los años veinte fue explotada por un tal Pradera. Esto, entonces, parecía la guerra, todos los días se escuchaban los estampidos de los barrenos. ¿Ve al otro lado del río aquella escombrera, ahora tapada de hierba?, pues allí hay otra mina que se comunica con esta. Al lado estaban las oficinas y el almacén del mineral”. 

Tras estas primeras explicaciones nos dirigimos lentamente hacia el pueblo. Por el camino, Eulogio iba dando rienda suelta a su memoria y a sus recuerdos, y en un momento me hablaba de la precaria luz del candil de petróleo de los mineros (“cuando no había luz eléctrica”), y en otro del vendaval que hubo en Puras en 1940, que llegó a derribar trescientas hayas: “Con el dinero que se sacó de la venta de aquellos árboles pudimos montar una pequeña central eléctrica con la que se abasteció el pueblo”. Me hablaba de un tiempo en el que “el manganeso se sacaba a las vagonetas por medio de tornos de mano”. 


Mina de Los Valladares en Puras de Villafranca


Un pueblo sobre el vacío. No sabían que estaban enfermos. “El agua nos entraba por el cuello y nos salía por las zapatillas”

Llegados a Puras, al pie mismo de la gran grieta-mina que, como una cremallera, desgarra la montaña, me informa Eulogio de que “las galerías pasan por el pueblo” y de que “debajo de él todo está hueco”. Me recomienda, por último, que visite a alguno de los mineros que todavía viven en el pueblo: “Habla con Isaac, ese lo sabe todo”.

Encontré a Isaac en la parte más elevada del pueblo, en la última casa y frente a una surgencia que, impetuosa, brota de la pudinga. Buen conocedor de las entrañas mineras, donde laboró como barrenador y entibador, no tiene reparos en afirmar que “cuando trabajábamos en las minas no se nos hacía reconocimiento médico alguno. Así que, cuando las cerraron, hace 26 años, nadie de los que habíamos trabajado en ella sabíamos que estábamos enfermos  de silicosis. Pero un día llegó al pueblo un coche de reconocimiento y nos auscultaron, y comprobaron que todos teníamos esa enfermedad. El ingeniero nos decía que en estas minas no había silicosis, pero al final fue que sí”.

Uno de los principales obstáculos, sino el mayor, para la explotación de estas minas, fue el agua, contra la cual la lucha era constante. Y es que, según Isaac, “el manganeso de Puras, que salía de las piedras, estaba donde estaba el agua. Por eso, cuando hacíamos u agujero con un barreno solía brotar un chorro a presión que había que taponar con rapidez. Es decir, que teníamos que estar continuamente, incluso los domingos, achicando el agua de las galerías, con dos bombas que había de 15 y 10 caballos. Pero pese a esta humedad, no disponíamos de ropa ni rajes especiales; había veces que el agua nos entraba por el cuello y nos salía por las zapatillas.

Cuando la empresa Cegasa, de Oñate, cerró en 1968 las minas de Puras, donde encontraron ocupación gentes de Belorado, San Miguel de Pedroso y otros pueblos cercanos, este precioso rincón burgalés y sus habitantes pudieron descansar del estruendo de la dinamita, pero la estela dejada por el manganeso en la zona fue únicamente de paro y enfermedad: “Total -cuenta Isaac-, por un sueldo de 85 pesetas el día que más, unas cuatro mil al mes”.

Tras mi primer contacto con los mineros del manganeso, sentí un irrefrenable deseo de saber más sobre los otros cientos de burgaleses, la mayoría de ellos labradores y ganaderos que, convertidos de la mañana a la noche en mineros, sin reciclaje alguno, descendieron osados al fondo de la tierra en busca de una riqueza que tocaron pero que nunca les llegó.



Restos de la explotación del manganeso.
Se observa el desgarro en la montaña.
 
(En la construcción reza este cartel: 

PROHIBIDO TIRAR BASURAS FUERA DEL POZO

MULTA 1000 PESETAS)


Continuará...

martes, 6 de julio de 2021

EMILIO ARCE, MEMORIA DE VILLARGÁMAR (I)

Emilio Arce Vallejo, toda una larga vida en Villargámar 


FOTOGRAFÍAS: Emilio Arce y Granja de Villargámar (Tomadas en 2021 y 2007) 

 

Ya en aquella ocasión pude darme cuenta de que su memoria habría de desenterrar historias que a todo burgalés curioso pueden interesar, a fin de cuentas esto era lo que me había llevado a Villargámar, un lugar lleno de sombras por el que siempre he sentido atracción pero para el que nunca encontré momento, hasta dar con Emilio.

 

DESCRIPCIÓN DE VILLARGÁMAR EN EL DICCIONARIO DE MADOZ

“… y a mil pasos O. del Hospital del Rey, la granja de Villargámar, situada a la inmediación del camino de Valladolid: su posición es sumamente pintoresca, pues domina toda la ciudad., y las estensas vegas de que se halla rodeada. Tiene una bonita iglesia  y un molino  destinado a fabricar fécula de patata. La huerta cercada de paredes y con riego constante, es de cabida de 12 fanegas de sembradura, estando poblada de árboles de esquisitas y variadas frutas. Los afanes y dispendios que en esta bella posesión ha empleado, y emplea asiduadamente su dueño D. Santiago de la Azuela, la constituyen en uno de los sitios de recreo, utilidad y más ameno de Burgos. La habitan 5 vecinos en casas de campo nuevamente construidas”   

 

Casona e iglesia de Villargámar


 Hablé con Emilio largo y tendido a la sombra de un viejo y palaciego  caserón, blasonado, y de una capilla adosada igualmente con escudos.  Situados en lo que hoy es conocido como Granja de Villargámar, en 1654 ambos edificios debieron pertenecer a Miguel de la Moneda y a Francisca de Quintanadueñas, a juzgar por la inscripción de una lápida, situada entre ruinas escondidas de un molino, donde aparecen estos nombres grabados. Con anterioridad a esta fecha me topé con una espesa niebla que me ha impedido hoy el seguimiento histórico completo, más allá de su cercanía y posibles vínculos con al Hospital de Rey y de la existencia de una iglesia bajo la advocación de Nuestra Señora de la Blanca “aneja a la de San Pedro de la Fuente” (sic. Diccionario de Madoz), sin olvidar tampoco que mediado el siglo XIX Villargámar era propiedad de Santiago de la Azuela. Esa bruma es la que no me deja ver en qué momento este lugar se convirtió en granja con régimen de aparcería, que es el que al parecer se encontraron el abuelo y el padre de Emilio Arce cuando llegaron a este lugar; probablemente pudo ser cuando su dueño era el mencionado Azuela.  


Lápida grabada en 1654 con los nombres de
 Miguel de la Moneda y Francisca de Quintanadueñas

El protagonista de este relato carga a sus espaldas 96 años, la friolera de un siglo. Y lo cierto es que no lo aparenta. Su vida fue el trabajo y el trabajo le ha conservado en buen estado y aún le da fuerza y agilidad. Ve pasar la vida como siempre, pegado a la tierra, manteniéndose así con sus actividades de hortelano en Villagámar, ahora  como distracción, en una extensa finca cuya tierra le reconoce a la perfección. De carácter afable, con permanente sonrisa y siempre dispuesto a contar su historia, en mi primera visita le encontré después de haber segado la hierba del gran patio (patio lo llama él y a mí me pareció mucho más que eso). Me entraron sudores al pensar en el esfuerzo que aquello podía suponer (ojo, 96 años me contemplaban). En el momento de presentarme le noté contrariado porque los conejos le estaban ganando la batalla, aquella y otras noches habían encontrado la manera de colarse por debajo de la valla metálica que rodea la finca y se habían ensañado con la parte dedicada a huerta; y no era la primera vez: “Tiene que haber sido por aquí por donde han entrado” -dijo mostrándome un pequeño hueco por el que apenas si cabía una comadreja desnutrida. Pronto, sin embargo, mi interrogatorio hizo que el conflicto con los animalitos pasara a un segundo plano y derivara a cuestiones seguramente menos importantes para él en aquellos momentos. Se desplomaba el sol sobre nosotros y nos guarecimos a la sombra de un gran nogal pegado a la mencionada capilla, hoy vacía de contenidos religiosos, y allí dimos comienzo al repaso de su memoria.

SIETE DE LA CABAÑUELA MURIERON EN EL AÑO DE LA GRIPE. DE UNA GRANJA A OTRA GRANJA. EL ADMINISTRADOR ERA EL MAESTRO

Emilio Arce Vallejo llegó a la Granja de Villargámar procedente de otra granja, la de La Cabañuela, en Quintanajuar, donde sus padres trabajaron como colonos. Al parecer y según nos cuenta, la Gripe Española (1918) había causado estragos en La Cabañuela llevándose por delante a siete renteros que allí trabajaban, con lo cual solo quedaron el abuelo y el padre de Emilio. “Murieron todos menos mi padre, mi abuelo y un sobrino de mi padre, que se quedó sin padre ni madre por la gripe. Y mi padre, después, al quedarse solo, pues se vinieron aquí, vendieron  todo lo que tenían, tierras y ganado, y cogieron esto. Se vinieron los tres aquí. Esto estaba libre de renteros y entonces se vinieron a Burgos. Mi abuelo y mi padre eran renteros aquí, en Villargámar. Cogieron unas tierras aquí para trabajarlas en renta, [y como renteros que eran] se pagaba por fanegas, aquí se pagaba por fanegas, no me acuerdo si por hectárea o por cuál. Me acuerdo yo que metíamos la renta… Cuando yo era chaval metíamos la renta en la iglesia, echábamos el grano donde están [ahora] las gallinas, en la ermita. Después, el Saldaña ése [el Administrador, que lo era también de La Cabañuela] lo vendía a los almacenistas”. Este Saldaña “Le teníamos de maestro aquí, en el Hospital del Rey, y vivía en el Hospital del Rey”.

DE LA GRIPE ESPAÑOLA  A  LA PANDEMIA DEL COVID

Siete colonos murieron en La Cabañuela por la Gripe Española, siete hermanos nacieron en Villargámar, seis chicos y una chica. “Aquí nacimos los siete hermanos, en según entras a la derecha [señala un rústico cobertizo donde antes estuvo su casa natal]. No teníamos más que una hermana, que mi hermana se murió de las primeras del Covid. Y menos mal que no vino aquí [a nuestra casa], porque todos los años invitamos a mi hermana y mi cuñao a que vengan a la fiesta del Hospital del Rey, que es el 1 de marzo, que es el Santo Ángel de la Guarda, y este año no se ha celebrao por el virus”. Se refiere, obviamente, a que caso de haber acudido sus familiares, podrían haberse contagiado ellos también.   

LOS FRAILES CAPUCHINOS QUIEREN HACER UN COLEGIO EN VILLARGÁMAR, PERO FRANCO LES REGALA UN TERRENO EN MADRID  

Asegura Emilio que fue en 1952, cuando a penas tenía veinte, compró la propiedad a los frailes capuchinos, que por entonces estaban en Villargámar, bien es cierto que en reducido número, pues como cuenta también entonces había solo dos frailes: “Nunca ha habido más de dos frailes, a lo sumo, tres. Yo se lo compré todo a los frailes, se lo compré a uno que era de Santibáñez Zarzaguda, el padre Esteban. Todo lo que ellos compraron a la viuda de Azuela [incluida casona y ermita] se lo compré yo. Vivían en la casa grande, iban con su hábito y subía mucha gente aquí los domingos, para oír misa; venían [vecinos] del Hospital del Rey y de la Fábrica Sedas [¿?] ¡Pues porque les gustaba venir a ver a los frailes! Los otros días iban a decir misa a San Lorenzo”.  

La historia de los capuchinos en la Granja de Villargámar sería  digna de ser rastreada por los historiadores y en los archivos, pero eso quedará pendiente para los primeros, ya que de lo que aquí únicamente se trata es dejar constancia de la memoria de un vecino de casi cien años que vivió en este sitio histórico, una memoria que podría acarrear lagunas, y quizá hasta deturpaciones, pero que bien puede servir de arranque para estudios superiores. 


Se observa el apellido Azuela en la portada de la casona


EL PADRE POLICARPO COMPRA  VILLARGÁMAR A LA VIUDA DE AZUELA

Con respecto al tema de los Capuchinos en Villargámar, podemos deducir por el relato de Emilio que los frailes de esta Orden compraron la Granja a la viuda de Santiago de la Azuela, “que él era no sé qué del rey”, y que seguramente esa compra estaba pensada para construir en este lugar un nuevo convento o colegio Capuchino: “Los frailes se lo compraron a uno que era maestro, un tal Saldaña” [como ya se ha dicho, seguramente al que era su administrador, que lo fue también de La Cabañuela]. El [fraile] que vino aquí el primero fue el padre Policarpo, ese es el que se lo compró a la viuda de Azuela”.     

Sobre dicho proyecto el nonagenario da su versión: “Había dos frailes solo. El arzobispo Platero no les dejó hacer el convento, o colegio, que ya no me acuerdo, que iban a hacer aquí, querían tirar esto y hacer uno nuevo. Y entonces Platero dijo que en Burgos ya había muchos militares y muchos curas. Y entonces, el año 52 [1952] me lo vendieron a mí, pidieron permiso a Franco y lo hicieron allí; les regaló el terreno Franco y le hicieron allí; lo que iban a hacer aquí lo hicieron en El Pardo, no me acuerdo cómo se llama la calle, ¡pero tienen un negocio en la iglesia ésa…! Allí van todos los ricachones de Madrid a misa”.  


Emilio a la entrada de la capilla  


viernes, 22 de mayo de 2020

JERGA PARA UN CONFINADO

Pueblo del valle de Zamanzas, tierra de canteros

FOTOGRAFÍAS: Báscones de Zamanzas. Jesús Fernández (2018 y 1997 respect.) 

        En el obligado confinamiento que hoy nos toca vivir siento añoranza de mis andanzas por la provincia. Siento la falta de los pueblos, el oxígeno de su paisaje, de sus cielos y de las viejas palabras cuyo eco todavía resuena por callejuelas despobladas. Lo añoro hasta la extenuación, y eso que rosetas y ventanas han llenado, y están llenando, vacíos en mi soledad frente a la pantalla. Algo inesperado, sin embargo, sucedió hace poquitos días que vino a aliviarme de los efectos de la reclusión, una especie de milagro por el que aquello que tanto añoraba vino a mi encuentro sin haberlo llamado ni buscado. Por correo electrónico, queridos confinados y amigos de este Cajón de Sastre, me llegó una carta firmada por alguien que no conocía y que me hablaba de un tema que en su día me dio muchas satisfacciones. Era una carta bilingüe, escrita en castellano y en un lenguaje extraño que me resultaba familiar, el de la jerga de los canteros. Como os podéis imaginar, la misiva me produjo un agradable cosquilleo, pues me retrotraía a veinte años atrás, a una tarde de verano en un jardín de Brizuela anotando las palabras de la Jerga que Jesús Fernández, cantero que fue en Munilla, casi ciego y centenario, me fue transmitiendo. Fueron aquellos momentos mágicos, de esos que se quedan pegados en la piel de la memoria. Han pasado veinte años, y ahora recibo una carta de su nieto, ofreciéndome una ampliación de aquella Jerga recogida, la que él mismo grabó a su abuelo siendo un chaval. Por su gran interés, reproduzco la carta para el disfrute de todos.


Jesús Fernández Martínez, de Munilla,
 nos transmitió la Jerga que hablaron los canteros 



LA CARTA

Hola, miaíres aire Jesús Roca Fernández.
El jabárdu Mieres aireé Jesús Fernández Martínez, erguín  de Munilla que ploró a Brizuela, con el que garleáste face 22 ñorténes, y endrepés papeloseaste  el papelosu “Jerga de los canteros en el pueblo de Munilla”. En mi ciba he burniadú un cipruquín diccionario de garleandéras que recugí de murguecíllu. Si iriequíres te andámo las garleandéras que ñéto.
Sidos
Txus

¿Qué, os ha extrañado su lectura, queridos amigos? Bueno, como intuyo vuestro asombro, y probablemente no estéis versados en este lenguaje, viene a decir lo siguiente:



TRADUCCIÓN

“Hola, soy Jesús Roca Fernández.
El abuelo mío era Jesús Fernández Martínez, cantero de Munilla, que fue a Brizuela, con el que hablaste hace 22 años y después escribiste un libro “Jerga de los canteros en el pueblo de Munilla”. En mi casa he visto un pequeño diccionario de palabras que recogí de chaval. Si quieres te mando las palabras que tengo”.
Saludos
Txus


Quizá vosotros, queridos amigos confinados, os preguntaréis: ¿Y qué pasará con ese “pequeño diccionario” recogido por Txus de boca de su abuelo? Os participo que se compone de casi 500 palabras, de las cuales más de 200 ya fueron publicadas en el “libro” que cita nuestro amigo recopilador, aquellas que me fueron transmitidas en el jardín de Brizuela en 1997. El resto son expresiones nuevas que merecerán ir a descansar junto a sus hermanas, aunque tendrá que pasar este confinamiento, y que todo llegue a la “nueva normalidad”, para ver la manera de juntarlas. 



NOTA: Como no sé en qué momento vais a leer esta extraña entrada, os mando saludos como lo haría un buen erguina (un cantero) según si fuera por la mañana, por la tarde o por la noche.

Sidos digunes  (Buenos días)
Sidas retalias  (Buenas tardes)
Sidas rachas    (Buenas noches)


Desde mi confinamiento
(Año del Coronavirus, mayo 2020)