Recopilación de artículos publicados y otros de nueva creación. Blog iniciado en 2009.
martes, 11 de abril de 2023
LA RUTA DE LA SEDA (Y IV). GERARDO ABRAIRA, EL DIBUJANTE DE FÁBRICAS
jueves, 6 de abril de 2023
LA RUTA BURGALESA DE LA SEDA (III), MEMORIA DE UNA PIONERA DE LA SEDA ARTIFICIAL
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Leonor García, pionera en la seda artificial, fue encargada de la Sección del Silencio en la fábrica de Burgos. Tuvo a su cargo 114 "chicas". |
"Era tal el recogimiento en la Sección del Silencio que más parecía un convento. De hecho le diré que una docena de chicas que trabajaron en ella terminaron haciéndose monjas".
Aunque no es la S. E. S. A. la protagonista de esta historia, Leonor García no puede evitar dar rienda suelta a sus vivencias en esta fábrica, pues no en vano, como ya se ha dicho, fue la primera obrera de la seda artificial en Burgos y por ello conoció los azarosos comienzos: "Echar a andar la fábrica y empezar la guerra", explica. Y no solo eso. Durante el tiempo que duró la confrontación, en lugar de seda "se fabricaron bombas y se trabajaba la trilita". Pero de todo su relato sobre la S.E.S.A., lo que más puede llamar la atención es su experiencia como encargada de la sección de clasificación de la hilatura: "Tenía a mi cargo 114 chicas y a mi sección se la conocía como la del silencio. En ella no se podía hablar nada porque podía haber confusiones al contar los filamentos del hilo. Era tal el recogimiento en la sección que más parecía un convento, de hecho le diré que una docena de chicas que trabajaron en ella terminaron haciéndose monjas".
La vida laboral de esta pionera de la seda terminó cuando S.E.S.A. llevó a cabo el traumático cierre en 1966, año coincidente con el de su jubilación.
viernes, 31 de marzo de 2023
LA RUTA BURGALESA DE LA SEDA
| Vista en su conjunto de la desaparecida Fábrica de Sedas de Burgos (S.E.S.A.). Grandioso dibujo realizado en 1942 por D`Abraira. (Gentileza de Javier González de Durana Isusi) |
FOTOGRAFÍAS: Dibujo de la Fábrica de Sedas (1942). Otras fotos, 2011.
Casona de la familia de la Garza en el barrio de Valdeviñas, de Valdenoceda. En el siglo XVIII fue importante fábrica de tejidos. |
sábado, 25 de diciembre de 2021
DE MINAS Y MINEROS BURGALESES (II)
ODISEA DEL CARBÓN EN
JUARROS
Las
minas de Puras de Villafranca habían ahondado en mí la vena de admiración hacia
la vieja y desaparecida industria extractiva en Burgos. Decidí por ello
continuar con el tema, rastreando a continuación las pistas del hierro, un fascinante mundo de la era
preindustrial burgalesa donde se entremezclan, además de las numerosas
minas ferruginosas abandonadas, ingredientes como el de la accidentada historia del
mítico ferrocarril minero de la compañía inglesa The Sierra Company Limited, o
el de los hierros y ferrerías en torno al río Pedroso, cada uno de ellos una
aventura distinta y apasionante.
Pronto,
sin embargo, pude darme cuenta de que el hierro, siendo un capítulo
interesantísimo para el devenir del desarrollo burgalés, requeriría un análisis
mucho más profundo de lo que aquí se podría. En todo caso, seguía siendo la
figura romántica del obrero subterráneo lo que me llevó al episodio minero que
más huella dejó en la provincia: el del carbón.
Grupo de mineros a la entrada de la mina juarreña de El Trampal. |
Resultaría
muy difícil, por no decir imposible, seguir la pista humana de la mina
Esmeralda, de San Adrián de Juarros, de las de Brieva y de todas las que,
demarcadas en 1841, funcionaban ya en 1846. Como lo sería también rastrear la
huella de los hombres que trabajaron en las dos “minas de carbón piedra” situadas
en el Diccionario de Pascual Madoz en Pineda de la Sierra, o en las de Urrez,
Villasur de Herreros, San Adrián, Monterrubio y Barbadillo de Herreros hacia
1862. La documentación de la época, fundamentalmente memorias y estudios
mineros, habla de una inusitada efervescencia por esos años en dichas zonas, y
en otras de menor desarrollo, como Rupelo, Hortigüela o Salas de los Infantes.
De
aquel tiempo glorioso, dominado por empresas extranjeras, quedaron los nombres
de las minas, no así el de quienes las excavaron. Las Casualidad, Generosa,
Milagrosa, Restaurada, Africana, entre otras, son nombres míticos en la
minería burgalesa que, si pudieran hablar, describirían dramática historias escritas
en una época en la que las condiciones de extracción a buen seguro llegarían a
poner los pelos de punta incluso a los actuales mineros de Guardo, Villablino o
Hunosa, tan curtidos ellos, con minas de mayor seguridad pero igualmente siempre cercanos a la tragedia.
Empresarios y oficios mineros
Desde aquella mitad del siglo XIX no
cesó la vida minera en la llamada Cuenca del Valle del Arlanzón, con periodos
de mayor o menor actividad, pero esa es una historia ya escrita, aunque para su
elaboración no se contara con el componente humano de boina y casco, que, en
definitiva, fue el que la hizo posible.
No
resultó difícil encontrar obreros dispuestos a contar parte de aquella negra
aventura. En la capital burgalesa arrastran su silicosis y su jubilación
precoz, desde finales de los 60, decenas de mineros que trabajaron en la última
fase de la extracción del carbón, aquella en la que lo hacían para Ibercominsa.
Esta empresa nació como resultado de la compra por parte del leonés Pascual
Eguiagaray de las pertenencias de la mítica Ferrocarril y Minas, creada en
1920, en un tiempo en el que brillaba con luz propia el avezado empresario y
técnico minero, Pablo Pradera, suegro de Eguiagaray.
Pude
encontrar en la taberna de Villasur de Herreros a José Ramón López, de 67 años,
chófer e hijo de Simeón López, el que fuera encargado general de las minas de
San Adrián y de las dos centrales eléctricas que hubo en Villasur de Herreros (Nueva
Eléctrica de Villasur y Electra del Arlanzón). Me habló de cuando la compañía
Ferrocarril y Minas tenía las oficinas en el desaparecido Balneario de
Arlanzón, así como de cuando en este lugar los ingleses montaron también una
serrería de madera accionada con una locomóvil, teniendo además otras tres para
v el servicio de las minas. Me habló igualmente de los casi cincuenta mineros
que llegaron a trabajar en las minas de Villasur, entre barrenistas,
maderistas, vagoneros, rampleros, terreristas o camineros, tuberos y
cabestrantes o maquinistas.
Por
José Ramón supe también que el carbón se llevaba a Burgos, Miranda de Ebro y
Logroño, para tejeras y caleros, y que la galleta y la galletilla para
el consumo doméstico se llevaba a Burgos, a Carbones Castellanos, que estaba
detrás del Gobierno Militar, mientras que lo más menudo “se llevaba a la
fábrica de hacer ovoides de La Ventilla”.
Muerte en la mina
Salvadora
Con especial emoción recuerda José Ramón
la tragedia minera ocurrida en la mina Salvadora, de Brieva de Juarros, en
1948. Murieron en ella varios mineros y él mismo estuvo en el equipo de
rescate: “El accidente ocurrió al pinchar desde la galería en la que se estaba
trabajando otra de una explotación antigua que se encontraba inundada. La
primera se inundó también y se ahogaron diez mineros, a los que pudimos
rescatar después de ocho días de sacar agua. Con una bomba alimentada con un
grupo electrógeno que nos dejaron los militares del Dos de Mayo. Salieron tres
hombres con vida, agarrados al cable que subía los baldes con un torno de mano.
Los familiares de los accidentados esperaron al pie de la bocamina todos esos
días. Por eso, y para evitar las lógicas escena de dolor, los sacamos a las doce
de la noche y los llevamos al depósito de cadáveres de Brieva”.
Dejé a José Ramón con sus recuerdos y busqué a continuación,
en el barrio de Gamonal, a Aurelio Simón, un jubilado que fue concesionario de
la cantina de San Adrián en la época dorada de la hulla, los años 50 y 60. Era
esta cantina, entonces, único lugar de lúdico encuentro para la rudeza minera
en este pueblo de Juarros, que contaba con una legendaria ciudad subterránea sin
nombre. Una ciudad cuyas galerías se desploman ahora para cerrar capítulo.
| José Santamaría en la entrada a la mina La Salvadora. en Brieva de Juarros |
El baile de los mineros
Aurelio,
el cantinero, trabajó intensivamente atendiendo a los tres turnos. Daba de
beber y comer, fiaba e incluso pagaba un canon al Ayuntamiento por la
organización de un baile con gramola en una de las eras del pueblo. Un baile
que le costó Dios y ayuda organizar, porque desde el primer momento tuvo que
luchar contra la oposición del cura: “Entonces había muchas mozas en el pueblo,
y además venían las de los pueblos de alrededor. El cura advertía a los padres
del peligro que suponían los bailes para estas mozas”.
El
cantinero me puso también sobre la pista de otros veteranos mineros jubilados y
desperdigados por Burgos. Fui a buscarlos y algunos ya habían fallecido.
El polvo de la piedra,
la silicosis y el sanatorio de Oviedo
Fidel Castañón, otro de los héroes de
esta historia, vino a las minas burgalesas de Juarros en 1958. Doce largos y
oscuros años los pasó en unas minas que, según su particular relato, “aunque no
tienen gas, son peores que las asturianas y las de León. El polvo de la piedra
era muy malo, tan malo era que solo cuatro
años barrenando son suficientes para coger silicosis. El barrenista era el que
más fácilmente enfermaba, pero no se libraban ni los rampleros. Muchos
murieron, yo conocí a más de veinte silicosos, y bien jóvenes. Muchos de aquí tuvieron
que pasar por el Sanatorio de Silicosos de Oviedo”.
Fidel tiene ahora 67 años y lleva jubilado por la enfermedad
maldita desde los 43. Recuerda a su padre minero, capitán del bando republicano
durante la Guerra Civil, quien después de salir del penal de Burgos fue en
busca de trabajo a las minas de León, encontrando allí un ambiente hostil. Por
ello, “cuando salieron las contratas de Burgos se vino para las minas de San Adrián.
Entonces había que rellenar una ficha en el cuartel de la Guardia Civil y mi
padre tuvo que estar durante tres años haciendo acto de presencia una vez al
mes en dicho cuartel, que estaba en Arlanzón”.
Pajas de centeno para
la dinamita
Las
famosas minas Pozo Pablo y El Trampal, esta con más de 800 metros de
profundidad, fueron en las que trabajó Fidel varios años asido a una barrena:
“En una repisa de una de sus galerías -recuerda-, encontramos las pajas largas
de centeno con la que, antiguamente, dicen que cuando los carlistas, se hacían
las mechas llenándolas de pólvora”. Este minero confirma así lo que escribió
José Luis Reoyo en el libro Explotaciones mineras de la provincia de Burgos:
“La Juarreña, las más celebrada de las minas burgalesas, fue la primera mina de
España en la que se usó la dinamita”; un hito, histórico, sin duda, que pone de
relieve la importancia del foco carbonífero de Juarros a nivel nacional.
A
estas alturas del relato, habiendo conocido abundantes datos e historias sobre las
minas, se habían apoderado de mí irrefrenables deseos de ver in situ este
fabuloso y excavado mundo. Tras describirme cómo vivían los mineros en San
Adrián (“los que éramos casados teníamos casa propia, otros con derecho a
cocina, y los solteros dormían en la residencia para mineros que había en el
pueblo, o en los pajares”), me puse en contacto con José Santamaría, otro
minero con silicosis con quien tuve ocasión de hacer una expedición a las minas.
Una excursión a las
minas
Fue una tarde de mayo. Desde Burgos se
veía por la sierra el cielo negro, barruntando el aguacero. Aun así, partimos.
Antes de llegar a Brieva, por un camino pizarroso nos internamos en la espesura
del robledal. Pronto aparecieron uno y mil caminos entrecruzándose, un
laberinto de vías de acceso a las minas por los que sería fácil perderse. Dejamos
el coche junto a una cata inundada y seguimos caminando en busca de Salvadora, la
traicionera mina que guarda en su memoria los ecos de espanto de los diez ahogados.
José nos condujo con paso decidido, conoce bien el dédalo minero de este
fantástico paraje, no en balde pasó diez años de su vida bajo sus entrañas, no
en vano en ellas contrajo la silicosis que le llevó a una anticipada jubilación.
Por fin, llegamos a Salvadora, cuya boca se nos apareció siniestra, inundada y poblada
por una nube de mosquitos. “Ya decía don Pascual Eguiagaray que no quería minas
con nombre de mujer” escupió el minero hacia la impracticable mina.
A continuación, ascendimos por un vallejo lleno de escombreras grises y negras. Al poco apareció ante nosotros una en la que se abría, descubierto, un profundo e inundado pozo, pensamos que con evidente peligro para andarines despistados y animales. Junto a él pudimos ver la chimenea de ventilación, por donde circulaba “el aire acondicionado” al fondo de la mina, y a su alrededor restos de almacenes, salas de compresores, etc.
Restos de lo que pudo ser el economato de los mineros |
A las doce crujían los entibados
En
el corazón del bosque, engullidos por la calma chicha y humedad reinante, y
bajo el síndrome de lo que fue y ya no es, José tuvo un recuerdo para las maderas
de los entibados que, con siniestros quejidos, “se resquebrajaban siempre al
mediodía y a las doce de la noche. Era en esos momentos, cuando se las oías
crujir, y lo pasabas verdaderamente mal”.
Al
coronar el monte, ya en el término de San Adrián y después de haber dejado
otros profundos pozos al descubierto, así como algunas casas de mineros
arruinadas, llegamos a El Trampal, la mina donde transcurrió la vida hipogea de
José. ÉL mismo colaboró en la construcción de los seis pisos que tenía. Pero la
boca ya se hundió, y quién sabe los sentimientos que embargaban a nuestro guía
en aquel reencuentro, al ver desaparecida la puerta de lo que en vida fue su entierro.
Reivindicaciones
laborales. La Guardia Civil vigilaba las minas
Habló
José con cierta nostalgia (incluso los trabajos más duros pueden provocarla si
estás vivo) de los lavaderos y cintas transportadora, del economato y de las
oficinas que estaban un poco más arriba; de los compañeros de fatigas, entre
los que abundaban asturianos y andaluces, y de cómo después de haberse cerrado
las minas acudió de nuevo a ellas, en solitario y en numerosas ocasiones, a
sacar carbón para el consumo de su hogar. Luego nos dirigimos a la galería de
acceso del mítico y profundísimo pozo de San Ignacio, aquel en el que “se
ahogaron un fraile y un sacristán hará unos treinta años”. Vértigo y miedo da
asomarse en su boca y comprobar su inacabable profundidad. Al pie de ella José
Santamaría recordó el cierre de las minas juarreñas entre 1970 y 1971; su opinión
era que “en cierto grado fueron culpables los sindicatos, que empezaron a
moverse por aquí sobre el 68 [1968] y los capataces estaban hasta el gorro de
tantos problemas”. Probablemente fuera así, pero antes de que los sindicatos
llegaran a las minas los mineros ya reivindicaban mejoras en sus condiciones de
trabajo y salarios. Cuando esto ocurría, según José, “la Guardia Civil, por
denuncias de los capataces, obligaba a los cabecillas a entrar en la mina y se
quedaban en la boca vigilando”.
Asegura
también José que “Los primeros trabajadores en Burgos en cobrar el paro fueron
los mineros, concretamente los empleados en las minas del empresario Juan
González, de Villasur de Herreros, a quien apodaban Pachucho. Después fueron
los de San Adrián”. Datos todos que, sin duda, son de gran interés para la
historia de la lucha y reivindicaciones obreras en Burgos.
| Cargadero de carbón junto al Pozo San Ignacio en San Adrián de Juarros |
martes, 21 de diciembre de 2021
DE MINAS Y MINEROS BURGALESES (I)
Más de setecientas entradas
duermen apretadas en este Cajón de Sastre. Y siendo tantas, me sorprendo al
hacer revisión de no haber encontrado ninguna dedicada a la minería burgalesa,
ni a los mineros, trabajadores de los infiernos por los que siempre he sentido profunda
admiración.
Hoy, queridos amigos
de este Cajón de Sastre, quiero reparar esta ausencia en el blog reproduciendo
un artículo que, con el título de El abuelo fue picador, publiqué en
1993 en el extinto Diario 16 Burgos, y después en el libro Burgos en el
recuerdo II (1998). El reportaje trata de la minería del manganeso en los
Montes de Oca y del carbón en tierras de Juarros, con sus esforzados protagonistas
como eje principal. Sirvan las líneas derramadas entonces como homenaje de este
blog a todos aquellos que enfermaron, e incluso murieron por el polvo de las
minas burgalesas.
EL ABUELO FUE
PICADOR
El manganeso de Puras de Villafranca
Conforme
me iba acercando al gran salto, el estruendo del río precipitándose en las
profundidades se hacía más insoportable. ¿Qué era aquello, una mina o en verdad
el mismo infierno? ¿Pudo algún ser humano no solo adentrarse, sino también permanecer
horas, días, noches, arañando el manganeso en las galerías de aquel averno? Por
un momento, al avistar la cascada y la sima con entibados caídos, atravesados y
en descomposición, recorrió mi cuerpo un estremecimiento de terror. Todos mis
años vividos explorando el subsuelo como espeleólogo de nada me sirvieron para
soportar aquello que imaginaba en la negrura del fondo: un dédalo de galerías
siniestras, inundadas y concrecionadas por gritos de dolor.
Desde
que la mina fue abandonada, el impetuoso discurrir del agua debió ser incesante,
erosionando todo lo que encontraba a su paso. Pese a ello, en mi escalofrío, pensaba
que no podía haber borrado la huella de las páginas mineras escritas con sudor
y barrena, no era posible que lo hubiera borrado todo. De pronto, sentí la
imperiosa necesidad de salir cuanto antes del antro, y ya en contacto con la
luz exterior, junto a la boca de la mina, prometí seguir los pasos de los
hombres que construyeron y sufrieron el angustioso subterráneo que había dejado
atrás.
No
tuve que esperar mucho. Por un camino paralelo al río, el que de Puras de
Villafranca conduce a la mina del término de Los Valladares, observé que se
acercaba, con lentitud, un hombre anciano con su cachaba. Lo esperé al pie de
la bocamina. Me dijo su nombre, Eulogio Garrido, y sus años, noventa. Él no
trabajó en el interior, pero su relación con el manganeso y la minería de Puras
estaba perfectamente clara, al haber sido guardián del polvorín de la empresa
minera. “Está usted en la mina de Los Valladares, me dijo. En esta es donde más
mineral se sacó. Sobre los años veinte fue explotada por un tal Pradera. Esto,
entonces, parecía la guerra, todos los días se escuchaban los estampidos de los
barrenos. ¿Ve al otro lado del río aquella escombrera, ahora tapada de hierba?,
pues allí hay otra mina que se comunica con esta. Al lado estaban las oficinas
y el almacén del mineral”.
Tras estas primeras explicaciones nos dirigimos lentamente hacia el pueblo. Por el camino, Eulogio iba dando rienda suelta a su memoria y a sus recuerdos, y en un momento me hablaba de la precaria luz del candil de petróleo de los mineros (“cuando no había luz eléctrica”), y en otro del vendaval que hubo en Puras en 1940, que llegó a derribar trescientas hayas: “Con el dinero que se sacó de la venta de aquellos árboles pudimos montar una pequeña central eléctrica con la que se abasteció el pueblo”. Me hablaba de un tiempo en el que “el manganeso se sacaba a las vagonetas por medio de tornos de mano”.
Un pueblo sobre el vacío. No sabían que estaban enfermos. “El agua nos entraba por el cuello y nos salía por las zapatillas”
Llegados
a Puras, al pie mismo de la gran grieta-mina que, como una cremallera, desgarra
la montaña, me informa Eulogio de que “las galerías pasan por el pueblo” y de
que “debajo de él todo está hueco”. Me recomienda, por último, que visite a
alguno de los mineros que todavía viven en el pueblo: “Habla con Isaac, ese lo
sabe todo”.
Encontré
a Isaac en la parte más elevada del pueblo, en la última casa y frente a una
surgencia que, impetuosa, brota de la pudinga. Buen conocedor de las entrañas
mineras, donde laboró como barrenador y entibador, no tiene reparos en afirmar
que “cuando trabajábamos en las minas no se nos hacía reconocimiento médico
alguno. Así que, cuando las cerraron, hace 26 años, nadie de los que habíamos
trabajado en ella sabíamos que estábamos enfermos de silicosis. Pero un día llegó al pueblo un
coche de reconocimiento y nos auscultaron, y comprobaron que todos teníamos esa
enfermedad. El ingeniero nos decía que en estas minas no había silicosis, pero
al final fue que sí”.
Uno
de los principales obstáculos, sino el mayor, para la explotación de estas
minas, fue el agua, contra la cual la lucha era constante. Y es que, según
Isaac, “el manganeso de Puras, que salía de las piedras, estaba donde estaba el
agua. Por eso, cuando hacíamos u agujero con un barreno solía brotar un chorro
a presión que había que taponar con rapidez. Es decir, que teníamos que estar
continuamente, incluso los domingos, achicando el agua de las galerías, con dos
bombas que había de 15 y 10 caballos. Pero pese a esta humedad, no disponíamos
de ropa ni rajes especiales; había veces que el agua nos entraba por el cuello
y nos salía por las zapatillas.
Cuando
la empresa Cegasa, de Oñate, cerró en 1968 las minas de Puras, donde
encontraron ocupación gentes de Belorado, San Miguel de Pedroso y otros pueblos
cercanos, este precioso rincón burgalés y sus habitantes pudieron descansar del
estruendo de la dinamita, pero la estela dejada por el manganeso en la zona fue
únicamente de paro y enfermedad: “Total -cuenta Isaac-, por un sueldo de 85
pesetas el día que más, unas cuatro mil al mes”.
Tras mi primer contacto con los mineros del manganeso, sentí un irrefrenable deseo de saber más sobre los otros cientos de burgaleses, la mayoría de ellos labradores y ganaderos que, convertidos de la mañana a la noche en mineros, sin reciclaje alguno, descendieron osados al fondo de la tierra en busca de una riqueza que tocaron pero que nunca les llegó.
Se observa el desgarro en la montaña.
(En la construcción reza este cartel:
PROHIBIDO TIRAR BASURAS FUERA DEL POZO
MULTA 1000 PESETAS)
Continuará...
martes, 6 de julio de 2021
EMILIO ARCE, MEMORIA DE VILLARGÁMAR (I)
FOTOGRAFÍAS: Emilio Arce y Granja de Villargámar (Tomadas en 2021 y 2007)
Ya en aquella ocasión
pude darme cuenta de que su memoria habría de desenterrar historias que a todo
burgalés curioso pueden interesar, a fin de cuentas esto era lo que me había
llevado a Villargámar, un lugar lleno de sombras por el que siempre he sentido
atracción pero para el que nunca encontré momento, hasta dar con Emilio.
DESCRIPCIÓN DE VILLARGÁMAR EN EL DICCIONARIO DE MADOZ
“… y a mil pasos O. del Hospital del Rey, la granja de
Villargámar, situada a la inmediación del camino de Valladolid: su posición es
sumamente pintoresca, pues domina toda la ciudad., y las estensas vegas de que
se halla rodeada. Tiene una bonita iglesia
y un molino destinado a fabricar
fécula de patata. La huerta cercada de paredes y con riego constante, es de
cabida de 12 fanegas de sembradura, estando poblada de árboles de esquisitas y
variadas frutas. Los afanes y dispendios que en esta bella posesión ha
empleado, y emplea asiduadamente su dueño D. Santiago de la Azuela, la constituyen
en uno de los sitios de recreo, utilidad y más ameno de Burgos. La habitan 5
vecinos en casas de campo nuevamente construidas”
El protagonista de este relato carga a
sus espaldas 96 años, la friolera de un siglo. Y lo cierto es que no lo aparenta. Su vida
fue el trabajo y el trabajo le ha conservado en buen estado y aún le da fuerza y agilidad. Ve pasar
la vida como siempre, pegado a la tierra, manteniéndose así con sus actividades
de hortelano en Villagámar, ahora como
distracción, en una extensa finca cuya tierra le reconoce a la perfección. De
carácter afable, con permanente sonrisa y siempre dispuesto a contar su
historia, en mi primera visita le encontré después de haber segado la
hierba del gran patio (patio lo llama él y a mí me pareció mucho más que eso).
Me entraron sudores al pensar en el esfuerzo que aquello podía suponer (ojo, 96
años me contemplaban). En el momento de presentarme le noté contrariado porque
los conejos le estaban ganando la batalla, aquella y otras noches habían
encontrado la manera de colarse por debajo de la valla metálica que rodea la
finca y se habían ensañado con la parte dedicada a huerta; y no era la primera
vez: “Tiene que haber sido por aquí por donde han entrado” -dijo mostrándome un
pequeño hueco por el que apenas si cabía una comadreja desnutrida. Pronto, sin
embargo, mi interrogatorio hizo que el conflicto con los animalitos pasara a un
segundo plano y derivara a cuestiones seguramente menos importantes para él en
aquellos momentos. Se desplomaba el sol sobre nosotros y nos guarecimos a la
sombra de un gran nogal pegado a la mencionada capilla, hoy vacía de contenidos
religiosos, y allí dimos comienzo al repaso de su memoria.
SIETE DE LA CABAÑUELA MURIERON EN EL AÑO DE LA GRIPE. DE UNA
GRANJA A OTRA GRANJA. EL ADMINISTRADOR ERA EL MAESTRO
Emilio Arce Vallejo llegó a la Granja
de Villargámar procedente de otra granja, la de La Cabañuela, en Quintanajuar,
donde sus padres trabajaron como colonos. Al parecer y según nos cuenta, la
Gripe Española (1918) había causado estragos en La Cabañuela llevándose por
delante a siete renteros que allí trabajaban, con lo cual solo quedaron el abuelo
y el padre de Emilio. “Murieron todos menos mi padre, mi abuelo y un sobrino de
mi padre, que se quedó sin padre ni madre por la gripe. Y mi padre, después, al
quedarse solo, pues se vinieron aquí, vendieron
todo lo que tenían, tierras y ganado, y cogieron esto. Se vinieron los
tres aquí. Esto estaba libre de renteros y entonces se vinieron a Burgos. Mi
abuelo y mi padre eran renteros aquí, en Villargámar. Cogieron unas tierras
aquí para trabajarlas en renta, [y como renteros que eran] se pagaba por
fanegas, aquí se pagaba por fanegas, no me acuerdo si por hectárea o por cuál.
Me acuerdo yo que metíamos la renta… Cuando yo era chaval metíamos la renta en
la iglesia, echábamos el grano donde están [ahora] las gallinas, en la ermita.
Después, el Saldaña ése [el Administrador, que lo era también de La Cabañuela]
lo vendía a los almacenistas”. Este Saldaña “Le teníamos de maestro aquí, en el
Hospital del Rey, y vivía en el Hospital del Rey”.
DE LA GRIPE ESPAÑOLA A
LA PANDEMIA DEL COVID
Siete colonos murieron en La
Cabañuela por la Gripe Española, siete hermanos nacieron en Villargámar, seis
chicos y una chica. “Aquí nacimos los siete hermanos, en según entras a la
derecha [señala un rústico cobertizo donde antes estuvo su casa natal]. No
teníamos más que una hermana, que mi hermana se murió de las primeras del Covid.
Y menos mal que no vino aquí [a nuestra casa], porque todos los años invitamos
a mi hermana y mi cuñao a que vengan a la fiesta del Hospital del Rey,
que es el 1 de marzo, que es el Santo Ángel de la Guarda, y este año no se ha celebrao
por el virus”. Se refiere, obviamente, a que caso de haber acudido sus
familiares, podrían haberse contagiado ellos también.
LOS FRAILES CAPUCHINOS QUIEREN HACER UN COLEGIO EN
VILLARGÁMAR, PERO FRANCO LES REGALA UN TERRENO EN MADRID
Asegura Emilio que fue en 1952, cuando a penas tenía veinte, compró la propiedad a los frailes capuchinos, que por entonces estaban en Villargámar, bien es cierto que en reducido número, pues como cuenta también entonces había solo dos frailes: “Nunca ha habido más de dos frailes, a lo sumo, tres. Yo se lo compré todo a los frailes, se lo compré a uno que era de Santibáñez Zarzaguda, el padre Esteban. Todo lo que ellos compraron a la viuda de Azuela [incluida casona y ermita] se lo compré yo. Vivían en la casa grande, iban con su hábito y subía mucha gente aquí los domingos, para oír misa; venían [vecinos] del Hospital del Rey y de la Fábrica Sedas [¿?] ¡Pues porque les gustaba venir a ver a los frailes! Los otros días iban a decir misa a San Lorenzo”.
La historia de los capuchinos en la Granja de Villargámar sería digna de ser rastreada por los historiadores y en los archivos, pero eso quedará pendiente para los primeros, ya que de lo que aquí únicamente se trata es dejar constancia de la memoria de un vecino de casi cien años que vivió en este sitio histórico, una memoria que podría acarrear lagunas, y quizá hasta deturpaciones, pero que bien puede servir de arranque para estudios superiores.
EL PADRE POLICARPO COMPRA VILLARGÁMAR A LA VIUDA DE AZUELA
Con respecto al tema de los
Capuchinos en Villargámar, podemos deducir por el relato de Emilio que los
frailes de esta Orden compraron la Granja a la viuda de Santiago de la Azuela,
“que él era no sé qué del rey”, y que seguramente esa compra estaba pensada
para construir en este lugar un nuevo convento o colegio Capuchino: “Los
frailes se lo compraron a uno que era maestro, un tal Saldaña” [como ya se ha
dicho, seguramente al que era su administrador, que lo fue también de La
Cabañuela]. El [fraile] que vino aquí el primero fue el padre Policarpo, ese es
el que se lo compró a la viuda de Azuela”.
Sobre dicho proyecto el nonagenario
da su versión: “Había dos frailes solo. El arzobispo Platero no les dejó hacer
el convento, o colegio, que ya no me acuerdo, que iban a hacer aquí, querían
tirar esto y hacer uno nuevo. Y entonces Platero dijo que en Burgos ya había
muchos militares y muchos curas. Y entonces, el año 52 [1952] me lo vendieron a
mí, pidieron permiso a Franco y lo hicieron allí; les regaló el terreno
Franco y le hicieron allí; lo que iban a hacer aquí lo hicieron en El Pardo, no
me acuerdo cómo se llama la calle, ¡pero tienen un negocio en la iglesia ésa…!
Allí van todos los ricachones de Madrid a misa”.
viernes, 22 de mayo de 2020
JERGA PARA UN CONFINADO
| Pueblo del valle de Zamanzas, tierra de canteros |
FOTOGRAFÍAS: Báscones de Zamanzas. Jesús Fernández (2018 y 1997 respect.)
En el obligado confinamiento que hoy nos toca vivir siento añoranza de mis andanzas por la provincia. Siento la falta de los pueblos, el oxígeno de su paisaje, de sus cielos y de las viejas palabras cuyo eco todavía resuena por callejuelas despobladas. Lo añoro hasta la extenuación, y eso que rosetas y ventanas han llenado, y están llenando, vacíos en mi soledad frente a la pantalla. Algo inesperado, sin embargo, sucedió hace poquitos días que vino a aliviarme de los efectos de la reclusión, una especie de milagro por el que aquello que tanto añoraba vino a mi encuentro sin haberlo llamado ni buscado. Por correo electrónico, queridos confinados y amigos de este Cajón de Sastre, me llegó una carta firmada por alguien que no conocía y que me hablaba de un tema que en su día me dio muchas satisfacciones. Era una carta bilingüe, escrita en castellano y en un lenguaje extraño que me resultaba familiar, el de la jerga de los canteros. Como os podéis imaginar, la misiva me produjo un agradable cosquilleo, pues me retrotraía a veinte años atrás, a una tarde de verano en un jardín de Brizuela anotando las palabras de la Jerga que Jesús Fernández, cantero que fue en Munilla, casi ciego y centenario, me fue transmitiendo. Fueron aquellos momentos mágicos, de esos que se quedan pegados en la piel de la memoria. Han pasado veinte años, y ahora recibo una carta de su nieto, ofreciéndome una ampliación de aquella Jerga recogida, la que él mismo grabó a su abuelo siendo un chaval. Por su gran interés, reproduzco la carta para el disfrute de todos.
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| Jesús Fernández Martínez, de Munilla, nos transmitió la Jerga que hablaron los canteros |






