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Bodegas y árboles del paraíso, un conjunto de fantasía. |
FOTOGRAFÍAS: Bodegas de Zazuar, en primavera y en verano de 2025
Sin ninguna
duda, el conjunto de bodegas de Zazuar es uno de los más pintorescos y mejor
cuidados de Burgos. Tuve ocasión de descubrirlo en el pasado abril, cuando la
incipiente primavera teñía de verde los túmulos sobre los cabañones y arropaba con mimo las
originales y robustas zarceras, auténticas chimeneas de hadas que surgen como
periscopios del inframundo del vino; zarceras que se alzaban, íntegras (milagrosamente
íntegras) conformando un paisaje de ensueño. En aquella visita, siguiendo con
la aventura de las bodegas tradicionales burgalesas (recordad, queridos amigos,
que nos habíamos quedado en la entrega XII), tuvimos ocasión de adentrarnos, de
la mano del señor Justiniano, en una bodega, de la que es copropietario, cuyas formas no se
diferenciaban mucho de las que llevábamos vistas hasta entonces. Las
diferencias entre unas y otras no son muy grandes, en efecto, al menos en lo
esencial, sin embargo, hay algo que puede impresionar a un neófito en las de
Zazuar, y esto es las distintas habitaciones existentes, a uno y otro lado de la que
podría llamarse galería principal, cada
una de un dueño distinto pues son bodegas compartidas. Son habitaciones
angostas, lúgubres, donde cada uno de aquellos duerme su vino en la oscuridad más absoluta,
con puertas de hierro viejo, hoy recubiertas de gruesa capa de herrumbre, que más recuerdan
a las mazmorras del Conde de Montecristo que a otra cosa. Son lo que se conoce
como borresquiles (quedaos con esta palabra, queridos amigos de este Cajón de
Sastre, porque ni en el Diccionario de la RAE la vais a encontrar, ya que debe
tratarse de un aislado y muy particular localismo). ¡Borresquiles!: nueva y maravillosa palabra para
guardar en nuestra memoria. Que no se pierda.
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Periscopios de las bodegas. |
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Afortunada conservación de un conjunto de ensueño. |
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Puertas de acceso a borresquiles. |
En aquella
visita abrileña, el señor Justiniano nos habló de una comida popular que se
celebraba todos los años en las bodegas, un día de agosto y en la que
participaba todo el pueblo. Ah, eso me interesa mucho, le dije, pues es la
huella de la socialización en las bodegas, que tanto auge tuvo en el pasado,
uno de los aspectos que más me interesaron y me animaron a emprender mi periplo
bodeguero. El de Zazuar me invitó a la
fiesta y por supuesto que acepté con gusto. Y ahí me veis, queridos amigos,
nuevamente en Zazuar hace poquitos días, pero con un paisaje ambiental que ya no
es verde, sino amarillento, requemado por el sol de un verano ardiente. Solo un
grupo de árboles del paraíso, salpicados entre las bodegas, conservaban un halo
verde y rompían la monotonía de la hierba agostada. Benditos árboles de sombra
y perfume, cuyas semillas algún indiano zazuarino acertó a traer de Argentina en
una de sus visitas a su pueblo.
Durante meses estuve
imaginando cómo sería la comida popular en las bodegas de Zazuar; en mis
cavilaciones pensaba que tendría lugar en el sombrío de las propias bodegas,
parecía lógico, para protegerse del calor que se presumía en un día de agosto.
Pero no, a veces lo que imaginamos nada tiene que ver con la realidad de las
cosas. Lo cierto es que la participación fue masiva y que cada núcleo familiar
o grupo de amigos había adosado a los cabañones grandes toldos para situar
mesas y sillas. Inteligente forma de instalación de algunos, sin duda, pues así la
frescura salida de cada bodega podía aliviar los 30 grados reinantes. Imaginad,
pues, queridos amigos, un campamento de Miramamolín, con jaimas aquí y allá, casi una por cada bodega, y os aproximaréis al ambiente. Todo un espectáculo.
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Comida popular sobre las bodegas. |
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Jaimas aquí y allá. |
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Jaima del bingo, al atardecer. |
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Un día de bodegas a la sombra ganada. |
Que no todo
está perdido en la ancestral costumbre de socializar en los barrios de bodegas
de nuestros pueblos.
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