Elías Rubio Marcos y su "CAJÓN DE SASTRE"

Recopilación de artículos publicados y otros de nueva creación. Blog iniciado en 2009.

martes, 26 de mayo de 2026

EL MOLINO DE ISAR, EJEMPLO DE INTELIGENCIA NATURAL (IN)

     

Tecnología IN

   

FOTOGRAFÍA: Molino de Isar (Tomada en mayo de 2026)

Fui en búsqueda de bodegas a Isar y me salieron muchas, pero también una iglesia templaria, ¡y un molino harinero! Así es de generosa la provincia burgalesa en huellas del pasado. A poco que rascas, lo mismo te sale un yacimiento del pleistoceno, que un mosaico romano, que unas tumbas visigodas o que un ingenio de época preindustrial, por citar solo alguna muestra de ese rico pasado. Hoy, queridos amigos de este Cajón de Sastre, vengo con un molino harinero, uno de los cientos que se localizan en nuestros pueblos a orillas de nuestros ríos. Muchos de estos ingenios, por no decir la casi totalidad, se encuentran parados, abandonados y esperando su huella final. Unos pocos, en cambio, son conservados gracias al empeño de sus dueños, o incluso gracias a la intervención de ayuntamientos que han sabido reconocer su valor etnográfico y potencial turístico. Se me antoja que los molinos, tan antiguos como el pan y que tanto servicio prestaron, son una muestra de inteligencia natural (IN) como pocas, donde una persona (en este caso el molinero o molinera) interviene o participa  con todas sus innatas capacidades humanas, en contraposición a la IA, esa que tanto manoseamos en la actualidad, la que, con sus incomprensibles tecnologías, puede, para más inri, destruirnos a poco que se empeñen sus inventores y nosotros nos dejemos. Y no digo más sobre comparaciones…, bueno, sí, una cosita más: espero y deseo no llegar a ese momento en que un bicho robótico con forma de perro, como el que se nos muestra un día sí y otro también en TV como ejemplo de IA, me duche, me sirva el desayuno y me meta en la cama. Que no nos inutilicen ni las manos creadoras, ni nos anulen la inteligencia natural y humana, en definitiva: que ese perro no nos llegue a morder algún día.

El molino de Isar tiene su historia. Lo veremos en siguiente entrega.

jueves, 21 de mayo de 2026

UN CID EN LA BODEGA (XV)


La figura campea sobre la bodega. 




Hueca por dentro, parece de piedra y es escayola. Pronto el emparrado la ocultará. 

FOTOGRAFÍAS: Escultura en bodega de Hornillos del Camino. (Tomadas en mayo de 2026) 


Continuando con nuestro periplo por las bodegas tradicionales de Burgos recalamos en días recientes en el lugar de Hornillos del Camino. Y aquí, queridos amigos de este Cajón de Sastre, nos aguardaba algo que ni en sueños hubiéramos esperado, una sorpresa ajena a todo lo que tiene que ver con la producción del vino. Curioseando el núcleo principal de las bodegas, el que se encuentra en la calle alta del pueblo, nos llamó la atención en una de ellas algo que nos pareció insólito y que paso a describiros. A través de los huecos que dejaba un emparrado aún incipiente, el que en poco tiempo cubriría un merendero adosado a la bodega, pudimos ver que sobresalía una cabeza, aparentemente de piedra y sujeta en la cúspide, que, por su casco, sus luengas barbas y escamado almófar, se asemejaba a la de un caballero o guerrero medieval. Nos acercamos, y al observar la imagen completa, pudimos ver que se trataba no solo de una simple cabeza, sino de un busto; un busto que, por la iconografía que conocíamos de El Cid, tenía todas las trazas de querer representar al célebre personaje.

A dos hombres que trabajaban en un merendero cercano preguntamos sobre la autoría y procedencia de la escultura y nos dieron una versión que nos dejó impresionados. Al parecer un constructor burgalés la había encontrado enterrada en una casa que estaba derribando en la capital, aunque no sabían en qué concreto lugar. El asunto, pues, era tentador y nos invitaba a seguir su rastro.

De una sorpresa a otra: aparece Marceliano Santa María

La noche de aquel día me costó conciliar el sueño, todo me daba vueltas, todo giraba en torno a la misteriosa escultura. No parecía que estuviera hecha por un simple aficionado. Las preguntas se agolpaban en mi almohada: si el busto era de piedra, quién lo labró; si se ejecutó en algún lugar fuera de Hornillos, qué lugar era este y cómo llegó a campear en la bodega; y si tenía algún valor histórico o artístico, cuáles eran esos valores. Había que tirar del hilo, hacer de detective una vez más. Inquieto por el hallazgo, volví al día siguiente a Hornillos por si, por una casualidad, el dueño se encontraba en la bodega, pues solo él podría desentrañar el enredo. Como era de esperar, el dueño no estaba (las bodegas ya no son lo que fueron). Era domingo y la hora pacífica de la siesta, mal momento para encontrar en la calle autóctonos. Había, eso sí, peregrinos junto a los muchos albergues que se han abierto en este pueblo, pero ellos eran forasteros, de lejanas tierras, y por eso no podrían ayudarme. Cuando ya desesperaba, tuve la fortuna de que, de un coche recién llegado, bajó un hombre joven que parecía nativo del lugar. Le pregunté si conocía al dueño de la bodega: “Es amigo mío”, me dijo. Vaya, qué suerte, dije. Fue así cómo compartimos nuestros teléfonos y él mismo se comprometió a ponernos en contacto.

Había merecido la pena la visita dominguera, pero me quedaba la duda sobre si recibiría la llamada esperada en los siguientes días, a veces, las promesas espontáneas se convierten en pelusa de chopo.

La llamada

No tuve que esperar mucho, al día siguiente recibí la llamada de un móvil desconocido que estuve a punto de no atender por no estar en mi lista de contactos. Pero atendí, y acerté, pues quien me llamaba era Daniel Mayor, el dueño de la susodicha bodega de Hornillos, a quien debo agradecer su colaboración. Daniel, de 59 años, es una de las personas que participaron en el mencionado derribo y por eso conoce de primera mano el descubrimiento de la escultura supuestamente cidiana. Al parecer y según describe, la casa demolida estaba justo enfrente del convento de Santa Clara, en lo que hoy es la droguería Nieva. Describe también que dicha casa, derribada a finales de los ochenta, era de piedra y madera, de dos plantas, que en la planta baja estaba la vivienda y estudio de Marceliano Santa María, el afamado artista burgalés, y que el susodicho busto apareció alojado en una de las paredes.

¿Se trata de una máscara?

Daniel nos describe la escultura como una obra hecha en escayola o yeso, hueca por dentro, enseñando el esparto o cáñamo y las tablillas cruzadas que le daban consistencia. No se trata, pues, de en rigor un busto de piedra, aunque en un primer momento así nos pareciera, sino de una especie de gran máscara que, tal vez, pudo estar destinada a ser molde en el taller de algún alfarero ¿quizá los hermanos Calvo? Solo don Marceliano nos lo podría decir, si estuviera vivo, sólo él podría decirnos si la obra la hizo él mismo o algún discípulo.

Fue una suerte que alguien de los que participaron en el derribo decidiera recuperar la interesante figura, y más aún que la expusiera al público en general en lo más alto de su bodega, porque así la podemos disfrutar todos. Ojalá se conserve muchos años.

Y hasta aquí, queridos amigos, la pequeña memoria que he podido hilvanar de un pequeño descubrimiento en una bodega de las muchas que llevamos guardadas en nuestro repleto Cajón de Sastre.


Imitación de un guerrero medieval. 


sábado, 2 de mayo de 2026

TRES BARRIOS DE BODEGAS EN ISAR (XIV)

Bodegas de "Vega".


Bodegas de "Vega".


FOTOGRAFÍAS: Bodegas de Isar (Tomadas en abril de 2026).

 

En Isar hace muchos años que no se planta viñedo, ni nadie en este lugar recuerda cuando sus campos estuvieron teñidos de vides. Habría que remontarse muy atrás para imaginar fincas con esta plantación, que debieron ser muchas, a juzgar por el gran número de bodegas subterráneas tradicionales que hoy se pueden ver distribuidas dentro o en torno al casco urbano de dicho lugar. Si hacemos caso al Catastro de Ensenada y al Diccionario de Madoz, este tradicional cultivo estaba arraigado en los siglos XVIII y XIX, como lo debió estar hasta la primera mitad del siglo XX, pues hay memoria de ello. A partir de este momento, y según nos ha sido transmitido por personas de mayor edad que lo conocieron, se deja de plantar viñedo, quizá “porque la uva no maduraba bien debido al frío”, y se comienza a traer uva de otros lugares, primero de Cebrecos y después de Zamora (Toro). Los racimos llegaban en tren a la estación de Estépar, donde eran recogidos por los isareños, con carros primero y luego con camiones; a partir de aquí restaba solo volcarlos en los jaraíces para el pisado y obtención del mosto.

Como recuerdo de aquella actividad vitivinícola vemos hoy las numerosas bodegas subterráneas, la mayoría abandonadas debido a los cambios sociales y a la desaparición paulatina de quienes las mantenían y eran sus fieles parroquianos. Lo que no quita para que la imagen de cada uno de los tres grupos de bodegas existente en Isar sea todavía impresionante y de gran impacto. Ya a la entrada del pueblo, alineado a la carretera, puede verse el primero de ellos, el que lleva por nombre (“Bodegas de Vega”) y en el que se contabiliza una treintena de subterráneos, similar en número a los que se cuentan en el grupo llamado “Bodegas del Camino a Burgos” y parecido también a los de “El Cárcavo”, en la parte alta del pueblo.   


Bodegas del Camino a Burgos. 


Bodegas del Camino a Burgos.
Cada bodega con su banco de piedra. 


UN POCO DE COSTUMBRISMO


El cardo riñe con la espuma

De cada visita a pueblos burgaleses con bodegas aprendemos algo nuevo. Ya sea sobre las maneras de socializar en torno a ellas como sobre los procesos de obtención del vino. Respecto a esto último, nos llamó la atención la forma en que en Isar (quizá en otros lugares también, solo que no se nos advirtió, o no preguntamos) tenían para hacer bajar la espuma cuando, en la fermentación, el mosto subía de volumen y amenazaba con salirse de la cuba. Para esta contingencia lo que se hacía era poner algún cardo bien espinoso en la boca. Haciéndolo así, el contacto de los pinchos con dicha espuma hacía que esta retrocediera y no se saliera de madre. (“Se ponía un cardo, y al subir la espuma, pinchaba en el cardo y bajaba. Oye, yo lo he hecho”).


A las bodegas en Jueves Santo

         Cierto es que en un pasado no tan lejano la visita y estancia en las bodegas se hacía prácticamente todos los días, bien porque se iba a recoger el vino para el consumo diario o bien porque se iba a socializar en ellas. Acudir a las bodegas podría decirse que era como una forma de ritual. Bien es cierto que era en días festivos cuando más se frecuentaban: (“Salías de misa, y todo el mundo a las bodegas, menos las mujeres”), y que en algún día determinado del año la afluencia se convertía en masiva, como si fuera la celebración de algo. En Isar esto último sucedía en el día de Jueves Santo: (“Se salía de los Oficios [que se llamaba] y antes de hacer la procesión de Los Pasos se iba a las bodegas”). Esa era la costumbre, aunque, en realidad, “antes se iba a las bodegas como ahora se va a los bares”.   


Abandonadas

         Hoy causa tristeza ver cómo, salvo pocas excepciones, la mayoría de las bodegas están abandonadas y cómo algunas se derrumban por falta de uso y cuidados. Quienes las usaban y mantenían, por lo general los vecinos más mayores, que conocieron su época dorada, se han ido muriendo y el relevo natural no se ha producido porque ha coincidido con una época de despoblación, y sobre todo de nuevos hábitos y costumbres en quienes deberían haber tomado dicho relevo.


Bodegas de "El Cárcavo", con una bonita y reciente ambientación. 


Bodegas de "El Cárcavo". 


Por ser una de las principales señas de identidad de Isar y dado el alto valor etnográfico de los tres conjuntos, haría bien el pueblo en velar por su conservación.    


Respiraderos del vino. 


Con mi agradecimiento al señor Trifón García