Elías Rubio Marcos y su "CAJÓN DE SASTRE"

Recopilación de artículos publicados y otros de nueva creación. Blog iniciado en 2009.

sábado, 29 de octubre de 2011

EL CARTEL Y EL VIEJO


FOTOGRAFÍA: Mecerreyes (Tomada en octubre de 2011).

En algunos lugares han querido proteger los famosos carteles del Nitrato de Chile declarándolos patrimonio cultural. Estoy de acuerdo, como lo estoy también en que se respeten los famoso toros de Osborne, son cosas con hondo significado y arraigadas en el pueblo. El uno es un icono en nuestros pueblos (particularmente me recuerdan que hubo burgaleses indianos que trabajaron en las salitreras de los desiertos chilenos), el otro lo es de nuestras carreteras. La imagen que aquí traigo hoy, queridos amigos y seguidores, se las trae. Por un lado el mencionado cartel, con relucientes azulejos y perfectamente conservado en Mecerreyes; por otro lado, una figura en la sombra, bajo el cartel, que en un primer instante llegó a confundirme, pues hubiera jurado que era humana y que respiraba. Estamos pues ante dos reliquias, al parecer del pasado. Pero al hilo de esta sombra se me ocurre pensar que todavía hoy en nuestros pueblos pueden verse, venturosamente, aunque cada día menos, esa es la verdad, figuras con boina y cachava como la aquí representada, solo que de carne y hueso. En realidad este modelo es el que más abunda en los pueblos que aún mantienen vida.

viernes, 7 de octubre de 2011

PORTILLO VALMAYOR: DE ORBAÑANOS A BOZOO, CAMINO DE LAS FERIAS DE MIRANDA

Iglesia arruinada de Orbañanos.
 El románico nos ve partir.

Portillo Valmayor.
En el lugar de La Cruz de la Peña.
Aquí se apostaban los salteadores de caminos
para robar a los que regresaban de las ferias con la bolsa llena.

El camino se hunde en la espesura... 





... debajo de un planeta verde.

Restos de construción. El camino se humaniza.

Muro de contención. 



Otoño en los montes de Besantes,
por el camino escondido

Al fondo puede verse la central atómica de Garoña.

El camino desciende a cielo abierto, hacia Bozoo. 

Sierra de Besantes desde el camino. 

Cerca de Bozoo el camino se convierte en pista.

Iglesia de Bozoo.
Nos vieron partir los restos románicos de Orbañanos
y nos ve llegar esta magnífica portada. 
FOTOGRAFÍAS: Tomadas en el verano y el otoño de 2011.

Siguiendo con la serie de pasos de montaña, traigo hoy aquí, queridos amigos y seguidores de este Cajón de Sastre, una ruta en el valle de Tobalina que hasta este verano desconocía. Hago antes un inciso para deciros qué llegué recientemente a este valle con el ánimo de encontrar otro paso montañero al que desde hacía muchos años tenía echado el ojo. Me refiero a Paso Malo, en Pajares, debajo de las tumbas de la Peña el Mazo, y que yo pensaba que debía atravesar la sierra de Árcena para comunicar con tierras de San Zadornil. Semejante nombre ¡Paso Malo!, tenía para mi gran atracción. Sin embargo, al final resultó que se trata simplemente del inicio de una senda para remontar la sierra, sin comunicación alguna y sin connotaciones sociales de interés. Como se dice en estos casos “mi gozo en un pozo”. No obstante, en el mismo día de la exploración aproveché para visitar a mi amigo Ángel Oña, que vive en San Martín de Don. Le conté mis inquietudes por los portillos que significaron algo para las gentes de los pueblos. “¿Portillos? Mira, allí tienes uno, en Orbañanos”, me dijo señalando con el dedo índice la falda oriental del Humión. “Es el Portillo Valmayor”. Le pedí detalles y prefirió acompañarme hasta Orbañanos para mayor seguridad de orientación; así también podría visitar a su amigo Jandro, el pastor octogenario que vive en aquel pueblo bajo el Humión, a quien hacía tiempo que no veía y que a buen seguro podría darme más noticias del portillo. Así fue, en efecto, en la animada charla con los dos tobalineses, aureolados por las románicas ruinas de una iglesia que nos miraba desde lo profundo de un barranco, supe que el Portillo Valmayor era parte de una vieja ruta montañera por donde los habitantes de los pueblos al sur del Ebro, desde Frías a Bozoo, pasando por Orbañanos, iban andando y con sus ganados hasta Miranda, generalmente para asistir a las ferias de marzo y de mayo, aunque también para proveerse de otros bienes de consumo que sólo en la ciudad se podían encontrar. Eso cuando aún la actual carretera junto al Ebro era poco menos que un sueño. Alejandro Cantera (Jandro), a pesar de su avanzada edad (85), nunca vio pasar a nadie que no fuera montañero o cazador, por lo que intuí que el viejo camino de Bozoo, aquel que es citado por Madoz en su Diccionario, hacía más de un siglo que criaba abandono.
Bien, pues ya tenía un nuevo portillo que explorar. El pasado día 5, acompañado de tres buenos amigos, expertos conocedores de los montes burgaleses, volví a Orbañanos con intención de recorrer esta olvidada ruta por los montes de Besantes. Y tengo que decir que fue una gran experiencia. Pocas veces había sentido la emoción del camino como en esta ocasión. Durante el recorrido siempre tuve la impresión de que explorábamos una ruina histórica en la selva. Escoltados por la ladera del monte Flor, nuestro caminar entre los roquedos del val mayor, bajo las sombras de hayas encendidas por el otoño, de mostajos, madroños, pinos silvestres, acebos, robles, encinas, alcornoques..., era toda una aventura. Se perdía el camino, volvía a aparecer más adelante. Camuflado, bien se veía que hacía siglos que nadie había pasado por él. Y sin embargo era real. De cuando en cuando, pequeños pedraplenes en los portillejos, en los zigzag, nos recordaban que hubo un tiempo en el que alguien se encargaba de mantenerlo transitable. ¿Y si fuera un Camino Real? Tras horas de rastreo, ya cerca del Corral de los Extremeños, el Flor nos dejó ver un pedacito del Humión, del que todo lo domina en Tobalina, y también la nuclear de Garona, tan anacrónica en un paisaje tan sumamente ecológico, tan agreste. Después de varios sube y baja en las sombras, desde el citado corral el camino, mucho más nítido, comienza el descenso a cielo abierto, hacia Bozoo. Llegados a este pueblo, los tobalineses de las ferias, con sus bestias, ya no tendrían dificultades mayores para llegar a Miranda, como no fuera el temor a los salteadores de caminos. Pero el viaje era largo, por eso algunos hacían parada en Orbañanos, en la bolera, junto a la iglesia románica que hoy vemos en ruinas.

PD 1: Gracias a Javier Abad, alcalde de Bozoo, por habernos llevado, ya bien entrada la noche, hasta Orbañanos. Siempre recordaremos y agradeceremos tu gesto.

PD 2: Lo anterior no ha sido una ruta para senderistas, por mucho que a alguien así le haya parecido. Ha sido un retazo de nuestra historia olvidada.

martes, 4 de octubre de 2011

LA CAMBIJA DE SASAMON SE DIGNIFICA




FOTOGRAFÍAS: La Cambija de Sasamón, lavaderos y entorno ajardinado (Tomadas en septiembre de 2011).

El 30 de marzo de este año insertaba en este Cajón de Sastre una entrada sobre el deplorable estado en que se encontraba la Cambija de Sasamón, una construcción medieval para distribución de agua única en Burgos. Aprovechaba para hablar de abandono, de dejadez, de incuria... con respecto al patrimonio en la provincia. Pues bien, hoy vengo con buenas noticias. La cambija de Sasamón está siendo dignificada. Recientemente he pasado por la vieja Segisama y me he encontrado con la agradable sorpresa de que este monumento y su entorno está siendo objeto de una restauración muy acorde con lo que yo mismo siempre había imaginado. Todavía los trabajos de acondicionamiento, llevados a cabo creo que por prestación personal de los propios vecinos, continúan, pero permitidme, queridos amigos y seguidores, que me adelante a su culminación para daros la buena nueva. Y es que, después de tanto tiempo de haber clamado por lo que ahora se está acometiendo, mi alborozo es inmenso. Os envío alguna imagen de cómo está quedando. Más adelante, cuando todo haya finalizado, volveré de nuevo para regalaros con la imagen definitiva. Enhorabuena a todos.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

HONTOMÍN, UNA VENTANA AL EMPERADOR



FOTOGRAFÍA: Hontomín (Tomada en agosto de 2011).


        En la Calle Mayor de Hotomín podemos ver hoy, diría que milagrosamente, una deliciosa ventana, probablemente del siglo XVI, enmarcada por una moldura pétrea decorada con bolas y puntas de diamante. ¿Sólo bolas y puntas? No. Si observamos bien el conjunto veremos que en los dos extremos de la línea inferior de bolas aparecen dos figuras distintas, una piña y una concha. A los profanos en simbolismos el tema nos pasaría desapercibido, pero si la curiosidad nos llamara, tal vez averiguaríamos que detrás de estos elementos se escondan los mensajes que el dueño de la casa primigenia quiso lanzar al mundo desde su ventana, uno de buenas intenciones hacia los demás y otro de carácter defensivo. Y es que, durante el Renacimiento, época en la que debió ser construida dicha casa, la piña, que tantas veces puede verse en periodos artísticos anteriores, se convirtió en un signo de hospitalidad y confort y que algunos establecimientos, como albergues o mesones, llegaron a lucir en sus fachadas. Y si bien parece muy extraño que un mesón de camino pueda lucir una ventana tan digna y esbeltamente trabajada, no sería del todo descabellado pensar en esta posibilidad, sobre todo teniendo en cuenta que la Calle Mayor de Hontomín formaba parte del antiguo Camino del Pescado, documentado ya en el XVI. Claro que, por esta última circunstancia, tampoco puede descartarse que estemos ante los restos de un antiguo hospital. Hay camino para la investigación.
        En lo que respecta a la concha, veamos lo que Mircea Eliade, en su “Imágenes y símbolos”, nos dice:


     Por su semejanza con la vulva, la concha marina y otras muchas  
     especies de conchas pasan por preservar de toda magia,
     de la jefatura, o del   mal de ojo.


        Sin duda esta definición puede ser muy acertada también para la concha de Hontomín, sobre todo teniendo en cuenta las muchas supersticiones en las que, a pies juntillas, creían las gentes del páramo en aquella época (no sería serio por mi parte, sin embargo, considerar ni asociar el mensaje apotropaico de la piña a las legendarias brujas de Cernégula, tan cercanas a Hontomín).


        En otro orden y dejando volar la imaginación, podríamos ver a algún habitante de la casa lanzar vivas y flores desde su hermosa ventana al emperador Carlos V en su viaje de Laredo a Yuste. Y es que en verdad tuvo que pasar rozando el edificio.

En fin, una maravilla de ventana.

viernes, 23 de septiembre de 2011

EL RETABLO PINTADO


FOTOGRAFÍA: Iglesia de Villanueva del Grillo (Tomada en 1999).

Ha pasado una docena de años desde que visité por primera vez las ruinas de Villanueva del Grillo, un pueblecito del valle de Tobalina, al pie de la sierra de Árcena, que tuvo la desgracia de convertirse en uno de los pueblos del silencio, también en un montón de ruinas. Entonces a duras penas pude acceder a su iglesia, de tanta maleza y escombros como había. Pero lo hice, con gran riesgo, por cierto, y bien que mereció la pena, pues me encontré con algo que para mi era insólito: ¡un retablo pintado! Nunca antes había visto un caso semejante, lo cual vuelve a poner de manifiesto mi ignorancia sobre tantas cosas. Conocía, eso sí, algunos ábsides medievales con bellas pinturas románicas descubiertas al desmontarse retablos de madera más modernos y descubrirse los revocos, pero no un retablo pintado. El armazón pictórico de Villanueva, con sus columnas y frontones, conforman un trazado clásico, quizá renacentista, pero las pinturas, tan próximas a Herrán, de las que ya hablamos en una entrada reciente, parecen acercarnos más al XVII. Por ello y porque la mano maestra que se aprecia en la ejecución de los murales de Herrán no es percibida en Villanueva del Grillo, soy de la opinión de que no debe existir relación entre ellas. Maestros hay que podrían dilucidar esta cuestión, si es que la iglesia con sus pinturas no se hubiera desplomado ya por entero. Pero bueno, prescindiendo de tecnicismos y autorías pictóricas, el caso es que el descubrimiento me dio motivos para la reflexión. El tema me descolocaba, ciertamente. ¿Fue este retablo pintado en la cabecera de la iglesia, con sus correspondientes calles, el definitivo, el que los vecinos vieron siempre, o fue tan sólo un boceto, algo provisional sobre lo que más tarde se instalaría uno convencional de madera? ¿Había en dicho siglo, o en otros cercanos, la costumbre de pintar los bocetos sobre los ábsides antes de colocar los armazones de madera, con sus nichos para la imaginería incluidos, o fue éste un caso aislado? Demasiada molestia para ser tan solo algo provisional, pienso. Quizá algún vecino de los que moraron en este lugar tobalinés podría decirnos si su iglesia llegó a tener retablo de madera. He vuelto a Villanueva recientemente, pero no encontré a nadie cerca a quien preguntar, sólo hallé escombros ocultos por la maleza, el viento, el silencio y la áspera y despoblada sierra de Árcena.

viernes, 16 de septiembre de 2011

OJOS DE HIERRO

En un lugar del Ebro
de cuyo nombre no quiero acordarme


Lucía en una vieja puerta de Mahamud.
Ahora, quién sabe dónde.
FOTOGRAFÍAS: Pueblo anónimo y Mahamud (Tomadas en 2007).

Registrando en mi viejo baúl, queridos amigos y seguidores, he encontrado este tesoro. No digo donde se encuentra el original, solo apunto, por razones que todos entenderéis, que se halla en un pueblo burgalés del Ebro, en uno de esos lugares en los que todavía pueden verse bellezas artesanas de otro tiempo. No sabemos quién fue el autor de esta obra de arte, quién el anónimo artista de hierro y fragua que ahora nos deleita y conmueve. Seguramente fue un simple herrero de pueblo, un trabajador de obra negra cuya chispa creativa merecería figurar hoy en cualquier museo y en cualquier catálogo. Las cabezas de gran pico enfrentadas bien pudieran estar inspiradas en los buitres leonados que hacían cabriolas en el cielo de su fragua, o quizá en águilas de mirada seria, atentas en su picacho al sonar del yunque.
Recordemos, pues, con este ojo de hierro y con el desaparecido de Mahamud, siempre visible en la portada de este Cajón de Sastre, que hubo un tiempo en el que el arte vivía sin academia en el más humilde de los rincones y en los más sencillos detalles.

lunes, 12 de septiembre de 2011

PRADOLUENGO INDIANO


Viejo tango de ayer...

que el amigo encontró.

Casa de indianos.

Pradoluenguinos que fallecieron
en Buenos aires.

FOTOGRAFÍAS: Pradoluengo. (Tomadas el 11 de septiembre de 2011).

Hace unos días leí en la prensa local que Pradoluego, esa isla industrial en la provincia de Burgos que siempre fue, iba a celebrar su "4ª Feria indiana". Bueno, el evento era algo que no debía perderme, y mira que soy reacio a asistir a tanta fiesta historicista como, desde hace algún tiempo, se viene celebrando durante el estío en los pueblos de Burgos. Debía asistir aunque nada más fuera como agradecimiento a los muchos seguidores de ultramar que, con cierta asiduidad, siguen este Cajón de Sastre, en su gran mayoría de Argentina y México. Pero no sólo por eso, sino también por propio interés, ya que de siempre he tenido curiosidad por conocer de qué manera el indianismo influyó en la historia de la villa pradoluenguina. Siempre había sospechado que la magnífica y especial arquitectura que puede verse en la calle principal (salida hacia Belorado) podía deberse tanto a obra de potentes industriales del textil como a la de indianos que hicieron fortuna, aunque seguramente en más de una ocasión las dos cosas vayan juntas. Y así debió ser. Ayer, en mi visita a la fiesta indiana me encontré con un librito que me aclaraba algunas cosas. Ya el título del libro, “Pradoluenguinos en Argentina”, obra de Victor Mata Ochoa, era muy sugerente. En él se menciona a varios vecinos de Pradoluengo que cruzaron el Charco entre finales del siglo XIX y principios del XX y que se enriquecieron, seguramente con gran esfuerzo, en aquel país. Por otro lado, la sombra de los indianos en Pradoluengo puede seguirse también en el cementerio de la población, donde una serie de lápidas llevan inscrito el nombre de Buenos Aires como lugar de fallecimiento. De todos modos, el estudio del indianismo en Pradoluengo, como el de toda la provincia de Burgos, está aún por hacerse. Su interés está fuera de toda duda, no sólo por lo que significó en el aspecto social y económico, sino por la influencia en la trama urbana y arquitectura de algunas poblaciones. Pero volvamos a la fiesta. Ayer, queridos amigos y seguidores de ultramar, en la plaza del templete de la música, llena de público, pude asistir a una demostración de vuestro sin par y apretado baile, el tango. La música de allá, los atuendos de los bailarines y las viejas maletas, conformaban un ambiente porteño que impregnaba todo en la laboriosa villa calcetinera y boinera. Como remate de la fiesta indiana, por la tarde hubo concierto de habaneras, ¡como para poner los pelos como escarpias a quien cruzó el gran mar! Aquí os dejo una muestra fotográfica de lo que ayer pude captar.

Indianos en el trasatlántico Principessa Mafalda,
en el que también viajó a España Carlos Gardel.
El Principessa Mafalda, lleno de pasajeros,
naufragó el 25 de octubre de 1927 en las costas de Brasil.
(Foto obtenida del libro "En la villa de Pradoluengo.
Crónica gráfica 1889-1942").

miércoles, 7 de septiembre de 2011

LOS MURALES DE HERRÁN, ESPLENDORES DEL XVI





FOTOGRAFÍAS: Pinturas de Herrán (2000). 

En el valle de Tobalina, a orillas del río Purón, justo a la entrada de un angosto desfiladero que desemboca en tierras alavesas, se encuentra Herrán, uno de los pueblos que más y mejor han hecho en los últimos tiempos por la conservación de su patrimonio. Recuerdo mis visitas de hace ya treinta años, con motivo de algunas exploraciones eremíticas en la sierra de Árcena; entonces todavía vivía gente nativa, aunque ya había empezado la despoblación. Tan escondido como estaba, en lugar tan abrupto y tan alejado de la metrópoli, creía que su fin no tardaría en llegar. Pero, afortunadamente, eso no ha ocurrido. Hoy, Herrán, gracias al turismo rural, ha renacido y se ha convertido en uno de los puntos de referencia de la provincia de Burgos. Entre sus atractivos, además de los paisajísticos, están sus diversas y viejas casonas. Algunas son palaciegas y blasonadas, otras, valiosas representaciones de la arquitectura tradicional de la zona. Entre estas últimas figura una casa-torre en cuya presencia uno se traslada fácilmente al siglo XVI. Esta casa siempre había llamado mi atención, por eso la recordaba bien cuando en cierta ocasión, creo que puede hacer ya más de veinte años, me llegó la noticia de que, encontrándose en obras para su rehabilitación como casa de agroturismo, habían aparecido unas pinturas murales del siglo XVI. ¿Y quién supervisa la recuperación y el estudio de esas pinturas?, pregunte a mi informante, no recuerdo quién. “Pues creo que son dos profesoras o estudiantes de arte de Vitoria”, creo que me dijeron. Ah, ya. Pero el descubrimiento bien mercería ser controlado por parte de los responsables del Patrimonio en Burgos... Sí, pero... Ya sabes cómo son estas cosas, en fin ... Ahí dejé el tema aparcado. Pasó algún tiempo desde que recibí aquella información hasta que por fin visité la casa y sus pinturas. Tengo que decir que no esperaba aquel milagro, aquella visión. ¡Una habitación de unos 12 o 14 metros cuadrados con sus paredes decoradas de arriba abajo con maravillosas pinturas policromas con temas religiosos! Estábamos en una casa rural,  estábamos en una especie de sala biblioteca para los hospedados. Había alguna butaca en la estancia, me senté para no caerme de admiración. Miré y remiré, escudriñé los murales. Recuerdo el momento como algo inolvidable. Y pensé: qué suerte que esto se haya conservado, qué suerte que haya habido alguien sensible que haya recuperado, con enorme respeto y profesionalidad, aquellas pinturas del siglo XVI. Cerré los ojos y por un momento me situé en una habitación romana llena de frescos. Luego los abrí, y comprobé que estaba en Burgos, ante el Renacimiento pictórico. ¿Un tesoro enorme como éste es lo suficientemente conocido y protegido? ¿Es, siquiera, Bien de Interés Cultural? No conozco algo semejante en la provincia. Juzgad vosotros mismos, queridos amigos y seguidores de este Cajón de Sastre, enamorados del arte.

lunes, 29 de agosto de 2011

LA ENCARNACIÓN, AQUELLA VIEJA FÁBRICA DE HARINAS

FOTOGRAFÍAS: Tomadas en agosto de 2011

Al amanecer del 3 de octubre de 1973, cuando el primer turno de operarios molineros se dirigía a su puesto de trabajo, una gran columna de humo se alzaba sobre la fábrica. ¡La fábrica se está quemando!, gritaron los que llegaban por caminos polvorientos desde Los Balbases, Villaverde, Villazopeque o Villaquirán. Apresuraron el paso por si pudieran colaborar en la extinción del fuego, pero era ya demasiado tarde, cuando llegaron la fábrica era una gigantesca e intratable antorcha.


Esqueleto de la fábrica y canal.
La Fabrica de Harinas La Encarnación, de Los Balbases, hunde sus raíces en la noche de los tiempos. En el origen debió ser un humilde molino, uno de los dos citados en la enciclopedia de P. Madoz entre dicho pueblo y Villaverde Mogina, a orillas del Arlanzón. Andando el tiempo, ya a comienzos del siglo XX, es cuando al parecer debió trasformarse en un gran centro de molturación, construyéndose para ello un gran edificio de cuatro plantas. Por aquellos inicios, y según nos ha sido trasmitido por la familia propietaria actual, la fábrica pertenecía al marqués de Lamiaco, título nobiliario con raíces vascas que nació con el siglo. Más tarde, sobre los años 20, la fábrica pasó a manos de Mateo Elúa Ansótegui, que ocupaba ya un importante cargo en la fábrica. Desde entonces y hasta el final, la harinera, cuyo nombre comercial completo era “Fábrica de Harinas La Encarnación”, comenzó a conocerse popularmente como la “Fábrica de los Elúa”. Al morir Mateo, su viuda e hijos encabezaron la empresa. En un estadillo de las diversas fábricas de harinas que había en Burgos en torno a  la mitad del siglo XX, en La Encarnación figuran como propietarios la “Viuda e Hijos de Mateo Elúa”. Más tarde, sería su hijo, Santiago Elúa, quien se puso al frente del emporio harinero, y a quien mejor recuerdan los más mayores del lugar. Todavía hoy la pertenencia sigue siendo de la misma familia.


La fábrica ya no existe, pero la vida sigue
en La Encarnación.

Pero La Encarnación no era, o no fue, sólo una fábrica de harinas. Fue mucho más. Quizá bien podría decirse que fue un pueblo más de Burgos, o incluso un polígono industrial. A su rebufo nacieron otros edificios y otras actividades. En torno a la fábrica hubo vaquería, serrería, gallineros, destilería de aguardiente... Todo un complejo en el que llegaron a trabajar en torno a veinte obreros, algunos de los cuales, junto con sus familias, vivían en La Encarnación, en viviendas humildes adosados a los caserones de los amos; otros llegaban a trabajar desde los pueblos colindantes. Y así, dada su magnitud, se crearon servicios para atender ciertas necesidades del personal, como escuela e iglesia. Todavía hoy pueden verse los edificios, algunos en estado ruinoso, como la destilería, cuyo alambique y otros aparejos fueron hace tiempo robados.

Arcos en el aliviadero, magnífica obra de cantería. 
Compuertas y canal. 

Han pasado 38 años desde el incendio. Nadie que trabajó en la fábrica permanece vivo, todos los obreros han muerto ya, también los que la dirigieron, y con ellos se fue el relato que podría ilustrar con detalle sobre sus características, las labores que se hacían en ella, las distintas máquinas de que se componía, así como los artefactos que producían la energía necesaria para moverlas. Enrique Elúa, nieto e hijo de Mateo y Santiago Elúa, respectivamente, siendo muy niño fue testigo del amanecer de las llamas. Con gran amabilidad, haciendo un paréntesis en la actividad agrícola, pues trabaja con gran esmero y pasión las fincas de La Encarnación, me facilitó la entrada a lo que queda de la fábrica quemada y me hizo partícipe de todo lo que de ella sabía. En el recorrido por las instalaciones me habló de la escuela del lugar, y de doña Crescen (Crescenciana Bárcena), la maestra, que “Venía todos los días en el [tren] “Rapidillo y se iba en “El Correo”; me habló también de la pequeña iglesia del lugar, donde él mismo hizo la Primera Comunión, que “era atendida por el cura de Los Balbases”. Para la visita, cruzamos el gran portón de acceso, bajo el caserón residencia de los dueños, por donde todavía pueden verse los raíles de una vía. “Por esta vía entraban los vagones con el trigo”, para descargar en “La Piquera”. En el centro de un amplio patio me mostró “La Placa”, plataforma para la vía en la cual se hacían girar los vagones. Abundando sobre este particular, Enrique me contó que, en cierta ocasión, un vagón desbocado, a gran velocidad, hizo acto de presencia en el gran patio y se precipitó con violencia contra la entrada de la fábrica, causando importantes destrozos. Y es que, el kilómetro y pico de línea férrea que hay desde el Apeadero de Los Balbases hasta la fábrica tenía un significativo desnivel.


Restos de maquinaria en el hundido
 "Cuarto de Electricidad". 
Desde allí, a través de otra puerta, se accede a lo que verdaderamente era la fábrica de harinas. Ahora poco cosa queda de ella, salvo el esqueleto de cuatro plantas y algunas poleas de hierro, con sus ejes, que en su día hicieron mover la distinta maquinaria. Viendo aquellos pobres y oxidados testimonios uno no puede imaginar un tiempo en el que allí se llegó a trabajar en tres turnos, de día y noche. La desaparecida maquinaria, a juzgar por la utilizada en otras fábricas de la época cercanas, y porque la empresa que las fabricaba tenía sucursal en Burgos, no debió ser otra que “Establecimientos Morros S.A.”, de Barcelona, que al parecer tenía la exclusiva en este tipo de maquinaria harinera. En un costado, arrimado a las mencionadas poleas y adosada a una de la paredes del edificio principal, puede verse una amplia dependencia; en ella, según Enrique, estuvo la “Central de Electricidad”. Con el piso hundido y aún con la huella del incendio en los renegridos travesaños, debajo discurre el agua sobrante del canal, cortando preciosos arcos de medio punto de piedra magníficamente trabajada; aquí, junto a los arcos y antes de que toda la factoría se moviera con electricidad, debieron estar los rodetes que proporcionaron en su día la energía hidráulica para mover la fábrica. En la planta baja, al fondo, estaba la sección de empacado de la harina, eso lo recuerda bien Enrique. En las otras plantas ahora sólo hay aire y nadie puede contar lo que antes hubo en ellas.

Los bajos de la fábrica. 
También Cecilia Santamaría y Juventino Hernando, la primera como hija de un empleado de la vaquería y habitante durante muchos años en La Encarnación, y el segundo, que aportó su caballo y pareja de bueyes para arrastrar los vagones de trigo durante algunos meses, ambos vecinos de Villaverde Mogina, tuvieron la gentileza de acompañarme y desgranar algunos detalles más sobre el complejo. Entre otras cosas dijeron que la fiesta de La Encarnación era el día del Carmen. “Aquel día se secaba el canal y ¡se cogía una de barbos...!”, rememora Cecilia. Por su parte, Juventino hace recuento de los pueblos que entregaban trigo a la fábrica: “Venían de Vallejera, Villamediana, Vizmalo, Valles [de Palenzuela], Los Balbases, Vallunquera, Valbonilla, Villazopeque, Villaverde...., y el trigo se descargaba en un almacén que había afuera, que todavía está; unas veces lo mandaban descargar en piquera y otras en el almacén. Veníamos con los carros a descargarlo”.

Lienzo occidental de la fábrica.

Rejillas en las compuertas del canal. 
Otras voces del Arlanzón nos hubieran podido contar otras historias vividas en La Encarnación, pero la corriente del río se las llevó para siempre. Hoy, no obstante, en este lugar ribereño la actividad y la vida continúan, venturosamente y ojalá que por muchos años. 

lunes, 8 de agosto de 2011

MESÓN DE MANCILES, ARQUEOLOGÍA DE UN LETRERO COMERCIAL

Letrero comercial.
Mesón de Manciles.
FOTOGRAFÍA: Manciles. (Tomada en julio de 2011).

Muchas veces, al investigar mis “Pueblos del silencio”, me encontré con referencias a los viejos mesones del XVIII. El Catastro de Ensenada, fuente principal para esta documentación, es prolijo en la descripción de dichos establecimientos, recordándonos, por ejemplo, quiénes eran sus dueños, lo que rendían sus negocios a los mesoneros, lo que habían de pagar al “fisco”... A mí, estos datos sobre los mesones de los pueblos (ojo, no confundir los mesones con las tabernas), por insignificantes que puedan parecer, qué queréis que os diga, me emocionan. Pensar en las gentes que por ellos pasaban o pernoctaban, en los ambulantes de toda laya, salineros, trilleros, aceituneros, afiladores, buhoneros, y todos aquellos que pululaban por los caminos de polvo y barro, me retrotraen a un mundo y a una vida pasados que, todo hay que decirlo, tanto se parecen a nuestro actual y continuo trasiego por autopistas y hoteles. Sólo una cosa ha cambiado: mientras en la otra vida la gente se movía individualmente y por sobrevivir, entre la cochambre, ahora se hace en masas y por placer, entre el lujo y el sibaritismo. Aquí os dejo, pues, queridos amigos y seguidores de este Cajón de Sastre, esta delicia de letrero en un dintel del viejo Mesón de Manciles, de 1739, y no de 1139, como alguien podría pensar al ver un siete tan particular.