| Bisonte pintado a la entrada de una bodega. |
FOTOGRAFÍAS: Bisonte pintado en Villaquirán de la Puebla (septiembre de 2026)
A
estas alturas de nuestro quehacer en torno a las bodegas de Burgos creía que lo habíamos
visto todo. Pero no, todavía estos hipogeos del vino siguen deparándonos sorpresas.
Hoy, queridos amigos de este Cajón de Sastre, os hablo de un descubrimiento
insólito con el que nunca hubiera soñado. Luego os cuento. Primero me parece
pertinente haceros una nueva confesión, una más de las muchas que hasta ahora
os he hecho: un día ya lejano, alguien en este blog me preguntaba si me quedaba
por visitar alguno de los muchos pueblos de Burgos. Me quedé pensando en ello un
buen rato y en aquellos momentos no recordaba ninguno. Hoy ya puedo decir que
sí, que había varios que no había pisado nunca, uno de ellos Villaquirán de la
Puebla, el que tuve ocasión de conocer y visitar ayer siguiendo la estela de
las bodegas. Todo fue fortuito: nos dirigíamos a Tamarón, y al atravesar un páramo
vacío, decolorado y adusto y que parecía no tener fin, vimos una señal de
carretera que indicaba un desvío al pueblo con ese nombre. ¿De la Puebla? Yo solo conocía
el otro Villaquirán, el de los Infantes. Era tentador, al fin y al cabo,
también allí podía haber bodegas, como las hay en todos los pueblos del medio
oeste de Burgos. Tomamos el desvío, y al poco nos encontramos con un portillo
(¿o mejor sería decir cuesta?) que por supuesto tampoco conocíamos. Llegados a
la mitad del descenso, en un hondón de un territorio escondido, acertamos a ver
el pueblo recostado, como descansando de su milenio vivido. Se parecía a muchos
otros, a tantos…
Bodegas y merendero sobre bodega.
Era
sábado, final del verano, todavía se apreciaba alguna vida en Villaquirán. No
hubo necesidad de dar vueltas para encontrar las bodegas. A la entrada del
pueblo ya se veían algunas a un lado de la carretera. Eran antiguas, imaginamos construcciones
de la edad céltica, la mayoría parecían abandonadas. Pronto serán ruinas, pensamos,
y penamos. Junto a ellas alguien trabajaba levantando un merendero sobre bodega
con trazas de castillo. Uno más de los que llevamos vistos con esta forma (¿Qué
tendrán torres y castillos que tanto hemos interiorizado los burgaleses?); quizá
anide en nuestros genes el deseo escondido de querer ser condes.
Luego
de charlar sobre las bodegas de su pueblo, particularmente del costumbrismo que
emanaba de ellas, el constructor del neocastillo nos indicó los lugares donde
estaban repartidas por el pueblo. Y así, visitamos muchas desde fuera, no
todas. Bien se veía que no eran frecuentadas desde hacía tiempo, seguramente desde
que se perdió la costumbre de acudir a ellas al salir de misa los domingos, que
es lo mismo que decir desde que la despoblación marchitó los pueblos. Las puertas,
caladas con variedad de óculos de aireación, invitaban a mirar su interior (no
me atrevo a decir fisgar), aun sabiendo que lo único que encontraríamos sería oscuridad.
¿Lo único? Casi siempre es así, pero no en esta ocasión. En una de ellas, pintada de verde
lejano, calada con rejilla para aireación, arrimamos los ojos, y cuál no sería
nuestra sorpresa al ver, justo delante de nuestras narices y pese a la poca luz
que se filtraba por los barrotes, la figura de un bisonte pintado a carboncillo
con gran maestría. ¡Pero qué era aquello! ¿La magistral pintura se había escapado
de los murales de Altamira? ¿Se había perdido y encontró refugio en la oscuridad
de una nueva cueva? Lo dejo a vuestra imaginación, queridos amigos de este
Cajón de Sastre. Para nosotros siempre será El Bisonte de Villaquirán.
| Escondido detrás de los barrotes. |
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