Elías Rubio Marcos y su "CAJÓN DE SASTRE"

Recopilación de artículos publicados y otros de nueva creación. Blog iniciado en 2009.

lunes, 24 de septiembre de 2012

¿UNA LUZ DE CHIRIPA?, ¿ROMÁNICA O GÓTICA?



FOTOGRAFÍAS: Sol del poniente en San Juan de Ortega (Tomadas el 22  de septiembre de 2012). 

Días atrás, queridos amigos y seguidores de este Cajón de Sastre,  pude cumplir con otra de mis asignaturas pendientes, la contemplación del llamado “Milagro de la luz equinoccial en San Juan de Ortega”. ¡Ya iba siendo hora! Y tengo que deciros que, sin entrar a valorar si el tema merece la consideración de milagro o no, tras la visita me han surgido algunos interrogantes. El primero de ellos es que la ventana de la torre por donde se cuela dicha luz equinoccial me parece a mí que es ojival, es decir, gótica, es decir, posterior al tiempo románico, es decir, no contemporánea del célebre capitel en San Juan de Ortega.  Por lo que no parecería muy acertado atribuir a la magia y simbolismo del románico semejante coincidencia “milagrosa”. Bien es cierto, sin embargo, que se nota claramente una restauración reciente de dicha ventana.  ¿Y si fuera románica en su origen?, ¿hay datos de  que esto pudo ser así?  La cosa cambiaría y me encantaría que los hubiera. ¿Podría ser que el escultor románico que labró el famoso capitel supiera o imaginara que un siglo más tarde habría de entrar una luz equinocial para iluminar su obra? Muy dudoso, pero me encantaría también que fuera así. Qué le voy a hacer, esta vocación de incrédulo que me domina me lleva a mil y una interrogantes, o a poner en duda cualquier cosa. Y es que, necesito más luz. 

Por otro lado, me parece una exageración decir, (como he podido leer en algunos lugares de Internet) que es la tradición y sabiduría popular la que ha acuñado la expresión “Milagro de la luz equinoccial”, cuando antes de los años setenta del pasado siglo me parece recordar que ni se conocía ni se hablaba del tema. Luego el “invento” debe ser relativamente moderno, más debido a una operación de marketing que a otra cosa. Un invento que lleva camino de convertirse, con el paso de los años, en un fenómeno de masas, si no lo es ya. Digo masas porque así me pareció la multitud que se agolpaba en la iglesia para la citada contemplación. Una multitud, todo hay que decirlo, que en mi opinión debería ser más silenciosa para poder disfrutar todos con el recogimiento debido de esos cinco minutos mágicos.




viernes, 21 de septiembre de 2012

CAMINOS DE SANTA CASILDA (II) POR REINOSO, UN ITINERARIO DE LEYENDA


En Quintanavides confluyen
dos caminos de peregrinaje. 

Reinoso.
Peñas de los Huevos

Reinoso.
Peñas fantasmales, lugar para otear horizontes. 

Camino de Santa Casilda.

Quedaron grabadas en la roca
 las ruedas del carro en el que viajaba la santa..

FOTOGRAFÍAS: Camino de Santa Casilda (Tomadas en septiembre de 2012). 



Ya vimos en reciente entrada una de las rutas que desde la ciudad de Burgos llevaba o lleva a Santa Casilda. Hoy, queridos amigos y seguidores de este Cajón de Sastre, os traigo una nueva ruta por la cual se llega al santuario de la reconvertida mora. Se trata de un itinerario que fue muy seguido por devotos de los pueblos aledaños al Camino de Francia, un itinerario con evocaciones a la santa e indudable interés paisajístico. Parte de Quintanavides, lugar en cuyo callejero se puede ver una placa que señala la dirección a seguir. Y algo asombroso, junto a esta placa se ve también la concha de los peregrinos santiaguinos, lo que no deja de ser una curiosa coincidencia, pues sugiere que el paso de Quintanavides nació con vocación doblemente peregrina. Pero sigamos. Desde este soleado pueblo-camino se llega a Reinoso, tras haber pasado por Revillagodos, pueblo de notables resonancias y gran heráldica. En Reinoso se abandona el asfalto, es la hora del calzado peregrino. Se empieza a ganar altura, se enfila una amplia senda de tierra, hoy reconvertida para maquinaria agrícola. Al poco, aparecen las Peñas del Huevo, lugar mágico donde los haya, con testigos rocosos de figura fantasmal y aires dolménicos, donde alguien se entretuvo, un legendario  día, arrojando huevos contra ellas hasta erosionarlas. Observad, querido amigos de este baúl de recuerdos, que esta leyenda la encontramos también en muchos lugares de la geografía burgalesa y nacional, que peñas abiertas o  agujereadas a huevazos las encontramos en Peñahorada, en Huidobro, en Corro, por citar sólo algunos ejemplos. El poder de los huevos y de la fábula. Y sigue la senda por balcones de aire y despejado panorama; a la izquierda, los Montes Obarenes, difuminados por la bruma, en el lado opuesto, la Demanda serrando el cielo, y en medio, la Bureba del pan, tres hitos geográficos que marcan señorío en Burgos. Sigue el camino: no tarda en aparecer una vieja y borrosa tablilla con flecha indicadora y el nombre de la santa, es la dirección correcta, es jalón para los devotos que caminan a Buezo con su pierna y brazo de cera, con sus trenzas, con sus cuadros. Y pronto se llega al paso de la leyenda casildiana, lugar entre riscos calizos en cuya estrechura quedaron grabadas las ruedas del carromato en el que viajaba la santa cuando se dirigía a Buezo. Hoy estas huellas están borradas, pues el camino viejo, ya digo, se transformó en tiempo moderno. Observad también, amigos de lo insólito, que huellas de otros personajes famosos de nuestro pasado quedaron igualmente  grabadas en otros lugares burgaleses y nacionales, llámense Roldán, El Cid o el apóstol Santiago. Y aquí me paro, veo que el camino sigue y sigue entre trigales, jalonado por molinos eólicos, esos gigantes que nacieron como hongos de locura, hasta llegar al santuario, pronto se juntará con el que viene de Burgos por San Pedro de la Hoz, y con otro que viene de Quintanavides. Pero esa puede ser otra entrega. 



viernes, 14 de septiembre de 2012

LA FUENTE ANDINA DE SAN PEDRO DE ARLANZA

FOTOGRAFÍAS: Fuente procedente del monasterio de San Pedro de Arlanza en su actual emplazamiento del Paseo de la Isla, en la ciudad de Burgos. (Tomadas en septiembre de 2012).


En 1933 de San Pedro de Arlanza salió una fuente, y con ella se fue un pedazo de la historia de este monasterio. Bien es verdad que cuando fue arrancada del claustro grande debía llevar tiempo silenciosa, seguramente desde la Desamortización. Los caños del agua, poco a poco y desde entonces, se cegarían por falta de monjes fontaneros. Y ya muda, sin chorro cantarín y entre ruinas, alguien pensó que había que rescatarla y llevarla a la capital burgalesa. Pensado, dicho y hecho: la fuente fue trasladada e instalada en el Paseo de la Isla, lugar digno para tan bello y representativo ejemplar. Cuatro siglos nos contemplan cada vez que los burgaleses pasamos junto a ella y sentimos su rumor. No es poco, aunque haya sufrido una restauración reciente. Pero la fontana, además de su antigüedad, tiene una peculiaridad muy especial: en el remate-pináculo-floreado se ven cuatro caras con facciones andinas. Sorprendente. Ello ha dado motivo a que haya sido considerada siempre por los eruditos del arte como una fuente colonial. Y no está mal pensado, porque cómo explicar si no la huella andina. Desde luego, lo primero que nos viene a la mente es un maestro de cantería que, además de versado en construir magníficas fuentes, conocía bien los rasgos humanos del Nuevo Mundo, bien porque cruzó el Gran Mar, bien porque tuvo como modelo algún esclavo de Indias traído a Burgos en alguno de los muchos viajes de la Conquista. Cabría también la posibilidad de que fuera hecha por un maestro autóctono que se orientó con dibujos realizados por alguien que estuvo allí.  Imaginemos. Esta podría ser, queridos amigos de este Cajón de Sastre, parte de la trama de una novela histórica





 Escrito que dio pie el traslado de la fuente (1)

“Teniendo conocimiento esta Alcaldía de que en el histórico Monasterio de San Pedro de Arlanza, hoy en ruinas, existe una bella fuente  de mármol del siglo XVII, de estilo incaica, según opinión de los técnicos, situada en el centro del severo y sombrío claustro de la gran Abadía de Fernán González, que por desgracia va desmoronándose, sobre todo desde el incendio ocurrido en 1894, con lo que muy pronto quedará reducido a un montón de piedras en desorden, de lo que no se salvará la artística fuente expuesta hoy día a ser destruida o a desaparecer por el abandono  en que se encuentra, considera oportuno el que suscribe que con el fin de evitar su completa desaparición, (actualmente se encuentra sin el pilón que la rodeaba) se acuerda solicitar, previo informe del Sr. Delegado de Bellas Artes, del Ilmo. Sr. Director General del ramo, con quien se han cambiado impresiones sobre el particular, la cesión de dicha fuente a favor del Excmo. Ayuntamiento, comprometiéndose la corporación a su traslado e instalación en el Paseo de  la Isla, acrecentando de esta forma la belleza natural del mismo y completando la instalación de monumentos de arte que de otra forma desaparecerían o pasarían desapercibidos para el viajero, logrando al mismo tiempo con este sistema fomentar el turismo y que no pocos visitantes cautivados por las riquezas artísticas de Burgos, prolonguen su estancia en esta Ciudad, con objeto de gozar mejor de sus bellezas y de admirar con mayor detenimiento sus museos, iglesias, edificios públicos y monumentos; yodos los cuales no pueden ser visitados como lo merecen en un breve paseo por la población.

V.E.
NO obstante resolverá como siempre lo que estime más acertado.
Burgos 14 de agosto de 1933”. 
(Firmado: Manuel Santamaría, alcalde accidental)  


(1): Publicado en mi libro "Arquitectura del agua. Fuentes de la provincia de Burgos (1994).


sábado, 8 de septiembre de 2012

CAMINOS DE SANTA CASILDA


San Pedro de la Hoz.
A la  izquierda de la imagen puede verse
el llamado Camino de Santa Casilda. 

Cerro Blanco y Camino de Santa Casilda.

FOTOGRAFÍAS:San Pedro de la Hoz y Cerro Blanco (Tomadas en septiembre de 2012).    

Exvotos: Fotografías de Pedro Plana (tomadas en 2008). 

  

Caminos de Santiago, de El Cid, y otros famosos, son itinerarios para viajar en busca de algo o para recordar algo. Y digo yo que, puestos a utilizar o explotar viejos caminos con historia, también los que llevaban al Santuario de Santa Casilda, allá en los peñascos de Buezo, podrían ser igualmente resucitados y marcados en las guías como un valor turístico, hoy que tantas esperanzas depositamos en el turismo cultural. Desde todos los puntos cardinales de la geografía burgalesa se acudía en otro tiempo al lugar de la santa y princesa  mora para implorar su intercesión en la cura de enfermedades, fundamentalmente para el mal del flujo de sangre. También peregrinaban a su santuario mujeres con la ilusión de alcanzar una fertilidad que su naturaleza les negaba, depositando su confianza en la santa y en los lagos de San Vicente, situados bajo el gran risco y supuestamente con capacidades fecundadoras. Desde lo más alto, las mujeres arrojaban (¿arrojan?) piedras al Pozo Blanco pidiendo el favor, guijarros para pedir niño y tejas para pedir niña, prodigio a la carta. Eran tiempos en los que a falta de medicina, o cuando fallaba la medicina, nuestras madres y abuelas depositaban sus anhelos en el santoral. Tiempos mágicos en los que los caminos, hacia uno u otro santuario de toda la geografía patria, se poblaban (se pueblan) de esperanzados peregrinos.  

En reciente entrada, al hablar de las campanas de San Pedro de la Hoz, mencionábamos a una rica mujer que se perdió en el monte cuando se dirigía a Santa Casilda, y de cómo llegó a salvarse  al escuchar el tañido lejano de la iglesia de este pueblo. Ella pudo ser una de las muchas personas que desde Burgos caminaban con fe al eremitorio de la santa, en un primer viaje para implorar una curación milagrosa, y en un segundo viaje, para depositar su exvoto agradecido por el favor recibido. Hoy todavía, los vecinos de más edad de los pueblos de la ruta recuerdan ese trasiego de gente devota.

El itinerario desde la capital burgalesa debía pasar rozando las poblaciones de Hurones, Las Mijaradas, Riocerezo y Temiño; a partir de aquí, rozaría también Caborredondo, seguiría monte a través  por encima de Galbarros y de San Pedro de la Hoz; luego, por las descarnadas alturas de Cerro Blanco llegarían a encontrase con el camino que desde Quintanavides se dirige igualmente a Santa Casilda. Los caminos hacia este santuario parecen de historia más humilde que los citados al principio, pero son también caminos con encanto que merecen ser recordados y recorridos para conocer mejor cómo fuimos.



Santa Casilda en un retablo de la iglesia de Carrias.



EXVOTOS DE SANTA CASILDA

Las supuestas curaciones debieron ser muchas en Santa Casilda, a juzgar por el gran número de exvotos que se ofrecieron en el santuario. Piernas y brazos de cera, coletas y otros recuerdos de las gracias recibidas, hace algunos años que desaparecieron de la iglesia, al igual que de casi todas las ermitas de la provincia, pero se conservan y se exhiben algunas muestras pictóricas de gran interés. En realidad, la colección de conmovedores exvotos pictóricos que hoy podemos admirar en Santa Casilda, en edificio anexo, por su cantidad y calidad constituyen una muestra de religiosidad popular única en Burgos. Una auténtica delicia, he aquí algunos. 






MILAGROS ATRIBUIDOS A LA SANTA

Como ejemplo de los muchos milagros atribuidos a Santa Casilda me ha parecido curioso, por ser quien es el curado, recoger el siguiente:

"XIII. La Emperatriz Doña Isabel, muger de Carlos V. se vio en riesgo de la vida por esceso de sangre. Dieronla noticia de Sta. Casilda, y encomendándose a ella, sanó repentinamente: por lo que la envió su trage de oro, con quinientos ducados para las hechuras de un ornamento, de que mandó cuidase el Condestable". (Enrique Flórez España Sagrada, Tomo XXVII). 

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domingo, 2 de septiembre de 2012

LA INSCRIPCIÓN ESCONDIDA, 1654



FOTOGRAFÍA: En un lugar de Burgos (Tomada en 2010).  


En un lugar de la ciudad Burgos, cuyo nombre no quiero citar (de momento), oculta entre ruinas y una inmensidad de zarzas, se halla una inscripción de mediados del siglo XVII. El olvido secular y la indiferencia por el sitio, histórico, han hecho que los tres robustos sillares que la albergan hayan permanecido hasta nuestros días sin apenas daños de consideración. Tres siglos largos separan el mensaje de nuestros días, 358 años desde que un buen cantero labró en un buen edificio una leyenda para la historia de Burgos. Las viejas y enterradas epigrafías vienen a ser como las botellas con mensaje de los náufragos  en isla desierta. Alguien, un día, las desentierra o recoge y se sorprende al leer, pero ya es demasiado tarde, el tiempo pasado es mucho, y la mayoría de las veces los hechos escritos ya no interesan a los destinatarios, sólo a profanadores, arqueólogos e historiadores (en cierta manera, todo viene a ser lo mismo). Dejándome llevar por la lógica actual, diría que la inscripción, oculta y callada, espera ser rescatada del olvido, llevada a un lugar donde nadie pueda hacerle daño o restaurado el edificio donde se aloja. Tal vez así lo agradecieran Francisca de Quintanadueñas y Miguel de la Moneda, protagonistas de esta historia, pero, bien mirado, quizá en su arcano escondite se conserve mejor el recuerdo




martes, 28 de agosto de 2012

RIOSECO, LA PERLA DE LAS MERINDADES, SE RECUPERA








FOTOGRAFÍAS: Ruinas del convento de Rioseco, del valle de Manzanedo, antes y después.  (Tomadas en 2009 y 2012)

Cuando ya nadie dábamos un duro por la recuperación de las ruinas del convento de Rioseco, del valle de Manzanedo, he aquí que el milagro se está produciendo. Pero no porque alguna institución provincial, regional o nacional se haya interesado por su salvación, sino por la intervención de voluntarios que, durante los dos últimos años, han aportado su trabajo con el único interés de salvar un rico patrimonio histórico y artístico que se perdía. Soy de la opinión de que cada uno debemos asumir las responsabilidades que nos corresponden, pero cuando esto no sucede por parte de las instituciones, resulta ejemplar que haya personas que, de manera altruista y con enorme esfuerzo, se empeñan en tareas de servicio a la generalidad. Lo que está sucediendo en las ruinas de Rioseco puede valer para poner de manifiesto lo que se puede lograr cuando se aúnan voluntades para conseguir fines tan loables sin dejarse abatir por la dejadez de los gobernantes. Pero todavía es tiempo de la colaboración, queda mucho por recomponer en Rioseco y es prioritario salvar esta joya de las Merindades. Hoy, me complace incluir aquí, en la sección de “los mejores”, a todos los voluntarios que han aportado su trabajo para salvar la historia y el arte del monasterio cisterciense. 

Os dejo aquí, queridos amigos y seguidores de este Cajón de Sastre, algunas imágenes para que comparéis el antes y el después de la intervención del voluntariado. 

lunes, 20 de agosto de 2012

PARA CIELOS ENFURECIDOS, EL ARTE DEL CONJURO


FOTOGRAFÍA: Peñahorada, verano 2008.


El arte de los cielos enfurecidos y el arte de las palabras mágicas, terrible combate entre dos artes-fuerza. 

CONJURO

Tente nublo,
tente tú,
que Dios puede más que tú.
Si eres agua, ven acá,
si  eres piedra, vete allá,
vete allá.


CONJURADERO

Me preparo para lo inevitable, Aire, tú ahora descansas, te adormeces en una extraña calma y no mueves ni una hoja del arce donde te ocultas. Yo, en cambio,  trabajo, tapizo de grises y negros mi nube, me multiplico y avanzo, formo temible nublo y cargo mi vejiga. Pero ya no podré aguantar mucho más, creo que lo que empezó siendo minúsculo y suave como rocío sanjuanero se está transformando en piedra. Estoy pesada, pronto tendré que soltar. Esos de ahí abajo quieren hacerme daño, unos encendiendo la vela a Santa Bárbara y poniendo hachas de punta y otros arrojándome guijarros bendecidos. Ilusos, a ninguno de ellos temo, porque uno a uno su poder es cobarde; más me preocupan la campana y el conjurador, al que por cierto ya veo preparándose para sus exorcismos; no falta mucho para que suba al balcón conjuradero con su asperges y su libro mágico. Lucirá su gorro de cuatro picos y reunirá a todo el pueblo en el atrio de la iglesia... temo por la fuerza de la masa. Me dirá cosas horribles en latín que no sé si podré esquivar. Pero me defenderé, y mi fuerza hará que su sombrero levite, le haré sudar. Para ti también tendrá algún regalo envenenado, Aire, para tus cuatro direcciones, cuídate mucho, que ya atruenan las campanas del tentenublo.  Aquí va mi réplica. 

De  Ecos de la lluvia y el aire.

sábado, 11 de agosto de 2012

MEMORIAS TURCAS

MOMENTOS, RECUERDOS, SENSACIONES

 (A mis compañeras de viaje)

MOMENTO PRIMERO

Carrera en Estambul

Aeropuerto de Atatürk. Media noche en Estambul, noche cerrada. Los  aeropuertos de las ciudades grandes son parecidos, todos tienen un pasillo transportador que llevan a una salida de cristal donde se agolpan los taxis, en el caso turco, amarillo-anaranjados. El taxista, el primero que nos sale al paso, tiene cara de bonachón, y bigote, como casi todos los turcos que veremos,  (alguien nos dijo a orillas del Mármara que lo llevan para gustar a las mujeres ?). Le enseñamos un papel con la dirección escrita a la que nos tiene que llevar. ¿Üsküdar? ¿Kuzguncuk? Titubea y asiente extrañado. ¿Cuánto?: 50 liras. Ok. Arrancamos y el buen hombre, que por su aspecto nos parece que debería estar ya jubilado, arranca como una exhalación. Rueda a una velocidad que nos parece endiablada, casi suicida; que sea lo que Alá-Dios quiera, será nuestro destino. En la marcha vemos desfilar millones de luces, una altas, otras más bajas, en altos, en hondonadas, algunas brillan en la negrura del agua, imaginamos que del Mármara, o del Bósforo, aún no estamos situados. 

Cruzamos el puente y nos encontramos en Asia.

De pronto, aparece un gran puente coronado por luces diminutas y azules. Lo atravesamos y nos encontramos en Asia. ¡Asia!, qué nombre tan especial y bello, parece salido de un harén de azulejos y arabescos perfumados. Ayer estábamos en Madrid, comiendo en el Paseo de las Acacias, hoy llegamos a Üsküdar, tan desconocido: ¡qué diría Marco Polo! Es muy tarde, la vida parece apagada en este ¿distrito-barrio? turco-asiático, a miles de kilómetros del salón de nuestra casa, junto al Bósforo. El taxista se detiene, lee de nuevo la dirección, está extrañado de que alguien busque hotel en Kuzguncuk, un barrio de Üsküdar y un lugar de Estambul al que quizá nadie hasta ese día le había pedido que le llevara. Aquí debe ser... pero no está seguro... detiene el coche, mira el mapa callejero, duda, pregunta a otros taxistas que hacen guardia nocturna: “es esta calle de al lado”, señala uno. La calle es más bien estrecha, con algún coche subido en las aceras, con casas tirando a bajas, algunas de tipo otomano, con mucha madera en las fachadas; a estas horas de silencio y luz ambarina parece misteriosa. Con nuestras voces, los gatos durmientes, en su refugio de la noche debajo de los coches, erizan las orejas, y algunos perros ladran no muy lejanos. Comprobamos el número: es aquí, sí, esta es la casa. El taxista, cada vez más perplejo. Llamamos al timbre con las maletas a nuestros pies, en la calle. ¿Qué hacemos nosotros, aventurera pero sencilla familia burgalesa, a tan avanzada hora de la noche en este lugar tan remoto que Alá bien guarde? Tardan un poco en contestar, alguien ha abierto una ventana de la casa y ha dicho alguna palabra en español. A pesar de haber cobrado su carrera, el buen taxista sigue todavía ahí, se siente protector y piensa que aún estamos a tiempo, que debemos habernos equivocado, que eso no parecía  un hotel multiestrellado hacia los que normalmente se dirige en sus carreras para turistas, quizá... “¿The hause is friend?”, chapurrea. Yes, yes, Thank you, reímos agradecidos. Ensoñaciones. De noche todos los gatos son pardos.


Navegando por el Bósforo, bajo el gran puente.

MOMENTO SEGUNDO

Desayuno en Kuzguncuk

      Esta noche, entre sueños, he creído oír voces que llegaban de la calle; al mismo tiempo, he sentido ladridos de perros alborotados que parecían salidos de todo Estambul y se agregaban para formar coro y concierto. En la niebla del duermevela he creído, creo que con muy buen criterio para ser un sueño, que era el muecín en su turno quien provocaba la algarabía canina, y no me equivocaba, mi compañera me ha visto sonreír en mi sueño y me lo cuenta al despertar. Desde la ventana de la habitación he visto, ya bien amanecido, la calle que anoche nos pareció tan extraña. Nada anormal, la luz radiante que la ilumina le da un cariz totalmente amable. Al final estrecho de la calle, por una banda vertical azul turquesa, he visto desplazarse desde mi ventana, muy lentamente, una gran mole. ¡Pero qué...! Me he restregado los ojos: ah, es un buque gigante navegando por el Bósforo. Hay deseos en el equipo de salir cuanto antes a la calle, nos colocamos los ojos de escudriñar hasta el más mínimo detalle y salimos más contentos que unas castañuelas serranas de la sierra. Estambul nos espera, con todos los ingredientes de una ciudad histórica como ninguna y una geografía privilegiada también como pocas. Procede desayunar. En una calle paralela a la nuestra vemos en las aceras, a las puertas de pequeños establecimientos, algunos turcos sentados, con su bigotes y sus característicos gorritos, charlan al tiempo que toman su té en vasitos de cristal acampanados. Hay también en las aceras, junto a pequeños comercios de delicias turcas, algunas mesas pequeñas, con bancos muy bajitos para los parsimoniosos tomadores de té. No es un mal sitio para hacerlo nosotros, estamos en un barrio genuinamente turco-estambulino, y además en continente asiático, y decidimos que allí nos quedamos, que desayunar en Asia no se hace todos los días, menos si eres burgalés. La mañana es sumamente apacible, azul y nítida, con unos 20 grados, y el ambiente es de barrio-barrio, acogedor, exótico para nuestros ojos castellanos. 

Ya vemos el Bósforo, y los grandes barcos de recreo navegando de orilla a orilla, arriba y abajo y sin tregua,  pronto veremos un paisaje repleto de mezquitas. Pero esa podría ser otra historia, nuestro destino  y sueño es Capadocia. 



lunes, 6 de agosto de 2012

MEMORIAS TURCAS (Continuación)

MOMENTO EN CAVUSIN

FOTOGRAFÍAS: Cavusín (Tomadas en mayo de 2010).

Habíamos dejado el Valle Rosa, cabalgábamos sobre lomos de un elefante volcánico cuando comenzó a llover. Apretamos el paso, allí mismo, raramente, no había nada para cobijarse: había que bajar al valle de nuevo, seguir y seguir, Göreme quedaba lejano, aún no era muy tarde y nos guarecimos en una oquedad eremítica. ¡Qué calma y que sosiego irradiaba el lugar! Los conos de piedra, titanes guardianes de otro planeta, estaban otra vez delante de nosotros, nuestra sed de aventura seguía intacta y continuamos por un camino hacia el norte (¿norte?) creyendo que acabaríamos en Cavusín. Apenas habíamos recorrido mil metros y apareció este pueblo de los sueños, un lugar cuya imagen de otro mundo tardaremos siglos en olvidar.



A la entrada de Cavusín lo primero que vemos es su cementerio, musulmán, por supuesto. Cientos de lápidas desparramadas, grabadas con esos preciosistas lazos que más que letras parecen demostraciones artísticas del mejor modernismo; unas de pie, otras tumbadas, todas las tumbas holgadas en un campo verde en ladera. Más adelante, surge del pueblo un altivo minarete; de frente, una gran peña, agujereada hasta el infinito, nos recibe como una aparición. ¿Es acaso proa del barco del holandés errante hecha piedra? ¡Fantasmagoría!, ¡vade retro, calavera terrible, ojos de cuencas vacías! Imbuidos de un estado de ansiedad, alguien desconocido se dirige a nosotros en español. Es un turco que atiende un humilde comercio de recuerdos para turistas; tiene su novia en Vallecas y mañana mismo se va a Madrid, ¡la pequeñez del mundo global!




Primero fueron los eremitas bizantinos quienes taladraron y habitaron en la proa rocosa, luego, en tiempo otomano, se siguió perforando y haciendo viviendas trogloditas, más tarde, en la gran nave se construyeron casas, donde habitaron los cavusinenses hasta tiempo no lejano.  El turco que nos habla en castellano nos dice que en algún determinado momento el gobierno dio orden para que estas viviendas fueran desalojadas por el peligro que corrían de venirse todas abajo, posiblemente algún terremoto afectó a todo el conjunto. La emigración haría el resto, y así nació un pueblo nuevo. Hoy el caserío viejo de Cavusín se encuentra en deplorable abandono, pudiendo los visitantes curiosos fisgonear entre las casas abandonadas y aprender, si así lo desean, de la arquitectura doméstica otomana y rural. Novedosa arquitectura para nosotros, extraños habitantes de la estepa burgalesa. Las casas no son solo cuevas, también las hay del tipo híbrido, es decir mitad bajo roca mitad en superficie. Realizadas con piedra sillar volcánica (no hay otra), pese a su sencillez, sus fachadas lucen preciosos arcos, recercados y otros y adornos. En fin, una maravilla de arquitectura tradicional que puede no tardando mucho convertirse en recuerdo.  



domingo, 5 de agosto de 2012

MEMORIAS TURCAS (Continuación)


MOMENTO EN EL VALLE ROSA 
A mis compañeras de viaje

FOTOGRAFÍAS: Valle Rosa, entre Göreme y Cavusín, Capadocia (Mayo, 2010).  

Quisiera que lo que sigue lograra trasmitir los sentimientos que cada uno de nosotros experimentamos en la travesía del llamado Valle Rosa, entre el Museo de Göreme y Cavusín. ¿Recordáis? Sé que no me equivoco al decir que los míos fueron igual a los vuestros; nos conocemos muy bien y sabemos lo que pasa por nuestras cabezas en cada momento, en cada lugar y en cada situación. Creo, igualmente, que no me equivocaré al  decir que estos mismos sentimientos se repitieron en otros lugares mágicos que tuvimos la fortuna de visitar. Momentos y lugares que ya veremos si me sentiré con fuerzas, capacidad y ganas para describirlos, con permiso de la memoria, pues los días pasan y de ella va desapareciendo la frescura de lo vivido. Se puede pensar: no es posible, este momento tan intenso nunca se podrá olvidar. Sin embargo, la memoria es traidora y despiadada, es esa cosa que, a medida que el tiempo pasa, se convierte en pelusa de chopo burgalés, tan difícil de atrapar, tan escurridiza. Ahora, casi un mes después, todavía recuerdo cómo aquel luminoso y caluroso día, quinto de nuestro viaje, salimos de Göreme a primeras horas de la mañana. Atravesamos el pueblo lleno de establecimientos hoteleros, y con un sol de justicia llegamos al circo del Museo. Dejamos atrás el hormiguero de turistas, los autobuses recién vaciados, el negocio de las visitas, y comenzamos a subir un pequeño portillo que se nos hizo duro por el sofocante calor. 

Poco antes de coronar el alto, en un lado de la carretera, creímos adivinar un almacén undregraund de limones. ¿Serían limones? Sí, más tarde lo supimos. Un poco más allá se anunciaba un camping, y un cartel a la derecha nos indicaba una kilisse cercana: Aynali, se llama.  Se encuentra fuera del circuito de Museo, al otro lado, arriba del circo, aislada, solitaria, descontextualizada, en un pequeño vallejo con huertos y arbolado, excavada en un paredón de roca volcánica (como todas). 




Desde la distancia vemos un frente decorado con arcos de herradura rebajados en la roca, semiocultos por ramas de los árboles frutales. Hay un coche debajo de la kilise, hay vida allí. Subimos un talud y, ¡Oh cielos!, otra aparición, otra iglesia rupestre más, otra maravilla más. Para entonces ya habíamos visto unas cuantas, pero cada una es distinta, con su historia y secretos sin resolver; en cierta manera, nos sentíamos exploradores; viajar solos aureolaba cada rincón que visitábamos en este indescriptible paraje de Capadocia, paisaje lleno de historia y sorpresas que ya nos ha absorbido para siempre.




          A la entrada de la iglesia subterránea, un guía nos ofrece un par de linternas y nos acompaña por todos los recovecos del cenobio, digo bien, cenobio, porque aquello, más que un simple habitáculo de eremita solitario, debió ser un monasterio troglodita en toda regla en el que pudieron hacer penitencia más de una docena de monjes de la oscuridad. Agujeros por doquier, hornacinas aquí y allá, pasajes angostos y secretos que llevaban a espaciosas salas, una parecía el refectorio, otras tenían salida al exterior; vimos también una piedra circular que, en momentos de peligro, o simplemente al anochecer, servía como cerramiento para protegerse de alimañas de dos y cuatro patas. ¿Y aquellas excavaciones en el suelo con forma de sartenes o palmatorias, que tanto llamaban  mí la atención y que tantas veces vimos en otros eremitorios excavados? Eran los fogones u hogares para hacer la lumbre y la comida, nos explicó con dificultad el anfitrión de la cueva, lo mismo que nos dijo también un experto otro día.




Desde una terraza con frutales, mirador hacia las formaciones rocosas que le dan nombre, nos asomamos a la hondura y vemos una senda que desciende hacia ella. Sin duda es el Valle Rosa que buscamos. En el fondo, entre grandes paredones, hay pequeños huertos y frutales donde solitarios huertanos trabajan la tierra denudada de los volcanes: nos llama la atención la indumentaria musulmana femenina, de gran colorido. Una mujer, con  espinazo doblado y azuela recta, cava en la mineralizada y blanca tierra. Más mujeres inclinadas en los huertos vimos después, en otros lugares, que pareciera que la mujer es en el campo turco-capadocio lo que el hombre en el agro español, dominador del espacio. Un pequeño arroyo, o mejor, un hilillo de agua, nos acompaña a lo largo de nuestra marcha por el desfiladero, también el canto de los ruiseñores y otros pájaros que pueblan la arboleda de los fondos, entre enormes paredones agujereados con escodas y otras herramientas. Bien mirado, este idílico valle podía haberse llamado también el Valle de los Palomares. 




Cierto es que cuando pasamos por este increíble lugar no sabíamos a ciencia cierta qué eran y para qué servían o sirvieron tantísimos agujeros, a tan increíble altura: ¿eran o fueron viviendas trogloditas? ¿eremitorios? ¿palomares? ¿cómo se accedía a su interior? Imaginábamos un impresionante dédalo ascendente en la vaciada roca, pisos y más pisos, galerías superpuestas, escaleras por doquier. ¿Por qué la mayoría de los agujeros colgados tenían pinturas a la entrada, ¿los pintaron los eremitas? ¿eran símbolos de los antiguos cristianos? Por qué, por qué, por qué... Las preguntas nos acompañaron en todo el recorrido del valle rosado, antes de que supiéramos que los laberintos subterráneos excavados eran o fueron palomares. Todo ello, los enigmas y misterios particulares que no somos capaces de resolver por nosotros mismos, es lo que da carácter al viaje y a lo desconocido, lo que te hace vivir los momentos con mayor intensidad.



Algunos túneles cortos, no sé si excavados artificialmente o producto de la erosión natural del arroyuelo, nos sirve para refrescarnos con su sombra. Salan malecún, saludamos defectuosamente a un anciano huertano, aleikun salam, contesta sin más; estos hortelanos de los fondos no se sorprenden de vernos, debe estar acostumbrada al paso de ocasionales turistas como nosotros. Avanzamos, y a menudo nos detenemos, bien para disfrutar con el coro de los ruiseñores, bien para admirar  los ventanales pintados que se abren en las alturas de la roca ¡Si pudiéramos acceder a las tripas de la roca vacía!




Hacia la mitad del desfiladero, ¡gran sorpresa!: ¡un chiringuituk acoplado a la pared rocosa!, en un espacioso y sombreado abrigo; tiene un mostrador rústico de tablas y un montón de cojines y otros mullidos para la gente cansada que quiere ponerse cómodo a la sombra mientras toma su té (costumbre turca, debe ser). Al frente del rústico establecimiento se encuentra un joven silencioso que, ejerciendo de eremita hostelero, lee y ve pasar el tiempo en soledad, en esta época del año en la que los viajeros andarines escasean. No es que haga mucho calor, pero lo suficiente para descansar a la sombra y tomar un refresco; el sitio tiene algo de irreal, de mágico y que nos llena de sensaciones extrañas; es posible que hoy no pase nadie por este exótico puesto, mitad cueva, mitad superficie, y que el camarero pase todo el día en este paraje de palomares colgados sin vender ni un solo refresco, excepto los nuestros. 




 Pronto el valle se abre y aparecen los típicos conos, testigos rocosos capadocios, aquí y allá, algunos vaciados para cobijar interesantísimas iglesias de ermitaños. ¿Dónde seguir? ¿A la izquierda, que va a Goreme?, ¿hacia el centro, que no sabemos dónde conduce? Es todavía temprano, hay tiempo para continuar explorando. Tomamos un camino a la derecha, entre roca blanca almidonada, erosionada casi hasta límite de polvo; aparecen nuevos colores en las rocas, variedades de azufre y otras lindezas minerales que solo pudieron salir de las entrañas endemoniadas de los volcanes. Blanco, amarillo, rosa, verde... colores que animan la desolación producida por cataclismos tectónicos no tan lejanos, terremotos que arruinaron decenas de iglesias rupestres en toda Capadocia, iglesias oscuras construidas con el mimo de la paciencia, golpe a golpe sobre la piedra. Y así, llegado a un punto de este camino encajonado, vemos sobre nuestras cabezas los restos de una de estas iglesias. Parece importante, pero olvidada, no está señalada y pudiera ser que nadie le haga el aprecio que se merece. Subimos para apreciarla y valorarla. Es hora de comer, el azul del cielo se ha tornado espeso, grisáceo entre cinc y plomo, quizá pronto llueva. Un higo, dos  galletas y agua, poco agua, es toda nuestra comida. Por casualidad, comeremos tan frugalmente como debieron hacerlo los eremitas que habitaron el santuario en el que nos encontrábamos. El sitio es..., es... cómo lo diría yo.... es..., no sé..., es... bueno, lo dejamos simplemente en fantástico y vemos las imágenes capturadas.




  Bloques en equilibrio aquí y allá, restos de iglesias rotas, arcos caídos e invertidos, escondidos... Abajo, en el fondo, por donde discurre el camino verde, hay algún viñedo salteado, arriba, el monte desbaratado pero lleno de color y de formas. Nos llegan algunas voces apagadas de gente perdida, de algún turista solitario como nosotros, pensamos. Las voces desaparecen, vuelve el silencio absoluto, vemos ascender a alguien por un camino entre bloques, seguimos sus pasos, seguro que nos lleva hasta la kilisse que anuncia el letrero ¿cómo se llama? Lo he olvidado, pero no es importante el nombre.




 Al llegar arriba, siguiendo los pasos del hombre que trepaba y cuando ya creíamos agotada nuestra capacidad de sorpresa, estúpidas interjecciones de asombro salen de nuestro más profundo y sincero interior. Aparece la kilisse delante de nuestros ojos: un paredón rojo labrado con maravillosos arcos nos deja anonadados, es imposible tanta belleza, jamás sentí tanta admiración por algo construido. Siento que voy a desfallecer por tantas emociones juntas. Nuestro estado catatónico se disipa en cuanto vemos al hombre guía que nos ha precedido y que, a la entrada de un hipogeo puesto de venta, aguarda la ocasión para enseñar a algún despistado las excelencias de “su” iglesia. Nos recibe con gran simpatía, habla algo de inglés, y mal que bien, nos entendemos. Visitamos el templo troglodita, que contiene extraordinarias pinturas merecedoras de figurar en los mejores museos del mundo; su pantocrátor es auténtica representación de lo Divino.



 Luego de la visita, nos dirigimos a la cantina-tienda excavada. Allí, acompañados por otro hombre turco, que ha aparecido de entre los bloques del arte, entablamos una tertulia muy animada y fluida en inglés. Sentados en el confortable interior del establecimiento eremítico, en oportunos cojines para no sentir el fríos de la roca, tomamos zumo de naranja y libamos té, tal que turcos consumados. El momento es de los que se guardan para siempre en el lugar de la memoria. Y así, el guía va disipando algunas de las dudas que nos viene persiguiendo en nuestro periplo capadocio. Una de las que más ansiábamos desentrañar era la de los palomares, y sobre todo: ¿por qué los agujeros estaban rodeados de pinturas? Pues sencillamente, o complicadamente: porque las palomas acertaban a entrar en su palomar viendo los dibujos pintados (¿serán capaces las palomas de distinguir distintas pinturas y distintos colores?). El simpático turco nos explicó también que la cueva donde nos encontrábamos fue un palomar de su padre, o de su abuelo, que ya no recuerdo bien, y que él mismo les acompañó en las operaciones; que el guano de las palomas era aprovechado como abono para las huertas, y que éste se recogía una vez era arrojado al exterior desde los ventanucos abiertos en la rocas, lo que explica el por qué de tantísimas perforaciones. Por eso, el viajero despistado tendrá que ir con sumo cuidado de no confundir las cuevas palomares con las que son propias de los eremitorios e iglesias rupestres. Pronto llegaremos a Cavusín.