Elías Rubio Marcos y su "CAJÓN DE SASTRE"

Recopilación de artículos publicados y otros de nueva creación. Blog iniciado en 2009.

domingo, 9 de agosto de 2020

PEÑAHORADA CON VUESTRO PERMISO, QUERIDOS PEÑATOS

En estas noches de canícula, contemplando las estrellas en el mismo lugar de todos los veranos, bajo el mismo coro de grillos de todos los años, uno siente la tentación de pensar que son las estrellas las que cantan y los grillos los que brillan. Las dos magias se confunden y se me antojan posibles en este pedazo de cielo que me tocó en suerte, en buena suerte.

Poco antes de que salieran las estrellas de sus escondrijos y antes también de que los grillos se aunaran en coral, un amigo peñato me había pedido una fotografía, una de tantos cientos como guardo de mi elegido y querido lugar en el mundo, de mi pueblo adoptivo. Y aquí, queridos amigos, en ese embrujo de la noche, se desató tal tempestad de recuerdos que no he podido resistirme a reproducir el introito-confesión que un lejano día escribí en un pequeño libro para dar salida a aquello que necesitaba salir.


Dentro del desfiladero existió un agujero en la roca, una ventana  natural que fue la que dio nombre a Peñahorada. Desapareció en los años veinte del pasado siglo al hacerse una trinchera para el ferrocarril Santander-Mediterráneo, hoy también desaparecido.





 PEÑAHORADA CON VUESTRO PERMISO, QUERIDOS PEÑATOS


"Un agujero en la roca, desaparecido por culpa de las vías de un tren que también han desaparecido. Un desfiladero entre calizas que costó millones de años en horadar, callejón de sombras con riachuelo y un viejo camino que lo atraviesa. Un menhir prehistórico, de roca madre engendradora de hermanas de piedra y leyenda. Dos manantiales, uno de salud y otro de vida. Mézclese todo y se obtendrá la razón de ser de Peñahorada. Todo lo demás son voces del cielo y la tierra, susurro de pasos perdidos, de recuerdos. 


Dicho lo anterior, permitidme, queridos vecinos de Peñahorada, los que ya fallecisteis y os llevasteis vivencias y recuerdos imposibles de recuperar, los que os marchasteis a la ciudad porque creísteis que en ella seríais más felices, y los que de manera heroica aún permanecéis en el pueblo, saboreando el cielo que os vio nacer, llorando las puertas cerradas, permitidme, digo, que os tutee.  Dejadme también tener la osadía de hilvanar algunos retazos de la historia de vuestro pueblo, que es también el mío, el de mi esposa y el de mis hijas, aunque sólo lo sea como consecuencia de una larga y cálida adopción.
Antes de ahondar en esa historia, sin embargo, os pido lugar para una confesión. Seguramente, muchos de vosotros, sabios del sol y la luna, los que un día me acompañasteis en el huerto y en los paseos campestres, y los que aún lo hacéis, los que compartisteis conmigo indescriptibles, felices reboradas al alcance de la mano, allá por donde asoman las tierras de Ubierna, los que escuchasteis conmigo el silbato del tren cuando se acercaba a La Peñuela, seguramente, digo, os habréis preguntado alguna vez el porqué de mi llegada a vuestro pueblo hace ya cuatro décadas. Cuál o cuáles fueron los motivos que nos llevaron a mí y a mi familia a recalar en vuestra aldea entre montañas y a convertirnos en peñatos. Os cuento. 
Siendo yo niño, lo cual viene a coincidir con una Era de necesidades, eran muchas las distracciones que los chicos de Burgos teníamos, y todas en la calle, porque entonces no existía la locura colectiva de los autos, y además había muchos espacios libres de casas, que es como decir mucho campo. Una de las distracciones era la de alquilar bicicletas por un determinado tiempo, generalmente una o dos horas, en talleres que en distintos puntos de la capital había al efecto. Ahora me viene a la memoria uno de estos establecimientos bicicleteros, el que había a mediados de los cincuenta junto al Banco de España, lo que ahora es la Subdelegación del Gobierno, y que es al que yo solía acudir para mis alquileres. Las bicis... ¡vaya bicis!, todas de deshecho, la mayoría sin frenos, sin guardabarros, con cubiertas desgastadas y tubulares con infinitos parches. ¡Parecían esqueletos rodantes! Con decir que casi siempre las devolvíamos con las ruedas sin aire, y a veces (creédmelo) hechas un ocho... Pero bueno, con aquellos artefactos aprendimos los chicos de mi generación a rodar en bici, eso sí, a fuerza de recibir un sinfín de trompazos, por aquello de la falta de frenos.
El precio del alquiler no era excesivo. Por un duro, a la sazón cinco pesetas de las de Franco, podías pedalear durante un par de horas por donde más te apeteciera. Lo más normal era ir hasta Fuentes Blancas, o más allá, pero había quien gustaba de desplazarse a los pueblos cercanos. Con dos horas, y a pesar de la cochambre de bicis que te dejaban, podías incluso llegar hasta Peñahorada, beber en su fuente y regresar sin más al punto de partida. Que fue así cómo, queridos convecinos y amigos peñatos, en una de estas expediciones heroicas llegué a sentir fascinación por vuestro pueblo, que es ya el mío. Repetí el viaje en varias ocasiones y después dejé de ser chico para hacerme mayor, pero la imagen de Peñahorada entre montañas ya no se alejaría nunca de mí, y andando el tiempo tuve la feliz oportunidad de poder acompañaros en vuestras alegrías y penas. Hice casa, y mis hijas dicen ahora: “mi pueblo”, porque en él crecieron.  
El librito que aquí os presento es de consumo interno, es solo para vosotros y para aquellos por los que doblaron ya las campanas, porque es vuestra voz y vuestros recuerdos los que le han hecho posible. No esperéis otra cosa: es vuestra voz".  



Peñahorada, un pueblo-camino bajo Peña Monte



martes, 16 de junio de 2020

VENTANA DE LA DESESCALADA





FOTOGRAFÍA: Ventana en Renedo de la Escalera (15 de junio de 2020)

Han pasado los días más duros de la Pandemia y la Desescalada me ha permitido el Reencuentro con el paisaje y sus pueblos. En mi primera excursión, tras este sunami vírico que padecemos, he comprobado lo que ya suponía, que la primavera generosa en lluvias ha decorado nuestros campos llenándolos de maravillas, y que los pueblos menudos se han convertido en jardines gracias a los Confinados que tuvieron la suerte de estar presos en ellos. Las mascarillas nos taparon nariz y boca, pero no los ojos, afortunadamente. Y así, hoy podemos disfrutar de las bellezas de la primavera. Ayer, en el paseo por el occidente, vi algunos abuelos y abuelas transitar por carreteras solitarias entre pueblos, con y sin mascarillas; debían inspeccionar el granado de los espigales de uno y otro lado del camino, y quizá también soñar con el pronto abrazo de hijos y nietos confinados en la ciudad. ¡Quién les iba a decir!
La ruta me llevó hasta el límite con Palencia. Quería ver el enclave de La Rebolleda, pues lo mal-recodaba de hace muchos años, y comprobé lo poco que allí hay; pensaba encontrar la magia de un condado, pero todo quedó en un sueño. Antes había pasado por Renedo de La Escalera, y allí sí, allí me salió al paso una ventana de fantasía, una de arco conopial y repisas de bolas encajada en la torre de su iglesia, una anomalía por lo extraño. Fue un chute de nostalgia por el trabajo arrinconado, una emoción más para la colección de ventanas que llevo guardada en el apretado baúl que ya conocéis, queridos amigos. Ventana de la Desescalada, la bauticé.   

viernes, 22 de mayo de 2020

JERGA PARA UN CONFINADO

Pueblo del valle de Zamanzas, tierra de canteros

FOTOGRAFÍAS: Báscones de Zamanzas. Jesús Fernández (2018 y 1997 respect.) 

        En el obligado confinamiento que hoy nos toca vivir siento añoranza de mis andanzas por la provincia. Siento la falta de los pueblos, el oxígeno de su paisaje, de sus cielos y de las viejas palabras cuyo eco todavía resuena por callejuelas despobladas. Lo añoro hasta la extenuación, y eso que rosetas y ventanas han llenado, y están llenando, vacíos en mi soledad frente a la pantalla. Algo inesperado, sin embargo, sucedió hace poquitos días que vino a aliviarme de los efectos de la reclusión, una especie de milagro por el que aquello que tanto añoraba vino a mi encuentro sin haberlo llamado ni buscado. Por correo electrónico, queridos confinados y amigos de este Cajón de Sastre, me llegó una carta firmada por alguien que no conocía y que me hablaba de un tema que en su día me dio muchas satisfacciones. Era una carta bilingüe, escrita en castellano y en un lenguaje extraño que me resultaba familiar, el de la jerga de los canteros. Como os podéis imaginar, la misiva me produjo un agradable cosquilleo, pues me retrotraía a veinte años atrás, a una tarde de verano en un jardín de Brizuela anotando las palabras de la Jerga que Jesús Fernández, cantero que fue en Munilla, casi ciego y centenario, me fue transmitiendo. Fueron aquellos momentos mágicos, de esos que se quedan pegados en la piel de la memoria. Han pasado veinte años, y ahora recibo una carta de su nieto, ofreciéndome una ampliación de aquella Jerga recogida, la que él mismo grabó a su abuelo siendo un chaval. Por su gran interés, reproduzco la carta para el disfrute de todos.


Jesús Fernández Martínez, de Munilla,
 nos transmitió la Jerga que hablaron los canteros 



LA CARTA

Hola, miaíres aire Jesús Roca Fernández.
El jabárdu Mieres aireé Jesús Fernández Martínez, erguín  de Munilla que ploró a Brizuela, con el que garleáste face 22 ñorténes, y endrepés papeloseaste  el papelosu “Jerga de los canteros en el pueblo de Munilla”. En mi ciba he burniadú un cipruquín diccionario de garleandéras que recugí de murguecíllu. Si iriequíres te andámo las garleandéras que ñéto.
Sidos
Txus

¿Qué, os ha extrañado su lectura, queridos amigos? Bueno, como intuyo vuestro asombro, y probablemente no estéis versados en este lenguaje, viene a decir lo siguiente:



TRADUCCIÓN

“Hola, soy Jesús Roca Fernández.
El abuelo mío era Jesús Fernández Martínez, cantero de Munilla, que fue a Brizuela, con el que hablaste hace 22 años y después escribiste un libro “Jerga de los canteros en el pueblo de Munilla”. En mi casa he visto un pequeño diccionario de palabras que recogí de chaval. Si quieres te mando las palabras que tengo”.
Saludos
Txus


Quizá vosotros, queridos amigos confinados, os preguntaréis: ¿Y qué pasará con ese “pequeño diccionario” recogido por Txus de boca de su abuelo? Os participo que se compone de casi 500 palabras, de las cuales más de 200 ya fueron publicadas en el “libro” que cita nuestro amigo recopilador, aquellas que me fueron transmitidas en el jardín de Brizuela en 1997. El resto son expresiones nuevas que merecerán ir a descansar junto a sus hermanas, aunque tendrá que pasar este confinamiento, y que todo llegue a la “nueva normalidad”, para ver la manera de juntarlas. 



NOTA: Como no sé en qué momento vais a leer esta extraña entrada, os mando saludos como lo haría un buen erguina (un cantero) según si fuera por la mañana, por la tarde o por la noche.

Sidos digunes  (Buenos días)
Sidas retalias  (Buenas tardes)
Sidas rachas    (Buenas noches)


Desde mi confinamiento
(Año del Coronavirus, mayo 2020) 

martes, 12 de mayo de 2020

MASCARILLAS EN LA COLADA

Diversidad 

FOTOGRAFÍA: Cubrebocas secándose (mayo, 2020)

No provienen de ningún país asiático, no han sido adquiridas en el mercado negro ni tampoco en farmacias. Estas mascarillas que aquí veis, queridos amigos, son manualidades del hogar, de quita y pon y que ya forman parte de nuestras coladas diarias. Quizá lleguen también a formar parte de alguna Feria de Arte Contemporáneo por venir. 
 El cubrebocas es signo del difícil tiempo que nos toca vivir. 

Desde mi confinamiento
(Año del Coronavirus, mayo de 2020)

sábado, 9 de mayo de 2020

A QUIEN PUEDA INTERESAR

Ruinas de la Misión de la Santísima Trinidad del Paraná. 
           

FOTOGRAFÍA: Misión de Trinidad, en Encarnación. (Tomada en 2003)

        En estos días terribles de confinamiento uno lee todo lo que cae en sus manos. Hoy me he encontrado con un librito sobre las Misiones Jesuíticas Guaraníes que adquirí en el Paraguay al visitar una de estas instituciones (también llamadas Reducciones) en 2003. Un gran encuentro, pues me ha traído recuerdos de un viaje familiar inolvidable. Pero nadie se preocupe, que en esta ocasión no voy a a hablar de mis experiencias viajeras. Si quiero, porque me ha parecido de gran actualidad, y muy curioso, hacer mención a una parte de dicho folleto en el que se describe cómo estaban organizadas aquellas Misiones, vigentes en los siglos XVII y XVIII. Al explicar el apartado de la sanidad se dice lo siguiente:

“Los hospitales eran solo para curaciones contagiosas, ya que estas eran tratadas en salas de cuarentena fuera de los pueblos. Si se producía una epidemia fuerte, se formaban hospitales de campañas. Para evitar la propagación de la epidemia se quemaban los hospitales. Los jesuitas  tuvieron muchos libros de medicina, tanto de medicina herbácea, como de cirugía”´.  

Desde mi confinamiento
(Año del Coronavirus, mayo de 2020)

lunes, 4 de mayo de 2020

EMBOZADOS



Viendo pasar el virus

FOTOGRAFÍA: Enmascarados descansando en su primer paseo

Ahora que me he tomado un descanso, después de un trabajoso abril, desde mi aliviada y desintoxicada nube te pregunto a ti, amigo Aire, si has notado algo especial en tus vaivenes por las alturas, o cuando te revuelves encabritado por los esquinales. He visto, Lluvia, cosas que nunca creí que vería; he visto la gran ciudad con sus venas vacías, como tú las viste también. Primero me estremecí con su silencio, ahora me asustan regueros de sombras carnavalescas cuando salen a respirar.  No veo sus caras,  se ocultan, parecen espíritus de bandoleros que tratan de asaltar el natural equilibrio. Yo también tengo miedo, Aire, lo que presentí que ocurriría está ocurriendo. ¿Recuerdas, amigo mío, cuando comentábamos la locura de despoblar la tierra que les proporcionaba vida para hacer una sola, apretada y frágil piña? Han estado confinados sin pestañear y ahora, cuando les mencionan esta palabra, la sienten extraña. Así es, Lluvia, penden de un hilo tan fino que hasta lo invisible rompe sus vidas. Mira ahí abajo, ¿ves dos embozados que crecen en la hierba? Ellos nunca nos creyeron.

Ecos de la lluvia y el aire
Desde mi confinamiento
(Año del Coronavirus, mayo de 2020) 


viernes, 24 de abril de 2020

OTRA IMAGEN INÉDITA DE CASA LA VEGA


FOTOGRAFÍA: Patio de Casa la Vega (Tomada en 1924 por Gonzalo Miguel Ojeda)

Apenas ha transcurrido una semana desde que publicáramos dos imágenes inéditas de Casa la vega, cuando otra más, también inédita, ha llegado a estas Memorias. Enviada por un seguidor de este blog, Honorato Rupelo, la imagen fue tomada en 1924 por Gonzalo Miguel Ojeda y forma parte del fondo Photo Club, hoy en el Archivo de la Diputación Provincial de Burgos.
La imagen es de extraordinario valor, pues nos muestra una parte de la cara oculta de Casa la Vega, de aquella que la inmensa mayoría de los burgaleses nunca conocimos. Vemos en ella uno de los costados del patio central, donde se aprecian cuatro columnas de buenos sillares, probablemente hexagonales, que soportan tres arcos enmascarados por el revoco, de apariencia conopial y seguramente  pertenecientes a una galería interior cuyos vanos se aprecian tapiados en la fotografía. Es muy probable que dicha galería estuviera integrada en la primitiva fábrica gótica del conjunto mandado construir por los Condestables de Castilla (ver más referencias en este mismo blog, entrada de 4 de setiembre de 2009).

Desde mi confinamiento
(Año del coronavirus, abril de 2020)


lunes, 20 de abril de 2020

NOS ROBARON EL MES DE ABRIL

Cerezos de Caderechas 

Cascada en el río Trueba
Roble Borracho


FOTOGRAFÍAS: Cascada del río Trueba. Roble Borracho. Cerezos de Caderechas. Atardecer en Peñahorada. 

Queridos confinados, amigos de este Cajón de Sastre. Os escribo para estar junto a vosotros, hoy más que nunca, para daros ánimos, para con vuestra cercanía sentirme  yo mismo animado. No debe estar lejos el día en que volveremos a la vida. ¡Pero qué precio tan alto el que habremos pagado! Las semanas de encierro que llevamos nos están impidiendo ver lo que rebulle ahí fuera. Algo está sucediendo en nuestros campos, en nuestros cielos, y no podemos verlo ni disfrutarlo. Es primavera. No sé si lo habéis pensado, pero en estos mismos momentos se estarán abriendo las últimas flores de los cerezos en Caderechas, ¡y nos lo estamos perdiendo! En estos mismos momentos, las aguas recién nacidas del río Trueba, que vienen de Las Estacas de las nieves, se estarán precipitando en plateada cascada para sortear cabañas del fin del mundo, ¡y nos lo estamos perdiendo! En estos mismos momentos, el Roble Borracho debe estar alumbrando sus primerizas hojas de terciopelo, ¡y nos lo estamos perdiendo! En pocas horas, al caer la tarde, entre nubarrones de lluvia abrileños, los ocasos pintarán, cada día de este inacabable mes, parcelitas de cielo por toda la provincia, con colores y luces de planetas extraños, ¡y nos lo perderemos! Atinaba Sabina cuando se preguntaba “quién nos robó el mes de abril”. Ah, pero eso lo sabemos bien.


Atardecer en Dos Hermanas


Desde mi confinamiento
(Año del Coronavirus, primavera 2020)

viernes, 17 de abril de 2020

DOS IMÁGENES INÉDITAS DE CASA LA VEGA



Casa La Vega. Se aprecia también el molino


Desde más arriba



FOTOGRAFÍAS: Casa la Vega en 1963 (enviadas por Jesús Cabezón Pérez)

En abril de 2009 publiqué en este blog una entrada referida a Casa la Vega. Fue escrito en un momento de rabia, después de que, por razones urbanísticas de crecimiento rápido, este conjunto histórico desapareciera del mapa. Por aquel tiempo me hallaba siguiendo los pasos que dio Juana  I de Castilla en su intento de llevar a Granada el cadáver de su esposo, Felipe el Hermoso, para su descanso definitivo. La reina inició su amoroso, fúnebre y célebre viaje en Casa la Vega, donde había pasado todo un mes de duelo invitada por los Condestables de Castilla, entonces propietarios de la misma. Un hecho histórico que, por sí mismo, hubiera bastado para que se conservaran los muchos restos que aún quedaban del conjunto. No quiero insistir más en esta historia, pues me produce mucha tristeza, además de que ya di pelos y señales de ella en la citada entrada de este blog, y más tarde en el libro El año de la Gripe. Una entrada bloguera, todo hay que decirlo, que suscitó el interés de muchos amigos de Casa la Vega y de este Cajón de Sastre, algunos de los cuales me enviaron nuevas fotografías para añadir a las que yo mismo había publicado. Hoy, queridos amigos, os traigo dos nuevas imágenes, enviadas por Jesús Cabezón en fecha reciente, que tienen la particularidad de que probablemente sean las dos únicas vistas aéreas existentes de Casa la Vega. Según me explica este amigo en un amable correo, las fotografías fueron hechas por su padre en un vuelo de 1963 que sirvió para el levantamiento topográfico del polígono industrial de Gamonal.
Que las disfrutéis.

domingo, 29 de marzo de 2020

LEYENDAS DE POBREZA. PALAZUELOS DE LA SIERRA



Fachada de la casona con dos llaves y leyenda de pobreza
Leyenda encriptada de 1717


FOTOGRAFÍAS: Casona con inscripción en Palazuelos de la Sierra (23/11/2019).

        ¿Os lo he dicho alguna vez? No estoy seguro. Por si acaso, os lo digo ahora, queridos amigos de este Cajón de Sastre: soy un enamorado del color de la piedra juarreña. Qué le voy a hacer, soy tan enamoradizo, que hasta de las piedras. Aparte de la broma, quisiera que estas primeras líneas fueran una especie de canto al color de los pueblos de la Sierra baja de Burgos, de esos pueblos que cuando el sol los ilumina, en cualquier momento del día, tiñen de rojo nuestra mirada. Es un rojo arenoso de piedra roja que lo mismo sirvió para dorar ricos monasterios (Bujedo, San Millán… ) que para construir pueblos de humildad extrema en un clima también extremo. Es una piedra de minas rojas, autóctonas y milagrosas, que permitió construir a canteros sin academia paredes que hoy nos conmueven. Fueron pueblos pobres, sus tapiales pobres, y las casas igualmente pobres, mínimas, aunque hoy ya no lo sean. Su color, hoy como ayer, es rico en tonalidades, y al llegar la tarde expande su arrebol con increíble fuerza por las ramoneadas praderas donde las vacas pastan inmersas en beatíficos pensamientos.
Todo lo anterior, por supuesto perfectamente prescindible, es para situaros en uno de esos pueblos rojos juarreños, Palazuelos de la Sierra, donde recientemente localicé una nueva inscripción, de las muchas que llevo recogidas, en la portada de una casona antigua, que por cierto amenaza ruina. Escrita en latín y fechada en 1747, la grabación tiene la originalidad de ser planteada como un juego de palabras, un acertijo o jeroglífico que como resultado final lleva al ensalzamiento de la “pobreza”. Pero ojo, esto no lo sé porque sea capaz de interpretar latín (una de mis muchísimas limitaciones), sino porque alguien me ayudó, alguien seguidor de este blog que sintió lástima de mis incapacidades. Sucedió que este “alguien”, a quien nunca agradeceré bastante sus colaboraciones (esta y otras), puso mis fotografías a disposición de sus hermanos, historiadores y latinistas de Jaén, y estos se lo trabajaron con gran esmero y generosidad. Sé que disfrutaron al desencriptar el mensaje, pues lo vieron como un muy interesante hallazgo, y esto me reconforta.  
He de agradecer también a mi amigo Álvaro Castresana, paleógrafo burgalés, a quien envié también detalle de la inscripción y llegó a la misma lectura y conclusión que los anteriores investigadores.

Dejo aquí lo importante de esta entrada, es decir, el comentario de los especialistas de Jaén:


“Así parece legible, pero en realidad es un texto copiado de un libro, de un manual de 1617: Digesta scholastica in gratian  puerorum edita, donde el texto bien copiado viene a decir lo siguiente:

Dimidium Pauli, totum
Per, et ultima quantas

También he visto un texto de 1737, que explica perfectamente el significado de esta frase críptica, que no deja  de ser un acertijo (…). Se trata de un adagio, que figura en dicho libro con el número 30.

dimidium Pauli, totum per, et ultima quantas

Preguntado un estudiante por qué andaba por tantas ciudades, la respuesta fue esta: que quiere decir

         La mitad de Pauli, todo per y la última sílaba de quantas: paupertas.

         Es decir, el dintel, con las dos llaves y la inscripción, viene a significar que la pobreza es la puerta del cielo".  


         A veces, queridos amigos, las piedras grabadas de nuestros pueblos nos llevan por caminos extraños que nunca hubiéramos soñado. Agradezcamos por ello a Franciscus A Benito, dueño de la casona en el siglo XVIII, que no debió ser pobre a juzgar por la nobleza de la construcción, que nos dejara escrito en el dintel de su casa este juego de palabras que nos enriquece.


Franciscus sabía latín





lunes, 23 de marzo de 2020

LAS CIUDADES DEL SILENCIO


FOTOGRAFÍA: Ventanas a las 8 de la tarde (marzo de 2020)

¿Notas, Aire, cómo el silencio es hoy más profundo y espeso? Parece salido de un mundo ignoto de un planeta remoto. Dejo mis torrentes caer y mis gotas atruenan el asfalto en ecos por las ventanas, lo que nunca conocí. Ay, sí, amiga Lluvia, desde lo más alto lo he observado también, algo ha pasado ahí abajo, siento silentes vacíos, miro y no encuentro a nadie a quien acariciar con mis brisas; esta quietud me asusta, veo fantasmas, ¿por qué se han escondido en sus torres? ¿Sabes algo? Algo he oído, dicen las grullas de la primavera que un viajero llegado de lejos les trajo la desgracia.

Ecos de la Lluvia y el aire
Desde mi confinamiento
(Año del Coronavirus, primavera de 2020)

viernes, 13 de marzo de 2020

EL AÑO DE LA GRIPE


Despoblado de Ochate, en el Condado de Treviño

FOTOGRAFÍA: Lugar de Ochate (Tomada en 1997)

En estos días que vivimos, atribulados por los estragos que está causando en el mundo un malhadado virus coronado, temerosos por la posibilidad de que nos lleve por delante, me viene a la memoria un relato de ficción que yo mismo escribí en 2005 sobre las causas que motivaron la despoblación del lugar de Ochate, del Condado de Treviño. No trato de hacer hoy publicidad del libro, pues apenas si quedan ejemplares, sino recordar que estas epidemias las hemos vivido antes en la España no vaciada. “El año de la gripe”, lo titulé, haciendo un paralelismo con la Gripe Española. Uno se imagina a los pueblos chiquitos de Burgos, prácticamente indefensos y entonces repletos de gente, tratando de superar aquella epidemia al tanto que cada día enterraban a uno o más de sus vecinos, y siente escalofríos, los mismos escalofríos que nos produce este virus aún no domesticado que hoy nos asola y que amenaza con arruinar nuestras vidas. Nada cambia, ni siquiera nuestra inseguridad y nuestros miedos.   


lunes, 24 de febrero de 2020

DEL SOL Y LA LUNA DE ROSA BRITEZ AL SANTUARIO DE LA VIRGEN DE LA CUEVA, O AL REVÉS

Hermosa fachada con rosetas en Pradilla, ejemplar restauración

Santuario de la Virgen de la Cueva en Hontangas
Dos rosetas estrelladas acompañan al sol y la luna 


FOTOGRAFÍAS: Casa en Pradilla. Sol y luna en la Virgen de la Cueva. Rosa Brítez en Itá (Tomadas en 2020 y 2002) 

En la emocionante búsqueda de rosetas hexapétalas que hoy me lleva, últimamente se han empeñado en salir a mi  encuentro el sol y la luna. Pareciera, queridos amigos, que una mística conjunción entre los dos astros se haya dado para hacerme ver que de los cielos han descendido y que se les puede tocar sin necesidad de ser astronauta. Pareciera, digo, que todo se ha conjugado en estos últimos días para que la luna y el sol se hayan colado en mi diletante vida. Ayer, en ruta por el sur de la provincia, persiguiendo a dichas rosetas llegué a los confines; visité Pradilla y Fuentenebro, y también Hontangas; sí, Hontangas, ese lugar santuario de la Virgen de la Cueva en cuya extraordinaria fachada conviven dos hexapétalas en forma de estrella con los siempre hermanados astros, el sol y luna, el día y la oscuridad. Ambos, con sus vibrantes y simbólicos rayos no consiguieron cegarme sino emocionarme. Conocía el santuario, pero de tiempos en que otros temas y no el de las rosetas me guiaban. El problema es que una cosa te lleva a otra, y otra a otra más, como dice mi amiga Egeria, y en esa  diversificación uno corre el riesgo de perderse. Y es que el mundo de los símbolos es tan infinito como el espacio. Pero ahí estamos.


El sol y la luna de Rosa Brítez


Decía que todo parecía que se hubiera conjugado para que el sol y la luna se convirtieran, de la noche a la mañana, en compañeros del viaje que tengo emprendido porque algo más ha sucedido. Hoy, buscando una grabación de canciones del Paraguay, que obtuve en un viaje de 2002, entre canción y canción guaraní me ha aparecido una entrevista que hice entonces a Rosa Brítez, la famosa “ceramista de América”, como llegó a ser conocida, y ello me ha hecho recodar que el mismo sol y la misma luna que ella modeló me miran sin pestañear desde el altillo de uno de mis muebles. Tantos años allí colocados, los dos astros de Rosa con el tiempo hicieron costumbre, y como suele suceder los ojos acostumbrados llegan a no mirar. Ah, pero al escuchar aquella entrevista todo volvió a cobrar vida. ¿Qué fue de Rosa? ¿Qué fue de aquella laboriosa y galardonada mujer paraguaya que tan primorosamente, en su taller de Itá, modelaba el barro negro? (“Es tierra negra y se llama ñaycú en guaraní, tierra medicinal, muy buena para la artritis”, nos contó).
Por Internet he sabido que Rosa Brítez murió en 2017 a los 76 años. Y por saberlo, hoy quiero rendirle mi particular homenaje, no solo por su arte, sino por el bello momento que nos hizo vivir viendo cómo domesticaba el barro a la par que nos contaba tradiciones guaraníes. Reproduzco un fragmento de aquella inolvidable entrevista, mezcla de cuento y mágica realidad. Me he permitido titularlo


La luna y el sol se pelean en un eclipse

“Sé un cuento de mi sol y mi luna, que antes me dijeron [me contaron]. Bueno, cuando era niña me he criado curiosa, y después entré a la escuela a la edad de seis años. Después se murió mi mamá cuando yo tenía siete años. Entonces había un eclipse y nos corremos [refugiamos] todo el día en casa, porque se oscureció, porque estaba la luna nueva a la sombra y era de día. Después, yo le pregunté a  mi tía:
            -¿Qué es lo que le pasó?
Y me dijo:
-Es el eclipse de luna y sol. Entonses, el sol le dice… El sol era hombre y la luna era mujer, y se encontraron en un mismo camino -me dijo- y vamos a ver quién gana.
-Pero después de tanto tiempo, yo le dije: Yo quiero hacer la luna y el sol.
Y me dijo:
-Ahora vas a hacer, pero más tarde, ahora eres muy chiquitita, todavía vas a entrar a la escuela y no vas a poder hacer todavía, porque es difícil, no se puede mirar al sol, no se nota la cara -me dijo- Acá en la luna también se nota un burrito y una señora que está ensima del burro.
Entonses yo le dije:
-Sí, le he visto, y [también] una montaña. Entonses yo hago, cuando pasan los tiempos, y estoy prácticamente sola con mi hijo, ya independiente, y pienso por mi tía: Voy a hacer el sol y la luna, y voy a poner los rayos, pero no voy a ponerla orejas, para que sepa la gente que era sol, y para que entienda que tiene el ojo, la nariz y la boca, menos la oreja. Y a la luna voy a ponerle en el cabello rulitos. Y por eso se nota [en] mi sol y mi luna que es varón y mujer.  [Desde] entonces hago el sol y la luna”.


Rosa  Brítez modelando en su taller de Itá (2002)

lunes, 3 de febrero de 2020

EL SOL Y LA LUNA, SÍMBOLOS DE PIEDRA

Rosetas, sol y luna en portada de la iglesia de La Parte

El sol y la luna en portada de Mansilla 

El sol de Mansilla se hace el dormido, 
aunque entreabre los ojos...  

... para mirar a su Luna despierta 


FOTOGRAFÍAS: Iglesias de La Parte y Mansilla (2019). Convento de Villanueva de los Infantes (2020). 


Una vez encontré un pez grabado en un eremitorio rupestre de la Sierra burgalesa, de eso hace una era geológica. El pez estaba muy desdibujado por la erosión, pues se encontraba en roca madre y al aire libre y habían pasado muchos siglos desde que en época premedieval fuera grabado. Pero se apreciaba que era un pez, un pez que entre los viejos cristianos venía a representar a Jesucristo. Aquel descubrimiento fue mi primer encuentro de importancia con la iconografía cristiana, y ha  tenido que pasar mucho tiempo para que de nuevo hoy ese universo de los símbolos se haya colado en mi aventura de conocer la provincia de Burgos. Como sabéis los amigos que seguís estas Memorias, desde algunos años ando ocupado en seguir la pista de la roseta de seis pétalos, recogiendo y catalogando sus manifestaciones por los pueblos aquí y allá, tanto las representadas en las casas como en las iglesias y otros edificios. Y si os digo la verdad, el tema da tanto de sí, y tiene tantas aristas, que me resulta casi inabarcable. Pero en fin, ahí ando, perdido en el berenjenal de los símbolos, de pueblo en pueblo, de iglesia en iglesia, tratando de conocer mejor cómo fuimos y en lo que creímos. Que es así como, en ese seguimiento de la hexafolia, por caminos que nunca soñé, llegué a encontrarme con otras representaciones que llamaron mucho mi atención, entre ellas el sol y luna, que es como decir el día y la noche, casi siempre compañeros de viaje de las rosetas. Hoy, queridos y curiosos amigos, os traigo representaciones de tan significativos astros hechos piedra correspondientes a las iglesias de La Parte (Hormazas) y Mansilla, más otra de regalo que una amiga me han enviado de un lugar tan lejano a Burgos como Villanueva de los Infantes. A mí me tienen maravillado, no sé a vosotros. Y aún más que las figuras, su simbolismo en la iconografía cristiana.   



El sol y la luna en un convento de Villanueva de los Infantes