
FOTOGRAFÍAS: Vitor inciso en puerta de Poza de la Sal. Calle de Poza de la Sal (Tomadas en enero de 2010)
Uno de los grandes placeres que se pueden experimentar hoy en Burgos es el callejeo por Poza de la Sal. Y si ese callejeo por el envejecido y tortuoso laberinto de la villa salinera es en una tarde de verano, cuando en el aire flote la música de su banda ensayando, el placer es ya indescriptible. En las subidas y bajadas por las calles y callejuelas, uno no ha de perder detalle, debe observar cualquier resquicio, porque allí donde menos se espera puede surgir la sorpresa. Un escudo en cualquier esquina, con la pátina oscura de los siglos, un alero torneado, los angostos soportales de artesanos que pasaron al olvido, la cartela comercial de algún industrial salinero desaparecido... Afinando un poco la vista, uno puede encontrarse también con herrajes herrumbrosos de puertas históricas, puede que medievales, sin abrir desde quién sabe cuándo. Todo huele a antiguo en Poza, más si es invierno, cuando los cantos de las callejuelas brillan como en Compostela, cuando los sobrevivientes apenas si salen de sus refugios. El lento callejeo por el fantástico dédalo de calles estrechas, entre una arquitectura que se alza en busca de la luz, como los árboles, tiene además premios especiales, como el que recibió el que suscribe cuando en la desvencijada puerta de una casa vacía observó hace pocos días, en un retal de roble, la grabada presencia de un vitor fechado en 1774. El académico anagrama, el nombre del favorecido, Miguel Alonso, y la fecha mencionada, conforman el vitor más humillado que conozco. ¿De quién es el vitor?..., un buen tema de investigación.
Uno de los grandes placeres que se pueden experimentar hoy en Burgos es el callejeo por Poza de la Sal. Y si ese callejeo por el envejecido y tortuoso laberinto de la villa salinera es en una tarde de verano, cuando en el aire flote la música de su banda ensayando, el placer es ya indescriptible. En las subidas y bajadas por las calles y callejuelas, uno no ha de perder detalle, debe observar cualquier resquicio, porque allí donde menos se espera puede surgir la sorpresa. Un escudo en cualquier esquina, con la pátina oscura de los siglos, un alero torneado, los angostos soportales de artesanos que pasaron al olvido, la cartela comercial de algún industrial salinero desaparecido... Afinando un poco la vista, uno puede encontrarse también con herrajes herrumbrosos de puertas históricas, puede que medievales, sin abrir desde quién sabe cuándo. Todo huele a antiguo en Poza, más si es invierno, cuando los cantos de las callejuelas brillan como en Compostela, cuando los sobrevivientes apenas si salen de sus refugios. El lento callejeo por el fantástico dédalo de calles estrechas, entre una arquitectura que se alza en busca de la luz, como los árboles, tiene además premios especiales, como el que recibió el que suscribe cuando en la desvencijada puerta de una casa vacía observó hace pocos días, en un retal de roble, la grabada presencia de un vitor fechado en 1774. El académico anagrama, el nombre del favorecido, Miguel Alonso, y la fecha mencionada, conforman el vitor más humillado que conozco. ¿De quién es el vitor?..., un buen tema de investigación.




















