Elías Rubio Marcos y su "CAJÓN DE SASTRE"


Recopilación de artículos publicados y otros de nueva creación

martes, 23 de junio de 2015

LOS CASTAÑOS DE SAN ZADORNIL Y LAS GARRAPATAS


Entre pinos, algunos castaños resisten el paso de los siglos

Sus castañas fueron importante soporte alimenticio
para los vecinos de la Jurisdicción

El obispo Juan, repoblador de estas tierras,
ya los vio con semejante grosor
en el año 800


Del viejo tronco nacen hijos robustos

En el otoño salían voces del interior del bosque

No le preguntéis, ha olvidado la edad que tiene


FOTOGRAFÍAS: Castaños de la Jurisdicción de San Zadornil (Tomadas en junio de 2015)


Fui al norte de Burgos en busca de castaños y me encontré con unos minúsculos y antipáticos "amigos": ¡las garrapatas! ¡En la jodida hora que se me ocurrió ir al monte en esta época del año! Una montonera de ellas, sibilina, traicioneramente agazapadas en la floresta, se lanzaron sobre mí en cuanto me detectaron y vieron que no llevaba armadura ni iba convenientemente equipado. Paranoico total, todavía hoy, pasados tres días, en mis sueños siguen apareciendo alguno de estos vampiros pegado a mi cuerpo, alguno en sitio que mejor no decir. Menos mal que no fueron difíciles de extraer, con una depurada técnica, eso sí. Pero no os vayáis a pensar que las de aquella zona son garrapatas del tamaño de una lenteja, a las que ya estaba acostumbrado de otras ocasiones, no, qué va, son una mierdilla, son como un punto de texto en google, como una partícula de polvo en suspensión, ¡pero si hasta hace falta una lente de aumento, casi un microscopio, para poder verlas! Insignificantes, ya digo. Me pregunto qué coño pintan estos bichos en el planeta, ¿sirven de algo, a algo o a alguien? Cuesta creerlo. Yo creo que en la fundación del mundo alguien se equivocó. En otra ocasión, todo el grupo familiar sufrimos un ataque de garrapatas, fue en el bosque de Muniellos, hace veinte años, pero aquellas eran de una dignidad muy superior, se las veía perfectamente y se las manejaba mejor, aquello si que eran garrapatas.
Y aquí ando, garrapateando mi venganza.
Bueno, fue el precio que tuve que pagar por ver los monumentales castaños que aquí os dejo, un patrimonio increíble que, en nuestra Comunidad, creía exclusivo de la Sierra de Francia, Las Médulas o La Cabrera, por citar alguno de los lugares emblemáticos. Si a alguien de vosotros, queridos amigos, a la vista de estas imágenes os entran ganas de visitar los milenarios castaños, elegid bien la época y la vestimenta, quedáis advertidos. 



La proporción




sábado, 13 de junio de 2015

VENTANAS EN EL VALLE DE VALDIVIELSO


Parcial del valle de Valdivielso. Vista desde el Camino Real


FOTOGRAFÍAS. Ventanas de Valhermosa, Condado y Quintana (junio de 2015).


EN VALHERMOSA

Continuando con la serie “ventanas con historia”, traigo hoy a su ya sobrecargado compartimento una primera entrega de las que he localizado recientemente en el valle de Valdivielso. El primer ejemplar es el más notable, aunque, paradójicamente, se encuentra en una casona hidalga en ruinas. En la anterior entrada nos referíamos a un puñado de casonas palaciegas en Valdivielso que, por su abandono y estado ruinoso, corren el peligro de desaparecer. Pues bien, esta de Valhermosa es una de ellas. Su elegante frontis es una maravilla, luce una portada con gran arco de medio punto y una preciosa ventana decorada con bolas en todo su contorno. Probablemente del siglo XVI, sería una gran pérdida que desapareciese. 



Casona arruinada en Valhermosa que todavía guarda un tesoro

Ventana sobre arco de acceso

Una joya que no debería perderse

También en Valhermosa localizamos otra ejemplar con interés. Se trata de un bonita ventana escarzana, con pequeño y desdibujado escudo en la dovela central, situado en una antigua casa de la calle de Santa Bárbara. Sorprende su baja ubicación, pues se levanta a menos de un metro del suelo.  


Una ventana escarzana en Valhermosa... 

... guarda un pequeño escudo en la dovela central

EN CONDADO

          Resulta curiosa una ventana de traza moruna en una casa de Condado. Embutida en los restos, probablemente reaprovechados, de una vieja casona ya desaparecida, llama la atención su arco conopial en el dintel, de magnifica labra y rematado con una especie de punta de pica; son interesantes también los elementos que le acompañan, entre ellos lo que parecen ser dos cruces de Malta encerradas en sendas circunferencias, una a cada lado de dicho remate. Quizá estas cruces puedan ser símbolos protectores, o tal vez señalen la dignidad del dueño de la casa (¿algún caballero de la orden de San Juan de Jerusalén?). Destacan asimismo en el conjunto, como elementos decorativos y bajo una bisera protectora, las consabidas bolas, propias de los siglos XV y XVI, a cuyo tiempo podría asignase la ventana.     



Ventana con arco conopial en Condado
 


Entre los restos, una deliciosa ventana 


EN QUINTANA

Dentro del arcón general de ventanas con historia, incluimos aquí y guardamos en el sub-compartimento de ventanas de los castillos y casas-torre, dos elegantes ejemplares con parteluz de la torre-palacio de los Loja, en  Quintana de Valdivielso. Dos ventanas, situadas en el lado norte del restaurado y almenado torreón, que tienen la particularidad de ostentar los escudos de armas de los que fueron sus propietarios. Remarcadas en todos sus lados con finas molduras, podría decirse que son ventanas gemelas si no fuera porque una luce tres escudos y la otra tan solo uno. 




Una torre de cuento en Quintana


Huella de los Velasco

Armas en la ventana, ostentación de apellidos




jueves, 11 de junio de 2015

LA NOBLEZA DE QUECEDO, UNA ARQUITECTURA OLVIDADA


Casona palacial comida por la maleza y otros elementos

Una heráldica eclesiástica

Un escudo muy completo

La hiedra se comió una leyenda y ahora
se come un escudo



FOTOGRAFÍAS: Casona en Quecedo (Tomadas en junio de 2015)

        Una excursión en busca de ventanas por el valle de Valdivielso me llevó en días pasados a distintos lugares, entre ellos Hoz, Valhermosa, Condado, Quecedo, Quintana... Y tengo que decir que vi de todo en cuanto al respeto por el patrimonio edificado, en positivo y en negativo. Sobre lo último, una vez más me llamó la atención el estado ruinoso, con amenaza de desaparición, de un puñado de casonas palaciegas. Como ejemplo traigo aquí una que desconocía y que se encuentra en su capital, Quecedo. Apenas queda su principal fachada, diríamos que poca cosa, si no fuera porque alberga entre sus perfectos sillares dos grandiosos escudos, uno de ellos bien a la vista y otro oculto por la hiedra que el abandono ha hecho crecer sin control. El primero debió pertenecer a alguna dignidad eclesiástica, probablemente a un arzobispo, como lo proclama el capelo-sombrero y los característico cordones terminados en diez borlas, todo rodeando las correspondientes armas. El segundo, apenas si deja ver algunos adornos de su parte inferior, los que permiten adivinar un escudo de grandes proporciones. A la derecha de este se aprecia el inicio de una leyenda escrita con grandes letras en rojo, probablemente asociadas a un vitor, pero que solo con la desaparición de la hiedra podría alcanzarse a leer. Totalmente hundida en su interior y comida exteriormente por la maleza, lo que queda de esta a casona palacial bien merecería su consolidación y salvaguarda, como un bien patrimonial de todos y una seña de identidad más de Quecedo y de Valdivielso. Ahí dejo el reto para las autoridades del valle. 



jueves, 4 de junio de 2015

AVELLANOSA, DONDE EL TIEMPO DUERME



Torre para campanario y reloj en Avellanosa


Reloj en la torre, medidor del tiempo dormido


FOTOGRAFÍAS: Torre de la iglesia de Avellanosa. Reloj en la torre. (mayo de 2015).


Al final de un camino de nunca acabar, en los confines de Burgos y del mundo, está Avellanosa, rincón de avellanos y otras mil especies. Los que se fueron de este lugar cuando el gran éxodo, dejaron el reloj en marcha y las horas del campanario se sucedieron en silencio para nadie, o casi nadie. Hasta que llegaron ellos, los rebotados de la gran ciudad, los refractarios, los rebeldes a la nueva civilización que huye de sí misma, los aprendices de anacoretas. Primero llegó uno, y ejerció con la profesionalidad de un ermitaño de la Tebaida; luego llegó otro con`parecidos intereses de vida; y no tardaría en aparecer otro más para lo mismo. El primero se fue después de años de soledad y silencio. (le conocí, se llamaba Ramón, hacía iconos). Ahora quedan dos compartiendo por separado el reloj que nunca duerme.
Qué vendaval los empujó hasta Avellanosa, quién les dijo que en este lugar el tiempo no lo marcan las agujas del reloj superviviente, sino el sol y las estrellas temblonas, las estaciones. No lo sé. Debió ser la nueva civilización, la que no les daba un minuto de reposo, lo que les hizo incompatibles y desposeyó del título de urbanitas. Quizá les atrajo algún poderoso imán oculto en este recóndito edén, donde el tiempo permanece dormido.


lunes, 1 de junio de 2015

ETERNA


Nos recibe una aldea eterna


La torre del reloj controló la vida en la aldea, hoy está detenido. 
Eterna hace cuarenta años

La iglesia en su estado actual

La iglesia en En 1975 

Abandono, saqueo y ruina, por este orden

Se olvidaron del púlpito y el confesionario 

Parece que sin salvación


FOTOGRAFÍAS: Eterna y su iglesia. (Tomadas en mayo de 2015 y 1975). 


A juzgar por su nombre, es altamente probable que quienes fundaron la aldea en aquel escondido y montuoso lugar lo hicieran pensando en que resistiría el paso del tiempo. Uno puede imaginar al conductor del grupo repoblador (probablemente algún clérigo) barajando nombres, en primer lugar de la lista santoral. Todos los lugares han de tener un nombre, dijo a quienes le acompañaban. Levantemos primero la iglesia, en este altozano que domina el valle, dediquémosla a San Esteban y démosla vocación de eternidad, debió decidir en un momento de sublime elevación. Y como lo de eternidad le sonó bien, propuso a los colonizadores de aquellas brañas que el lugar se llamara Eterna, precioso y sugestivo nombre que debió ser aprobado por unanimidad, pues su significado llevaba implícito que para siempre jamás el pueblo habría de existir. Qué bien, todos quedaron contentos y llenos de orgullo, ¡su pueblo sería eterno!
Elucubraciones, por supuesto.

Ha pasado medio milenio desde aquella fundación (o más) y el pueblo, con sus altibajos, superando incluso el drama de la despoblación que ahora nos aflige y a pesar de su difícil comunicación con el mundo exterior (entendamos su mundo exterior por otras aldeas circundantes perdidas también en las serranías), rodeado por un paisaje de bosques impenetrables, Eterna sigue en pie y con vida, afortunadamente; los pocos vecinos que resisten seguramente lo hacen felices, pensando que todavía falta mucho para que su pueblo alcance la eternidad. ¿Toda Eterna resiste? No, la aldea sí, con casas abiertas, pero su iglesia, no, y la escuela tampoco, pues ya no tiene niños. La iglesia, su edificio, ha sucumbido, no ha resistido la penitencia de estar en un elevadísimo cerro ni el goteo emigrante de su vecindario. Que el abandono, la ruina y el saqueo, sobrevenidos, están reñidos con la eternidad. Está por ver cuánta más eternidad le queda por vivir a Eterna, esperemos que sea toda. 


En la ermita arruinada se instaló el reloj,
para que todos vieran y sintieran desde abajo las horas

La nueva escuela se construyó en  1960, 
y se cerró ocho años más tarde



miércoles, 13 de mayo de 2015

EL REENCUENTRO, VOCES DEL PASADO




FOTOGRAFÍA: Mi inolvidable amigo Teodoro (Tomada en 2003).                                                                                                                                                                                                                    

Abrumado por tantos caminos recorridos, por tantas soledades y ruinas, por tantas personas que tuve la dicha de conocer y entrevistar, y que no volveré a ver. Todo dejó su huella, y con su pesada carga intento a duras penas seguir abriendo nuevas sendas, repetir otras, sabiendo que ya poco voy a encontrar en la mortedumbre de un mundo caducado. Mis recuerdos se amontonan y confunden con los de aquellos que se fueron. Mujeres y hombres sabios que conocí, fantasmas de un mundo mejor que me persiguen, de historias perdidas de boina y pañolón, de pueblos muertos en paisajes desiertos, máquinas inteligentes de tecnología pobre, luces y vapores olvidados, comercios de mucho andar. Repleta talega que me abruma y sumerge en simas de recuerdos. ¿Son ellos o soy yo? Estoy confuso. Alguna página dejé escrita en el polvo del camino, porque alguien tenía que afirmar que existieron, y porque la saturación doblega la memoria. Repaso estos días lo grabado en minúsculas cintas de casete, porque alguien ha pensado que sería bueno guardarlo en un archivo de memoria general a través de la voz, y me encuentro con ecos que me resultan familiares, voces que tanto me emocionaron ayer y que tanto me estremecen ahora. El casete y las microcintas me atrapan. Rebobino lo grabado y oigo pasar, con la misma sorpresa de la primera vez, relatos llenos de seducción, cuentos mágicos que hicieron soñar y me conmovieron, romances, canciones, supersticiones... Voces todas amigas y generosas, salidas en las glorietas, en los portalones, en los huertos, en las solanas...  Me dejé influir por ellas, en un contagio interesado y buscado, para poder sentir y comprender. Como resultado, junto a mi ordenador tengo una cartilla que me protege contra las brujas y otros maleficios, la compré a las monjas de Villamayor, y debería creer que han sido estos talismanes los que hasta ahora me han protegido contra los virus informáticos, las brujas de hoy; los que han hecho posible también que las voces capturadas sigan intactas, con el mismo aliento, después de la muerte, de las muertes. Debería creerlo. Me espera una ardua tarea, pero también un gozoso revivir. Escucho en estos momentos a Teodoro, de Urrez, que nos dejó en 2008, y le veo en la majada, aterrorizado, intentando espantar al lobo que mataba a sus ovejas, y al pie de la mina Salvadora (¡qué nombre tan engañoso!), en Brieva de Juarros, cuando el ahogamiento colectivo de los mineros. Qué emoción al escucharle, capturado en la minúscula cinta de casete.




miércoles, 6 de mayo de 2015

"LA ROBLENCINA", EN UN LUGAR DE BURGOS



La Roblencina

Un quejigo con el vientre vacío

Alguien quiso tumbarlo, ¿se quejaría el quejigo? 



FOTOGRAFÍAS: La Roblencina (Tomadas en abril en mayo de 2015). 

Alguien me informó recientemente: en un lugar que hacía cien años que no visitaba existe un roble quejigo gigantón, un árbol anciano que no conocía y que por ello aún no formaba parte de la colección que aquí llevamos guardada. Por otra parte, una buena amiga me comentó no hace mucho que su marido está muy enfadado conmigo por haber dado pistas para la localización de cada uno de los árboles que aquí han ido apareciendo; aduce que no se fía de que todas las personas que visitan estos ejemplares sean igual de respetuosas con el medio ambiente. Seguro que tiene parte de razón el marido de mi amiga (este es un conflicto interior que siempre me ha rondado, enseñar y conservar a veces no hacen buena pareja).
De modo que, en esta ocasión, en un intento de congraciarme con el marido de mi amiga, me limitaré a decir que el matusalénico roble se encuentra en la provincia de Burgos, a unos treinta kilómetros de la capital, pistas suficientes de localización si se tiene en cuenta la enormidad de nuestro planeta. Las gentes del lugar lo conocen como La Roblencina, ya que no se arriesgan a llamarlo por un solo nombre, pues se trata de un ejemplar de roble quejigo y sabido es que las hojas de los quejigos pueden llegar a confundir a personas no versadas. Esa dualidad, esa síntesis entre roble y encina, nacida de la sabiduría del pueblo, me parece una maravilla, ¡dos árboles en un solo árbol y en una sola palabra!


domingo, 26 de abril de 2015

VENTANAS DE LA TRASHUMANCIA EN HUERTA DE ARRIBA



Cuesta me hizo. Alabado sea el Santísimo Sacramento, año 1686


Fabricaron esta casa Francisco Fernández de la Cuesta
 y su mujer Ana Pérez Gil de la Cuesta y Segura, año 1724  


Cuesta me hizo


Cuesta me hizo, 1655


Una ventana para el Santo Oficio


Jesús, María y José sean conmigo.
Francisco García de Santa Coloma, Comisario del Santo Oficio


FOTOGRAFÍAS: Ventanas en Huerta de Arriba (Tomadas en abril de 2015)


Buscaba un roble gigante en las monumentales dehesas de Huerta de Arriba y los Tolbaños, del que me habían hablado, y me salieron al paso una serie de ventanas con escudo y leyenda, de cuya condición llevamos un buen número guardado en este Cajón de Sastre. Debo decir que en un primer momento me sorprendió observar tantas ventanas historiadas en Huerta de Arriba, y además con escudo, pues con tales características me parecían más propias del Alto Ebro que de cualquier otro lugar burgalés. Quedé sorprendido en un primer instante, ya digo, pues pasar de repente del chip arbóreo que me llevaba al de la hidalguía castellana, suponía un cambio para el que no iba preparado. Pronto, sin embargo, me di cuenta de que estaba en campos de lana y trashumancia, y que aquellos alardes en las ventanas debían recordar a los ricos mercaderes-ganaderos trashumantes que debieron vender sus vellones a las fábricas de Ezcaray, Pradoluengo, Canales y otras, y que llegaron a alcanzar la condición de hidalgo en los siglos XVII y XVIII.  Hoy, amigos de  este Cajón de Sastre, cuando veáis estas ventanas blasonadas recordad a los pastores que marchaban con sus rebaños de miles a la Extremadura, donde pasaban los  meses de invierno dejando la sierra triste y oscura; recordad a los Mayorales, a los pastores rabadanes, a los pastores zagales, a los pastores temporeros, a los pastores compañeros... con sus mastines. Asomaos a estas ventanas y recordad a todos los vecinos de aquel Huerta de Arriba trashumante, pues casi todos se dedicaron a la guarda y custodia del ganado, salvo algunos profesionales, como el herrero, el sastre, el zapatero, los tejedores, el tabernero... 

Entre las que aquí dejo, donde se reconoce el apellido Cuesta,  se encuentra la ventana central de una casona que perteneció al Comisario del Santo Oficio,  Francisco García de Santa Coloma, seguramente relacionado también con el negocio de la trashumancia.



lunes, 20 de abril de 2015

CESTAS DE PIEDRA PARA LA COLADA EN ARROYO DE SAN ZADORNIL


Lavadero con cestas de piedra para la colada y lugar para el fuego

Lavadero cubierto en Arroyo de San Zadornil

Piedra lejiera en Treviño


FOTOGRAFÍAS: Lavadero de Arroyo de San Zadornil. Piedra lejiera en Treviño. (Tomadas en junio de 2007).

  
Bien es sabido que en un tiempo no tan lejano, antes de las lavadoras modernas, en el medio rural se utilizaron cestas vegetales para la operación de blanqueo de ropa con ceniza. Era lo que con rigor se llamaba la colada. Básicamente, consistía en introducir la ropa lavada en una cesta apoyada sobre una piedra lejiera, echar sobre ella ceniza líquida y hervida, dejándolo a dormir hasta el día siguiente, que es cuando se sacaba la ropa y se “tendía al verde” con continuos riegos de agua para el perfecto blanqueo. Esto era así en prácticamente todos los pueblos. ¿En todos?, no, en todos no. En Arroyo de San Zadornil, en lugar de vegetales tenían cestas de piedra. Y tenían dos, una grande y otra más pequeña, situadas ambas en la misma boca del lavadero. Con estas cestas de piedra se servían todos los vecinos, bajo un pertinente orden y control de utilización. Y precisamente por eso, por ser de piedra, han llegado hasta nosotros, cosa que no debe suceder con las de mimbre, de las que aún estoy por ver una.
Para el hervido de la ceniza, generalmente en calderas de cobre, este singular lavadero cubierto contaba también con un lugar casi anexo para el fuego; aún hoy se ve con nitidez una especie de semicírculo donde se llevaba a cabo la operación. 
El conjunto tiene, pues, alto valor etnográfico. Los vecinos lo saben y lo miman, como miman también todo el conjunto urbano, donde es un placer perderse




miércoles, 15 de abril de 2015

LA ESCUELA DE BAÑUELOS, LOS NIÑOS IMPRESORES (VI)


Asistentes a las I Jornadas posan junto a la escuela

Imprimiendo como los niños de Benaiges

Enlazados para un homenaje 

Sombras proyectadas sobre otras sombras


FOTOGRAFÍAS: En la Escuela de Bañuelos. En La Pedraja (abril 2015, Sergi Bernal). 


           De esta manera titulé y publiqué, recientemente en este Cajón de Sastre, una serie de cinco entradas. Las guardé en el Cajón bien dobladitas,  con la sensación de haber acabado una obra sobre la que ya no habría de volver, como en tantas ocasiones y en tantos temas me viene sucediendo. Craso error. Hay algo magnético que te atrapa en la historia de Antonio Benaiges, el maestro que prometió el mar a sus alumnos y que no pudo cumplir con su promesa porque le quitaron la vida al pie de una fosa común en el Monte de la Pedraja, en 1936. Hay algo magnético, ya digo. La tela de araña creada en torno a la figura de este maestro ejemplar, su escuela y sus niños impresores es ya tan grande y envolvente que por mucho que uno lo intente no puede escapar. Así, su poder de atracción me llevó el pasado fin de semana a vivir las Primeras Jornadas de la Asociación Escuela Benaiges en Bañuelos de Bureba. Fue impresionante. Vi docentes llegados de distintas partes de España, de Cataluña, Madrid, Zaragoza... Vi a niñas y niños de cincuenta y más años imprimiendo con la técnica Freinet, ilusionados como los pequeños alumnos de Benaiges, esperanzados porque la escuela de Bañuelos va a ser recuperada como museo pedagógico, un destino digno en el que ni los más optimistas hubieran pensado hasta hace bien poco. Vi alegría e ilusión, mucha ilusión. ¿Y si esta escuela llegara a convertirse en un referente nacional, en un lugar de peregrinaje? ¿Acaso no lo es ya? La Asociación Escuela Benaiges, de Bañuelos, suma día a día nuevos adeptos y está consiguiendo cosas imposibles de creer para este humilde pueblo burgalés escondido entre lomas peladas.

Como complemento a las entradas anteriores dejo aquí un testimonio fotográfico de las primeras jornadas. impresionante fue lo vivido el domingo en torno a la fosa de la ignominia en La Pedraja: las palabras, los silencios, la canción dedicada, las sombras de los numerosos asistentes, cogidas de la mano y proyectadas sobre los enterrados, los familiares de Benaiges sintiendo aquel abrazo...


Una canción para Antonio Benaiges,
en el Monte de la Pedraja,
bajo su retrato.