Elías Rubio Marcos y su "CAJÓN DE SASTRE"

Recopilación de artículos publicados y otros de nueva creación. Blog iniciado en 2009.

miércoles, 8 de julio de 2009

LOS COLONOS DE GUMA


Guma nuevo.
Circa 1994.


Se cumple medio siglo de la construcción de algunos de los grandes pantanos de Franco, una buena ocasión para recordar a todos aquellos pueblos que perecieron bajo sus aguas, y a los miles de personas que se vieron obligadas a abandonar la tierra que las vio nacer, desplazados a lugares lejanos y desconocidos para comenzar una nueva vida.
Los embalses de Entrepeñas y Buendía, en las provincias de Guadalajara y Cuenca, unidos por un canal, son dos de aquellas grandes presas construidas a mediados de este siglo por las cuales sufren desarraigo algunas gentes que pueblan hoy ciertos puntos de la provincia de Burgos. Concretamente, de las que echan nuevas raíces en Guma, uno de los barrios del Ayuntamiento de La Vid. Y otra presa, la de Linares, en la provincia de Segovia, es culpable igualmente de que los habitantes de este pueblo, ahora sumergido bajo las aguas, envejezcan en el pueblo nuevo de La Vid, junto al monasterio fundado por los premostratenses a orillas del Duero...


Guma, un mirador al Duero
Hasta la llegada de los desarraigados de los pantanos, Guma, junto a Zuzones, era uno de los barrios que componían el Ayuntamiento de La Vid. Con dicho nombre y con ese carácter figura en el diccionario geográfico de Madoz, aunque nada más se especifica sobre las particularidades geográficas y humanas de este núcleo. Al parecer, a la llegada de los primeros parceleros estaba compuesto por un reducido grupo de casas, cinco o seis, con una iglesia en avanzado estado de ruina, cuyos habitantes trabajaban el campo para un patrón que vivía en el arruinado caserón que hoy todavía se puede ver arrimado al citado monasterio.
Situado a apenas un kilómetro al norte de la carretera N-122 y a unos tres antes de llegar al actual pueblo de La Vid desde Aranda de Duero, Guma se alza sobre una terraza que mira al río Duero, a cuyos pies se halla la magnífica presa de principios de siglo que da origen a los canales de Aranda y Guma. Con el monasterio de La Vid al fondo y el recto tramo del río de frente, desde este privilegiado balcón puede admirarse una de las más espléndidas panorámicas del río Duero a su paso por la provincia de Burgos.
Al igual que La Vid, Guma es un pueblo blanco, tan blanco como un pueblo o cortijo andaluz. Se estructura, básicamente, en dos largas calles, la de José Antonio y La Vega, con otras más pequeñas (Las Viñas, La Cuesta, Corta, etc.) que comunican las anteriores. Sus cuarenta casas son bajas, algunas, las menos, de planta y piso, pintadas de blanco y con balcones verdes. El conjunto responde al tipo de pueblos en serie que el Instituto Nacional de Colonización construyó en distintas partes del territorio nacional, fundamentalmente para alojar a los desplazados de los pantanos. Y si bien, visto así, pulcro y con sus calles perfectamente alineadas, parece un ente sin personalidad alguna, o como mucho, una barriada residencial, lo cierto es que cuenta con todos los ingredientes para ser un pueblo como los demás. Tiene su iglesia, y aunque ésta no sea ni románica, ni gótica, ni siquiera neoclásica, tiene ya varias bodas y bautizos en su haber. Tiene también escuelas –hoy cerradas ya a la enseñanza–, una de niños y otra de niñas; casa para el maestro y la maestra, ajenas también ahora para este servicio; casa rectoral, horno y lavadero, igualmente en desuso. Tuvo también una casa para enseñanza de mujeres adultas a cargo de la Sección Femenina. Guma, en fin, fue en su momento un pueblo como todos los demás. Y lo que es más importante, Guma, en su corta vida, tiene ya su propia historia y un cementerio donde reposan algunos de sus protagonistas.


Parceleros en los barracones
La historia reciente de Guma viene reflejada en la persona de Concepción Sáez Domínguez, una alcarreña de 65 años que tuvo que dejar su pueblo natal, La Isabela, cuando éste desapareció tragado por el embalse de Buendía. Hace la friolera de 45 años, junto con sus padres y ocho hermanos, salió para siempre de su Guadalajara querida, y aquel dramático momento lo recuerda así: “A unos los llevaron a San Bernardo, en Valladolid, a otros a Cuenca, y a nosotros nos trajeron aquí. Vinimos en camiones del ejército, con todo lo que teníamos: camas, animales... en fin, todo. Al principio nos metieron en barracones provisionales, porque todavía no estaba hecho el pueblo, y en ellos vivimos dos años, viéndonos unas familias a otras a través de los agujeros de los ladrillos y sin agua”.


Cementerio nuevo. 


Fue en aquellos barracones, precisamente, donde Concepción conoció a Licinio Montes, el que poco tiempo después habría de convertirse en su marido. Lucinio y su familia habían llegado a Guma procedentes de otro de los pantanos de Franco, el de Linares del Arroyo, que fue construido por los presos republicanos después de acabada la Guerra Civil Española. La boda entre los dos desplazados, la primera celebrada entre los colonos en aquella parte del Duero, supuso un hermanamiento entre los dos pueblos desarraigados y constituyó también un hito importante para la recién estrenada historia de Guma.

Una suerte de explotación
El Instituto de Colonización, creado en 1939 y cuyo emblema figura aún en los azulejos indicadores de las calles del pueblo, repartió tierras entre los colonos, así como también animales para la labranza y una parte de monte de enebro y encina, lo más imprescindible para comenzar la nueva vida. Pero, ¡a qué precio!, todo hubo de pagarse con creces: “A cada colono nos entregaron por sorteo una casa y dos parcelas de seis u ocho hectáreas para sembrar; pero para pagarlas nos quitaban un tanto por ciento de lo cosechado. Total, que entre eso y los abonos, que también teníamos que pagar, nos quedábamos en blanco, lo comido por lo servido. El principio fue muy duro, y hasta que venían las cosechas, para comer teníamos que pedir fiado, y los hombres se tenían que ir a otros sitios para buscar jornales. Y con las vacas pasaba igual: si parían un ternero, de su venta te quitaban un tanto, y si el ternero alcanzaba dos años, lo teníamos que entregar a cambio de la vaca que nos habían dado. Lo mismo pasaba con la parcela del monte, que teníamos que pagar la leña cortada”.
A los desarraigados, pues, no se lo pusieron fácil, no señor, porque “Nunca se terminaba de pagar, siempre se debía algo”. Afortunadamente, aquella pesadilla acabó y “Desde hace unos diez años las casas ya son nuestras. El remate de la propiedad lo tuvimos que hacer con el IRIDA, que fue el que hizo la cuenta de todo lo que habíamos pagado hasta entonces”. Pero para muchos colonos ya fue demasiado tarde. Algunos de los pioneros y familiares fueron muriendo y descansan en el cementerio nuevo del monte, y otros tuvieron que marchar de Guma cansados de lo estéril de su trabajo. Según Concepción, “De los veintidós colonos ya no queda nadie. Yo misma, al morir mi padre, me fui con mis hijas a Madrid, entre otras cosas porque la casa no pasaba a mi propiedad”. Sin embargo, y pese a todas las penas, las raíces echadas en Guma eran ya muy profundas, y Concepción, a la hora de la jubilación, ha vuelto al pueblo colono. Ahora vive en la que fue casa de la maestra, junto a la escuela de niñas. Y otros hijos de los pioneros han vuelto igualmente y han comprado todas la casas vacías, multiplicándose de esta manera, en el verano, la población fija, que llega a ser de veinte vecinos.



Desplazados.


El santo patrón
Cuando recalaron en este lugar junto al Duero, los colonos-parceleros, además de sus propias pertenencias, se trajeron algunos usos y costumbres de sus pueblos de origen, entre otras cosas, los santos patronos de las fiestas. Así, los de Linares del Arroyo se vinieron con la devoción e imágenes de San Juan y Santa Águeda, cuyas fiestas celebraron durante algún tiempo en el pueblo nuevo de La Vid. Pero el paso de los años y los hábitos modernos se encargaron de que aquellas desaparecieran, y en su lugar festejan ahora a San Agustín, “porque en verano se junta más gente en el pueblo”, explica Julio Moral, uno de los colonos jubilados del citado pueblo. Por su parte, los de Guma no pudieron continuar con sus viejas tradiciones religiosas debido a que “Los de La Isabela y Poyos, los dos pueblos que inundó el pantano de Buendía, nos quedamos sin santos porque se los llevaron los de Paredes de Melo, de Cuenca”, explica Concepción Sáez. Por ello tuvieron que adoptar un nuevo patrón, que no podía ser otro que San Norberto, el fundador de la orden que erigió el monasterio de La Vid. La iglesia parroquial de este vecindario, con impersonal y blanca torre asomada al río, luce en su altar mayor una gran pintura alegórica de este santo francés realizada con el peculiar estilo de los murales de los años 50.
Por lo demás, las fiestas de Guma debieron ser muy animadas, debido sobre todo a la muy abundante chiquillería que se reunía en sus calles. Concepción, que llegó con ocho hermanos, recuerda a Carmina, “que vino con otros ocho”, a María Velázquez, de 82 años, que “es la abuela de Guma y vino de Linares con once hijos”. Y en general, “Lo normal era que en cada casa hubiera de ocho a doce chicos, menos en la casa de la tía Chencha, que solo tenía tres”. Ahora, sin embargo, “es una pena, no hay más que cuatro niños, a los que un autobús recoge todos los días para, con los de La Vid y Zuzones, llevarlos a la escuela de Peñaranda”.

El consultorio en ruinas
Pese a su pulcritud y el buen aspecto general de Guma, este pueblo, al igual que todos los pueblos de la provincia, luce ya algunas ruinas “históricas” para mostrar a los turistas. Apenas han pasado cincuenta años de su construcción y ya hay algunos edificios que, por obsoletos o falta de uso, han sucumbido, como la Casa Sindical y el gallinero comunitario, ambos situados a la entrada del pueblo y en deplorable estado. En la citada Casa Sindical, miembros de la Sección Femenina de Aranda de Duero, además del obligado adoctrinamiento político propio del franquismo, impartieron clases a las mujeres de los colonos: de cocina, costura, etc. Pero aprovechado después dicho edificio para secaderos de maíz, almacén de abonos, e incluso para corral del toro semental del pueblo, aquellas profesoras se trasladaron con sus enseñanzas y pupitres al otro extremo del pueblo, a lo que es ahora el consultorio médico. Un consultorio, todo sea dicho, que hoy es el problema más acuciante de Guma, dado su estado de deterioro.

Añorando lo dejado atrás.

5 comentarios:

  1. Soy una chica del pueblo de Guma, y aunque me ha hecho mucha ilusión encontrar este artículo, algunas de las cosas en él citadas no son del todo ciertas (hay imágenes que no se corresponden con el texto, la torre de la iglesia no es del todo impersonal, el pueblo queda como si estuviera en estado de deterioro y abandono sin casi habitantes, el dato de los ocho hermanos de la señora Concha, no es verdadero y su ahora difunto marido, se llamaba Lucinio, no Licinio). Dejando esto de lado nos ha gustado mucho leer lo que ha dicho la señora a la que conocemos como "la Concha". :)
    Felicidades y gracias

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    1. Estimada anónimo:

      Gracias por tus observaciones. Corregido el nombre del señor Lucinio. Sobre lo otro que apuntas, me gustaría que me dijeras qué es lo que no es verdad, para corregirlo si procede.

      Un cordial saludo

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  2. hola,megustaria saber si tiene mas informacion
    sobres el pueblo y mas fotografias del pueblo
    y sus habitantes.gracias

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    1. Hola Anónimo. Siento no poder complacerte, pero la verdad es que no dispongo de más materiales sobre Guma.

      Un saludo

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  3. Hola, el padre de mi difunto marido se llamaba Ezequiel Cuesta y era natural de Guma, pero entre los años 1925-30 se fue a madrid,luego, despues de la guerra le trasladaron por trabajo cerca del Burgo de Osma. Mi esposo nació el 6 de Junio de 1944 y le pusieron de nombre Norberto en honor al Patron. Me gustaría saber algo de historia de aquellos años. Gracias

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