Elías Rubio Marcos y su "CAJÓN DE SASTRE"

Recopilación de artículos publicados y otros de nueva creación. Blog iniciado en 2009.

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viernes, 21 de junio de 2024

BODEGAS (VI). BODEGAS DE VILLAHOZ, EL CAPRICHO DE PATRICIO

Patricio Echeverría vio realizado su sueño de una bodega distinta

FOTOGRAFÍAS: Bodegas de Villahoz (Tomadas en junio de 2024)

    Subir al cerro de las bodegas de Villahoz es adentrarse en el sugestivo mundo de las oscuridades y aromas del vino, sumergirse en cuevas excavadas donde dormitan al frío barricas centenarias y viejos lagares, donde huecos verticales buscan el aire de la vida sin llegar a dar luz, donde escalones tenebrosos descienden a santuarios del churrillo alumbrados con sombrías velas. Hoy, este mundo catecúmeno ha sido revestido  de merenderos, de edificios que parecen casas y no lo son, pero que ha generado una maraña de chimeneas, un bosque multiforme de materiales pobres que ennoblecen a los respiraderos tradicionales de piedra, a esas chimeneas de hadas con sombrero que viven permanentemente prisioneras en los antros de la fermentación. Villahoz tiene muchas bodegas subterráneas, más de 200, tantas o más que casas, centenares de cuevas que conviven juntas y apretadas, milagrosamente sin estorbarse unas a otras. Donde termina una, empieza otra,  y solo las calles para los carros de las uvas se libraron de las perforaciones. Agrimensores del pasado y del sentido común, sin más inteligencia artificial que los picachos, fueron horadando sin conflicto hasta construir un complejo entramado de sombras subterráneas que hoy resulta admirable.  Entre todas las bodegas que hay en Villahoz, algunas conservan su aspecto tradicional, con sus pintorescas y rupestres fachadas, lo cual es de agradecer. Otras, en cambio, han sido ocultadas por merenderos modernos de toda laya arquitectónica que nacieron sin más control ni aspiraciones estéticas que el gusto personal de cada dueño, algo que se repite en tantos lugares bodegueros de Burgos. Y entre todo el conjunto, destaca una bodega en los más alto del cerro con luz especial, la que construyó o mandó construir Patricio Echeverría.   


Escaleras para subir a la cumbre de una obra mágica 

 

 LA BODEGA DE PATRICIO 

      Es bien conocida la relación del industrial vasco Patricio Echeverría con Villahoz. Muchas personas de este pueblo y su entorno encontraron trabajo a su vera, tanto en la cercana Granja del Cristo de Villahizán, durante mucho tiempo propiedad de la familia Echeverría-Aguirre, como en la importante industria Patricio Echeverría, S.A., dedicada en Legazpia a la fabricación de herramientas agrícolas (aceros Bellota). Las relaciones afectivas de Patricio con Villahoz debieron ser grandes, cómo, si no, explicar que ideara una bodega-merendero de ensueño como la que podemos ver hoy en lo más alto del cerro. Entre un bosque de chimeneas y zarceras, totalmente distinta al resto, alguien podría pensar que que se trata de una expresión de art brut, pero parece demasiado "culta" para así catalogarla. En todo caso, con justicia podrá integrarse en el futuro grupo de bodegas con encanto que aquí se aspira a formar.    

  

OTRAS IMÁGENES DE LAS BODEGAS DE VILLAHOZ 

Una calle para circular los carros cargados de uva 


Un lagar hundido, del que pronto solo quedará el recuerdo

Bodegas que enamoran, testigos de como pudo ser el paisaje antes de los merenderos 
  
Sobre las barricas grandes, una pequeña, la del vinagre

Un bosque de chimeneas



martes, 9 de enero de 2024

LA CHICA DURMIENDO EN EL TRILLO

Arada, siembra, siega, carga de lo segado, trilla

Trabajos de ayer para el pan llevar

Exposición mural en la nave

FOTOGRAFÍAS: Murales en Tapia (Tomadas el 6/1/2024)                               

De un tiempo a esta parte vengo dándole vueltas a un tema que no es que me preocupe, pero sí que me invita a la reflexión. Me refiero a la moda que se ha instalado en los pueblos de decorar sus caseríos con murales, más o menos afortunados, pintados por artistas locales o foráneos. Cuando empecé a verlos, en mis constantes viajes por los pueblos, pensé que dicha moda podría ser algo transitorio y que la cosa no iría más allá del explayamiento puntual de aficionados a la pintura que además sentían nostalgia por unas formas de vida perdidas, las que conocieron ellos mismos en su niñez o las que les relataron sus padres y abuelos. Sucede, sin embargo, que se ha llegado a un punto en el que ya no son únicamente artistas locales los que, con mayor o menor acierto artístico, convierten medianas de las casas, almacenes agrícolas o rincones de todo tipo en exposiciones al aire libre, generalmente de contenido etnográfico, si así pudiera decirse, dados los temas por lo común pintados. Ya no solo son artistas nativos de los pueblos los que desarrollan estas obras pictóricas, sino que al convite se han agregado artistas de gran preparación, que trabajan por encargo y ejecutan obras de gran calidad e impacto visual. Y aquí es donde se me presentan las dudas, la principal de ellas es la posible afectación de estas obras a la personalidad de los pueblos. Me pregunto: ¿alteran, de alguna manera, estos murales la visión y formas tradicionales de los caseríos que hemos conocido? ¿Cambian estas pinturas nuestra manera de ver o mirar los pueblos? ¿En las visitas que hacemos o hagamos a partir de ahora los capitalinos, iremos buscando y fijándonos más en estas exposiciones al aire libre que en las sugerentes tramas urbanas, la arquitectura y materiales constructivos tradicionales, sus principales valores? ¿Nos fijaremos más en la iglesia pintada que en la de verdad, teniéndola a pocos metros? Probablemente seremos capaces, de momento, de valorar, distinguir y asimilar todo a la vez, veremos si más adelante, cuando la moda se haya generalizado o masificado, seguirá siendo así. Habrá quienes piensen que es más atractivo ver la gran nave agrícola decorada con escenas perdidas de nuestros antepasados que contemplar los vacíos y fríos enlucidos de cemento, o que el arte de los muros será una manera de revitalizar los pueblos y que todo vale para ayudar a frenar la despoblación, incluso si se pintan de rojo o azul todas las casas y la iglesia de amarillo. Quizá tengan razón. Si lo último llegara a suceder mis reflexiones habrán sido una simple divagación, cuando no una provocación, y deberán ir directamente al basurero de la extravagancia pensante.

       Al hilo de mi visita a Tapia el 6 de enero de 2024

 

    Plácido sueño en el trillo, al arrullo del perfume de la gavilla 


LA CHICA DURMIENDO EN EL TRILLO

Todo lo anterior ha venido a cuento por los magníficos murales que tuve la oportunidad de contemplar en Tapia el pasado día de Reyes. Junto con mi inseparable, me desplacé a este lugar por un comentario anónimo recibido en este blog, concretamente en la entrada titulada “Los pueblos como galerías de arte. Muralidad de la nostalgia”, donde se informaba de la existencia en Tapia de unos “murales muy interesantes”. Y en honor a la verdad, tengo que decir que razón no le faltaba al informante anónimo.

Fue el día de Reyes, antes del mediodía, el sol debatía y se batía con los nubarrones, la pequeña población estaba en silencio, dormida todavía en su quietud invernal. Algunos árboles pelados tenían colgados en sus ramas adornos navideños, bolas de distintos colores que parecían sustituir a las hojas caídas, señal de que hubo celebraciones navideñas y de que el pueblo aún se mantenía con vida.

Buscando los citados murales recorrimos las calles mudas. Nada, ni un alma a quien preguntar. Fuimos observando las paredes de las casas y ninguna estaba pintada. Cuando ya desesperábamos de encontrar pintura alguna, dimos con el yacimiento al salir del pueblo por el oeste, una gran nave cuya pared del mediodía lucía un interesante panel, dividido en cuadrículas, representando escenas campesinas, a todo color y de gran realismo. La arada, la siembra, la siega, la carga de la mies en el carro, la trilla, todo un compendio de actividades perdidas y ejecutado con gran verismo. Se notaba la profesionalidad del artista (Hoy me dicen que se deben a Cristian Sasa, no sé si lo escribo bien).   

Recorrimos la nave, y al llegar a su ala oeste se nos presentó un nuevo mural que ocupaba toda la pared. La escena, en escala de grises, es una visión de la cosecha en la era, de grano apilado y sacos llenos, en la que llama la tención una chica dormida en el trillo, una chica de expresión relajada que disfruta con el sueño de lo cosechado apoyada su cabeza en una gavilla. Pese a la desproporción de una de sus manos, me quedo con esta figura, hay algo en ella verdadero que, en cierta manera, me reconcilia con este arte mural campesino, el que puse en cuestión al principio de todo.


NOTA: Pasado un tiempo desde que publiqué esta entrada, tuve la suerte de ver en Madrid la exposición "España Oculta", de la gran fotógrafa Cristina García Rodero, en la que la escena de la chica del trillo figuraba entre las obras expuestas.  


martes, 11 de abril de 2023

LA RUTA DE LA SEDA (Y IV). GERARDO ABRAIRA, EL DIBUJANTE DE FÁBRICAS



Conjunto de la fabrica de sedas de Burgos (S. E. S. A:), con señalización de 
alguna de las dependencias
 (Dibujo de Gerardo Abraira)


FOTOGRAFÍA: Dibujo del conjunto S.E.S.A. (circa 1940)

DEPENDENCIAS SEÑALADAS:

1.- Entrada principal   2.- Ficheros   3.- Oficinas generales   4.- Almacenes   5.- Carboneras.. 6.- Salas calderas   7.- Talleres mantenimiento   8.- Sala máquinas   9.- Hilatura   10.- Blanqueo   11.- Clasificación   12.- Producción viscosos   13.- Cocheras   14.-Botiquín   15.- Viviendas unifamiliares para personal de la fábrica   16.- Barriada para personal de fábrica   17.- Iglesia del Pilar   18.- Escuela para hijos personal   19.-  Economato   20.- Transformadores   21.- Ácidos para hilatura   22.- Viviendas de notables (Director)                      


     Como ya se advirtió al principio de esta serie sobre las fábricas de seda artificial de Valdenoceda (Alday) y Burgos (S.E.S.A.), el motivo que dio origen a la misma fue el hecho de haberse recibido en este blog un impresionante dibujo de la segunda realizado por Gerardo Abraira, un autor del que nada conocíamos, poco o nada se conoce a nivel general, y por supuesto gran desconocido en Burgos. Dicho dibujo, alarde de una minuciosidad cuasi fotográfica, y que ya insertamos en la primera de las entradas, volvemos a reproducirlo aquí, con la variante de que cada una de las dependencias que se aprecian han sido señaladas para la mejor comprensión de lo que fue el conjunto sedero.
            El investigador Javier González de Durana Isusi es quien tuvo la gentileza de enviar para este blog el magistral dibujo de Gerardo Abraira. Pero, ¿Quién fue este desconocido dibujante, injustamente olvidado y cuya obra tan perfeccionista ahora nos asombra? Para contestar a esta pregunta nada mejor que recurrir a dicho investigador, que en la actualidad trata de recuperar toda su obra, de restaurar su memoria y prepara una gran exposición en Bilbao para el año próximo. Siguiendo su propio blog, 


sabemos que Abraira, en los años 40, trabajó de encargo para las más grandes fábricas, para aquellas que solicitaban su buen hacer con el fin de tener imágenes completas con las que presidir los despachos de directores o altos cargos, y también las salas de espera. 
    Fundamentalmente, su obra se centró en el país vasco, pero, por fortuna, también alguna fábrica burgalesa, además de S.E.S.A., se vio beneficiada por su hiperrealista estilo. Es el caso de Valca, en el valle de Mena, y de la vieja Fabril Sedera, cuya pintura colorista ya tuvimos ocasión de mostrar aquí, con su flamante chimenea, la misma que guarda todavía su memoria en la actual calle Sahagún.   
   A la vista del gran dibujo de S.E.S.A. es fácilmente adivinable que Gerardo Abraira tuvo como punto de observación para su trabajo un lugar alto, quizá al nivel de Villalbilla. De ahí que sea visible también toda la barriada de viviendas para obreros de la fábrica, la iglesia del Pilar y los campos de La Milanera. Y es que, como bien dice de Durana Isusi,  

"El hecho de mostrar las fábricas desde un punto de vista elevado proporcionaba una imagen de cierta grandiosidad que, sin duda, era querida por los empresarios. Como los antiguos generales que solicitaban a pintores el encargo de plasmar aquellos paisajes en donde habían acontecido sus victorias militares, los industriales bizkaínos encargaban a este modesto dibujante que les representara el paisaje de sus éxitos económicos".  

domingo, 9 de abril de 2023

ARTE POPULAR EN LOS PUEBLOS, EL CHICO DE LA VENTANA


Performance en Pineda Trasmonte.  



FOTOGRAFÍAS
: Pineda Trasmonte (Tomada en abril de 2023). 

     De un tiempo a esta parte vengo observando que los pequeños pueblos se están llenando de pinturas de tipo agropecuario y costumbrista. Muros y paredes de toda condición se han convertido en lienzos para pintores populares salidos de todas partes y de la nada. Por lo general, son artistas no profesionales, a lo que se ve llenos de nostalgia, que añoran las actividades que llevaron a cabo sus padres y abuelos y quieren recordar con colores una vida campesina en blanco y negro que ya forma parte de un lejano pasado, de un tiempo que no ha de volver. Pareciera que esta pléyade de artistas quisieran dar vida a la desolación de la España Vacía que se esconde tras ventanas a la nada. Toda expresión colorista vale para combatir el horror al vacío en un pequeño pueblo, todo es más llevadero si alguien nos recuerda cómo fuimos, aunque sea la arcadia infeliz de nuestros ancestros. Y ocurre que, entre tanto artista naif, tanta simplicidad de colores y formas, tantos bueyes trillando, tantas gallina picoteando, a veces surge alguien en algún pueblo menguado que ha desarrollado alguna idea diferente y de mayor enjundia. Esto pude comprobarlo, recientemente, en Pineda Trasmonte, lugar en el que el artista "oficial" dio muestras de imaginación y creó composiciones originales en rincones escondidos del caserío, como si con ello tratara de que todos participemos en un juego, su juego. Entre todas sus figuras me quedo con la del chico a punto de saltar por la desvencijada ventana de una casa arruinada, que bien podría interpretarse como alegoría de una huida, de la escapada del abandono y la soledad.

lunes, 3 de abril de 2023

LA RUTA BURGALESA DE LA SEDA (II). PRIMERA SEDA ARTIFICIAL EN ESPAÑA

Conjunto fabril en el desfiladero de Los Hocinos (Valdenoceda, circa 1920).
Primero fue fábrica de harinas, después fábrica de sedas artificiales,
 y más tarde sirvió como penal de presos, durante y después de la Guerra Civil.
(Foto: Vadillo. Archivo Provincial de la Diputación de Burgos),
 


FOTOGRAFÍAS: Fotos de época: Vadillo (circa 1920). Desfiladero de los Hocinos (2011).

PRIMERA SEDA ARTIFICIAL

     [...] A estas altura de la investigación sabía ya que en un primer término los caserones del Ebro fueron un importante centro de molturación harinera, y que posiblemente debido a la citada actividad textil desarrollada con anterioridad en Valdenoceda, después se convirtieron en en una fábrica de sedas artificiales. No obstante, la sorpresa mayor surgió cuando, revisando la hemeroteca de Diario de Burgos, localicé una gacetilla del 24 de julio de 1929 con el título "Una fábrica de seda artificial en Burgos", bajo el cual pude leer: "En realidad, la primera fábrica nacional de seda artificial ha sido la que instaló, y funciona actualmente en Valdenoceda de Villarcayo, la razón social Alday y Compañía. De modo que la primera fábrica nacional de seda artificial que ha poseído España ha cabido el honor de poseerla Castilla". El anterior texto se justificaba porque, según se informaba más adelante, había intención por aquel momento de trasladar la fábrica de Valdenoceda a Burgos. A este respecto, se decía  que "la Gaceta de Madrid de 20 de los corrientes nos trae la buena nueva de la autorización dictada por el Consejo de Economía a propuesta del comité regulador de la producción, por la que la Sociedad Alday y Compañía pueda trasladar la fábrica de Valdenoceda a Burgos". Así, con todos los datos obtenidos, decidí que era ya el momento de rastrear in situ el poso de la sedera en el valle de Valdivielso. De este modo, me trasladé a Quecedo, Ayuntamiento de aquella Merindad, con la esperanza de que allí habrían de darme pelos y señales de la histórica fábrica.  


Empleados de la fábrica de sedas de Valdenoceda (circa 1920).
(Foto: Vadillo. Archivo Provincial de la Diputación de Burgos).
 

     Qué equivocado estaba. Ni un solo documento sobre ella se conserva en ese Ayuntamiento. Pero la visita al pueblo de Los Cárcavos no fue del todo infructuosa:  Alcalde y secretario de la Merindad de Valdivielso me pusieron al corriente de cómo, durante los años de la Guerra Civil, e incluso algunos años después, la desmantelada fábrica y anterior molino se convirtió en un penal. Y no solo eso, me proporcionaron también nombres de personas mayores del valle que trabajaron en la seda y que podrían ofrecerme jugosas informaciones. He aquí alguna de ellas:  Gaspar Gómez, de 77 años y vecino de Quecedo, que podría instruirme sobre el tema del penal; Celestino de la Torre, de 95 años y vecino de Condado, que hizo portes con su camioneta para la fábrica; y Heliodoro Diego, de 92 años y residente en Valdenoceda, que trabajó durante nueve años en la hilatura de la sociedad Alday.    


Río Ebro y desfiladero de Los Hocinos, maravilloso paraje para la suavidad de la seda.


Testigos de la historia. 
Celestino de la Torre sacó su carné de conducir estando en la Guerra de África.  Con su camioneta ayudó a trasladar la fábrica de Valdenoceda a Burgos. 

     Por haber dedicado toda su vida al transporte, tanto de viajeros como de mercancía, el nonagenario Celestino de la Torre goza en el hermoso valle de Valdivielso de una enorme popularidad. Disfruta también de una envidiable salud y excelente humor, y afirma tener solicitado, "no se si me lo aprobarán", llegar a los cien años. Camino de ello lleva. Y es que, comenta ufano, "le voy a decir una cosa: yo he llevado a muchos  enfermos a los hospitales de Burgos, pero yo nunca he he hecho noche en ningún hospital".
     De su ajetreada vida como transportista, entre otros viajes "hacía el servicio diario entre Valdenoceda y Oña". Recuerda que "la  primera camioneta que se vio en el valle fue la mía; me costó 3000 pesetas y se la compré a a Quintanilla, en la calle de la Paloma de Burgos. El carné lo saqué en el año 21 (1921), estando en la Guerra de África". Precisamente, de su paso por el ejército  recuerda que "cuando el Desastre Annual, yo estaba pasando la mili en el castillo de Burgos, de donde me llevaron a Melilla. Allí estuve tres años,  en el Gurugú". Y del castillo de Burgos le diré que lo que más recuerdo es la cantidad de chinches que había y las subidas y bajadas al río Arlanzón para dar de beber a los mulos del cuartel".
     Celestino tiene, pues, tres temas fundamentales en su relato: la conducción, la guerra de África y la famada fábrica de carros de Condado, que perteneció a su familia. Tres recuerdos, tres pasiones. Y una más: su esposa, María Alonso de Armiño, que llegó de la Pampa Argentina y con la que lleva en matrimonio la friolera de 63 años. Por eso, de no ser reconducido en su discurso, difícil habría sido llegara la fábrica de sedas del Ebro, motivo de mi entrevista con él.  Así, a duras penas pude "extraerle" que se instalaría sobre 1918" y que "en aquel tiempo trabajarían en ella más de cincuenta operarios, todos ellos procedentes de los pueblos del valle". Explica, así mismo, que "la fábrica tenía un camión de ruedas macizas la con el que transportaba los productos. Yo mismo hice portes hasta Briviesca, de donde se llevaban a Barcelona; en incluso, cuando se desmontó la fábrica, ayudé a a llevar la maquinaria a Burgos, a la Azucarera". 


La fábrica de los Alday en Valdenoceda tenía cuatro telares.

                      
     Una cosa estaba ya suficientemente clara: la fábrica de sedas artificiales de Valdenoceda se trasladó a Burgos, a las antiguas instalaciones de la Azucarera, situadas junto a La Milanera. Esto me lo confirmó también Heliodoro Diego, natural de Condado y vecino del barrio de Enmedio, de Valdenoceda, que habiendo entrado a trabajar en la fábrica del Ebro a los 16 años, asegura que los caserones que ahora se ven "pertenecen a la fábrica de harinas y que después se aprovecharon para la de sedas"; y algo más: "En la fábrica, que tenía cuatro máquinas de hilar, se trabajaba a relevos, los hombres en tres turnos y compaginando con las tareas del campo, y las mujeres solo por el día". Tampoco había ya duda, a estas alturas de la investigación, de que la Sociedad Alday y Compañía, de Los Hocinos pasó a convertirse en la hoy  también desaparecida S.E.S.A (Sedera Española S.A.), de Burgos, la primera fábrica de importancia instalada en la capital y que tantas expectativas llegó a crear entre la clase trabajadora. 
     Heliodoro me había advertido de que con la marcha de la fábrica de Valdenoceda muchos obreros y obreras del valle que trabajaron en ella se fueron también a Burgos, una circunstancia que me hizo pensar en que tal vez sería más fácil contactar con obreros de la vieja fábrica en la capital burgalesa que en el pueblo de debajo de la Mazorra. Así, pues, decidí que el paso siguiente habría de ser la localización de jubilados de la S.E.S.A. en el Barrio del Pilar, allí donde todavía se alzan dos grandes chimeneas como testigos del azúcar y de la seda artificial.  

Continuará: 

martes, 20 de diciembre de 2022

LOS ESGRIMISTAS PINTADOS DE ESCALADA


Esgrimistas de Escalada 


FOTOGRAFÍAS: Pinturas en casa de Escalada (Tomadas en 2015) 

Una pintura esquemática, en la fachada de una casa de Escalada, muestra la imagen de dos esgrimistas en acción de lucha. Pintada sobre el revoco, la sorprendente escena forma parte de un panel, extendido a lo ancho del muro y pintado en almagre, con distintos motivos de significado y simbolismo cristiano. Todo el conjunto pictórico se halla bajo la sombra del alero del tejado, por donde discurre una greca decorativa igualmente pintada, de lo cual se infiere una posible intencionalidad de protegerlo contra las adversidades climáticas. Probablemente a ello se deba el hecho de que las pinturas, aun estando al aire libre, hayan perdurado hasta nuestros días. Bien es cierto que hay una parte del conjunto que tiene doble protección, pues con fecha posterior a su ejecución se hizo una balconada con tejaroz avanzado sobre la ventana mayor del citado muro, lo que ha permitido que en dicho lugar las pinturas se hallen mejor conservadas o menos desvaídas. Es sobre esta ventana donde puede verse, junto a algunos motivos religiosos pintados, entre ellos el anagrama de Jesucristo y una roseta hexapétala con el mismo significado, una leyenda corrida que da a conocer al propietario constructor de esta casa, Juan Manuel Fernández, y la fecha en que se realizaron las pinturas (o al menos una parte de ellas), lamentablemente borrada por un desconchado del revoco. Por el tipo de letra podría aventurarse que esta cartela pertenece al siglo XIX, o incluso a principios del XX, lo cual parecería no ser acorde con las representaciones situadas fuera del ámbito del balcón, particularmente con el expresivo y elegante combate de los dos esgrimistas, que requiere un dominio del arte de la esquematización no acorde con las anteriormente descritas, a nuestro juicio más burdas o menos perfeccionadas. Todo ello, desde luego, sin descartar que la totalidad de las pinturas fueran ejecutadas al mismo tiempo y por un mismo artista, quizá lo más acertado.

En lo que respecta a los motivos pintados y su interpretación, es evidente que, como ya se ha apuntado, parecen referirse a aspectos de simbología cristiana. Distintas cruces, dos de ellas con pedestal, pictogramas de Jesús, y jarrones de lirios, probablemente representados como símbolo de la pureza, así lo proclaman. Más difícil de interpretar son los dos tableros con múltiples cuadrículas que aparecen en el muro, aunque su presencia podría estar en la órbita de los alquerques que con tanta frecuencia aparecen en iglesias medievales, a veces como elementos trascendentes y/o apotropaicos, en cualquier caso, igualmente con un sentido religioso.  

Por último y en lo que se refiere a la lucha de los dos esgrimistas, aparentemente eclesiásticos a juzgar por los posibles bonetes que lucen en sus cabezas, podría verse en ella, más que un duelo al uso y con sangre, un símbolo, una forma incruenta de batalla dialéctica por distintas maneras de interpretar alguna cuestión de índole religiosa o filosófica. Todo lo cual nos llevaría a pensar en una cosa segura, que la casa, con sus pinturas, perteneció en origen a algún miembro de la Iglesia, a lo que se ve versado en simbología cristiana.


Casa de las pinturas


Panel de pinturas con distintos símbolos 

Leyenda bajo el tejaroz 

martes, 29 de marzo de 2022

RÓTULOS COMERCIALES. EL ESTABLECIMIENTO DE FRANCISCO PEÑA EN LERMA


De cuando se viajaba con manta 


Qué fue de aquellos sastres...

... que eran a la vez comerciantes.

Últimas novedades para señora y caballero
Precios económicos.


FOTOGRAFÍAS: Rótulos en comercio de Lerma, (Tomadas en marzo de 2022)


Los letreros comerciales antiguos, pintados en muros y paredes de edificios, son un patrimonio a mi parecer no suficientemente valorado. Quedan pocos o contadísimos testimonios, ya que la mayoría de ellos desaparecieron, bien por remodelaciones de los edificios o bien porque los mismos comercios igualmente desaparecieron. Los contados que quedan son testimonios históricos no solo de la actividad comercial en las ciudades, grandes y pequeñas, sino también del dinamismo y evolución del arte en lo que se refiere a la cartelería de muros, con sus distintas tipografías, dibujos y adornos. Resulta difícil hoy encontrar algún cartel que tenga más de medio siglo de antigüedad, por eso cuando encontramos uno que pudo ser pintado en los años treinta o cuarenta del pasado siglo, como es el caso del alarde que aquí os dejo hoy, queridos amigos de este Cajón de Sastre, produce ciertamente gran asombro. Se trata de un panel publicitario, seguramente hecho por un experto rotulista, pintado sobre pared blanca y situado en la calle Chica de Lerma, que anuncia toda la gama de actividad y ventas del establecimiento de Francisco Peña. El panel llama la atención porque ocupa una gran superficie en la parte alta del edificio. A pesar de la suciedad del muro, debido a la pátina del tiempo pasado, se aprecia con bastante nitidez todo lo anunciado, que es mucho. Debajo de la marca comercial (FRANCISCO PEÑA), rotulado en grandes letras, pueden verse tres compartimentos escritos con preciosa tipografía de época y cada uno de ellos anunciando las especialidades del comercio. Así, visto de frente, en el panel de la izquierda puede leerse

PAÑERÍA

ÚLTIMAS NOVEDADES

PARA SEÑORA Y CABALLERO

PRECIOS ECONÓMICOS

Por su parte, en el panel del centro, en el espacio libre entre dos balcones y bajo el gran letrero de Francisco Peña, puede leerse  

SASTRE

Y COMERCIANTE

Por último, a la derecha del conjunto se aprecia un espacio más y con otra leyenda, escrita también con artísticas letras de distinta tipografía, propias de los años treinta cuarenta del pasado siglo, en la que puede leerse

CAMISERÍA

MANTAS

DE CAMA Y VIAJE

FAJAS Y BOINAS   

Sin duda podría decirse que el edificio que alberga estas delicias publicitarias de antiguo comercio es una ruina histórica, dada su degradación, pero por todo lo comentado, merecería ser salvado de la piqueta, al menos la cartelería descrita, joya arqueológica de la cartelería comercial en Burgos.


sábado, 25 de diciembre de 2021

DE MINAS Y MINEROS BURGALESES (II)


                  ODISEA DEL CARBÓN EN JUARROS

Las minas de Puras de Villafranca habían ahondado en mí la vena de admiración hacia la vieja y desaparecida industria extractiva en Burgos. Decidí por ello continuar con el tema, rastreando a continuación las pistas del hierro, un fascinante mundo de la era preindustrial burgalesa donde se entremezclan, además de las numerosas minas ferruginosas abandonadas, ingredientes como el de la accidentada historia del mítico ferrocarril minero de la compañía inglesa The Sierra Company Limited, o el de los hierros y ferrerías en torno al río Pedroso, cada uno de ellos una aventura distinta y apasionante.

Pronto, sin embargo, pude darme cuenta de que el hierro, siendo un capítulo interesantísimo para el devenir del desarrollo burgalés, requeriría un análisis mucho más profundo de lo que aquí se podría. En todo caso, seguía siendo la figura romántica del obrero subterráneo lo que me llevó al episodio minero que más huella dejó en la provincia: el del carbón.


Grupo de mineros a la entrada de la mina juarreña de El Trampal.
En 1964 todavía no era obligado el uso del casco
y la boina era un buen aliado del minero.



       Resultaría muy difícil, por no decir imposible, seguir la pista humana de la mina Esmeralda, de San Adrián de Juarros, de las de Brieva y de todas las que, demarcadas en 1841, funcionaban ya en 1846. Como lo sería también rastrear la huella de los hombres que trabajaron en las dos “minas de carbón piedra” situadas en el Diccionario de Pascual Madoz en Pineda de la Sierra, o en las de Urrez, Villasur de Herreros, San Adrián, Monterrubio y Barbadillo de Herreros hacia 1862. La documentación de la época, fundamentalmente memorias y estudios mineros, habla de una inusitada efervescencia por esos años en dichas zonas, y en otras de menor desarrollo, como Rupelo, Hortigüela o Salas de los Infantes.

De aquel tiempo glorioso, dominado por empresas extranjeras, quedaron los nombres de las minas, no así el de quienes las excavaron. Las Casualidad, Generosa, Milagrosa, Restaurada, Africana, entre otras, son nombres míticos en la minería burgalesa que, si pudieran hablar, describirían dramática historias escritas en una época en la que las condiciones de extracción a buen seguro llegarían a poner los pelos de punta incluso a los actuales mineros de Guardo, Villablino o Hunosa, tan curtidos ellos, con minas de mayor seguridad pero igualmente siempre cercanos a la tragedia.  

Empresarios y oficios mineros

         Desde aquella mitad del siglo XIX no cesó la vida minera en la llamada Cuenca del Valle del Arlanzón, con periodos de mayor o menor actividad, pero esa es una historia ya escrita, aunque para su elaboración no se contara con el componente humano de boina y casco, que, en definitiva, fue el que la hizo posible.

No resultó difícil encontrar obreros dispuestos a contar parte de aquella negra aventura. En la capital burgalesa arrastran su silicosis y su jubilación precoz, desde finales de los 60, decenas de mineros que trabajaron en la última fase de la extracción del carbón, aquella en la que lo hacían para Ibercominsa. Esta empresa nació como resultado de la compra por parte del leonés Pascual Eguiagaray de las pertenencias de la mítica Ferrocarril y Minas, creada en 1920, en un tiempo en el que brillaba con luz propia el avezado empresario y técnico minero, Pablo Pradera, suegro de Eguiagaray.

Pude encontrar en la taberna de Villasur de Herreros a José Ramón López, de 67 años, chófer e hijo de Simeón López, el que fuera encargado general de las minas de San Adrián y de las dos centrales eléctricas que hubo en Villasur de Herreros (Nueva Eléctrica de Villasur y Electra del Arlanzón). Me habló de cuando la compañía Ferrocarril y Minas tenía las oficinas en el desaparecido Balneario de Arlanzón, así como de cuando en este lugar los ingleses montaron también una serrería de madera accionada con una locomóvil, teniendo además otras tres para v el servicio de las minas. Me habló igualmente de los casi cincuenta mineros que llegaron a trabajar en las minas de Villasur, entre barrenistas, maderistas, vagoneros, rampleros, terreristas o camineros, tuberos y cabestrantes o maquinistas.

Por José Ramón supe también que el carbón se llevaba a Burgos, Miranda de Ebro y Logroño, para tejeras y caleros, y que la galleta y la galletilla para el consumo doméstico se llevaba a Burgos, a Carbones Castellanos, que estaba detrás del Gobierno Militar, mientras que lo más menudo “se llevaba a la fábrica de hacer ovoides de La Ventilla”.

Muerte en la mina Salvadora

         Con especial emoción recuerda José Ramón la tragedia minera ocurrida en la mina Salvadora, de Brieva de Juarros, en 1948. Murieron en ella varios mineros y él mismo estuvo en el equipo de rescate: “El accidente ocurrió al pinchar desde la galería en la que se estaba trabajando otra de una explotación antigua que se encontraba inundada. La primera se inundó también y se ahogaron diez mineros, a los que pudimos rescatar después de ocho días de sacar agua. Con una bomba alimentada con un grupo electrógeno que nos dejaron los militares del Dos de Mayo. Salieron tres hombres con vida, agarrados al cable que subía los baldes con un torno de mano. Los familiares de los accidentados esperaron al pie de la bocamina todos esos días. Por eso, y para evitar las lógicas escena de dolor, los sacamos a las doce de la noche y los llevamos al depósito de cadáveres de Brieva”.

         Dejé a José Ramón con sus recuerdos y busqué a continuación, en el barrio de Gamonal, a Aurelio Simón, un jubilado que fue concesionario de la cantina de San Adrián en la época dorada de la hulla, los años 50 y 60. Era esta cantina, entonces, único lugar de lúdico encuentro para la rudeza minera en este pueblo de Juarros, que contaba con una legendaria ciudad subterránea sin nombre. Una ciudad cuyas galerías se desploman ahora para cerrar capítulo.


José Santamaría en la entrada a la mina La Salvadora.
en Brieva de Juarros 


El baile de los mineros

Aurelio, el cantinero, trabajó intensivamente atendiendo a los tres turnos. Daba de beber y comer, fiaba e incluso pagaba un canon al Ayuntamiento por la organización de un baile con gramola en una de las eras del pueblo. Un baile que le costó Dios y ayuda organizar, porque desde el primer momento tuvo que luchar contra la oposición del cura: “Entonces había muchas mozas en el pueblo, y además venían las de los pueblos de alrededor. El cura advertía a los padres del peligro que suponían los bailes para estas mozas”.

El cantinero me puso también sobre la pista de otros veteranos mineros jubilados y desperdigados por Burgos. Fui a buscarlos y algunos ya habían fallecido.

El polvo de la piedra, la silicosis y el sanatorio de Oviedo 

         Fidel Castañón, otro de los héroes de esta historia, vino a las minas burgalesas de Juarros en 1958. Doce largos y oscuros años los pasó en unas minas que, según su particular relato, “aunque no tienen gas, son peores que las asturianas y las de León. El polvo de la piedra era muy malo, tan malo era  que solo cuatro años barrenando son suficientes para coger silicosis. El barrenista era el que más fácilmente enfermaba, pero no se libraban ni los rampleros. Muchos murieron, yo conocí a más de veinte silicosos, y bien jóvenes. Muchos de aquí tuvieron que pasar por el Sanatorio de Silicosos de Oviedo”.

         Fidel tiene ahora 67 años y lleva jubilado por la enfermedad maldita desde los 43. Recuerda a su padre minero, capitán del bando republicano durante la Guerra Civil, quien después de salir del penal de Burgos fue en busca de trabajo a las minas de León, encontrando allí un ambiente hostil. Por ello, “cuando salieron las contratas de Burgos se vino para las minas de San Adrián. Entonces había que rellenar una ficha en el cuartel de la Guardia Civil y mi padre tuvo que estar durante tres años haciendo acto de presencia una vez al mes en dicho cuartel, que estaba en Arlanzón”.

Pajas de centeno para la dinamita

Las famosas minas Pozo Pablo y El Trampal, esta con más de 800 metros de profundidad, fueron en las que trabajó Fidel varios años asido a una barrena: “En una repisa de una de sus galerías -recuerda-, encontramos las pajas largas de centeno con la que, antiguamente, dicen que cuando los carlistas, se hacían las mechas llenándolas de pólvora”. Este minero confirma así lo que escribió José Luis Reoyo en el libro Explotaciones mineras de la provincia de Burgos: “La Juarreña, las más celebrada de las minas burgalesas, fue la primera mina de España en la que se usó la dinamita”; un hito, histórico, sin duda, que pone de relieve la importancia del foco carbonífero de Juarros a nivel nacional. 

A estas alturas del relato, habiendo conocido abundantes datos e historias sobre las minas, se habían apoderado de mí irrefrenables deseos de ver in situ este fabuloso y excavado mundo. Tras describirme cómo vivían los mineros en San Adrián (“los que éramos casados teníamos casa propia, otros con derecho a cocina, y los solteros dormían en la residencia para mineros que había en el pueblo, o en los pajares”), me puse en contacto con José Santamaría, otro minero con silicosis con quien tuve ocasión de hacer una expedición a las minas.

Una excursión a las minas

         Fue una tarde de mayo. Desde Burgos se veía por la sierra el cielo negro, barruntando el aguacero. Aun así, partimos. Antes de llegar a Brieva, por un camino pizarroso nos internamos en la espesura del robledal. Pronto aparecieron uno y mil caminos entrecruzándose, un laberinto de vías de acceso a las minas por los que sería fácil perderse. Dejamos el coche junto a una cata inundada y seguimos caminando en busca de Salvadora, la traicionera mina que guarda en su memoria los ecos de espanto de los diez ahogados. José nos condujo con paso decidido, conoce bien el dédalo minero de este fantástico paraje, no en balde pasó diez años de su vida bajo sus entrañas, no en vano en ellas contrajo la silicosis que le llevó a una anticipada jubilación. Por fin, llegamos a Salvadora, cuya boca se nos apareció siniestra, inundada y poblada por una nube de mosquitos. “Ya decía don Pascual Eguiagaray que no quería minas con nombre de mujer” escupió el minero hacia la impracticable mina.

A continuación, ascendimos por un vallejo lleno de escombreras grises y negras. Al poco apareció ante nosotros una en la que se abría, descubierto, un profundo e inundado pozo, pensamos que con evidente peligro para andarines despistados y animales. Junto a él pudimos ver la chimenea de ventilación, por donde circulaba “el aire acondicionado” al fondo de la mina, y a su alrededor restos de almacenes, salas de compresores, etc.


Restos de lo que pudo ser el economato de los mineros



A las doce crujían los entibados

En el corazón del bosque, engullidos por la calma chicha y humedad reinante, y bajo el síndrome de lo que fue y ya no es, José tuvo un recuerdo para las maderas de los entibados que, con siniestros quejidos, “se resquebrajaban siempre al mediodía y a las doce de la noche. Era en esos momentos, cuando se las oías crujir, y lo pasabas verdaderamente mal”.

Al coronar el monte, ya en el término de San Adrián y después de haber dejado otros profundos pozos al descubierto, así como algunas casas de mineros arruinadas, llegamos a El Trampal, la mina donde transcurrió la vida hipogea de José. ÉL mismo colaboró en la construcción de los seis pisos que tenía. Pero la boca ya se hundió, y quién sabe los sentimientos que embargaban a nuestro guía en aquel reencuentro, al ver desaparecida la puerta de lo que en vida fue su entierro.

Reivindicaciones laborales. La Guardia Civil vigilaba las minas

Habló José con cierta nostalgia (incluso los trabajos más duros pueden provocarla si estás vivo) de los lavaderos y cintas transportadora, del economato y de las oficinas que estaban un poco más arriba; de los compañeros de fatigas, entre los que abundaban asturianos y andaluces, y de cómo después de haberse cerrado las minas acudió de nuevo a ellas, en solitario y en numerosas ocasiones, a sacar carbón para el consumo de su hogar. Luego nos dirigimos a la galería de acceso del mítico y profundísimo pozo de San Ignacio, aquel en el que “se ahogaron un fraile y un sacristán hará unos treinta años”. Vértigo y miedo da asomarse en su boca y comprobar su inacabable profundidad. Al pie de ella José Santamaría recordó el cierre de las minas juarreñas entre 1970 y 1971; su opinión era que “en cierto grado fueron culpables los sindicatos, que empezaron a moverse por aquí sobre el 68 [1968] y los capataces estaban hasta el gorro de tantos problemas”. Probablemente fuera así, pero antes de que los sindicatos llegaran a las minas los mineros ya reivindicaban mejoras en sus condiciones de trabajo y salarios. Cuando esto ocurría, según José, “la Guardia Civil, por denuncias de los capataces, obligaba a los cabecillas a entrar en la mina y se quedaban en la boca vigilando”.

Asegura también José que “Los primeros trabajadores en Burgos en cobrar el paro fueron los mineros, concretamente los empleados en las minas del empresario Juan González, de Villasur de Herreros, a quien apodaban Pachucho. Después fueron los de San Adrián”. Datos todos que, sin duda, son de gran interés para la historia de la lucha y reivindicaciones obreras en Burgos.


Cargadero de carbón junto al Pozo San Ignacio
en San Adrián de Juarros 


 

domingo, 23 de agosto de 2020

FOTOS CON HISTORIA, OTRA VEZ PEÑAHORADA


Carretera blanca, pañolones negros

Posible trillero de Cantalejo, con su ayudante,
atravesando Peñahorada camino de Burgos


Arco hoy desaparecido, procedente de la ermita de 
Nuestra Señora de las Arenas 

Lavadero en laguna hoy desaparecida bajo La Peñuela
¡Tiempos de agua!


FOTOGRAFÍAS: Imágenes de Peñahorada (Archivo Cortés-Archivo Municipal de Burgos)

Siguiendo con la estela de Peñahorada, quiero traer hoy a estas Memorias cuatro fotografías de este lugar que fueron hechas por el artista burgalés Juan Antonio Cortés a finales del siglo XIX. Las cuatro pertenecen al ya muy conocido Archivo Cortés, hoy en propiedad del Archivo Municipal de Burgos. A este respecto puedo confesaros, queridos amigos de este Cajón de Sastre, que descubrí dichas fotografías por casualidad, cuando aún la magna colección apenas era conocida y en el Archivo Municipal, que hacía poco la había adquirido, aún quedaban por identificar convenientemente la totalidad de cada escena y el lugar donde fue tomada. Me encontraba yo mismo revisando la colección, para algún trabajo que ahora no viene cuento, cuando ante mis ojos aparecieron, ¡oh sorpresa!, cuatro fotografías que me resultaban muy familiares, tan familiares que eran escenas captadas en mi querido Peñahorada, el pueblo que me tiene cautivo desde hace casi medio siglo. ¡Qué emoción!, no solo por verlas, en su crudeza decimonónica, sino por poder colaborar con mis amigos del Archivo Municipal al proporcionarles una identificación que no tenían. ¿Lo recuerdas, Yolanda?
La fatalidad quiso que estas fotografías no llegaran a tiempo para haberlas incluido en el pequeño libro que yo mismo publiqué sobre mi pueblo “adoptivo” (“Peñahorada. Dos hermanas de piedra y un camino en el desfiladero”, 2009), pues aparecieron después de ser publicado. Por eso ahora siento la necesidad de compartirlas con todos vosotros, queridos amigos, en cierto modo es una manera de hacer justicia.
Poco hace falta explicar el contenido de las imágenes, pues hablan por sí solas. La foto antigua es el espejo lejano en el que nos miramos y vemos, y en estas en concreto lo que vemos son espejismos de nuestras vidas, sobre todo de los peñatos que nos precedieron.
Que las disfrutéis